Capítulo 24 - Madeleine
Me cuesta muy poco acostumbrarme al olor a madera, a comida recién hecha y a los ambientadores que pone por toda la casa mi padre.
Además, después de que en la escuela de ballet todo tenga que ser tan perfecto, se agradece que aquí nada esté colocado con obsesiva perfección.
Hay un abrigo colgado en una silla, una bufanda olvidada en el perchero y un árbol de Navidad ligeramente inclinado hacia un lado como si le pesaran las luces.
Voy hacia la cocina a desayunar. Adrien sigue dormido y no quiero despertarle, pero me muero de hambre. Allí me encuentro con mis padres que me miran con una sonrisa que es desconocida para mí.
—Buenos días, cariño —saluda mi padre.
—¿Qué? ¿Cómo ha ido la noche? —pregunta mi madre sugerente.
—Bien, como todas —respondo encogiéndome de hombros para quitarle importancia.
—Creo que tu madre espera que le cuentes algún cotilleo —explica mi padre como si no la conociese y supiese por dónde iba con esa pregunta.
—Ah, pues… No tengo mucho que contar realmente. ¿Qué os ha parecido Adrien?
—Se ve que es un chico agradable.
Me río un poco para mis adentros. Nunca me hubiese imaginado describir a Adrien como una persona agradable y que cae bien de primeras, y mucho menos a mis padres.
Hablamos un rato más sobre este tema hasta que mis padres me dicen que se van a ir a hacer algunos recados y comprar comida para la cena de Nochebuena.
Casi terminando de desayunar escucho a Adrien bajando las escaleras.
—Estoy en la cocina— le aviso.
Viene hacia aquí y me da un beso de buenos días.
—¿Has dormido bien? —me intereso.
—Sí, demasiado bien —dice con una sonrisa de haber descansado mucho durante la noche.
—Pues ven, se me ha ocurrido una cosa que quiero enseñarte —le cojo de la mano y arrastro hacia el sofá que hay frente a la televisión.
La enciendo y comienza a reproducirse una cinta de vídeo.
En la pantalla se ve a una niña de unos cinco años que gira torpemente sobre un suelo encerado con una falda de tul rosa y unas zapatillas de andar por casa.
Se ríe, gira, tropieza y vuelve a girar.
Es una especie de Cenicienta improvisada, sin miedo al ridículo.
—¿Eres tú? —me pregunta, aunque es evidente.
Asiento sin dejar de mirar a la pantalla.
—Creo que era en Navidad —susurro—. Mi madre grababa todo. Dijo que quería acordarse de cómo era todo antes de que comenzase a tomarme las cosas en serio.
En el vídeo, la niña —yo— da un giro desastroso, se enreda la falda y cae de culo. La carcajada que suelta Adrien después retumba por el salón. Me encojo de hombros, algo avergonzada. Aun así, no puedo evitar sonreír.
Adrien sigue atento a lo que sucede en la grabación, Solo observa. Y me observa. Tiene la mano apoyada sobre mi pierna, distraídamente, como si llevara allí toda la vida.
—Lo que más brilla no es el tul —dice al fin—. Es la persona que se lo pone.
Lo miro. No sé si por lo que ha dicho o por cómo lo ha dicho. No parece una frase que haya planeado. Le ha salido sola. De manera sincera.
Apoyo mi cabeza en su hombro sintiendo cómo respira y él, sin moverse apenas, me da un beso en ella con delicadeza.
—Eras preciosa de pequeña —me dice.
—Y tú eras un grano en el culo.
Nos reímos mucho. Tanto que acabo inclinada sobre él, con las mejillas encendidas y las manos en sus piernas. Él me mira desde arriba, con esa sonrisa torcida que me desarma, esa que usaba para provocarme cuando aún fingíamos que nos molestábamos.
—Y ahora soy…
Lo miro con una sonrisa lenta.
—Lo mismo, pero más grande.
Suelta una risa ronca que vibra contra mi cuerpo. Sus manos, cálidas y decididas, suben por mis muslos hasta detenerse en mi cintura.
—¿Y te pica? —pregunta alzando una ceja.
—No sabes cuanto —respondo mientras me acomodo a horcajadas sobre él para que después me atrape la boca con un beso que lo dice todo.
Nos hemos besado antes, muchas veces ya, pero esta vez hay una diferencia: no hay prisa, ni límites, solo tiempo y deseo para explorar. Así que me dejo llevar y me pierdo.
Sus manos me recorren como si quisieran memorizarme. Mi jersey acaba en algún rincón del sofá sin que me dé cuenta. Su camiseta se une poco después. La piel contra la piel crea un tipo de electricidad distinta, mucho más íntima. Mis labios bajan por su cuello.
—Me vuelves loco —susurra sujetándome por la cadera, guiándome.
—Entonces vamos bien —respondo contra su cuello sintiendo el ritmo de su pulso en mis labios.
La fricción entre nuestros cuerpos, en parte aún vestidos, es tan intensa que todo lo demás se vuelve irrelevante.
Mis manos bajan por su pecho delineando su abdomen.
Él me mira con los ojos encendidos y, sin aguantar más, me tumba con cuidado sin dejar de besarme.
Yo le sigo el ritmo y le acompaño e invito a seguir explorando.
Su boca baja por mi clavícula, mis costillas y me deja sin aliento.
Todo lo que hace tiene esa mezcla perfecta entre dulzura y provocación, como si supiera exactamente dónde detenerse para dejarme queriendo más.
—Joder, Mad —dice con la respiración entrecortada y volviéndome a mirar profundamente a los ojos—. No sé cómo no me volví loco antes contigo.
—No había quién te entendiese.
—Puede ser, pero ahora me gusta que todo sea así. Sin defensas ni guerras.
—Y sin ropa —matizo y no me lo niega.
Al acabar, nos quedamos en silencio. Las luces del árbol parpadean y se reflejan en su piel. Le acaricio esa parte con la yema de los dedos y le miro, aún un poco desordenada por dentro. Él sonríe y no dice nada más.
Estira el brazo hacia el respaldo del sofá para alcanzar la manta que mi madre dejó allí y nos cubre a los dos, atrapándome contra su pecho. Me pego a él, escuchando cómo los latidos de su corazón van recuperando poco a poco su ritmo normal.
—Mi casa siempre es un caos en Navidad —comento en voz baja mientras trazo círculos invisibles con el dedo sobre su clavícula—. Nada está en su sitio. Nada tiene que ver con el ballet.
Adrien se queda pensativo mirando fijamente el reflejo parpadeante de las luces en la ventana. Siento cómo me abraza un poco más fuerte, como si tuviera miedo de que el momento se esfumara.
—Prefiero este caos mil veces, Mad —susurra, su voz suena tan limpia y sincera que me encoge el corazón—. Por primera vez en mucho tiempo no siento que tenga que ser perfecto para ganarme el derecho de estar feliz.
Sonrío dándome cuenta de que el refugio que siempre busqué en mi familia ahora también le pertenece a él. Nos quedamos así, suspendidos en ese instante de paz, sabiendo que fuera de estas cuatro paredes el mundo sigue girando, pero no nos importa.