Capítulo 21 – Adrien
El conductor que ha venido a buscarnos a mi apartamento llama al timbre y soy consciente de que Mad todavía no está lista porque el vestido sigue extendido sobre la silla de mi escritorio. Puede que nos hayamos entretenido más de la cuenta.
—¿Cómo vas? Deberíamos bajar ya —le informo mientras me asomo a la puerta del baño donde está maquillándose.
Con su cara de susto no hace falta que diga ninguna respuesta.
—¿Qué? Corre, tráeme el vestido mientras acabo —pide mientras está esparciendo con una brocha el colorete por sus mejillas.
Camino rápido por el pasillo para no perder ni una milésima de segundo.
—Toma —le extiendo el vestido—. Te dije que sería peligroso entretenernos porque podríamos haber estado así toda la noche.
Sonríe aun con las prisas de estar poniéndose el vestido a máxima velocidad.
A mí también se me ilumina la cara con una sonrisa y me quedo embobado al ver, al fin, cómo le queda el vestido.
—Voy a por los tacones —aviso cuando me doy cuenta de que está descalza.
Cuando ya los tengo se los pongo mientras ella hace equilibrios y peina sus pestañas.
—Corre, corre —me mete prisa cuando soy yo quien lleva esperando en el sofá sentado todo el rato que lleva maquillándose.
Va corriendo de un lado a otro de mi habitación dando pequeños saltos para no caerse con los tacones. Busca todo lo necesario para meter en su bolso, nos ponemos el abrigo y salimos lo más rápido posible.
El conductor la recibe con una sonrisa, no como a mí que me mira con desaprobación. Es la primera vez que voy en un coche de estos que no sea con mi madre o solo, algo que me resulta muy extraño.
Mientras los árboles desfilan a ambos lados de la carretera mi mente vuelve una y otra vez a imaginar cómo será presentarle a mi madre a Mad.
Ella, sentada a mi lado, revisa su móvil con la tranquilidad que me falta a mí.
Me pregunto por enésima vez si ella realmente habrá querido venir o si tan solo lo hará por mí.
—¿Estás bien? —pregunta de repente sin levantar la vista de su pantalla. Seguro que se ha dado cuenta de que la estaba mirando mientras pensaba en ello.
—Sí, muy bien —respondo intentando sonar convincente, pero su mirada me dice que no lo he hecho y sigo hablando—. En realidad, no, estas cosas me generan muchos nervios y ansiedad.
Madeleine deja el móvil en su regazo y me mira con una expresión que parece atravesar la barrera emocional. Coge mi mano y la entrelaza con la suya.
—Si quieres hablar, te escucho, ahora o a lo largo de la noche.
Su tono es suave, sin juzgar cómo me siento ni presionar. Miro la luz para comprobar que está apagada y que, por tanto, el conductor no puede escuchar nuestras conversaciones.
—Su manera de corregirme, de elogiarme, de recordarme que nunca he sido suficiente siempre ha estado ahí.
Incluso cuando habla bien de mí hay algo en su tono que lo convierte en un reproche disfrazado de halago —hablo más de lo que pretendía, pero ahora no puedo detenerme —.
A veces me pregunto si alguna vez le importé realmente o si siempre fui una extensión de ella, algo que tenía que moldear para encajar en su mundo.
Madeleine se queda en silencio un momento observándome con atención.
—¿Se lo has dicho alguna vez? —pregunta con cautela.
Niego con la cabeza y dejo escapar un suspiro. Sé que no lo entendería.
Continuamos lo que queda de trayecto en silencio, que no es incómodo, pero me permite pensar demasiado. Mad no me ha soltado la mano en ningún momento y de vez en cuando me ha mirado para comprobar que todo estuviera bien.
El coche se detiene frente a un gran portón de hierro forjado que da acceso a la finca. Mad le echa un vistazo por la ventana mientras yo bajo del coche.
—Vaya, es un poco intimidante —comenta con un hilo de voz apenas audible mientras continúa observando todo, esta vez ya habiendo bajado del vehículo.
—Bienvenida al reino de mi madre —respondo forzando una sonrisa que no llega a mis ojos.
A medida que avanzamos las luces de la casa se hacen visibles. Los coches de lujo están aparcados en fila como un desfile. Ya puedo imaginar las conversaciones que ocurren allí dentro llenas de risas falsas, cumplidos calculados y los intercambios de miradas rápidas para evaluar quién viste mejor.
—¿Lista para entrar? —pregunto, aunque lo que realmente me gustaría saber es si el que está listo soy yo.
