Capítulo 10 – Madeleine
No sé si es que la alarma no ha sonado o lo ha hecho y yo en mis sueños me estaba vistiendo y por eso me he quedado tan tranquila pensando que ya me había levantado.
Ahora me toca hacer todo deprisa y corriendo.
Por suerte, no llego tarde a ninguna clase de la escuela porque eso sí que me penalizaría.
Por desgracia, llego tarde a la sala de ensayo en la que he quedado con Adrien.
No quiero tener que darle ninguna razón para que se crezca aún más.
Es por eso por lo que lo único que hago es coger la bolsa con mis cosas para entrenar y salgo corriendo hacia allí.
Ya comeré algo para merendar por el camino y me peinaré y vestiré en algún vestuario.
Sentada en el tren le mando un mensaje esperando que me informe del número de sala que nos han dejado para ir directamente allí cuando llegue. Su mensaje no llega.
Al bajar activo mi paso de «corre que no llegas» y estoy en la puerta de la escuela en apenas dos minutos. Allí está plantado Adrien. Con un semblante serio como de costumbre. Camino hacia él y cómo no, me da las buenas tardes a su manera.
—Ya has calentado por lo que veo —comenta.
Sé que se refiere a que he venido corriendo. Noto el calor que me sube a las mejillas y la respiración todavía agitada.
—Es muy pronto, Adrien, para empezar así.
—No se puede decir nada —se queja alzando las manos en un gesto de inocencia exagerado.
—No. ¿Vamos? —inquiero señalando hacia la puerta principal de la escuela.
En silencio —para sorpresa de nadie—, caminamos hacia la sala que solo él sabe cuál es.
La única pista que tengo es que hemos subido a la tercera planta, por lo que intuyo que es una de esas que no solemos utilizar nunca porque las clases las tenemos casi siempre en la primera y los ensayos en la segunda.
Imagino que nos habrán dejado una por aquí para que no molestemos.
Nuestros caminos se separan cuando llegamos a las puertas del vestuario. Yo voy por la derecha y él se va por la de la izquierda.
Deslizo la cremallera de mi bolsa y, tranquilamente, saco todo lo que necesito. Me pongo un maillot de manga larga porque imagino que la sala estará fría si estamos solo nosotros dos y no ha habido nadie antes. Las puntas me las llevo en la mano porque no estoy segura de si las utilizaré.
Vuelvo a coger mis cosas y cruzo el vestuario para salir por la puerta que da directamente hacia la sala de ensayo.
Allí espero de pie un minuto, dos, tres, cuatro, cinco, …
Hasta que veo en el reloj que ya son las siete y veinte y teníamos que haber empezado a en punto.
Llamo a la puerta del vestuario en el que está Adrien, aunque no obtengo ninguna respuesta.
Golpeo la puerta de nuevo con mis nudillos aún más fuerte, pero tampoco hay manera.
Cuando grito su nombre y sigue sin contestar pierdo la paciencia y me aventuro a abrir la puerta.
—¿Adrien? —pregunto, aunque sigo sin recibir ninguna respuesta.
Camino con prudencia por el vestuario. No me apetece ver algo de lo que luego me pueda arrepentir.
Me lo encuentro sentado en un banco, apoyado en la pared y solo con las mallas puestas.
La parte de arriba aún no la lleva y todo su torso está al descubierto.
Procuro mantener mi mirada alta y que no se deslice hacia abajo.
No quiero desconcentrarme cuando estemos bailando, sabiendo lo que se esconde detrás de esa tela.
Prefiero imaginarlo. Sí, creo que eso es lo mejor.
Se ha dado cuenta de que estoy aquí de pie mirándolo, pero no parece importarle. Se escucha como algo en su móvil se reproduce una y otra vez y le presta mucha atención.
—Cuando quieras dejas de ver Tik Tok y empezamos a ensayar —me atrevo a interrumpir el silencio.
—Es… —parece pensarse si decírmelo o no—. Es un vídeo del incendio —me cuenta finalmente sin apartar la vista de la pantalla.
