A un giro del caos Capítulo 16 – Madeleine
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Capítulo 16 – Madeleine

Al final me voy a aprender este camino de memoria. Estoy yendo al apartamento de Adrien para que me enseñe la que tiene montada. Me ha dicho que tiene la mesa a rebosar de recortes de periódicos con la noticia sobre el incendio y capturas de todos los mensajes que le han llegado.

Cojo el segundo metro del día. Madre mía, parece que vivo aquí, en lo subterráneo, como Ratatouille y sus amiguitos.

Por lo menos son pocas paradas en esta línea y no se me hace muy largo el trayecto.

Camino unos minutos y llamo al timbre de Adrien.

Tarda segundos en abrirme, supongo que estaría esperándome igual o más impaciente de lo que estoy yo.

Quiero saber todo lo que ha descubierto y poder seguir encontrando más información al respecto.

—Buenos días —me saluda con una sonrisa que pocas veces había visto.

Se le ve realmente feliz.

—Buenos días, Adrien.

Mi mente implosiona cuando hay un impulso dentro de mí que quiere darle un abrazo a modo de saludo.

Menos mal que otro impulso me frena a hacerlo.

Todo se queda en un momento de no saber cómo comportarme en el que tan solo nos miramos con la misma sonrisa antes de pasar y que nuestras miradas dejen de estar conectadas.

Cuando cruzamos la entrada y llegamos al salón donde tiene la mesa a rebosar, como él ya había dicho, me quedo con la boca abierta.

—Dime que no me he vuelto loco.

—Un poco sí, pero hay veces que la locura es buena, ¿no?

—Eso espero —desea en un suspiro.

Sigo mirando todos esos papeles que hay tirados por aquí.

—No sé por dónde empezar —me sincero al ver que hay uno debajo de otro y la pila no acaba.

—Había pensado que podíamos empezar por las noticias. Solo hay las que están ahí —señala otro montón de papeles—, así que podemos empezar y acabar.

Estoy de acuerdo y eso es lo que hacemos.

Adrien me dice que va a ir a su habitación a buscar el estuche que tiene con subrayadores y rotuladores de colores.

Mientras tanto aprovecho para echarle un ojo a todo, también a lo que no son noticias.

Me abruma un poco que vayamos a hablar tanto de esto, pero creo que ya han pasado los años suficientes como para poder hacerlo sin que me afecte demasiado.

Adrien vuelve cargado con tres estuches y no puedo evitar hacer un comentario al respecto.

—¿Qué haces con tantos subrayadores? Pareces el chico de los plumones.

Se ríe, pero lo pregunto de verdad. No entiendo para qué querrá tantos si con tres colores vas que chutas para diferenciar palabras clave, definiciones y títulos, punto. Con tantos colores sus apuntes tienen que parecer un arcoíris.

—Son útiles —se defiende y yo niego con la cabeza porque no me convence con esa respuesta.

—Pues venga, si tanto sirven, ¿qué código de colores seguimos?

—Mira, el azul para títulos, el verde para palabras importantes, el rosa para nombres, el morado para números, el amarillo para…

—Espérate, ya no me acuerdo del primero.

—Joder, Mad, tienes que estar atenta, sino no podremos hacerlo.

—Que estoy atenta, pero vas muy rápido y son muchos colores. Apúntamelos en algún sitio.

Rechista, pero saca un folio de una carpeta y empieza a hacer una leyenda con el significado de cada color.

—Toma, entérate de algo.

—Bájate dos puntos que a mí esto de subrayar se me daba muy bien en el instituto.

—No mientas que sé que Emma os pasaba mis resúmenes.

Bueno, eso puede que sea verdad, aunque yo solo los utilizaba para ver cómo eran y así saber hacer los míos.

—¡Pero si me los tenía que hacer con mi letra porque sino no entendía nada! —me quejo y sigue sin creerme.

Lo miro fijamente como si dijera: «te estoy odiando en este momento y lo sabes». No dice nada al respecto solo me devuelve la mirada. Antes de que esto se haga incómodo desvío mi atención hacia la primera noticia que he cogido de la mesa porque la tenía más a mano.

—Venga, vamos a empezar.

La leo en voz alta del tirón, después ya iremos comentando lo que nos parezca más relevante. Esta noticia habla en general de que hubo un incendio en la escuela y del número de heridos así que no sacamos nada que no supiéramos ya.

Son dos horas más tarde cuando me froto los ojos del cansancio.

—No puedo más, Adrien.

—¿Estás bien? —se preocupa porque sigo con las manos tapándome la cara.

—Sí, es solo que me canso de leer con tanta concentración —explico levantando mi mirada hacia la suya.

—Vale, descansamos entonces. ¿Tienes hambre?

—La verdad es que sí.

—Voy a ver qué tengo por la cocina, ven si quieres.

