A un giro del caos Capítulo 14 – Madeleine
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Capítulo 14 – Madeleine

Ya van dos noches en las que no he dormido nada bien. Voy hacia el baño para darme una ducha de agua fría que espero que me despeje. Hoy es otro día de esos sin respiro; debo ir a la escuela durante la mañana y con Margot por la tarde y noche.

Desayuno con tranquilidad pensando en qué ropa llevar hoy para los ensayos.

Tengo una colección de maillots monumental, aunque al final siempre acabo poniéndome los mismos.

Voy al armario y rebusco un poco entre todos.

Me topo con un maillot de color rosa palo que hace un montón que no me pongo, tanto tiempo que ni me acordaba de él.

Termino por meter ese en mi bolsa y me pongo unos vaqueros y una sudadera para ir a la escuela, por variar.

No puedo evitar recordar la noche del sábado al domingo cuando voy sentada en el metro.

Me puse una alarma temprano para irme de casa de Adrien porque no iba a soportar verlo después de nuestra charla nocturna.

Intuí que él no se levantaría temprano así que me fui sin que me viera.

No recuerdo ni cómo reaccioné cuando empezó a contarme todo.

Llegué a pensar que no era consciente de que había sido yo quien le ayudó a salir.

Yo qué sé, igual el evento traumático había borrado algunas cosas de su memoria.

Por lo visto parece que recuerda todo con bastante nitidez.

El abrazo que vino al final del todo me descolocó aún más.

Vi a un Adrien frágil y eso no es a lo que estoy acostumbrada.

Bajo del metro y me subo al tren. Aquí sigo pensando en ello. Cuando llegamos a su casa no dudé en que esto se lo contaría a Camille, Emma y Amélie, pero ahora no estoy segura. Tal vez debería omitir algunas cosas por la intimidad que suponen no solo para mí.

Una vez llego a la escuela voy hacia las taquillas a hacer lo de todos los lunes; dejo las cosas que voy a usar durante toda la semana como una botella o las puntas, que durante el fin de semana me llevo para limpiar.

—Hola —me saludan Emma y Camille, que acaban de llegar.

—Hola, ¿qué tal?

—Sin superar el concierto del sábado —alega Camille.

—La verdad es que tengo que admitir que superó mis expectativas —digo y la sonrisa de Camille se amplía aún más.

—¿En qué momento he tenido mal gusto musical? —nos recrimina y no podemos evitar soltar una carcajada.

—Tenemos que buscar el próximo concierto que nos pueda gustar a las cuatro —propone Emma, y Camille y yo estamos completamente de acuerdo.

Amélie viene por el final del pasillo de la mano de Gèrard, cuando nos ve sonríe y comienzan a caminar hacia aquí.

—Hola —saludan los dos al unísono.

—¿Cómo están los tortolitos? —quiere saber Emma.

—Muy bien —responde Amélie por los dos—. Ahora iba a acompañarle a clase y luego vengo con vosotras, ¿vale?

—Genial, que vaya muy bien, Gèrard —le deseo y continúan su camino por el famoso pasillo de las taquillas.

Nos quedamos hablando durante unos minutos más hasta que suena el timbre que avisa de que las primeras clases del día comienzan en diez minutos y cada una nos vamos hacia la sala que nos toca.

Busco a Amélie por el vestuario con la mirada, pero supongo que aún no ha llegado porque no logro encontrarla.

Me enfundo en el maillot rosa que he elegido esta mañana, me pongo los calentadores y me hago un moño que recoja absolutamente todos mis rizos castaños.

Espero un poco más para ver si Amélie aparece, pero cuando se empieza a hacer tarde salgo sola a la sala para comenzar a calentar.

Hago los ejercicios y estiramientos habituales concentrada en mi cuerpo mirándome al espejo.

Los dos profesores entran a la sala y Amélie aún no ha aparecido. Me empiezo a preocupar porque cuando cierren la puerta no le dejarán pasar. Ambos profesores hablan con el pianista.