—¿Qué?
No espero a que diga nada más. Me siento a su lado y me inclina el móvil para que yo también pueda ver la pantalla.
En el vídeo se distingue una habitación oscura. Una persona aparece de espaldas manipulando algo en la pared y se puede ver escrito en una pegatina que son las alarmas de incendios y el sistema de rociadores. Mi estómago se encoge.
—Ahora tiene sentido que no escucháramos nada. Solo los gritos.
—Exacto.
El vídeo vuelve a empezar una y otra vez.
Ninguno de los dos somos capaces de decir nada, Adrien termina por pausarlo y apagar el móvil.
Los dos nos quedamos mirando a la pared que tenemos enfrente como si fuera la que tuviese las respuestas.
Creo que ambos estamos intentando procesar lo que acabamos de ver.
—¿De dónde has sacado ese vídeo? —me atrevo a preguntar después de haber estado dudando.
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Me lo enviaron.
—¿Quién? Esa persona puede que sepa muchas más cosas de las que nosotros sabemos.
—Lo sé, pero no tengo ni idea de quién puede ser. Llevo un par de meses recibiendo mensajes desde distintas cuentas. Siempre son anónimos.
—¿No se lo habías contado a nadie?
Creo saber la respuesta porque lo conozco lo suficiente como para saber que no le gusta pedir ayuda a los demás. Giro la cabeza para mirarlo. Por primera vez desde hace mucho Adrien no parece seguro de sí mismo.
—Creo que será mejor enviar otro correo, a ver si nos dejan la sala otro día —reconozco.
Ahora mismo ninguno de los dos estamos como para ponernos a ensayar.
—Sí, será mejor —me da la razón.
Nos ponemos de pie, queriendo recoger las cosas para irnos, pero ninguno sabemos cómo darle un cierre a todo esto.
Adrien comienza a recoger sus cosas. Quizá yo debería hacer lo mismo, pero no puedo evitar quedarme mirándolo.
La piel de su torso todavía desnudo brilla ligeramente.
Incómoda conmigo misma me ajusto el maillot contra mi cuerpo, consciente de lo poco que me separa del aire frío del vestuario.
Antes de pensarlo demasiado, doy un paso hacia él.
Lo abrazo.
No le pido permiso ni digo nada. Simplemente apoyo mi barbilla en su hombro con suavidad y lo rodeo con los brazos con torpeza, sin saber bien dónde colocar las manos. La calidez de su piel contrasta con el frío del vestuario.
Durante un segundo interminable, Adrien no hace nada.
Su cuerpo se tensa bajo el mío, como si el gesto lo hubiese pillado desprevenido.
No es para menos después de todo. Estoy a punto de separarme cuando siento que, con cuidado, me rodea la espalda.
Su mano se apoya entre mis omoplatos, cálida y firme. Todo es demasiado real para ser verdad.
—Esto te pasa por entrar al vestuario que no debes.
Ahí está de nuevo el Adrien que pensaba que se había ido por un momento.
Me separo y lo miro.
—¿Es lo mejor que tienes para decir después de todo?
Ladea la cabeza como si estuviera midiendo mi reacción.
—Solo digo que…
—Que no sabes estar callado —termino por él.
Abre la boca para responder, pero se queda a medias. Algo en su expresión cambia. Se pasa una mano por el cuello con un gesto nervioso que no le había visto antes.
—Solo quería quitarle algo de peso a la situación.
—Pues te queda fatal ese papel de persona sin sentimientos.
Me observa algún segundo más de lo habitual. Después suspira suavemente y reanuda lo que estaba haciendo para seguir recogiendo sus cosas. Decido ir al otro vestuario a por mis cosas.
Espero fuera a que salga. Agradecería que no se haya ido ya sin decirme nada.
Tarda poco en salir. El silencio se instala entre nosotros, aunque parece no importarnos. Caminamos juntos por el pasillo hacia la salida. No hemos avanzado nada en danza, pero tal vez algo sí que ha cambiado entre nosotros.