Capítulo 23 – Adrien
ANÓNIMO: No vas a poder hacer como si nada ahora que estás tan cerca de la verdad.
Parece que los mensajes anónimos no van a acabar. Me empieza a causar ansiedad y un malestar que no puedo controlar. Es como si alguien se enterase de todos los avances que hemos ido haciendo.
Vuelvo a hacer como si nada y dejo el mensaje en leído.
Tengo que terminar de hacer la maleta para irme a Lyon con Mad.
Pasaré unos días con ella y con sus padres.
Mentiría si dijese que no tengo ganas de descubrir el lugar donde creció antes de llegar a París y saber cómo fue su infancia antes de llegar al ballet.
Cuando ya he terminado salgo del apartamento con la bolsa de la escuela.
Luego tendré tiempo de venir a por todo lo demás.
La mañana pasa rápido y las clases que había programadas también.
Antes de recoger todo de la taquilla e irme busco a cada uno de mis amigos para despedirme de ellos y desearles una feliz Navidad.
Mad ha hecho lo mismo así que hemos quedado en que ya nos veremos en su casa.
Cojo el tren como de costumbre y al llegar al apartamento me encuentro con una carta que han introducido por debajo de la puerta.
Sin embargo, cuando voy a abrirla recibo una llamada en mi móvil, es Mad.
—¡Hola! —la saludo con entusiasmo aunque al otro lado de la línea se escuchan sus jadeos—. ¿Te pasa algo?
—¡Corre! Mejor dicho, ¡vuela hacia la estación! —grita con la respiración agitada, ella sí que debe de estar corriendo.
—¿Por? Si es a las seis aún quedan horas.
—No, no lo es. ¡Corre! —vuelve a gritar—. Me equivoqué al coger los billetes y me acabo de dar cuenta de que son para dentro de cuarenta minutos.
—¿Qué? Madeleine, vamos a perder el tren.
—No si corres y dejas de entretenernos hablando por teléfono. Te espero en el andén.
Y cuelga sin darme tiempo a decir nada más. Meto la carta que sigo teniendo en la mano en el primer bolsillo que encuentro libre en mi mochila, cojo la maleta y salgo pitando, rezando por no haberme dejado nada importante sin guardar.
Tengo suerte de que justo pase un taxi por mi calle porque si tuviese que ir en metro no sé si llegaría a tiempo.
En el panel de salidas de la estación busco el número de nuestro tren para saber a qué andén debo ir. Por el camino me encuentro con Mad.
—No vas a volver a coger tú unos billetes —le reprocho.
—Buenas tardes a ti también.
—¿Buenas? Pero si, ¡no hemos ni comido!
—Llevo comida, por si eso es lo que te preocupa —me dice con una sonrisa de lado.
Solo me queda suspirar y seguir tirando de la pesada maleta mientras caminamos tan rápido que estamos en ese punto de que en cualquier momento comenzamos a correr.
Por suerte el tren sigue en las vías y todavía no se ha ido. En pocos minutos el tren comienza su marcha y es cuando puedo respirar tranquilo. Si hubiese tardado solo un poco más no hubiese llegado. Nos sentamos uno junto al otro.
—Qué susto me he dado cuando he ido a abrir la aplicación en la que están los billetes y he visto que era a esta hora —admite cuando el tren ya ha salido de la ciudad y se observa por la ventana los campos y casas solitarias de las afueras de París.
—A mí también me has dado un buen susto, no he revisado ni lo que llevo en la maleta, seguro que me he dejado algo.
—Eso pasa por hacerla en el último momento.
—Perdona, doña perfecta —le chincho.
Un rato después ella saca su libro y yo pongo algo de música en mis auriculares.
Al cabo del tiempo nos encontramos compartiendo los auriculares y la música que sale a través de ellos.
Tarareamos o comentamos algunas de las canciones que van sonando hasta que Mad apoya su cabeza en mi hombro y sé que se ha dormido cuando su respiración se vuelve lenta y pausada.
Enciendo mi móvil y trato de usarlo sin mover demasiado el brazo en el que está apoyada.
A punto de llegar decido despertarla para que le dé tiempo a despejarse y recoger el libro y todas las cosas que ha sacado de la mochila. Entre ellas, una caja con caramelos lilas con forma de violetas que huelen igual que ella.
—¿Estás nervioso? —me pregunta con un tono suave.
—Un poco —admito—. Nunca he pasado unas navidades fuera de París.
—Bueno, solo espero que quieras repetirlo alguna vez más.
Sonrío y asiento haciéndole saber que estoy seguro de que eso pasará.
Al bajar del tren el frío se pega a nuestra piel y el vaho comienza a salir de nuestras bocas.
Estábamos demasiado calentitos en el tren.
Mi mano fría trata de buscar la suya para encontrar la calma que necesito al pensar en que voy a conocer a sus padres en pocos minutos.
Y así es. Allí están esperando en la puerta de la estación con unas sonrisas de oreja a oreja.
Los tres se funden en un cálido abrazo y me doy cuenta de lo difícil que tiene que ser estar tan lejos de las personas más importantes para ella.
Su madre me abrazó con entusiasmo y su padre me preguntaba por París como si fuésemos viejos conocidos. Yo, que solía proteger cada rincón de mi intimidad, me vi sonriendo de lo que hablaba.
No sé bien qué esperaba cuando acepté la invitación de Mad de venir aquí. Quizás algo incómodo, una nueva versión de las Navidades familiares. Sin embargo, ellos lo vivían de verdad. Sus padres me habían acogido como si fuese uno más de la familia. Enseguida supe que había estado equivocado.