A un giro del caos Capítulo 17 – Adrien
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Capítulo 17 – Adrien

Empieza una nueva semana cuando mi despertador suena.

Hoy me levanto con una energía positiva que me sorprende, no suele ser así.

Acabo de prepararme muy pronto porque hoy no he tenido ese rato en el que suelo estar tumbado en la cama planteándome mi existencia.

Podría esperar a que llegue la hora de salir aquí sentado, pero estoy impaciente y voy hacia la escuela aunque vaya a llegar muy pronto.

Estoy aquí media hora antes y obviamente, ninguno de mis amigos ha llegado todavía.

Me doy un paseo hacia el edificio de la residencia para ver si puedo entrar.

Como el portero me conoce me deja pasar y lo primero que hago es detenerme frente a una pared en la que hay enmarcadas fotos de las diferentes promociones que hemos pasado por aquí.

Observo en la que salgo yo buscándome a mí y a todas las personas que recuerdo.

Me hace gracia que en una foto así, en la que todos parecemos una gran familia, se oculten todos los años que ha habido detrás tanto de cosas buenas como malas, porque no se me olvidan todas las peleas, discusiones y chismes que ha habido.

Subo a la planta donde estaba mi habitación y cada rincón me evoca un recuerdo distinto.

Ahora no conozco a nadie, lo cual me resulta extraño.

Es como si te hubiesen echado de tu casa y te hubiesen reemplazado.

Doy un par de vueltas más por estos pasillos y vuelvo a la escuela porque no quiero llegar tarde.

—¡Hola! —me saluda Camille cuando me cruzo con ella en la entrada.

—¡Hola! ¿Sabes si ha llegado Madeleine? —pregunto porque tengo que decirle a qué sala tenemos que ir a ensayar juntos después por si no nos vemos durante la mañana.

—Pues mira —me señala hacia la valla que rodea el recinto de toda la escuela y residencia—, por ahí viene.

No oculto la sonrisa y caminamos hacia ella.

—Buenos días —saluda mirando primero a Camille y luego a mí—, ¿qué hacéis?

—Estábamos esperándote los dos —dice Camille y creo que me pongo un poco rojo por la vergüenza. Es lo que tiene tener una tez tan pálida.

Me pregunto si sus amigas sabrán lo último que ha pasado entre nosotros, como que el otro día me moría por darle un beso, pero huyó.

—¿Qué querías de mí? —me pregunta ante mi empanamiento.

—Nada, decirte que la sala de ensayo es la trescientos tres.

—Ah, vale, pero vamos ahora juntos, ¿no?

—Es que tengo que hacer una cosa primero, te espero allí.

Nos despedimos y me escapo. En realidad, no tengo nada que hacer, solo quiero encontrar a uno de mis amigos para contarle lo que pasó el sábado y quedarme tranquilo sabiendo otro punto de vista.

Tengo la mala suerte de que llegan justos de tiempo y tienen que ir directamente a las salas de ensayo que les corresponden por lo que no podemos hablar sobre el tema.

Voy hacia la sala de ensayo que nos han dejado a Mad y a mí para recuperar la clase que perdí por el examen de Psicología.

Le escribo un mensaje para saber si está ya por aquí y tarda poco en responder para decirme que en menos de cinco minutos sale del vestuario.

Me cambio rápido de ropa para no hacerle esperar demasiado y cuando salgo allí está.

—Hola otra vez —me saluda.

—¿Qué tal?

—Bien, con ganas de las fotos que nos tienen que hacer esta semana —es verdad, todos los años hacemos unas fotos artísticas para el calendario solidario— ¿Y tú?

—Yo con ganas de ensayar contigo.

—Pues venga, vamos a empezar.

Como hemos hecho otras veces, primero ponemos el fragmento de música de la parte del baile que vamos a ensayar para escucharlo. Después comenzamos a hacer la interpretación. La parte que nos toca hoy es cuando el Príncipe descubre que ella es Cenicienta una vez pasado el baile.

—¿Podemos probar otra vez la pirueta? No me siento segura.

—¿Por qué? —quiero saber para mejorar esa parte.

—No veo bien donde estás mientras roto.

—¿Y si me pusiera un par de pasos más adelantado? —me muevo hacia donde me estoy refiriendo para poder explicarme mejor.

—Vale, lo podemos proponer. ¿Te importa dejar tu mano en mi cintura unos segundos más hasta que empiece a girar?

—Sí, claro.

La música suave llena la habitación, cada nota resuena en el aire mientras las luces tenues lanzan sombras en las paredes. Mad y yo habíamos seguido practicando una y otra vez esa pirueta, parece que nos hayamos quedado atrapados en el tiempo.

Nos habíamos acercado más de lo usual mientras discutíamos la coreografía.

Sus ojos, profundos y brillantes, no se apartaban de los míos.

Sentía el calor de su cuerpo a través de la delgada tela de su ropa de entrenamiento, cada centímetro de ella tan cercano y tentador.

Como aquella mañana del sábado, no era capaz de aguantar mi mirada sin que se desviase hacia esos labios que me moría de ganas por besar.

