Capítulo 11 – Adrien
—¿No crees que Étienne está raro desde hace un par de semanas?
Estoy con Simon a solas en las puertas de la escuela esperando a que vengan los demás. Espero que esa pregunta no se la haga sobre mí al resto porque también sería posible. Intento que no se me note raro, pero el otro día con Madeleine me sentí distinto. No sabría explicar el porqué.
—La verdad es que ahora que lo dices, puede ser que sí.
—Es como si estuviera escondiendo algo —inquiere como si fuese un detective—. Le pregunté el otro día si había algo que le preocupara o si podíamos hacer algo por él, pero me dijo que nada, que estaba perfectamente.
—A partir de hoy estaré más pendiente. Menos mal que me lo has dicho porque no lo había pensado así. O sea, lo notaba algo raro, pero no le estaba dando la importancia que puede tener.
Esta conversación con Simon se acaba cuando vemos que Gèrard y el susodicho se están acercando a nosotros. Cambiamos de tema antes de que lleguen para que no escuchen nada.
—¡Hola! —saludamos casi al unísono.
—¿De qué habláis? —se interesa Gèrard.
Menos mal que a Simon se le da muy bien disimular.
—Nada, solo una conversación aburrida sobre lo que nos espera hoy.
—Ah, bueno, hoy es tranquilito, solo tenemos dos clases —añade Étienne.
—Sí, aunque luego he quedado con Madeleine. Aún nos quedan cosas por ensayar para poder ponernos al día.
—¿Os dejan una sala? —se interesa Simon.
—Sí, en la tercera planta, de esas que están medio abandonadas.
—Mejor, así ni os molestan ni tenéis que conteneros por no molestar.
—Sí, es cierto.
Tras esta breve conversación nos dirigimos hacia las taquillas.
Cada uno las tenemos en una punta diferente del pasillo.
Podríamos intentar cambiárselas a otros bailarines, aunque es de esas cosas que siempre se suelen decir de: el año que viene lo hacemos, y así seguimos.
Cojo lo justo y necesario para las dos clases que tenemos hoy. Lo demás lo dejo aquí.
La primera clase es de puntas y la segunda, después del almuerzo, de ballet clásico.
Técnica, técnica y más técnica. Parece que nunca se acabe, aunque yo lo prefiero.
Para mí es más sencillo ejecutar una pieza a la perfección a transmitir una emoción.
Supongo que, cuando interpretas un personaje es fácil esconderse detrás de eso, pero cuando bailas desde lo que uno mismo siente es como desnudarse frente a todos los espectadores.
Por eso a veces no he destacado tanto como a mi madre le hubiera gustado en estos últimos años.
Hasta la adolescencia podía expresar mis emociones abiertamente y sin ningún problema, pero una vez llegada esa etapa vital, todo se volvió más complicado.
Terminada la clase me doy una ducha rápida y refrescante en los vestuarios.
Me despido de Étienne y Simon, quienes ya van a regresar a sus casas.
Mando un mensaje a Gèrard para saber si ha acabado sus clases y poder comer juntos.
Tengo mala suerte porque no me responde y eso es que todavía le queda otra más antes de poder comer.
Supongo que me tocará ir a la cafetería solo.
Vuelvo al pasillo de las taquillas para dejar la ropa que he usado en las clases y cojo el monedero y el abrigo.
Me apetece sentarme fuera de la cafetería.
Sé que de esta manera podré comer mucho más tranquilo porque, ahora que estamos en noviembre, la gente prefiere comer dentro —que es lo normal—, pero a mí me gusta el contraste del frío y los rayos de sol en la piel.
Saludo a la misma señora que lleva años sirviéndonos la comida y le pido que me ponga el menú del día.
Aquí sirven comida sana y equilibrada, como es lógico.
Me voy con una menestra de verduras y un filete de pescado cocinado al horno.
De postre me cojo un yogur para comer algo más dulce.
Salgo con la bandeja hacia la terraza. Efectivamente, no hay nadie.
Me siento en una de las mesas que hay en la esquina para resguardarme y que el aire no se me lleve volando.
Como muy tranquilo mirando las redes sociales.
Deslizo mi dedo por la pantalla para ver un vídeo viral detrás de otro.
Es muy curioso cómo pueden enganchar tanto y cuando me quiero dar cuenta ya llevo media hora así, con el mismo gesto y haciendo lo mismo.
Estoy quitándole las espinas al pescado cuando la puerta de la terraza se abre y sale Madeleine.
La mirada que me dedica es una mezcla de sorpresa por encontrarme aquí y de arrepentimiento por haber salido. Parece que se debate interiormente si entrar de nuevo a la cafetería así que me aventuro a invitarla a sentarse conmigo. Aún con esa expresión facial, accede y se coloca frente a mí.