Hasta que no veo que Amélie entra corriendo a la sala no respiro tranquila. Le saludo levantando la mano para que vea dónde estoy y camina hacia mí.

—¿Cómo te has entretenido tanto? —pregunto en voz baja.

—Se me ha pasado la hora —dice quitándole importancia con un gesto con su mano.

Cuando los profesores comienzan a hablar da comienzo la clase, este es el primer ensayo grupal, realizamos una escena en la que todo el cuerpo de ballet danza.

Sé que Adrien está también en esta sala y de vez en cuando lo busco con la mirada.

En una de esas veces, nuestras miradas se encuentran.

Intento descifrar lo que me quiere decir, pero no logro comprender su expresión.

Hay cierta preocupación en ella y es como si él también intentase averiguar algo en la mía.

El intercambio no dura mucho rato más porque enseguida retomamos el ensayo y aunque estemos en el mismo espacio físico volvemos a estar cada uno en su planeta e incluso en galaxias distintas.

El ensayo termina y vuelvo a buscar a Adrien antes de entrar al vestuario.

No lo veo por lo que intuyo que ya se habrá ido.

No sé qué decirle, pero quiero verle y hablar con él.

Tengo una sensación muy extraña porque hace días ni se me hubiera pasado por la cabeza querer mirarlo a la cara y mucho menos tener una conversación.

Entro junto a Amélie al vestuario y nos cambiamos de ropa para ir a la cafetería a almorzar antes de la siguiente clase.

—¿Te pasa algo? Hoy tienes la mirada perdida.

—No es nada, se me pasará.

Decido que no es buen momento para contárselo porque necesito estar bien durante el resto del día y no puedo derrumbarme ya desde el principio. Para desviar la atención le propongo ir a tomar algo en este rato libre que tenemos.

A ella le parece buena idea y manda un mensaje por el grupo de las chicas para decir que las esperamos en la misma mesa de siempre por si pudiesen venir. Mientras tanto nosotras vamos allí y nos tomamos un café.

Emma es la siguiente en llegar donde estamos nosotras. Le preguntamos qué tal ha ido el ensayo y nos cuenta lo que han estado haciendo y cómo va su obra. Nosotras también le contamos los avances de la nuestra. Pocos minutos después se une a nosotras Camille.

Ahora que ya estamos las cuatro aquí es mi momento si quiero contarles una parte de lo que pasó la noche del concierto con Adrien. Sé que el momento perfecto no va a llegar así que aprovecho un momento de silencio y que ya me he terminado mi café para comenzar.

—Chicas, tengo que contaros algo —todas sus miradas se dirigen hacia mí esperando a que empiece—. La noche del concierto, cuando os dije que había llegado a casa… Bueno pues estaba en casa de Adrien.

—Espera, espera, espera —comienza Emma.

—¿Qué acabas de decir? —le sigue Camille.

—¿Tú con Adrien? —demuestra también su sorpresa Amélie.

—A ver, es que bajé de la estación de metro que está más cerca de mi casa y me lo encontré allí diciendo que se iba a su casa. Estaba en la otra punta, no tenía batería en el móvil e iba un poco borracho. No podía dejarle allí tirado.

—Por poder, podías —me corrige Emma.

—No seas mala —le regaña Camille—. Sigue contándonos.

—Pues nada, nos volvimos a meter en la estación, cogimos un metro, pero no llegamos al siguiente. Tendríamos que haber hecho transbordo, pero se nos escapó el último del día. Así que tuvimos que ir casi veinte minutos andando y después no iba a volver sola a casa. Me quedé a dormir en su sofá.

—¿No pasó nada más? —se interesa Amélie.

Pienso en la charla que tuvimos, pero ya he decidido que no voy a hablar de ello por lo que omito esa información.

—Nada más —doy por finalizada la historia.

