Epílogo - Adrien
El jaleo que hay aquí me ayuda a tener la mente ocupada y no poder pensar en que en tan solo unas horas estrenamos la obra de Cenicienta en la que llevamos trabajando todo este último año.
Me encuentro entre las bambalinas de la Ópera Garnier, un imponente edificio que siempre impresiona y quita el aliento.
Acabo de hacer la prueba de vestuario por última vez para comprobar que todo estuviera perfecto después de los últimos arreglos que han tenido que hacer los sastres.
Es increíble el número tan elevado de personas que hay trabajando detrás del telón para que todo pueda salir adelante.
Después de estar un par de horas aquí, necesito ir a ver a Mad. Quiero saber cómo está viviendo este día que sé que es tan importante para ella. Me despido de todo el mundo que hay en esta sala trabajando y voy en su búsqueda.
Estos últimos meses nos han ayudado a fortalecer nuestro vínculo, a dejar atrás cosas del pasado y confiar plenamente el uno en el otro sin tener miedo a que todo pueda esfumarse, algo que creaba una inseguridad en nosotros, sobre todo en Mad, después de lo que había pasado estos años.
Me ha dejado demostrarle que realmente la quiero y no se ha alejado de mí en todo el proceso de denuncias y juicios que trajo consigo denunciar las amenazas y contar la verdad.
Llego a la sala donde ella se encuentra justo cuando le están probando el gran traje del momento en el que Cenicienta baila con el Príncipe. ¿Cómo es posible que llevándolo puesto haga que el traje sea más bonito?
Me quedo en una esquina sin llamar su atención viéndola girar sobre sí misma con una sonrisa radiante mientras observa el traje. Al dar una segunda vuelta su mirada se encuentra con la mía. Le sonrío de vuelta y saludo con mi mano desde mi posición en esta esquina medio escondido.
Cuando ella también termina de probarse los diferentes trajes que usará dentro de unas horas viene hacia mí.
—No sé si voy a poder bailar viéndote así vestida. Estás preciosa, Mad —digo bajo para que no nos escuchen los demás que hay en la sala y se crea un ambiente íntimo entre nosotros a pesar de todo el bullicio externo.
—Anda, no seas tonto —dice entre risas y se acerca para darme un beso.
—Ven, tengo una sorpresa.
Cojo su mano y la guio hacia una sala que he conseguido que nos dejen vacía.
Allí dentro están sus padres. Fue difícil contactar con ellos como si nada porque les debía una disculpa por haberme ido de aquella manera de su casa dejando así a su hija.
Por suerte, fueron comprensivos y me escucharon, aunque algo me dice que Mad ya les había contado todo lo que había pasado, por eso tardaron poco en perdonarme y en tranquilizarme.
Imaginaba que vendrían desde Lyon a ver a Mad cumplir su sueño, pero no podía dejar que fuesen unos espectadores cualquiera.
Todo el esfuerzo por sincerarme con ellos y organizar este reencuentro cobra sentido cuando Mad abre la puerta sin saber lo que iba a encontrar al otro lado.
No puedo evitar emocionarme también al verlos. Mad les abraza y después vienen a saludarme a mí también.
—Muchas gracias, Adrien, por traernos aquí —me agradece su madre con una sonrisa sincera.
—No hay de qué —asiento y miro también a su padre que se muestra igual de agradecido.
—¿Vais a ver la obra? —les pregunta Madeleine emocionada.
—Claro, cariño, no nos la perderíamos por nada del mundo —responde su padre.
—Eso es, y luego iremos a cenar todos juntos —añade su madre—. Adrien también viene, ¿a qué sí? —pregunta esta vez mirándome a mí.
Asiento mientras miro a Mad demostrando que ya lo teníamos planeado sus padres y yo.
—Genial, estoy super feliz —dice exaltada.
Nos despedimos de sus padres porque en quince minutos tenemos que estar en el escenario para hacer fotos de todo el reparto.
Subimos grandes escaleras decoradas por largas alfombras rojas que las recubren.
Este edificio parece sacado de un sueño, pero ir de la mano de Mad por aquí hace que esté en una nube en la que ni yo soy consciente de lo feliz que estoy en este mismo momento.
Ella se va con las chicas para hacerse unas fotos con ellas antes de empezar y yo me quedo con mis amigos. Me preguntan por la sorpresa. Ellos también han sido cómplices. Les confirmo que todo ha salido perfecto, al menos la primera parte.
A la llegada del fotógrafo nos colocamos todos en la posición que hemos ensayado para que se vea a los personajes principales en primera fila, en la segunda a los secundarios y así sucesivamente.