—Has salido muy tarde, ¿no? —me es imposible no preguntar porque hemos terminado la clase a la misma hora.
—Estaba hablando con mis amigas —me explica de forma escueta.
—¿Qué tal están? Solo tengo información de Amélie por lo que cuenta Gèrard.
—Sí, lo mismo me pasa con tus amigos. Están bien, mañana vamos a un concierto todas juntas, aunque la que más ilusionada está por ello es Camille.
—¡Qué guay! Yo saldré de fiesta con los chicos.
—Para variar —deja caer.
—Cada uno tenemos nuestros entretenimientos.
—Yo no he dicho que sea ni bueno ni malo —se encoge de hombros.
—¿Y tú? Que una vez te vi volviendo a casa de madrugada —contraataco, o eso intento.
—Para tu información, no volvía de ninguna fiesta.
—No sé si creérmelo.
—Como veas.
Agg, esa indiferencia… No puedo con ella. Se nota que lo hace intencionalmente porque la he visto cuando está con sus amigas y no es así. Algo le sigue pasando cuando está conmigo. Está claro que ha dado por olvidado el abrazo del otro día.
Desde esa respuesta hasta que termina de comer se mantiene en silencio y yo no estoy dispuesto a romperlo.
La observo mientras come. Lo sé, parece que estoy loco ahora mismo, pero he cumplido con mi objetivo.
Con su mirada esquivando la mía a toda costa, pincha los trozos de una pechuga de pollo para metérselos a la boca.
Vuelve a mirarme cuando ya no queda nada en su plato. Se levanta sin esperar a que diga nada, pero me mira esperando de pie con la bandeja en sus manos a que me levante al igual que ella.
—Tengo que ir primero a la taquilla —le aviso cuando estamos depositando las bandejas en su sitio.
—Vale, vamos.
—¿Me vas a acompañar? Qué privilegio.
—Nos pilla de camino —dice sin ninguna expresión.
Deben de haber terminado algunas clases ahora mismo porque el pasillo de las taquillas está repleto de gente. En medio del bullicio aprovecho para preguntar a Madeleine qué bicho le ha picado hoy para ser maja un minuto sí y al otro no.
—Nada —vuelve a mostrarse indiferente.
—Vamos, no hace falta que engañes a nadie. ¿Es por lo que vimos? —inquiero refiriéndome al vídeo del incendio.
—No, y respecto a eso, ¿qué vas a hacer?
Su pregunta es un susurro casi inaudible.
—No puedo hacer nada, no sé quién me lo ha mandado.
—La policía igual sí.
—¿Lo denunciarías? —muestro interés porque quiero saber su verdadera opinión.
—Tienes la posible respuesta a todas las incógnitas que quedaron tras aquel día. Casi morimos. No sé a ti, pero a mí me gustaría saberlo todo. No soy capaz de quedarme de brazos cruzados.
No puedo rebatir nada de lo que ha dicho. Aunque me duela admitirlo, tiene razón.
—¿Me ayudarás?
Tarda en contestar. De hecho, nos da tiempo a llegar desde las taquillas hasta nuestra sala de ensayo.
—Vale. Te ayudo.
Su expresión es muy seria. Por lo que la conozco sé que se va a involucrar en esto tanto o más que yo.
Debato en mi interior si debería decir algo más respecto al tema.
Al final decido dejarlo tal y como está.
Si le doy demasiadas vueltas puede que sea peor y que ella se agobie.
Será una investigación objetiva, sin involucrar nuestros sentimientos.
De nuevo, con el silencio acompañándonos, entramos cada uno en nuestro vestuario.
Me cambio de ropa lo más rápido que puedo y la espero ya en la sala.
Voy preparando la música de lo que hemos planeado ensayar hoy.
Madeleine no tarda demasiado en salir con un maillot negro con escote en corazón que realza su pecho.
Me fijo en los calentadores blancos para que no se dé cuenta de lo mucho que me ha gustado cómo le queda ese traje de licra negro.
—Estoy lista —dice alisándose la falda del maillot con las manos.
—Podemos hacerlo con música una vez y luego ya lo perfeccionamos.
—Vale, pero déjame escucharla una vez primero para recordarla.
Hago lo que me pide y le doy al play. La música comienza a sonar por los altavoces de la sala. Es mucho más emocionante cuando la melodía sale a través del piano, aunque tendremos que conformarnos con esto por el momento.
Miro hacia Madeleine, tiene los ojos cerrados y con su mano va marcando los diferentes pasos que hay que hacer en cada momento de la pieza. La música acaba y se queda unos segundos más con los ojos cerrados y noto cómo respira hondo.
—Perfecto, ahora sí —me indica cuando se pone de pie en posición—. Voy a poner el móvil a grabar y así veremos mejor lo que hay que mejorar.