—¿Tú lo estás? —replica ella casi leyéndome la mente.
Tomo aire profundamente antes de asentir y abrir la puerta. El aire caliente me golpea en el rostro para contrastar las bajas temperaturas a las que nos encontramos en el mes de diciembre que apenas acaba de comenzar. Caminamos hacia el interior de la casa y siento que cada paso que doy pesa más.
—Buenas noches —nos recibe un hombre perfectamente uniformado con su traje.
Extendiendo su brazo hacia el interior de la casa es como nos invita a pasar. Mad le sonríe y le da las gracias. El hombre sigue mostrándose serio.
—No hace falta que seas buena persona, aquí nadie lo es —le explico y su expresión facial pasa a una de incomprensión y tristeza.
No tenemos que andar mucho más para encontrarnos con mi madre. La saludo con una media sonrisa e inmediatamente se gira hacia Mad para averiguar quién es mi invitada, mi primera invitada a estas cosas.
—Encantada de conocerla, me llamo Madeleine —ella sonríe, a diferencia de mi madre que no hace ni por darle la mano para saludarla, sin embargo, pregunta lo que le importa:
—¿Bailas con mi hijo?
—Así es —Mad sigue con una sonrisa que no sé cómo puede ponerla.
Ambas continúan con una conversación formal en la que mi madre hace una pregunta tras otra y Mad se dedica a contestarlas de la manera más educada posible.
Así estamos hasta que un señor de esos trajeados viene a buscar a mi madre para que le acompañe a algún sitio para dar comienzo al evento, o eso es de lo que me he enterado.
—¿Y ahora qué se supone que tenemos que hacer? —me pregunta como si yo tuviera el conocimiento de algo.
—¿¡Adrien!? — me giro en la dirección de esas dos voces que se han unido al pronunciar mi nombre. Me doy cuenta de que se trata de Hamlet y Gustave, a quienes conocí en otro evento.
—¡Hola! ¿Cómo estáis?
Así es como empezamos a hablar de nuevo, les presento a Mad y, aunque suene raro, la noche empieza a mejorar.
Permanecemos los cuatro juntos gran parte de la noche.
Ya hemos cenado y ahora el ambiente se llena de festividad y villancicos que el DJ reproduce uno tras otro.
Nosotros, que no tenemos nada más que hacer, porque por ejemplo mi madre se dedica a grabar contenido, bebemos y comemos todo lo que pillamos.
—Necesito hacer pis —me dice Mad con un susurro—. Mi vejiga está a punto de explotar.
Informamos a Hamlet y Gustave de que nos vamos un momento y buscamos el baño. Descubrimos que hay que subir a la planta de arriba. Algo que se complica por las copas de más que llevamos. Le doy la mano a Mad, porque además ella lleva tacones, y subimos despacio por las escaleras de mármol.
Cuando llegamos al baño nos damos cuenta de que ya hay alguien dentro así que esperamos en silencio hasta que salga.
Mientras tanto Mad saca la barra de labios de su bolso para darles más color porque de comer y beber se le ha ido.
Está empezando a pintar el labio inferior cuando hago que se sobresalte con mi voz.
—¡Un momento!
Coloco mis manos en su cintura, despacio, como quien acaricia algo que teme que se pueda romper. Ella deja escapar una risa suave, es casi como un suspiro. Me inclino hacia ella, no hacia el centro de sus labios, sino hacia la comisura, un rincón donde no hay rastro de color.
—Adrien… —susurra con un tono que parece querer reprocharme, pero cuando sus ojos se encuentran con los míos sé que no lo va a hacer.
—Es que no quería estropear tus labios cuando te los hubieses pintado… —respondo con una sonrisa que no puedo ocultar.
Ella cierra el pintalabios y, antes de que pueda procesarlo, sus manos suben a mi cuello atrayéndome hacia sí sin que me dé tiempo a pensar, tampoco lo necesito.
El beso que sigue es distinto al primero. Este está lleno de una urgencia que no nos habíamos permitido liberar hasta ahora. Por un instante siento que el mundo se reduce a esto: su tacto, su aliento, la forma en que sus dedos se enredan en mi nuca como si no quisiera dejarme ir.
Cuando nos separamos es apenas un parpadeo el tiempo justo para recuperar el aliento. Sus ojos me atrapan de nuevo con una intensidad que no puedo ignorar.
—Te dije que si jugábamos con fuego nos quemaríamos —murmura y su voz tiembla un poco por la risa que brota de su boca.
—Tú lo avivas —respondo inclinándome hacia ella una vez más, porque un beso no es suficiente y con Mad nunca lo será.