—Qué forma de acabar la noche —comenta Camille.

Asiento y me encojo de hombros. Aún me hacen alguna pregunta más, pero son por cotillear cómo es su casa y poco más. No nos da tiempo a hablar de muchas otras cosas porque debemos volver a clase. Ahora tenemos clase de ballet clásico así que vamos todas juntas a la misma.

En esta clase somos bastantes personas. Seguimos por donde lo dejamos la última vez y ensayamos una pieza del ballet de Giselle .

Alcanzo a ver a Adrien en el espejo cuando cambiamos de filas y me toca en la segunda.

Tropiezo con mi propia pierna dando un traspiés, lo que me sirve de regañina a mí misma para volver a concentrarme.

Solo espero que el profesor no me haya visto.

La clase se pasa rápido y el final no tarda demasiado en llegar. Hoy me voy a comer a casa así que recojo mis cosas de la taquilla y me despido de las chicas para ir a coger el tren.

La estación a estas horas está llena de gente y tengo que irlos esquivando si quiero llegar al andén a tiempo.

Al final lo consigo y logro subir al tren.

Me he traído un libro para que se me haga más ameno el camino.

Quiero cambiar el hábito de ir mirando el móvil y aprovechar algo más los trayectos de ida y vuelta.

Busco el marcapáginas entre las hojas y lo abro por ahí.

Estoy leyendo una romcom donde los protagonistas fingen tener una relación.

Lo único malo que le encuentro a leer en el transporte público es que no puedo adentrarme de lleno en la historia porque siento que se me pasará la parada, así que estoy mirando todo el rato por dónde vamos.

Lo de que el de al lado pueda leer alguna escena que me incomode tampoco me gusta mucho, pero no es para tanto.

Al salir de la estación del metro veo que está lloviendo. Por suerte, en la bolsa me caben un montón de cosas y siempre llevo un paraguas por si acaso. Camino rápido para llegar cuanto antes a casa porque me apetece ponerme el pijama de tela suave y gordita que uso en invierno y entrar en calor.

Mientras estoy comiendo veo un par de capítulos de una serie. Descanso un poco más tumbada en el sofá mirando el móvil hasta que es el momento de ducharme y prepararme para ir a casa de Margot. Suspiro al salir por la puerta y cerrar la llave, fuera sigue lloviendo y no ayuda a subir mi ánimo.

Camino por las baldosas mojadas del suelo. Hoy me ha apetecido cambiar y no me pongo los auriculares para poder escuchar la lluvia.

Llego a casa de Margot y agradezco el calor que se siente al entrar al edificio. Su madre me espera en la puerta.

—Hoy Margot no ha ido al cole, está enferma. Ahora está durmiendo un rato, con que la levantes a la hora de cenar a ver si quiere comer un poco está bien —me avisa antes de irse a trabajar.

Procuro no hacer ruido cuando abro uno de los armarios de su habitación para coger de allí las zapatillas que tengo de estar por casa.

Voy a sentarme a la sala de estar que se sitúa al lado de su habitación, así podré enterarme si me llama.

De haberlo sabido me hubiera traído el libro de esta mañana para continuar leyendo.

Enciendo el móvil para pasar el rato y deslizo mi dedo por la pantalla para echar un vistazo a las notificaciones. Entre todas ellas me encuentro con un mensaje de Adrien.

ADRIEN: Hola, me ha dado pudor acercarme para preguntarte si todo está bien después del otro día.

Me quedo muy sorprendida después de leerlo.

Igual él también quería hablar conmigo y por eso en clase nuestras miradas se cruzaban, estaba buscándome a propósito.

Me paso un rato escribiendo posibles respuestas y borrándolas porque no estoy nada segura de lo que quiero decirle.

Finalmente me decido por mandarle un mensaje:

MADELEINE: Hola! Yo también estaba intentando encontrar un momento. Sigo un poco en shock y sin saber qué decir.

