A un giro del caos Capítulo 12 – Madeleine
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Capítulo 12 – Madeleine

—Cierra los ojos —me ordena Camille con la brocha para difuminar la sombra de ojos en la mano.

Hemos venido todas a su casa para prepararnos antes de ir al concierto. Aunque lo único especial que estamos haciendo es maquillarnos igual y ponernos muchos brillitos en la cara. Con este cantante no hay un outfit que podamos llevar como pasa en los conciertos, por ejemplo, de Taylor Swift.

Como es obvio, también tenemos la playlist de las canciones que canta en el concierto. En el mismo orden porque la loca —otros la llamarán fan — de Camille se puso a hacer una investigación por Tik Tok y tiene la posible setlist .

Pedimos unas pizzas para cenar y un rato después, entre las canciones de Liam Brown, nuestras charlas y risas, llega el momento de ir hacia el teatro. Vamos sin ninguna prisa porque, por suerte, las entradas están numeradas y tenemos nuestros asientos escogidos por Camille —cómo no—.

De camino sale el tema de los ensayos con Adrien porque Emma me pregunta qué tal va.

Me decido a contarles que ayer estuvimos una hora y media y pudimos mejorar varias cosas, aunque hubo un momento un poco tenso.

—¿En qué sentido? —se interesa Amélie.

—Está claro que, por mucho que tengamos que interpretar, no nos sale de forma natural sacar nuestro lado más romántico cuando estamos juntos. Me retó a ver si era capaz de ello.

—¿Y qué hiciste? —quiere saber Camille.

—Acepté.

Sus caras son de incertidumbre y ganas por saber cómo acabará todo.

—Yo tengo una pregunta —rompe este silencio de no saber qué decir—. Entonces, ¿ha habido un tonteo?

—Yo me lo tomé más como una apuesta entre nuestros orgullos.

—Ya veremos dónde te has metido —advierte Emma.

—Eso mismo pienso —admito—, porque sabéis que para mí es difícil mantener los sentimientos al margen.

Con ellas no hace falta que oculte que un poquito de miedo sí que me da perder. De todas formas, tengo la esperanza de que esto se nos olvide después de todo el tiempo que queda hasta que la audiencia pueda disfrutar de nuestra danza.

—Por cierto, ¿sabes si los chicos saben lo de Étienne con ese profesor? —cambia de tema.

—Ni idea, Amélie.

—¿Crees que para ellos también es un secreto? —inquiero.

—Es que, el otro día, hablando con Gèrard casi se me escapa. No llegué a decir nada, o sea, dije que si sabía algo de un cotilleo profe-alumno, pero lo pude arreglar.

—Uf, menos mal —respira Camille como si acabara de estar dos minutos sin hacerlo.

Es entendible que no quieran que se entere todo el mundo porque las consecuencias que eso puede tener no son nada buenas. Aun así, se me hace raro que no se lo cuente ni a sus amigos.

Nuestra conversación sobre ese tema no dura mucho más tiempo porque enseguida llegamos al recinto donde ya hay largas filas de personas esperando para ver a Liam. Muchas de ellas con pancartas. En eso nosotras no hemos venido preparadas.

—Este es ese cantante de la novia, ¿no? —trato de asegurarme.

—Sí, ¿en serio que solo sabes quién es por el cotilleo? —me sermonea Camille.

—La verdad es que sí —digo con total sinceridad y no me pasa desapercibida la mirada que me dedica de que eso no puede ser.

Lo conozco a raíz de que empezase a tener novia el verano en el que se retiró porque todas las redes sociales comenzaron a inundarse de eso. Antes del escándalo no lo conocía, ahora incluso sé muchas de sus canciones.

Después de este plan que acabamos de organizar, llega el momento de entrar en clase. Todo transcurre como de costumbre. Hacemos algunos ejercicios de expresión corporal que nos ayudan en la interpretación.

Cuando por fin abren las puertas la fila comienza a avanzar rápidamente. Hace mucho frío fuera como para haber estado allí de pie esperando por mucho tiempo más.

El aire está cargado de emoción y puedo sentir la energía colectiva como una corriente eléctrica. Mis oídos aún retumban por los gritos que estallan cuando las luces se apagan y el escenario se ilumina en un resplandor de colores. Camille está saltando como loca a mi lado.

Las primeras notas de una guitarra eléctrica comienzan a sonar y la multitud se emociona.

Ahí está él, Liam Brown, parado en el centro del escenario, con esa sonrisa pícara que solo él puede llevar.

Tiene una chaqueta de cuero negra y unos pantalones vaqueros entallados, y sus rizos castaños brillan bajo las luces del escenario.

Su voz es incluso mejor en vivo, profunda y envolvente, resonando en mi pecho con cada palabra que canta.

Emma me da un codazo, su sonrisa es tan amplia que parece que su cara va a partirse en dos.

Amélie está grabando todo con su teléfono, pero sus ojos están pegados a Liam, siguiendo cada uno de sus movimientos.

Yo simplemente me dejo llevar por la música, saltando con la multitud, gritando las letras de las canciones que he escuchado una y otra vez.

Cuando empieza a cantar “Endless Nights”, Camille pierde por completo el control.

Salta tan alto que casi tira a la persona que está frente a ella, y sus gritos son tan agudos que probablemente estén perforando los tímpanos de todos a nuestro alrededor.

