Capítulo 18 – Madeleine
Ha pasado toda la semana sin que Adrien y yo intercambiemos más de dos frases seguidas.
Me siento extraña porque aquel beso no fue por la apuesta, ni mucho menos.
En ese momento no podía pensar en otra cosa que no fuera lo que me decían mis sentimientos.
Ahora nos hemos vuelto a distanciar y no puedo evitar sentir miedo.
Lo peor que podría pasar es que esto vuelva a convertirse en la regla general.
Tampoco sé lo que habrá significado para él, pero si estamos así no puedo pensar en nada positivo.
Termina la última clase de la semana; una de puntas.
Ha coincidido que mis amigas tenían otros ensayos así que salgo del vestuario nada más cambiarme.
Voy sola hacia las taquillas. Ir sin compañía hace que vaya más rápido y que acabe antes, pero resulta raro.
Me cruzo por el pasillo con gente conocida a la que saludo con una sonrisa y no me entretengo más tiempo.
Ya con las cosas metidas en mi bolsa voy hacia la salida.
Hoy no voy a esperar a mis amigas porque ya hemos estado juntas en la hora del almuerzo.
Sin embargo, me cruzo con Adrien. Algo que no es raro ya que venimos de la misma clase.
—Hola, Mad —me sorprende que me llame así, aunque no hago ningún comentario al respecto—. ¿Tienes un momento para hablar?
—Claro, dime.
Acepto de manera automática mientras por mi mente pasan todas las opciones de conversaciones que podemos tener respecto a lo que pasó.
Es a lo que he dedicado mis pensamientos durante esta semana.
Cuando no tenía la mente ocupada me encargaba de darle la tarea de diseñar escenarios imaginarios en los que hablaba con Adrien de mil formas distintas sobre lo mismo.
—¿Podemos hablar en un sitio más tranquilo?
No sé qué sitio quiere que sea más tranquilo que uno de los bancos de la parte trasera de la escuela porque durante las clases siempre están vacíos, pero termino por aceptar y acabamos sentados en el tren.
No estamos hablando de nada muy profundo por lo que supongo que este no es el sitio calmado en el que pretende hablar.
También le pregunto hacia dónde estamos yendo, pero se niega a responder y solo me queda tener paciencia por ver en qué lugar acabamos.
Nos cambiamos del tren a la línea once del metro para bajar en la parada Pyrénées .
Seguimos andando unos diez minutos sin saber por dónde vamos hasta que consigo ubicarme y sé que vamos al parque de Buttes-Chaumont.
Es un parque enorme que hay en la ciudad.
Se caracteriza por sus acantilados y grutas.
Además, está el Templo de la Sibila en lo alto de una colina sobre un islote en el lago por lo que si subes allí tienes unas vistas impresionantes de la ciudad.
Nos sentamos en un banco que hay bajo unos árboles que dan cobijo. Miro a Adrien esperando a que inicie ese tema de conversación que seguramente tendrá pensado al igual que el lugar para hablar.
—¿Tú piensas que lo que pasó fue porque nos dejamos llevar por la interpretación? —inicia y sé perfectamente a lo que se está refiriendo.
—¿Lloras después de una escena conmovedora?
—No, pero, ¿a qué viene eso? —se muestra confuso así que intento explicárselo.
—Es muy fácil, no creo que tenga que ver con la obra—dejo caer y espero que pille las indirectas porque no quiero decirlo de forma explícita.
—Entonces, ¿con qué?
Me niego a ser la primera en responder sin saber primero lo que opina él sobre todo esto. No quiero equivocarme y contar lo que siento.
—Dímelo tú.
—No quiero que esto complique nuestro trabajo.
¿Eso significa que quiere hacer como si nada? Esto también fue una de las conversaciones que imaginé, pero fue la más difícil. No se me ocurre una respuesta honesta que no sea que lo podemos intentar.
—¿Por qué lo iba a complicar?
—Nos ha costado llevarnos bien, no creo que podamos permitirnos lo contrario a estas alturas si las cosas se tuercen.
—Odiarnos ha hecho que nos esforcemos por ser mejor que el otro. No nos ha ido mal.
Su mirada es profunda, pero clara. En ella no cabe más que la verdad de los sentimientos.
Sus ojos, que normalmente están tranquilos, tienen un brillo especial que refleja un torbellino de emociones contenidas.
La intensidad parece atravesar su retina y es como si estuviese entregándome la verdad a través de su mirada.
Con ello, la última frase que he dicho se ha quedado flotando en el aire, suspendida entre nosotros, y, de pronto, todo se convierte en un silencio.
Cuando parece que no podemos evitarlo, la distancia entre nosotros se acorta sin saber si es él quien se acerca hacia mí, o si soy yo la que avanza hacia él. O quizás somos los dos los que nos buscamos al mismo tiempo, como si el silencio nos empujase a ello.
En algún punto nuestras respiraciones se funden y, antes de ser consciente, sus labios rozan los míos. El beso se convierte en una promesa que va más allá de lo que se puede expresar con las palabras.