—Adrien… —susurra.

Su voz es suave pero cargada de emoción, negando con la cabeza mientras nos tenemos enfrente. Sin embargo, hoy no la noto nerviosa ni que se quiera apartar.

No puedo evitarlo. Me inclino hacia ella, mis manos encontrando su cintura, mis dedos apenas rozando su piel. Ella se acerca más, sus manos subiendo por mis brazos hasta descansar en mi cuello.

La beso. Es un beso suave al principio, como si ambos estuviéramos probando las aguas. Pero pronto, la pasión que habíamos contenido durante tanto tiempo estalla. Sus labios son suaves y cálidos, y su sabor es intoxicante. La aprieto más contra mí, sintiendo cada curva de su cuerpo contra el mío.

Mad se aparta un momento, sus ojos oscuros y llenos de deseo.

—Adrien —susurra de nuevo para decirme que lo que estamos haciendo no debería de ser así, pero vuelve a besarme cuando le digo que no piense en nada más ahora.

Mis manos exploran su piel que queda desnuda en las partes que la tela del maillot no cubre, acariciando y memorando cada centímetro.

Ella hace lo mismo, sus dedos viajan por mi pecho. Nos movemos juntos, guiados por una coreografía no ensayada, pero perfectamente sincronizada. Mis labios viajando desde sus labios hasta su cuello.

—Ya —me detiene extendiendo su brazo y apoyando su mano sobre mi pectoral—. No podemos seguir con esto aquí —su respiración entrecortada dificulta su habla.

—¿Aquí? ¿Eso significa que en otro sitio sí? —inquiero con la respiración haciendo también de las suyas.

—Lo único que significa es que acabas de perder tu propia apuesta —me dice agarrándome como estaba haciendo cuando nos besábamos.

No contesto a eso, solo vuelvo a mirar sus labios para terminar de memorizarlos y ser consciente de lo que acaba de pasar cuando veo que están algo más rosados que antes.

—¿Por qué me has dejado perder? —quiero saber cuando mis ojos vuelven a su mirada brillante y llena de una emoción que no sé identificar.

—¿Por qué te iba a dejar ganar?

Empieza a recoger sus cosas y se mete en el vestuario antes de que pueda decir algo más. Supongo que con esto hemos dado el ensayo por finalizado.

Cuando salgo la espero en la puerta, sus amigas y los míos nos están esperando para ir a comer juntos. ¿Les contará algo Mad de lo que acaba de pasar?

—¿Te he hecho esperar mucho? —se interesa al salir del vestuario.

—No, no te preocupes.

Nos dirigimos hacia la cafetería. Estoy algo incómodo, sin saber de qué hablar.

A ella no parece estar pasándole lo mismo que a mí o lo disimula muy bien.

Una vez que llegan nuestros amigos dejamos de estar juntos.

Acabamos sentándonos de tal forma que, aun estando en mesas diferentes, tengo a Mad enfrente y no dejo de verla durante toda la comida.

Además, noto que Simon, sentado a mi lado, de vez en cuando se da cuenta de que estoy mirando hacia la mesa donde está ella con sus amigas.

Agradezco que no diga nada al respecto porque he cambiado de opinión, primero necesito aclarar mis ideas antes de contarles nada.

Entro a la sala donde tenemos clase ahora, y lo primero que hago es respirar hondo.

El aire aquí siempre huele igual: una mezcla de madera pulida, sudor y el suave perfume de la resina que usamos en las zapatillas.

Me gusta. Es un olor familiar que me ayuda a centrarme.

Pero hoy… hoy no puedo evitar sentir un nudo en el estómago, algo que no tiene que ver con el ensayo ni con los ejercicios que se vienen.

Mad está a unos metros, ajustándose la falda antes de empezar.

Últimamente me he dado cuenta de que siempre hace ese gesto aunque su falda esté bien colocada.

La he visto desde el momento en el que he entrado, y aunque no he hecho más que mirarla de reojo, sé que ella también me ha visto.

Pienso en el beso de esta mañana y no sé cómo manejarlo.

Me gustaría acercarme, decir algo, pero cada vez que lo pienso, las palabras se me quedan atoradas en la garganta.

Me doy cuenta de que mis manos están temblando levemente cuando empiezo a ajustar las cintas de mis zapatillas.

Lo último que quiero es que alguien se dé cuenta de que estoy nervioso.

Simon aparece a mi lado con su sonrisa pícara de siempre.

—¿Estás listo para sufrir, amigo?— bromea, empujándome suavemente con el codo.

Le devuelvo una sonrisa medio forzada.

—Siempre, ¿no? —respondo, tratando de parecer más relajado de lo que me siento.

Simon tiene una manera de hacer que todo parezca menos serio, y normalmente eso me ayuda, pero hoy, mi mente está en otro sitio.

Él sigue hablando, pero yo apenas escucho.

Todo lo que hago es tratar de ignorar la presencia de Mad a pocos metros, sus movimientos fluidos y la forma en que el sol se cuela por las ventanas y la ilumina.