Capítulo 22 – Madeleine
Después del evento con Adrien en el que parecíamos estar en un mundo paralelo, vuelvo a la vida real cuando la alarma hace que mis sueños se desvanezcan y empiece una nueva semana. Es la última antes de las vacaciones de Navidad.
Al llegar a la escuela me encuentro con un árbol gigante, que decora la entrada, con sus características bolas rojas y blancas y unas luces de colores que parpadean.
Del árbol también cuelgan algunos adornos como zapatillas de ballet o figuras del cascanueces, un guiño al clásico que todos asociamos con esta época del año.
Según avanzo por el pasillo hacia las taquillas observo cómo la gente habla animadamente.
Noto que el ambiente es distinto, más relajado que de costumbre, como si el espíritu navideño calmase los nervios.
Pero no por mucho tiempo para mí cuando veo a Adrien, quien camina con mala cara y su mirada tan fija en el suelo que ni me ve.
—Buenos días —lo detengo poniéndome en frente de él impidiéndole seguir caminando—. ¿Ha pasado algo?
—Ven —me pide dándome la mano y abre una de las puertas del pasillo que da a un cuarto de la limpieza donde nos encontramos entre fregonas y productos de limpieza.
Y entonces se derrumba de una forma como nunca antes le había visto. Solo puedo abrazarlo y esperar a que se desahogue antes de poder empezar a calmarse.
—Ayer, cuando te fuiste de mi apartamento —eso es porque al volver del evento dormimos juntos y me fui después de comer—, volví a sacar todas las noticias del incendio para leerlas y ver si encontraba algo nuevo —me informa agachando la cabeza sin ser capaz de mirarme a los ojos.
«Y lo has hecho sin tenerme en cuenta», tengo ganas de decir, pero me lo callo porque tal vez no sea el momento.
—¿Encontraste algo? —digo en su lugar.
—Sí, el nombre de mi padre.
Mis ojos se abren como platos. Eso es lo único que puedo hacer porque me acabo de quedar de piedra.
—Tiré todo a la basura y borré lo que tenía en mi portátil. No quiero seguir con esto.
—Ah, vale.
Me gustaría apoyar su decisión, pero me molesta que no me haya tenido en cuenta. Era algo de los dos.
No digo nada más. Solo lo abrazo y de vez en cuando alejo mi cabeza para ver su cara e intentar descifrar qué pasa por su mente, pero Adrien sigue con la cabeza agachada sin atreverse a enfrentarme.
Nos quedamos así un rato en silencio. No es un silencio incómodo, pero tampoco fácil. Es un momento de pausa antes de salir de aquí hacia el ensayo que tenemos con una actitud completamente distinta.
—Bueno, creo que será mejor que nos vayamos si no queremos llegar tarde, ¿no? —digo rompiendo al fin el silencio mientras agarro el pomo de la puerta, aunque no lo abro hasta que Adrien diga algo.
Caminamos juntos hacia la sala de ensayo aún en silencio, pero cogidos de la mano, como si fuese lo único a lo que se puede sostener ahora mismo.
Llega el momento de separarnos por un instante para atravesar los vestuarios y llegar a la sala.
Antes de soltar su mano le doy un beso en la mejilla esperando que ese gesto pueda darle ánimos.
Al entrar en la sala, el bullicio del grupo ya se ha instalado y me saca un poco de esa burbuja al ver a los demás riendo y bromeando mientras calientan algunos músculos o aprietan sus puntas.
—¡ Entschuldigung ! —pide perdón en alemán uno de los coreógrafos—. Ya estoy aquí. Todos a las barras.
Asiento rápidamente y me quito los calentadores para agarrarme a un hueco que queda libre.
—Y uno, dos, tres, plié —marca André con palmas mientras comenzamos el ejercicio.
Busco a Adrien. Sé exactamente cuál es su sitio de todas las veces que he mirado en su dirección en los últimos meses.
Cuando empieza a moverse hay algo en su expresión que cambia.
Siempre pasa. Por mucho que esté cargando, cuando empieza a bailar, todo desaparece.
O, al menos, esa es la impresión que da.
Todo podría ser tan sencillo como una función de ballet: ensayar, ejecutar y brillar, pero la vida no sigue esa coreografía, y parece que lo estoy aprendiendo mejor que nunca cuando lo miro.
Terminamos con los ejercicios en la barra y llega el momento de repasar una de las escenas de la obra que estrenamos al empezar el año.
Vuelvo junto a Adrien tal y como me ha ordenado el coreógrafo.
Hacemos por milésima vez una elevación que llevamos practicando juntos todos estos meses, pero hoy su agarre tiene una fuerza extraña y no soy la única que se da cuenta.
— Stoppen — grita André haciendo chocar sus manos con un ruido seco que resuena en la sala.
Nos quedamos quietos, respirando entrecortadamente.
Una bronca a estas alturas no es nada bueno.
André camina hacia nosotros y sus ojos analíticos se clavan en Adrien—.