Será mejor que hablemos claro y sin rodeos de todo esto. Me quedo observando los tres puntos que se mueven en el chat como signo de que está escribiendo. Él también parece estar pensando en qué decir o en encontrar las palabras para ello. Unos minutos después recibo su mensaje.

ADRIEN: Yo tampoco sé qué decir ni qué hacer, la verdad. Luego estuve dándole vueltas toda la noche.

MADELEINE: ¿Te arrepientes de habérmelo contado?

Pregunto sin más. Espero que no se lo tome mal. Por suerte, esta vez responde rápido.

ADRIEN: No, no me arrepentí, es solo que pensé que igual no había sido el momento; yo había bebido y tú estarías cansada.

Leo dos y tres veces el mensaje. No parece que haya sido Adrien el que haya escrito esto. Decido dejar el rifirrafe a un lado antes de contestar.

MADELEINE: Puedes estar tranquilo. Claro que no es algo que esperaba, pero ni eso ni haberte encontrado al salir del metro. No te lo he dicho, pero agradezco mucho que hayas sacado el tema, era algo que teníamos pendiente desde hace años.

ADRIEN: Gracias a ti, te portaste muy bien conmigo.

MADELEINE: No te acostumbres.

ADRIEN: Sé que eres más buena que un cacho de pan, lo de hacerte la malota no te pega.

Suficiente.

Ya se le ha subido.

No me puedo relajar.

MADELEINE: Conoces a la Madeleine adolescente.

Hago hincapié en el único momento en el que Adrien y yo tuvimos algo de relación. Creo que es el momento en el que más me ha podido conocer, pero las personas evolucionamos y no somos las mismas de un día al otro.

ADRIEN: Y a la adulta.

Me rebate.

MADELEINE: No creo que conozcas a la Madeleine adulta.

ADRIEN: Pues enséñamela.

¿Ahora qué respondo yo a eso?

MADELEINE: ¿Qué hay de la versión adulta de Adrien?

ADRIEN: Quedamos este fin de semana y respondes tú misma a la pregunta.

No sé por qué lo hago, pero acepto su propuesta y quedamos el sábado en su casa para comer.

Dios mío, son ya las nueve y media de la noche cuando vuelvo a mirar el reloj. He estado hablando con Adrien mucho rato. Vuelvo a la realidad y voy a la habitación de Margot para preguntarle si quiere cenar algo.

—¿Mamá? —pregunta aún con los ojos cerrados y con un hilito de voz que está a punto de romperse.

—Soy Maddie, cariño, mamá vendrá en unas horas —digo tanteando el terreno porque en otras ocasiones que ha estado mala cualquier cosa le hacía llorar—. ¿Quieres que te traiga la cena?

—¿Aquí en la cama? —su tono es de no creerse que hoy pueda comer en la cama porque nunca le dejo llevarse la comida fuera de la cocina.

—Solo hoy —contesto con una sonrisa con la que le digo que ya sabe que no se puede, pero que podemos hacer una excepción.

Acepta comer un poco y voy hacia la cocina para traerle un bol de arroz blanco con jamón cocido que ha preparado su madre.

—Aquí tienes. Siéntate para comer y ten cuidado para que no se caiga —le explico con calma y me subo a la cama para sentarme a su lado.

Se nota que está enferma porque no dice nada con lo habladora y dicharachera que suele ser. Cuando termina de comer le doy el jarabe que me ha dejado preparado su madre y quiere seguir durmiendo. Me quedo aquí contándole el cuento de Los tres cerditos hasta que cae rendida.

Vuelvo a la cocina, esta vez para cenar yo, y me encuentro con un mensaje nuevo.

ADRIEN: Otra cosa, sobre los mensajes anónimos que recibo…, tengo más información.

Me muero de ganas por saber lo que ha encontrado y eso es lo que le respondo. No estoy segura de dónde me estoy metiendo. Solo espero encontrar respuestas sin salir herida.