Estoy en quinta posición respirando profundamente mientras espero la primera nota de la música. Me observo en el espejo y no puedo evitar desviar la mirada hacia el reflejo de la izquierda. Ella está a unos metros de mí, haciendo un arabesque .
Suena el primer acorde y mi cuerpo responde de manera automática moviéndose con la fluidez y precisión que hemos practicado tantas veces.
Avanzo hacia el centro del escenario con un glissade , cada paso controlado, cada músculo en sintonía con la melodía.
La veo moverse hacia mí, su figura grácil y elegante iluminada por la luz tenue, ejecutando un piqué seguido de un pas de bourrée .
Nos encontramos en el centro y nuestras miradas se cruzan.
Es solo un segundo, pero es suficiente para sentir la comprensión sin palabras.
Tomamos nuestras manos, y al hacerlo, todo lo demás desaparece. Es como si solo existiéramos nosotros y la música, un diálogo entre nuestros cuerpos y todo lo que nos envuelve. La elevo en un grand jeté, con un movimiento que es poderoso y, a la vez, delicado.
La música se vuelve más rápida, y nos movemos en perfecta sincronía, girando y saltando.
Realizamos una serie de pirouettes . Siento la tensión en mis músculos, el sudor en mi piel, pero también la euforia de estar en este momento, de contar una historia con cada movimiento.
Todo eso con una sola persona. Con ella.
La música comienza a calmarse y nuestros movimientos se vuelven más suaves, más íntimos.
La invito a girar lentamente en un promenade y su pierna se eleva en un arabesque penchée perfecto.
Es la clara imagen de la belleza. La bajo suavemente y nuestros cuerpos se acercan.
Nuestras frentes se tocan. Solo existimos nosotros, envueltos en la música que se desvanece lentamente.
Nos quedamos inmóviles, aún conectados, sabiendo que hemos dado todo en este baile, aunque solo se trate de un ensayo.
Nos separamos lentamente, nuestras manos deslizándose la una sobre la otra antes de soltarse.
Nuestras respiraciones sincronizadas mientras el mundo a nuestro alrededor sigue girando.
—Esta parte no nos da ningún problema —admito para cortar el silencio que me está torturando porque no sé cómo actuar.
—Yo también lo pienso —me da la razón mientras camina hacia la silla donde ha dejado apoyado el móvil—. Vamos a ver la grabación.
El vídeo comienza a reproducirse. Lo observamos atentamente, sin hacer ningún comentario por ahora.
Cuando termina necesito que lo veamos una vez más porque solo la estaba mirando a ella y no me he fijado en cómo lo hago yo.
Obviamente, no le digo eso último. Le vuelve a dar al play y, esta vez, me concentro un poco más, pero no del todo. Es hipnótica cuando baila.
—Vale —comienza a hablar y me saca de mi ensoñación—, creo que tenemos que mejorar el momento en el que nos acercamos, tú con el glissade y yo con el piqué .
—¿Qué crees que le falta? —trato de entender lo que quiere corregir.
—El Príncipe y Cenicienta se enamoran con ese baile y nosotros parece que nos tenemos miedo y no nos queremos acercar.
—Eso no es cuestión de la técnica —me atrevo a decir—. Somos nosotros.
—¿Nosotros? —pregunta sin entender a qué me estoy refiriendo.
—Sí, nosotros. Hemos sido transparentes. Si no fuera porque nos han asignado estos papeles no nos estaríamos acercando de ninguna manera.
—Ya, pero lo tenemos que hacer…
Eso último lo dice pensando en la forma de solucionarlo. A esto es a lo que me refiero cuando digo que se lo toma en serio y da todo lo que tiene y más cuando se compromete con algo.
—Vamos a olvidarnos de todo cuando estemos bailando. No podemos pensar en el pasado, en quiénes fuimos, en qué pasó. Solo tenemos que bailar y dejarnos llevar por el presente.
Al fin y al cabo, hemos intentado solucionar los malentendidos. Lo único que nos queda es demostrar la complicidad que podemos llegar a tener.
—Guau, qué poético. No sé si será tan fácil —responde a todo lo que acabo de soltar.
—Sí, lo es. ¿Te da miedo intentarlo? —le reto sabiendo que así, con su orgullo, no se va a rendir.
—No te tengo miedo. ¿Y tú? Porque nunca te has querido arriesgar a demostrar tus sentimientos.
Eso último duele. Va a resultar que me conoce muy bien. Se acerca más a mí sin apartar sus ojos de los míos y haciendo que el reto sea aún más tentador.
—Esto no ha hecho más que empezar, Mad.
Sus mejillas adquieren un tono rosado. Ha podido ser por el nuevo apodo que le he adjudicado o por lo otro que he dicho.
Sea lo que sea, ha dejado de ser la única que tiene las cosas bajo control.
Habernos dicho eso estando tan cerca solo me hace pensar en que sus labios están muy cerca de los míos.