Después también hacen fotos solo a los protagonistas, por lo que Mad y yo volvemos a estar juntos y ya no nos separamos.
Vamos a comer junto a sus amigas y mis amigos que compartimos la misma obra. Se empiezan a notar los nervios de todos ya que quedan tan solo tres horas para dar comienzo a la función.
Esas últimas horas pasan en un suspiro difuminado entre sesiones de maquillaje, peluquería, los sastres dando las últimas puntadas y el eco del público que empieza a abarrotar la majestuosa sala de la Ópera Garnier.
Cuando me quiero dar cuenta, el aviso de «quince minutos para salir a escena» resuena por los altavoces de los camerinos.
Me coloco la chaqueta de Príncipe, ajusto mis puños y salgo al pasillo respirando hondo.
Allí está ella. Al final del pasillo, bajo los focos tenues de las bambalinas.
Mad parece un ángel envuelto en tul azul.
Al mirarme, sus ojos reflejan los mismos nervios que los míos, pero también una determinación feroz.
Me acerco despacio y, sin decir nada, le tiendo la mano.
Nuestras palmas se unen con fuerza. El mismo gesto que nos salvó de las llamas cuando teníamos doce años vuelve a ser nuestra mayor ancla hoy más que nunca.
—¿Listo, Príncipe? —me susurra con una sonrisa.
—Siempre que sea contigo, Cenicienta —respondo con la verdad.
El telón sube. La imponente música de la orquesta inunda el teatro y el escenario se abre ante nosotros como un abismo de luz y expectación. En cuanto mis pies tocan las tablas el público desaparece. Las miles de personas se evaporan.
Cuando llega el momento de bailar con Mad siento una electricidad que nunca antes había experimentado.
Ya no hay coreografías rígidas, ni fantasmas del pasado acechando.
Fabien ya no está, las amenazas se han terminado.
Por otro lado, el imperio de mi padre ya no me encadena, y mi madre ha decidido estar más presente en mi vida y escucharme cuando lo necesito. Me siento más libre que nunca.
La suerte de bailar con Mad es que cada caricia en escena es real. Sé que el público está presenciando algo irrepetible cuando llega nuestro pas de deux y nos estamos entregando el uno al otro frente al mundo.
El estallido final de los aplausos es ensordecedor. El telón cae y se vuelve a abrir mientras el público entero se pone en pie, vitoreando y arrojando rosas al escenario.
Horas más tarde, el bullicio por fin se apaga. La cena de celebración con los padres de Mad ha sido maravillosa, llena de risas y brindis, pero Mad y yo necesitábamos un momento a solas antes de que este día terminase.
Tengo otra sorpresa preparada para ella y esta vez ha sido gracias a reconciliarme con mi madre.
Regresamos a la ópera de madrugada.
—¿Qué hacemos aquí otra vez? —pregunta Mad sin dar crédito.
—Vamos a entrar —digo muy seguro de mí mismo, pero aun así sigue sin creérselo.
Comienza a estar más segura de lo que acabo de decir cuando ve que la puerta se abre para nosotros.
El teatro, que hace unas horas retumbaba con la música y los aplausos del público, ahora descansa en un silencio majestuoso.
Caminamos de la mano por el escenario casi a oscuras.
Solo nos ilumina la pequeña luz de seguridad que brilla en mitad de las tablas.
Me detengo en el centro del escenario, el lugar donde tantas veces había sentido la presión por ser perfecto, y la atraigo suavemente hacia mí por la cintura. Mad apoya sus manos en mis hombros y me mira.
Le aparto un mechón de pelo de la cara con delicadeza y rompo el silencio.
—Durante mucho tiempo pensé que mi vida estaba rota, Mad —le confieso—. Vivía con miedo y sintiendo que en cualquier momento todo se derrumbaría. Pero hoy, al bailar contigo me he dado cuenta de que ya no. Siempre has sido mi equilibrio.
Ella sonríe con una ternura tan pura que me estremece. Desplaza sus manos desde mis hombros hasta rodearme el cuello, acortando la distancia entre los dos.
—Ya no debes temer a estar a un giro del caos, Adrien —me responde con una suavidad que me cura por dentro.
Dejamos que todo el peso de estos años se evapore por completo.
No necesitamos decir nada más. Nuestras miradas lo dicen todo.
Se inclina despacio, acortando el último milímetro que nos separaba y nos besamos.
Nos fundimos en ese instante y, al separarnos, la sala sigue en silencio pero ya no hace falta música.
Esta vez bailamos al compás de nuestras propias respiraciones y latidos y no hay coreografía que lo supere.