¿Qué pasa hoy contigo? No bailas así. Si no confías en tus movimientos, ella tampoco podrá confiar en ti.
Miro a Adrien de reojo y observo como se tensa su mandíbula en un intento de mantener su expresión seria. Las palabras del coreógrafo han golpeado directamente su pecho y, además, hoy no estaba listo para recibir algo así.
—Madeleine, tú tampoco te salvas —cambia el rumbo de la regañina y me mira a mí—. Estás dejando que tu energía dependa de él. Hazlo sola. Desde cuando bajas de la elevación.
Asiento y vuelvo a la posición sintiendo el peso de la mirada de todos los que están aquí. Respiro profundo, preparo mis brazos y empiezo a bailar.
—Eso ha estado mejor —dice André, aunque su tono sigue siendo exigente—. Ahora, Adrien, no solo la sostengas, acompáñala. De nuevo, los dos.
Volvemos a intentarlo y siento cómo el contacto de sus manos cambia. No digo nada, pero sé que él también lo siente. Quizá no podemos resolver lo que pasa por nuestra cabeza en este momento, pero no es ningún secreto que nuestros cuerpos siempre han sabido encontrar un lenguaje común en la danza.
El ensayo termina por fin. No es solo que haya sido muy extraño el ambiente que se respiraba, también me ha resultado eterno.
Al terminar de estirar, las chicas se despiden con risas y conversaciones sobre los planes para las vacaciones.
Adrien, en cambio, se dirige a las taquillas con pasos rápidos, como si quisiera desaparecer de aquí lo antes posible.
No puedo evitar seguirlo. Cuando llego donde él está me quedo a una distancia prudente para que no me vea.
Sus manos tiemblan ligeramente mientras intenta meter sus cosas apresuradamente y no puedo evitar acercarme para ayudarle con algo.
—Puedo hacerlo solo —es la única respuesta que me da.
Sus palabras han sido cortantes, pero no frías. Sé que no quiere hacerlo con mala intención y estoy teniendo demasiada paciencia hoy con él.
—Pero no me voy a quedar de brazos cruzados viendo cómo lo estás pasando mal.
Por fin se detiene. Se queda inmóvil, con una camiseta a medio camino de salir de la taquilla y entrar a su mochila. Gira lentamente la cabeza para mirarme.
—No tienes que hacer esto.
—Todos podemos tener un mal día, no voy a desaparecer cuando más me necesitas —intento que mi voz suene agradable y calmada.
—No estoy teniendo un mal día.
—Eso te funcionaría si no te conociese. No te empeñes en hacerte el fuerte, no tienes que pasar por esto solo.
—No intento ser fuerte Mad. Estoy intentando… —se detiene, sus labios tiemblan y las palabras salen a duras penas—. Estoy intentando no ser una carga.
Me quedo sin aliento por un segundo. ¿Una carga? ¿Así se siente? Me hace pensar en las veces que su madre le ha dicho que si no fuese por él hubiese seguido dedicándose al ballet por muchos años más. Tal vez venga de eso y de vez en cuando le atormenten esas inseguridades más que nunca.
Me acerco a él para rodearle con mis brazos. Suspira y deja caer la camiseta al suelo para después apoyar la frente contra la puerta de la taquilla, derrotado, pero no me aparta.
—Eres muchas cosas, pero una carga no es una de ellas —digo en un susurro para que solo él me escuche.
No responde, pero siento como su respiración se vuelve más pausada según pasa el tiempo. Unos minutos más tarde, se endereza, recoge la camiseta del suelo y me mira. Sus ojos aún están cargados de algo que no logra desaparecer del todo.
—¿Sabes? Me siento imbécil cuando pienso que no tuve el valor de seguir estando a tu lado después del incendio. Todo hubiera sido muy distinto.
Sonrío porque esas palabras cargadas de sinceridad han traspasado cualquier barrera que pudiese haber.
—A veces lo eres —digo con una pequeña risa que se me escapa y él se lo toma de manera positiva porque también sonríe.
Recogemos nuestras cosas y salimos juntos de la escuela para ir hacia la estación una vez que han acabado todos los ensayos de hoy, lo que más necesitamos es descansar.
El tren llega puntual. Encontramos un par de asientos junto a la ventana y lejos del bullicio de los demás pasajeros. Adrien se sienta junto al cristal, con la cabeza apoyada en el respaldo, mirando hacia la oscuridad del exterior.
Cuando estamos llegando a la parada en la que se baja Adrien su mirada se clava en la mía y comienza a hablar:
—Mad —empieza y su voz suena más firme esta vez—, muchas gracias por no irte.
—No hace falta que me las des, simplemente lo he hecho porque te quiero.
Con una delicadeza que no esperaba se inclina hacia mí y presiona sus labios contra mi frente. Es un gesto breve, pero cargado de todo lo que no se puede expresar con palabras y sale del tren.
Me quedo con la misma sonrisa durante un tiempo, con la sensación de su beso aún en mi piel, como una pequeña chispa de calor en medio del frío de diciembre.