Capítulo 25 – Adrien
Todavía puedo sentir el calor del contacto con la piel de Madeleine contra la mía mientras subo por las escaleras hacia la habitación de invitados para cambiarme de ropa.
Su casa huele a canela, a pino y a algo que hacía mucho que no experimentaba: a hogar.
Abajo, sus padres ya han regresado y se escuchan las risas de Mad ayudándoles en la cocina.
Por primera vez en mi vida no siento esa presión asfixiante en el pecho.
No soy el hijo perfecto de la étoile , no soy el bailarín que tiene que competir por su puesto.
Solo soy Adrien. Y Mad ha empezado a hacerme un hueco en su corazón así, cuando me muestro sin armaduras.
Sonrío como un idiota mientras busco en mi mochila un jersey limpio para la cena de hoy. Meto la mano en el bolsillo delantero para sacar el cargador del móvil, pero me topo con algo diferente. Un sobre blanco, sin sello ni dirección. Había olvidado que lo había metido aquí.
Me quedo inmóvil en medio de la habitación. Lo abro despacio, y en cuanto desdoblo el papel, la calidez de la casa de los padres de Madeleine se evapora por completo. Es como si el frío que hace fuera se hubiese colado por completo a través de la ventana.
«¿De verdad crees que puedes fingir ser feliz con ella?
Casi muere entre llamas por tu culpa cuando teníais doce años y tú sigues arrastrándola a tu oscuridad.
Disfruta de la Navidad, Adrien. Disfruta de tu Cenicienta.
Porque el pasado siempre vuelve a quemar, y esta vez no quedará nada que salvar».
El aire se me congela en la garganta. Las palabras escritas en tinta bailan ante mis ojos y la cicatriz que tengo en la espalda de aquel día empieza a escocerme como si volviera a estar viva.
El pánico me golpea. No solo va dirigida a mí, también están metiendo a Madeleine y eso me carcome por dentro.
—¡Adrien! Mi madre dice que si tardas cinco minutos más se comerá ella sola los canapés de…
La puerta se abre y Madeleine entra con una sonrisa brillante, pero se detiene en seco al mirarme. Su expresión cambia al instante y toda la alegría que tenía antes en su rostro se borra por completo.
—¿Qué pasa? Estás blanco.
Arrugo el papel en mi puño instintivamente y lo escondo detrás de mi espalda dando un paso atrás. Lo que acabo de hacer es tan rápido y defensivo que me delata.
—Nada —digo, mi voz suena extraña, fría—. No pasa nada. Estaba… buscando una cosa.
Madeleine entorna los ojos, fijando la mirada en mi mano oculta. La complicidad y la ternura que compartimos hace un momento caen al suelo y se rompen en mil pedazos.
—Estás mintiendo. Tienes la misma cara que cuando te da un ataque de ansiedad en los ensayos. ¿Qué tienes en la mano?
—He dicho que nada —respondo endureciendo el tono más de lo que pretendo. El miedo me hace levantar mis defensas de golpe volviendo a construir ese muro que nos separaba antes—. Cosas mías. De mi madre. Me ha enviado un mensaje que me ha puesto de mal humor. Ya está.
Ella da un paso hacía mí. Hay una mezcla de dolor y frustración en lo que transmite su mirada.
—¿De tu madre? Tu mochila está abierta y tienes un papel en la mano. Adrien, hace nada estábamos… me has dicho que estabas en un lugar seguro. ¿Y ahora vuelves a cerrarte así? ¿Otra vez vas a levantar una pared conmigo?
—¡Porque no todo gira en torno a ti! —salto, frustrado, desesperado por apartarla del peligro de esa carta y de mi propio pánico—. Déjalo estar, por favor. Solo necesito estar unos minutos a solas.
Madeleine retrocede, como si mis palabras le hubieran dado una bofetada.
Sus ojos se cristalizan por un segundo y enseguida se muerde el labio inferior tratando de recuperar el control.
Esa mirada de decepción me desgarra por dentro, pero me obligo a mantener la máscara.