Le sigo por el pasillo hasta que llegamos allí. Hace lo mismo que yo de costumbre, abre los armarios y la nevera como si estuviera buscando un tesoro. Me mira en busca de que diga algo y me encojo de hombros.

—Las galletas me han parecido bien.

—¿Solo? Eso no es tener hambre.

—Bueno, lo suficiente para matar el gusanillo.

—Me sigue pareciendo poca comida, pero coge lo que quieras. ¿Te quedas a comer luego?

—¿Me vas a invitar?

—A medias.

—Entonces me lo pienso.

Él se coge una manzana y me deja que pase la primera por la puerta para volver. Me siento en el sofá y, sin querer, le he debido de dar al mando con la pierna y la televisión se enciende. Aparece la serie de Heartstopper .

—No sabía que eres un romántico.

—Y no lo soy.

—Vamos, si estás viendo esta serie…

—¿Qué tiene que ver?

—Pues eso, que si ves a dos chicos monísimos siendo novios significa que te gusta ver eso.

—Vale, lo que tú digas. Tú también la has visto, ¿no? Por eso sabes de qué va.

—Sí, yo no me escondo.

—Tú tampoco pareces muy romántica.

—Porque no estoy enamorada.

—Ah, ¿sino sí que lo serías?

—Qué más te dará. ¿Qué tal fue el examen?

—¿Por qué cambias de tema? —me mira interrogante, pero me encojo de hombros y no respondo así que continúa hablando—. Me salió bastante bien, o eso creo. En principio me darán la nota la semana que viene.

—Me alegro, ya me dirás.

—Sí, ya te contaré. ¿Tú qué tal? Y cuéntame algo que no sea sobre ballet.

—Me lo pones difícil si mi vida gira en torno a eso. Estoy bien, no te había contado que cuido de una niña pequeña algunas tardes y noches. Eso es lo que hago aparte de ir a la escuela.

—¿No te cansa?

—Algunos días sí, pero es lo que hay, de algún sitio tengo que sacar dinero para vivir sola en París.

—Es de admirar. ¿Cómo se llama la niña?

—Margot.

Al acordarme de ella sonrío sin pensarlo y Adrien se da cuenta por la forma en la que me devuelve una sonrisa igual de espontánea.

—Es un nombre bonito, como el tuyo.

—¿Estás seguro de lo que acabas de decir?

—No hagas que me arrepienta.

Se le va la mirada hacia mis labios una y otra vez. Empiezo a sentirme incómoda en este silencio. Estoy esforzándome por no mirar a otro sitio que no sean sus ojos para que no se malinterpreten mis gestos hasta que la situación me supera y me levanto del sofá.

—Ya estoy bien, ¿seguimos?

— Em , vale, sí —contesta aún sentado en el sofá y con la mirada fija en el sitio que yo estaba ocupando.

Se levanta de allí cuando yo ya llevo un tiempo frente a todos estos papeles y me ha dado tiempo a organizar en un montón las noticias que ya hemos leído y en otro montón las que no.

Continuamos durante un par de horas más.

Al principio Adrien estaba un poco raro, supongo que ha sido por haberme levantado de esa forma tan brusca.

Luego parece que se le ha pasado y todo ha vuelto a ser como era antes.

Averiguamos que el incendio se originó en la cocina de la residencia.

Lo que nos ha parecido extraño es que el incendio fue casi por la noche por lo que la cena ya nos la habían dado y a esa hora no estarían cocinando nada.

Quedamos en seguir el próximo día porque ambos estamos cansados.

Al final tampoco me quedo a comer, en su lugar comeremos juntos el lunes porque Adrien ha visto que le habían contestado al correo en el que pedíamos una sala de ensayo de nuevo. Nos despedimos. Esta vez con un abrazo.

Ya en mi apartamento y con el pijama puesto, subo la pantalla de mi portátil y escribo la contraseña de cuatro números tan sencillos como el año en el que nací. Este ordenador no sale de mi apartamento así que nadie lo toca, no creo que necesite una súpercontraseña .

Busco trenes de París a Lyon para cuando empiecen las vacaciones de Navidad en la escuela.

Tenemos un par de semanas y, como siempre, quiero ir a pasar esos días con mis padres.

Los precios son los que son para estas fechas, no me puedo quejar porque no voy a encontrar ningún ofertón.

Me apunto las opciones que hay y llamo a mis padres para cuadrarlo con los días que ellos no trabajan para poder sacarle el máximo provecho.

Después de hablar un rato con mi padre, ceno y me acuesto en la cama.

No puedo evitar que se me pase por la cabeza Adrien.

Las cosas entre nosotros dos están cambiando mucho y no estoy segura de cómo reaccionar al respecto.

Ahora mismo podría decir que me cae bien, pero no puedo evitar que el miedo a que vuelva a desaparecer aparezca.