Capítulo 12 – Madeleine #2
Miro en todas las direcciones en busca de una solución.
Está claro que no la hay.
Copio y pego la dirección de Adrien en el buscador y veo que son veinte minutos andando. También busco mi casa por si estuviera más cerca, pero me temo que no es así. Suspiro maldiciendo mentalmente.
—Tocará andar —admito tras unos minutos sin decir nada.
— Pfff , ¿y nos vas a guiar tú? —duda de mí y es algo que no le voy a permitir.
—Se me da genial usar el navegador, pero si quieres puedes irte tú que no sabes ni que es por allí —señalo la dirección a la que debemos ir.
—Ahora lo veremos.
—Pues ahora lo verás.
Durante el camino no me pasan desapercibidas las miradas de reojo que Adrien lanza a mi móvil para comprobar que seguimos andando por la línea que esto marca.
Andamos rápido porque ninguno de los dos vamos todo lo abrigados que deberíamos para caminar a estas horas en pleno mes de noviembre. Tenemos mucha suerte de que no esté lloviendo.
—Vale, ya sé llegar —anuncia Adrien.
Miro el navegador e intento memorizar la ruta que queda.
—Que ya lo puedes quitar —repite con un tono de paciencia exasperada como si no le hubiera escuchado hace unos segundos.
Le enseño la pantalla apagada del móvil y seguimos andando por donde él me indica.
—Puedes quedarte en mi casa, no me hagas llamar a un taxi a estas horas —interviene pasado un tiempo desde la última vez que hemos hablado.
—No te preocupes, me volveré.
—No, de verdad, no dejaré que te vayas a estas horas a ninguna parte.
—¿Ahora también me dices lo que tengo que hacer?
—Parece que sí, hoy duermes en mi sofá.
—Ah, gracias. Hubiese sido peor que me ofrecieras dormir en la bañera.
Suelta una risa seca y no dice nada más.
Tardamos menos de diez minutos en llegar. No tiene encendida la calefacción y el frío parece haberse colado por las rendijas para instalarse en el piso de Adrien.
Lo primero que hago es sentarme en su sofá.
Estoy cansada. Adrien se va por el pasillo y desaparece durante un rato.
Aprovecho para mandar un mensaje a las chicas.
Les voy a decir que he llegado a casa para que se queden tranquilas.
Como es obvio, el lunes cuando nos volvamos a ver en la escuela tendré que contarles lo que de verdad ha pasado.
—Toma —dice, lanzándome una camiseta y un pantalón de chándal que me golpean directamente en la cara—. Úsalos para dormir.
No es precisamente lo que quería hacer esta noche, pero sí. No voy a volver a mi casa a estas horas y menos cuando ya no hay transporte público.
—Gracias.
—El baño está allí —señala la segunda puerta que hay en el pasillo—. Te puedes cambiar si quieres.
Y eso es lo que hago. Entro al baño para pasar un buen rato allí porque también necesito quitarme el maquillaje que me ha hecho Camille. Me da pena porque era tan guay que si por mí fuera me lo dejaría durante semanas.
Cuando salgo del baño me siento expuesta, no por falta de ropa, sino por llevar algo de Adrien. Se siente como llevar una bandera de rendición. Encima, la camiseta me llega por las rodillas y la ropa huele a él.
Me lo encuentro en la cocina, de espaldas, bebiendo agua. Se ha quitado el jersey y solo lleva una camiseta de tirantes blanca que marca sus hombros. Por alguna razón, mi cerebro se empeña en archivar esa imagen con excesivo detalle.
Se da la vuelta cuando percibe mi presencia y sus ojos recorren mi cuerpo de arriba a abajo.
—Te queda grande —dice con voz ronca.
—Igual que a ti te quedan grandes muchas otras cosas.
—Ah, ¿sí?
Se acerca a mí acortando esa distancia de seguridad que siempre intentamos mantener cuando hay más personas mirando. Se queda a escasos centímetros de mí, los suficientes para que pueda sentir el calor que desprende su cuerpo.
—Sí —asiento tragando saliva como si esta quemase la garganta.
—¿Cómo qué? —pregunta mientras se acerca un poco más a mí.
—Como el ego que tienes.
Él apoya su mano en la pared justo al lado de mi cabeza y se inclina hacia mí ligeramente. Su perfume y la cercanía me están nublando el juicio.
—Puede ser —murmura y sus ojos bajan a mis labios un segundo que dura una eternidad—, pero deja de mirarme como si quisieras matarme. Los dos sabemos que ahora mismo no es eso lo que tienes en mente.
Me quedo sin aire. Lo último que me faltaba ahora es que tenga razón en lo que dice.
—Eres insoportable —sentencio, aunque mi voz suena mucho menos firme de lo que pretendía.
—Y tú eres una pesadilla —responde él acortando la distancia un milímetro más—. Pero en mi casa, mis reglas.
Agarro su camiseta blanca con fuerza, tirando de él para obligarlo a que sus ojos no tengan más remedio que clavarse en los míos. Siento el latido de su corazón contra mis nudillos. Es rápido. Demasiado para alguien que intenta fingir tener el control absoluto de todo.
Veo cómo se tensa. Aprieta su mandíbula como si estuviera luchando contra algún impulso.
Sostengo su mirada un segundo más de lo necesario saboreando el poder de tenerlo al borde del abismo. Sonrío con una lentitud deliberada, algo que le desquicia. Suelto su camiseta con las mismas ganas con las que la había agarrado y le doy una palmadita en el hombro mientras paso por su lado.
—Buenas noches —le deseo cuando ya estoy saliendo de la cocina.
No recibo ninguna respuesta por su parte.
Me acurruco en el sofá y me tapo con la manta. Sé que no voy a pegar ojo en toda la noche y sospecho que, al otro lado de la pared, él estará parecido a mí.
El silencio reina en el salón, pero no en mi interior. Mi corazón sigue a mil por hora. Es una mezcla de adrenalina y satisfacción por todo lo ocurrido hace unos instantes.
De repente, la pantalla de mi móvil se ilumina. La luz hiere mis ojos que ya se estaban acostumbrando a la oscuridad.
Miro la pantalla con el ceño fruncido. Estamos separados por una pared y cinco metros de distancia, no me creo que haya recibido este mensaje:
ADRIEN: Te quiero decir algo.
Voy a responderle que ahora solo quiero dormir y paro en cuanto lo veo apoyado en la puerta debatiendo en su interior si acercarse a donde estoy yo o no. Creo que no me quedará otra que hablar con él.