Capítulo 20 – Madeleine
Mientras iba de camino hacia la casa de Adrien no podía evitar repasar mentalmente cómo había sido mi semana. Con una palabra se describe como intensa por el torbellino de emociones y compromisos que habían surgido. Ahora siento que, a pesar de todo, he sobrevivido.
Estoy a punto de llegar al apartamento de Adrien. Cuando subo por el ascensor veo que ya está en la puerta, apoyado en el marco con esa sonrisa suya. Le saludo con un abrazo que termina con un beso en mi frente.
Llevo a mis espaldas una mochila llena de maquillaje y mil cosas que pensé que podría necesitar para esta noche. Adrien, por supuesto, no tarda en hacer un comentario al respecto:
—¿Te mudas? —bromea mientras tiende la mano para coger la mochila y dejarla en algún sitio.
—¡Qué gracioso! —respondo poniendo los ojos en blanco, aunque no puedo evitar sonreír—. Nunca sabes qué imprevistos pueden surgir.
—Seguro que no te hace falta ni la mitad de las cosas que llevas ahí.
Puede ser que tenga razón, pero no se la voy a dar. Caminamos por el pasillo hacia el salón. Su apartamento siempre me ha parecido muy acogedor. Dejo mi abrigo en el perchero y Adrien lleva mi mochila a su habitación.
—¿Dónde te la llevas? —quiero saber.
—A tu nueva habitación.
—Anda, mira, qué privilegio. ¿Ya no tengo que dormir en el sofá?
No puedo evitar asomarme a su habitación. Aquí huele a él. Se me dibuja una sonrisa cuando veo una foto suya de pequeño. No mucho más que cuando lo conocí en la escuela.
—¿Quieres que te enseñe el vestido que me han mandado para ti?
—Claro—asiento algo nerviosa por si voy a encajar en esa prenda que sé que será tan cara.
Adrien me tiende una funda con el vestido en una percha. Puedo ver que es negro y tiene en algunas zonas fruncidos que brillan por la tela satinada. Me deja sola en la habitación para que me lo pruebe tranquilamente.
—Ya me dirás tu opinión más sincera. No tienes que llevarlo si no te sientes a gusto con él —me reconforta con sus palabras desde el otro lado de la puerta.
Solo me ha dado tiempo a quitarme la sudadera y el pantalón cuando Adrien se asoma a la puerta con una pregunta:
—¿Sabes una cosa?
—¿El qué? ¡Aún no me he vestido! —me quejo.
—¿Puedo pasar? —pide permiso como si no hubiese irrumpido ya en la habitación.
—Pasa, no vas a ver nada que no hayas visto ya.
—Siempre he creído que los lunares son recuerdos de caricias antiguas —murmura dejando que la yema de su dedo pulgar trace lentamente la curva de mi clavícula.
Mi piel reacciona al instante erizándose bajo su toque. Él me observa desde su lugar, con una sonrisa que intentaba ser despreocupada pero que no podía ocultar las ganas de hacerme sentir con sus gestos.
—¿Qué dices? —mi voz es baja y estoy a punto de reírme ante su ocurrencia, pero no hago ningún intento por apartarme.
—Hay una creencia que dice que cada lunar que tenemos es una marca que indica dónde nos besaba nuestro amante en una vida pasada.
—¿Y te lo crees? —quiero saber porque él ha sonado totalmente convencido cuando me lo ha dicho.
—No lo sé —se encoge de hombros, sus labios rozando mi piel casi por accidente antes de detenerse en uno de mis lunares—, pero estaba pensando en cuáles tengo y si serán muy diferentes a los tuyos.
—¿Y qué pasa con este? —señalo un pequeño lunar en su brazo, que puede observarse porque lleva una camiseta de manga corta.
No le doy tiempo a responder porque me inclino para besarlo. Su piel tiene un calor casi eléctrico. Una mezcla de deseo y misterio por esa creencia hace que recorra su cuerpo con la vista de arriba a abajo en busca de más.
Cuando me aparto noto cómo su respiración ha pasado de ser apenas perceptible a convertirse en una inhalación profunda.
—Ese también —sonríe viendo que he entrado en el juego —. Madeleine… —murmura mi nombre, que escapa de sus labios como un suspiro.
—¿Qué? —alzo la vista hacia él mientras mi mano continúa explorando su piel para encontrar un nuevo lunar.
—Parece que lo estás disfrutando más que yo —sus ojos ya brillan de esa forma que tanto me gusta.
—Lo dudo —le llevo la contraria mientras beso otro de sus lunares, esta vez más despacio, dejando que mis labios se deslicen apenas por su piel probando su paciencia.
Deja caer su cabeza hacia atrás cerrando los ojos por un instante.
Acaba de dejar su cuello expuesto y es una invitación que no puedo ignorar.
Dejo que mi boca siga el camino hacia un pequeño lunar que tiene justo debajo de su mandíbula, aunque parece que esté estratégicamente colocado para tentar a cualquiera que se acerque demasiado.
—Mad… —vuelve a decir mi nombre, esta vez con un tono de advertencia apenas audible.
—¿Qué? —repito tratando de mostrarme inocente.
—Esto empieza a ser… peligroso.
—¿Por qué? —dejo que mi aliento roce su piel antes de besar la siguiente marca con más firmeza.
—Porque querré que no te detengas.
Levanto la vista encontrándome con su mirada. Sus ojos relucen oscuridad, están llenos de algo que va más allá de una simple atracción. Algo que roza los bordes de una necesidad que ninguno de los dos estamos dispuestos a nombrar todavía.
—Entonces no me detendré —mi voz es apenas un susurro antes de volver a inclinarme, esta vez hacia una constelación de lunares que acabo de descubrir más abajo, en su abdomen.
El calor de su piel es cada vez más intenso y cuando mis labios encuentran una nueva marca, él suelta un suspiro contenido, como si intentase mantener el control, pero yo podía sentirlo, estamos empezando a rozar esa delgada línea.
—Esto es injusto —su voz es más grave—. Estás disfrutando demasiado de esto —se queja subiendo sus manos a mi cintura y sujetándome con más fuerza.
—Tal vez —sonrío dándole la razón.
No responde. En lugar de eso su mirada, ansiosa, recorre cada parte de mi cuerpo y sus labios se detienen en un lugar particularmente sensible, como si lo hubiera buscado a propósito.
—Es hora de saber cuántos tienes tú —anuncia con una urgencia en su voz que me hace sentir un escalofrío.
—Hazlo —le reto muy segura de lo que eso va a suponer.
Sus manos se deslizan lentamente, como si estuvieran memorizando cada centímetro de mi piel, buscando los secretos que mi cuerpo contiene. Su tacto es tan cálido que siento que podría incendiarme con tan solo un roce más.
No sé en qué momento la broma se ha convertido en algo más serio, pero ahora nuestras respiraciones, silencios y susurros componen una melodía digna para una danza que ninguno de los dos está dispuesto a detener.