Capítulo 19 – Adrien
Mi móvil empieza a sonar quince minutos antes de lo que debería según tengo programada la alarma. Genial, un muy buen comienzo de día y de semana. Es una llamada de mi madre.
—¡Buenos días por la mañana!
—Hola, mamá —le saludo de vuelta con mucho menos entusiasmo del que ha demostrado ella.
—Necesito que apuntes un nuevo evento en tu calendario —claro que sí, no preguntes ni qué tal estoy primero—. A este puedes llevar acompañante.
—¿Qué día? —quiero saber y espero que sea lo antes posible para quitármelo de encima.
—Este sábado.
Igual eso es demasiado pronto.
—Vale, ¿me enviarán lo que me tengo que poner?
—Sí, y piénsate si llevas acompañante para que le envíen algo también.
Ruedo los ojos, aunque sé que no puede verme.
¿Por qué insiste tanto? Me dejo caer de espaldas sobre la cama.
Mi madre cuelga antes de que pueda replicar, dejándome con el móvil en la mano y una mezcla de resignación y frustración.
¿A quién podría llevar como acompañante?
No es que tenga una larga lista de opciones…
y las pocas que me vienen a la mente no tienen nada que ver con este tipo de cosas.
Suspirando, dejo el móvil a un lado y miro el techo. Todavía tengo un par de días para decidirlo, pero antes de eso, tengo que sobrevivir a los ensayos de esta mañana. Por suerte, el ballet es mi refugio.
El estudio está lleno de luz debido a los rayos de sol que se cuelan a través de los grandes ventanales. El aire huele a madera, que se mezcla con las risas esporádicas de otros bailarines y bailarinas calentando y las puntas golpeando en el suelo.
—¡Adrien! —la voz de Mad retumba desde el otro lado de la sala. Está atándose las cintas de las zapatillas—. ¿Qué tal? —se interesa cuando ya estoy cerca de ella.
Sonrío, aunque no puedo evitar soltar un suspiro exagerado. Su energía siempre parece estar al máximo, algo que contrasta bastante con la mía y la forma en la que ha empezado mi día.
—Listo para sufrir un rato —admito refiriéndome a la clase de puntas que está por comenzar.
Ríe y, de cierta manera, me lo contagia aunque mi expresión seria tarda poco en aparecer de nuevo y parece darse cuenta.
—¿Te ha pasado algo?
—¿Qué? No.
—Hoy se te ve con poca energía.
—Bueno, sí, es que no he empezado bien el día —me sincero mientras me siento en el suelo para estar más cerca y poder hablar en un tono bajo.
—¿Quieres hablar de ello? —se preocupa, lo noto en su mirada.
—Mi madre me ha metido en otro de sus eventos sociales, y tengo que pensar en si quiero llevar un acompañante.
Parpadea un par de veces, supongo que pensando en qué decir para hacerme sentir mejor.
—Conseguirás a alguien. ¿Has hablado con alguno de tus amigos? Simon es muy sociable, seguro que se siente a gusto en esas cosas.
—No sé si podrá, es este sábado.
—Si él ya tiene planes puedes contar conmigo. No sería la primera vez que te salvo, ¿no?
La miro, sorprendido, y por un momento no sé qué responder. Mad rara vez muestra ese lado más… ¿genuino?
—¿Lo dices en serio?
—Claro, tampoco tienes a nadie mejor— responde dándome un ligero golpe en el brazo y se pone de pie para calentar en la barra.
—Está bien, lo pensaré —digo colocándome frente a ella, aunque en realidad ya me he decidido. Mad haría que cualquier evento fuera soportable. Además, no puedo evitar pensar en cómo sería verla con un vestido elegante.
Ella asiente y vuelve a colocarse en posición para repetir la serie de ejercicios del calentamiento.
El profesor no tarda en llegar y el piano comienza a sonar. Esta vez mi concentración está puesta en ella, ni en los pasos, ni en las notas de la música, solo en Mad.
Cuando la clase termina me dirijo hacia la cafetería para comer con mis amigos. Me siento en nuestra mesa habitual junto a Simon, Étienne y Gèrard, quienes ya están discutiendo animadamente sobre algún vídeo viral que Simon les está enseñando.
—Adrien, ¿por qué siempre llegas tarde a comer? —me pregunta Simon mirándome con ojos acusadores mientras corta su filete de carne.
—Estaba en clase de puntas, ya sabéis cómo es ese profesor, no nos deja salir hasta que acaba sus regañinas.
—Ah, entonces tienes una buena excusa —añade Gèrard—. He visto tu mensaje de esta mañana, ¿qué vas a hacer? ¿Ya has encontrado acompañante?