Tengo que protegerla, aunque eso signifique que me odie.
—Vale —susurra, con una voz extrañamente calmada que me duele más que un grito—. Quédate con tus secretos si es lo que quieres, pero no me pidas que actúe como si nada.
Se da la vuelta y sale de la habitación cerrando la puerta con un golpe seco.
Me quedo solo en el silencio de la habitación con mi puño alrededor de la amenaza y mi pecho agitado por lo acontecido.
Miro hacia la ventana, donde las luces de Navidad de la calle parpadean y me doy cuenta de que la pesadilla del internado ha vuelto para pillarnos por sorpresa.
Lo peor de todo es que acabo de romper la tregua con la única persona que podía salvarme.
Guardo la maldita carta en el fondo de la mochila como si esconderla pudiera hacer que todo desapareciese. Me cambio de jersey por uno limpio y veo mi reflejo en el espejo. Tengo los hombros rígidos y la postura tensa.
Cuando bajo las escaleras, el contraste es casi doloroso. El comedor está iluminado por velas y las luces del árbol y la mesa está llena de comida que huele increíble. Sin embargo, siento que cuando entro el aire se enfría de golpe.
Madeleine ya está sentada al lado de su madre y ni siquiera levanta la vista cuando me siento en la silla frente a ella. Su indiferencia me escuece más que cualquier reproche a gritos.
—¡Ah, Adrien! Siéntate, por favor. Estábamos esperándote —dice su padre con una sonrisa amable mientras sirve un poco de vino—. ¿Todo bien? Pareces cansado.
Miento esbozando una sonrisa ensayada, una de esas que uso mecánicamente para la prensa después de una función exigente.
—Sí, lo siento. Solo es que me duele un poco la cabeza.
La cena se convierte en una tortura de dos horas.
Los padres de Madeleine intentan mantener la conversación viva con una calidez maravillosa, preguntándome por la Ópera, los ensayos y por cómo es mi vida en París.
Respondo con monosílabos educados, manteniendo la compostura lo mejor posible.
Mad, por su parte, habla solo con ellos.
Se ríe de las anécdotas de su padre y le pasa los platos de comida a su madre, pero se asegura de que nuestras miradas no se crucen ni una sola vez.
Es como si yo hubiera pasado a ser invisible, o peor, un extraño que la incomodaba en su propia mesa.
Sé que está dolida, no es para menos. Me muero por estirar la mano por debajo de la mesa, buscar sus dedos y suplicarle que me entienda, pero el miedo a esa carta me mantiene paralizado.
Al terminar, insisto en ayudar a recoger los platos buscando desesperadamente cualquier excusa para romper el hielo a solas. En la cocina, cuando su padre sale un momento nos quedamos solos frente al fregadero.
—Mad, por favor —susurro dando un paso hacia ella mientras sostiene una bandeja.
Se da la vuelta despacio. Sus ojos, que hace unas horas brillaban de deseo, complicidad y risa, están ahora completamente apagados.
—No hace falta que finjas delante de mis padres, Adrien —dice en un susurro cortante, sin una pizca de emoción—. Si te arrepentías de haber venido a mi casa, haberlo dicho. Quizás fue muy pronto. Nos podíamos haber ahorrado esto.
—No me arrepiento de nada, de verdad —insisto, pero la frustración y el pánico vuelven a trabarme la lengua—. Es solo que me ha superado una situación personal. Déjame explicártelo luego cuando estemos tranquilos.
—Déjalo.
Posa la bandeja sobre la encimera con demasiada fuerza.
Su padre regresa a la cocina tarareando una canción navideña y la conversación muere ahí.
El resto de la noche pasa y por fin estoy tumbado en la cama de la habitación de invitados. La casa está en un silencio absoluto. A unos pocos metros, justo al otro lado del pasillo está su habitación. No puedo pegar ojo. Sé que ella tampoco duerme.
Me tapo la cara con las manos, sintiendo el peso insoportable de la culpa en el pecho. He vuelto a hacer lo mismo de siempre: levantar muros rompiendo lo único puro que tenía en mi vida.