No sé cuánto tiempo permanecemos así porque pierdo la noción del tiempo cuando esto ocurre. La obra, los ensayos y las dudas desaparecen, y al separarnos, su mirada sigue transmitiendo la misma intensidad. Yo me siento vulnerable y expuesta, pero más segura que nunca.
—Entonces no tendré miedo —es con lo que rompe el silencio y, aunque no me parece un comentario nada acertado, no puedo evitar reírme de la situación.
—¡Ni que fuese un monstruo!
—A veces lo has sido, Mad.
—Eres el único que me llama así —comento sobre la abreviación que usa de mi nombre.
—¿Cómo?
—Mad.
—Porque seré el único al que vuelves loco.
Adrien me mira con una media sonrisa, y aunque intenta mantener una expresión seria, hay algo en su mirada hoy que me desarma. Tiene esa chispa que me deja sin aliento.
—¿Eso es bueno o malo? —es lo único que acierto a decir porque me he quedado sin palabras.
—Depende de cómo lo mires, supongo —responde ladeando la cabeza —. A mí no me parece nada malo.
Quiero responder, decir algo que alivie la intensidad de sus palabras, pero me doy cuenta de que también estoy atrapada en esta misma locura.
Él da un paso más cerca, y me mira como si estuviera estudiando cada rincón de mi rostro.
Mi respiración se acelera y es cuando vuelvo a ser consciente de que ya no hay marcha atrás por mucho que lo intentase.
—Al final, ¿te has aprendido la secuencia de la clase de puntas? —digo cambiando de tema porque no aguanto esta intensidad por mucho más tiempo.
Adrien se ríe y rueda los ojos fingiendo estar ofendido.
—¿No estarás insinuando que soy un desastre?
Me río negando con la cabeza.
—Bueno, la verdad es que siempre hacemos lo mismo y nunca he visto que lo hagas sin fruncir el ceño. Tus intentos de disimular son… interesantes.
—¡Qué va! Si lo hago superbién —se queja cruzando los brazos y me lanza una mirada exageradamente herida—. Deberías estar impresionada como muchas otras chicas.
—Anda, ¿sí? Pues nunca te voy a mirar así. Que se les cae la baba por ver a alguien intentando hacer ver que no está sufriendo y que tiene toda su concentración puesta en lo que viene después y no tropezarse con sus propios pies.
—Gracias, Mad, eres un amor.
—Lo sé, pero gracias a ti por reconocerlo.
Rueda los ojos y pone una cara de estar haciéndome la burla. Intento mostrarme ofendida, pero lo único que me sale es reírme.
—¿Sabes qué es lo que sí que hago muy bien?
—Sorpréndeme.
No sé qué esperar que me diga.
—La tartaleta de frutas me queda de muerte.
Me río imaginando a Adrien con un delantal en lugar de su ropa de ensayo.
—Tendré que comprobarlo, no me fío.
—Dime cuándo y me pongo manos a la obra.
Seguimos caminando lentamente, sin un rumbo claro. Es agradable dejar que el momento se extienda, sin prisa, como si todo lo demás estuviese en pausa.
—Pero, ¿cocinas algo más que no sea eso? —digo intentando provocarlo un poco.
—Claro, mis habilidades culinarias van mucho más allá —protesta, con esa mezcla de orgullo y humos —. Aunque, bueno, las tartaletas de fruta son mi especialidad.
—Vamos, que lo demás no te sale tan bien —digo burlona.
—Ni bien, ni mal. Vamos a dejarlo ahí. Aunque si te atreves a criticarme será porque tú cocinas mucho mejor, ¿no?
—¿Qué quieres? ¿Hacemos un concurso?
Adrien se ríe y asiente exageradamente como si estuviese muy seguro de que saldría como el claro ganador. Empezamos a caminar hacia la estación de metro porque los dos tenemos cosas que hacer esta tarde y no podemos quedarnos aquí más tiempo.
—Vale, pero no te vayas a arrepentir cuando veas que mis tartaletas superan lo tuyo.
—No creo que pase.
—Bueno, cocinamos, juzgamos y el que pierda se encarga de invitar al otro a una cena en el restaurante Camélia.
Ese es uno de los restaurantes más lujosos y caros de la ciudad.
—Baja el nivel —propongo porque me niego a pagar esa cantidad de dinero por un plato de comida.
—Oh, ¿eso es que tienes miedo a perder? —me reta.
—¿Miedo? —respondo fingiendo indignación—. No le temo a tus tartaletas de fruta.
Él se ríe mirándome de esa forma que siempre parece desafiarme a dar un paso más.
—Bueno, bueno, ya lo veremos.
—Solo una cosa más —digo antes de que nos despidamos y cada uno coja la línea de metro que mejor le viene—, ¿vas a seguir una receta copiada de internet o tienes algún secreto especial?
—¿Crees que voy a revelar mi manera de derrotarte? Esa pregunta no se puede hacer.
Le lanzo una mirada desafiante. Ya puedo ensayar alguna receta antes de la competición. Nos despedimos con un abrazo y me voy con una alegría que no puedo quitarme de encima.
Caliento en el microondas las lentejas que me sobraron ayer y me siento a comer.