Pero a nadie parece importarle, todos estamos aquí por lo mismo: por Liam, por su música, por ese momento perfecto.

Las canciones continúan, cada una más enérgica que la anterior. Cantamos, bailamos, reímos y gritamos hasta que nuestras voces son solo un susurro. La última canción del concierto es “Sometimes”, una de mis favoritas.

Cuando el concierto termina estamos exhaustas, pero llenas de una felicidad indescriptible.

Camille tiene lágrimas de alegría en los ojos, y Emma y Amélie no pueden dejar de reír.

Nos abrazamos, aún en shock por lo increíble que ha sido todo.

Mientras salimos todas estamos hablando al mismo tiempo, compartiendo nuestros momentos favoritos, riéndonos de la euforia de Camille y haciendo planes para un próximo concierto porque, sin duda, esta noche ha sido solo el comienzo.

Me despido de las chicas antes de bajar del metro para cambiar de línea en esta estación. Este tarda apenas unos minutos en llegar, cosa que agradezco. No me inspira mucha confianza estar a estas horas por aquí.

Subo y busco un sitio para sentarme. En esta línea no pierdo la cobertura así que aprovecho a subir a las historias de mi cuenta privada aquellas del concierto en las que me han mencionado.

En las canciones más emblemáticas se nos escucha a las cuatro gritar —porque a esos berridos no se les puede llamar cantar—.

Gracias a esos vídeos que ha grabado Amélie el tiempo se me pasa rápido y, cuando me quiero dar cuenta, la siguiente parada es en la que me tengo que bajar.

Subo por las escaleras hacia la salida. Voy caminando rápido y atenta por la calle hacia mi casa.

—¡Madeleine! ¡Madeleine! —escucho a alguien gritar mi nombre.

Me giro en su dirección y descubro que se trata de Adrien.

—¿Ya has vuelto del concierto?

—¿Puedes dejar de gritar?

—No estoy gritando —dice bajando el volumen ofendido.

—Sí, estabas hablando muy alto.

—Perdón —susurra.

—¿Ya vuelves de la fiesta? —me intereso— Pero si solo es la una y media de la madrugada.

—Lo sé, pero estoy cansado —y un poco borracho, pienso para mí aunque no se lo voy a decir—. Me voy para allá, a mi casa —dice señalando justo al lado contrario.

—Vives por allí —le corrijo.

Su cara es de incertidumbre. Quiere creerme en lo que le digo, pero a la vez se muestra confuso porque parece que ahora mismo no puede ubicarse correctamente. Saca el móvil, supongo que para comprobarlo y maldice por lo bajo que se ha quedado sin batería.

—Vamos, te acompaño —me ofrezco porque sin batería y sin saber dónde está es muy difícil que llegue a su casa sano y salvo.

—¿Te ha picado algo? —inquiere preocupado.

—No.

—¿Desde cuándo eres buena persona?

—Desde hace mucho. ¿Vas a moverte o no? Te recuerdo que el metro deja de pasar a las dos, quedan veinte minutos.

Y así es como vuelvo a acabar en la misma estación de metro.

Miro en el mapa que muestra todas las líneas para asegurarme de las conexiones que debemos hacer.

Volvemos a hacer las paradas que he hecho para venir.

Vamos en silencio. Él sentado mirando a un punto fijo, y yo mirándole a él.

Haciéndome muchas preguntas hasta que hay una que no la puedo retener.

—¿Hace mucho que has empezado a beber tanto?

—No.

No es una respuesta muy extensa, pero tampoco esperaba que me contara mucho más.

—¿Y eso? —indago.

—Nada que te importe.

Está claro que era la respuesta que podía darme. Tenía que arriesgar.

Después de eso seguimos en silencio un rato más hasta que llega el momento de hacer transbordo.

Veo que el siguiente y último metro del día pasa en tres minutos y aún tenemos que cambiar de andén. Cojo la mano de Adrien con fuerza y tiro de él haciendo que se tambalee hacia delante.

—¡Corre! —le ordeno con un grito cuando recupera el equilibrio.

Sigo sujetando su mano para que no se quede atrás.

—¿No puedes correr más rápido? —me quejo y responde algo por lo bajini que no logro entender.

Aún nos queda bajar por las escaleras mecánicas.

No vamos a llegar. Para ser prudentes, por las escaleras mecánicas nos quedamos quietos.

No me quiero imaginar cómo tiene que ser bajar esto borracha si ya de por sí marea ir por ellas cuando están en marcha.

Empieza a escucharse el sonido del metro llegando.

No llegamos.

Nada más pisar el suelo vuelvo a tirar de su mano. Acabo de darme cuenta de que no la había soltado.

—Venga, Adrien, por dios —vuelvo a quejarme y estiro de su brazo aún más fuerte. Estoy viendo que el metro ya está ahí parado y a nosotros aún nos queda recorrer este pasillo, que me está pareciendo kilométrico.

Cuando por fin llegamos las puertas empiezan a cerrarse. No me lo puedo creer. Presiono el botón para que vuelvan a abrirse tantas veces como puedo hasta que empieza la marcha.

—Joder.

—¡¿Será posible?! ¡Es lo único que has dicho en todo este rato! —le reprendo totalmente cabreada.