—Si estuviese en tu lugar tendría una larga lista de ideas —dice Simon.
—¿Una lista? —pregunta Étienne riendo—. ¿Qué harías, audiciones para acompañantes?
—Mejor no pregunto —digo negando con la cabeza. Dejo el tenedor a un lado y miro a los tres respirando hondo antes de soltar la noticia—. He pensado en llevar a Mad.
La mesa se queda en silencio por un momento, y luego Gèrard suelta una carcajada tan fuerte que hace que algunas personas en otras mesas se giren hacia nosotros.
—¡Espera, espera! ¿Mad? ¿La chica que hace unos meses no aguantabas?
—Sí, esa —respondo tratando de mantener la calma, aunque noto que mi cara empieza a arder. Nunca pensé que admitiría esto delante de los chicos ni de nadie.
—¡Pero eso es genial! —celebra Simon sonriendo de oreja a oreja—. Siempre supe que entre vosotros pasaba algo. ¿Os lo dije o no os lo dije, chicos?
—Bueno, me ha dicho que podía acompañarme si no encontraba a nadie más.
—Eso es que quiere ir, no le des demasiadas vueltas —me tranquiliza Gèrard.
—Cuando hemos hablado de ello no he caído en que si voy con ella voy a ponerme muy nervioso. Todo el mundo va a pensar que somos pareja.
—¿Y no lo quieres formalizar? —sugiere Étienne.
—Por mí sí, pero no lo he hablado con Mad.
—Aún tienes tiempo, queda toda la semana.
Tienen razón, es solo que me pilla de nuevas sacar ese tema de conversación y no sé cómo hacerlo de forma natural. Tampoco estoy totalmente seguro de que a Mad le vaya a parecer bien. ¿Habrá pensado ella en las consecuencias?
Los chicos cambian de tema y continúan riendo y haciendo bromas, aunque no puedo evitar continuar pensando en todo lo que acabamos de hablar.
* * *
—¡Mad, espera! —intento frenarla antes de que entre al vestuario para prepararse para la última clase del día. Ella se detiene, girándose hacia mí con una ceja arqueada.
—¿Qué pasa? Tengo que cambiarme y voy justa de tiempo —dice mientras comienza a descolgar el bolso de su hombro.
—Lo sé, no te robo más tiempo. Era para preguntarte si podemos hablar después de clase.
Su cara de agobio se reemplaza por una expresión de curiosidad mezclada con algo de preocupación.
—¿Está todo bien?
—Sí, sí, no es nada malo, no te preocupes.
Ella duda un momento, mirándome como si intentara descifrar qué pasa.
—Vale. ¿Te espero en las taquillas y volvemos juntos en el tren?
Asiento y nos despedimos. Necesito organizar mis pensamientos para lo que quiero decirle más tarde y solo tengo una hora y media.
Después de la clase espero en las taquillas mientras Mad recoge sus cosas. He podido pensar en cómo transmitirle lo que pienso. Me ha ayudado el hecho de que ella estaba con sus amigas y yo con los míos durante toda la clase.
—Ya estoy —cierra su taquilla—. ¿De qué querías hablar? —pregunta mientras empezamos a caminar hacia la salida.
Me rasco la nuca intentando recuperar las palabras adecuadas en las que he pensado antes.
—Bueno, es sobre lo que te he dicho esta mañana del evento social de mi madre —hago una pausa para continuar con la búsqueda de la forma en la que iniciar la conversación.
Su mirada es de expectación—. A mí me parece perfecto que vengas, de hecho, quiero que lo hagas, pero entonces eso significa que estamos…
¿formalizando algo? O así es cómo nos van a ver los demás.
—¿Como pareja? —hay algo en su tono, como si estuviese probando cómo suena la palabra.
—Eso supongo —añado sintiéndome torpe al decirlo.
Me observa en silencio por un momento.
—¿A ti te importa que la gente nos vea como eso? —pregunta con incertidumbre mirándome de reojo mientras seguimos caminando hacia la estación.
Me detengo un instante obligándola a hacer lo mismo y la miro directamente.
—No, no me importaría. Quería saber lo que piensas tú.
Frunce los labios y empieza a caminar otra vez, aunque más despacio. La sigo atento a cada uno de sus pasos.
—Tampoco me importaría —dice con una tímida sonrisa y yo no puedo estar más feliz cuando noto cómo la tensión acumulada se disipa.
Subimos al tren juntos y, esta vez, cuando encuentra un asiento junto a la ventana, me siento a su lado más cerca que de costumbre.
Mientras el paisaje pasa a toda velocidad hablamos de cosas sin importancia, pero hay algo diferente en la forma en que nuestras sonrisas parecen quedarse un poco más de tiempo.