Respondo a algunos mensajes que han mandado mis padres por el grupo que tenemos de la familia para decirles qué billetes de tren he comprado y que así se puedan organizar para ir a buscarme a la estación.
No hace falta porque solo iré con una maleta y es mi ciudad, la conozco de sobra como para ir de la estación a mi casa en metro, pero siempre han venido y creo que no van a dejar de hacerlo.
Después de comer recojo un poco el caos que hay en mi habitación.
Siempre me pasa que se va acumulando la ropa y las cosas a lo largo de la semana.
Pongo una lavadora con la ropa de color y preparo en otro montón la ropa oscura para ponerla después.
Algo que también me pasa es que, como vivo sola, espero a que los electrodomésticos como la lavadora o el lavavajillas estén llenos para ponerlos en marcha porque sino me da cosa derrochar el agua y energía que gastan.
Mientras la lavadora hace su trabajo, pongo la música a tope y limpio los muebles que van acumulando algo de polvo y barro y friego el suelo.
Me asomo a la pantallita de la lavadora para ver cuánto le queda y aprovecho esos quince minutos para vestirme y prepararme la mochila con las cosas que me voy a llevar a casa de Margot esta noche.
Su madre vuelve a tener otro turno en el hospital.
Con la colada tendida salgo de casa en dirección a la estación de metro. Hago el camino de siempre y llamo al timbre. Margot me recibe con un collar que acaba de hacer.
—Es muy bonito —me muestro alegre ante las coloridas cuentas que ha combinado aleatoriamente.
—Hemos estado toda la tarde haciendo pulseras y collares, vamos a montar un mercadillo a este ritmo —añade su tía, quien aparece por la puerta.
Asiento sonriente. Me explica algunas cosas que debo tener en cuenta hoy y se prepara para irse. Mientras tanto Margot me enseña toda la colección que han hecho y, cómo no, me quedo con la muñeca repleta de pulseras tal y como tiene las suyas.
Cansada de hacer joyas, me propone resolver algún puzle. Nos entretenemos haciendo competiciones por ver quién los acaba antes hasta que llega la hora de cenar y le dejo que vea la tele mientras yo preparo la cena.
—Margot —la llamo—, ya puedes venir a la cocina.
Tengo suerte de que sea una niña obediente porque así no tengo que luchar mucho con ella por que haga lo que se debe.
Mientras cenamos le pregunto qué tal ha ido el día en el colegio. Me explica que han tenido un examen, pero cree que le ha salido bien.
Cuando terminamos me ayuda a limpiar la mesa y meter los platos y cubiertos en el lavavajillas. Le acompaño a lavarse los dientes, la cara y a ponerse el pijama, y me siento con ella en su cama para leer un cuento de los que tiene en la estantería para que se duerma.
Voy hacia la habitación contigua como de costumbre para descansar allí.
La tranquilidad de la noche hace que me relaje y me acomodo en el sofá con un libro en el regazo, intentando concentrarme para leer.
Entonces suena mi móvil, y cuando veo el mensaje, una sonrisa automática se dibuja en mis labios. Es Adrien.
ADRIEN: ¿Qué tal va la noche? ¿Te aburren los cuentos infantiles?
Suelto una risa suave y le respondo sabiendo que no se contentará con una simple respuesta.
MADELEINE: Margot se ha dormido con el primer cuento, pero es verdad que no pasa nada emocionante.
A los pocos segundos mi pantalla vuelve a iluminarse con otro mensaje.
ADRIEN: Quizá debería ir a entretenerte, entonces. Te puedo contar algunos cuentos que son lo contrario a infantiles.
La intensidad de sus palabras me calienta las mejillas y me muerdo el labio indecisa entre seguirle el juego o responder de manera neutral. Me decido a jugar un poco, ¿qué puede pasar?
MADELEINE: ¿Qué tipo de cuentos son esos? ¿Para dormir o…?
No pasan ni dos segundos antes de que llegue su respuesta.
ADRIEN: No, que te duermas es lo último que querría. Digamos que si estuviera ahí tendría formas más interesantes de mantenerte despierta.
Siento el corazón latir un poco más rápido cada vez.
MADELEINE: ¿Ah, sí? Pues aquí estoy dispuesta a escuchar todas esas ideas tan interesantes.
ADRIEN: Creo que si estuviera ahí dejaría de hablar para demostrarte lo que tengo en mente.
Me quedo mirando el mensaje con los ojos como platos sintiendo el cosquilleo en el estómago. Mis dedos flotan sobre la pantalla dudando sobre qué responder.
MADELEINE: ¿Me vas a dejar con el suspense?
ADRIEN: Dulces sueños, Mad.
Pues parece que sí lo va a hacer. Me quedo mirando esas palabras sintiendo una mezcla de frustración y emoción.
Él sabe exactamente cómo dejarme intrigada.
Apoyo el teléfono sobre un brazo del sofá aun sosteniendo la sonrisa en mis labios y miro hacia la ventana, donde las luces de la ciudad brillan a la distancia.
Vuelvo a las páginas de mi libro, pero la concentración tarda en venir mientras imagino a Adrien a mi lado.