Capítulo 9 – Adrien
Me enfundo en el traje nada más salir de la ducha. Al final, ayer no me lo probé. Me miro en el espejo una y otra vez. Me giro hacia la derecha. Me giro hacia la izquierda. Me pongo de frente. De espaldas. No logro estar satisfecho con cómo me queda. Me veo raro.
Sin prestar atención al traje, porque si no voy a acabar quitándomelo y mandando todo a la mierda, me peino el pelo como siempre. Después, meto mi móvil en uno de los bolsillos y cojo la bolsa con otras cosas que pueda necesitar.
Bajo al rellano del edificio y espero a que venga un coche a recogerme para ir a aquí al lado. En fin, no me gustan estas tonterías con tanta parafernalia. Me hacen sentir estúpido. Podría llegar andando tranquilamente en menos de un cuarto de hora.
Al abrir la puerta y en el asiento más cercano a esta, intercambio una mirada con mi madre.
—Hola —digo cabizbajo.
—Estás muy guapo —se digna a resaltar.
—Gracias, tú también.
Supongo que esto es una forma de practicar para lo que van a ser mis conversaciones tan apasionantes de hoy.
—¿Cómo va el papel de Príncipe? —se interesa porque es sobre ballet, claro, sino le daría igual.
—Bien, aunque han cambiado a mi compañera esta semana y tenemos que hacer algunos ensayos fuera de hora para ponernos al día —le explico y reprimo una sonrisa al pensar en el momento en el que estaba en el despacho de la dirección junto a Madeleine.
—¿Qué le ha pasado a la otra bailarina?
—Se ha lesionado. Por lo que nos han dicho, no va a bailar esta temporada.
Su cara de “vaya, es una pena” dura unos segundos, después continúa con sus reprimendas.
—Perder un año es perder muchas oportunidades. No solo se pierde la forma física, también todo lo que el aprendizaje que una temporada supone. ¿Sabes lo que quiero decir?
—Sí, lo entiendo perfectamente —trato de mostrar que yo soy responsable y hago lo posible por no malgastar un año como ella dice.
Por suerte, el viaje en coche se acaba y ya no tenemos que seguir con la conversación porque a cada uno nos llevan a una sala distinta.
A mí me maquillan y, junto al resto de acompañantes —porque eso es lo que somos, los secundarios, los que van con los que en realidad han invitado— nos ponen un vídeo de la marca que se publicita hoy que trata de explicar algo de su historia y la nueva gama de productos que van a poner a la venta.
Tengo que hacer como que atiendo aunque no me importe nada de esto. Por suerte para mí el vídeo no es demasiado largo y se acaba.
Sabiendo algo más sobre este mundillo vamos a otra habitación en la que han preparado unas mesas con manteles para que podamos comer allí.
Me siento al lado de personas que no conozco.
A mi derecha, una chica que se llama Hamlet y a mi izquierda Gustave.
Por las breves presentaciones que hemos hecho entre nosotros, sé que ella es hija de uno de los jefes de la empresa y que él, al igual que yo, es hijo de una influencer que muestra los productos en sus redes sociales a modo de publicidad.
Empezamos a comer y a charlar. Lo cierto es que así de primeras no me gusta hablar demasiado sobre mi vida. Así que me dedico a relatar aquella información más superficial y que la gente suele saber sin meterme en mi vida privada.
Les cuento que hemos empezado los ensayos de la nueva temporada, pero no entro en detalles. Ellos, por los trabajos de sus padres, están acostumbrados a esos secretos que a veces se deben guardar y no hacen ningún amago por tratar de averiguar más de lo que les cuento.
Hamlet nos cuenta que estudia Medicina. Ha empezado tercero y nos dice que, aunque sea una carrera muy larga, sigue tan ilusionada como en sus primeras semanas de universidad.
Es muy natural cuando también nos cuenta sus momentos de bajón, en los cuales quiere tirar todo por la borda.
Me hace pensar en que yo no les contaría nada sobre esos momentos de debilidad.
Aunque sea algo que pase de manera frecuente, son cosa mía y me los guardo para mí.
Gustave sí que comparte esas emociones y hace que Hamlet se sienta comprendida.
La comida se pasa más rápido de lo que pensaba. Menos mal que he dado con ellos dos y ha sido más amena hablando de temas normales de nuestro día a día.
Me vuelvo a reunir con mi madre. Le están retocando el maquillaje. Cuando la maquilladora le da el último toque con la brocha de colorete empieza a espolvorear mi cara. No tengo demasiado interés en esto. Tan solo cierro los ojos y espero con impaciencia a que termine.
Habiendo pasado por chapa y pintura, es el momento de que las cámaras inmortalicen nuestra presencia aquí.
Pongo una de mis falsas sonrisas. Esta vez es la que intenta fingir que me lo estoy pasando muy bien y me encanta estar aquí.
Antes los fotógrafos se quejaban pidiéndome que les enseñase mis dientes con una sonrisa, pero aprendí.
Eso ya no me pasa. Poso solo y con mi madre, quien me agarra del brazo como si el contacto físico fuera nuestro love language .
En cuanto puedo vuelvo a refugiarme en la compañía de Hamlet y Gustave. Ellos parecen comprender cómo me siento aunque no lo hayamos expresado explícitamente. Supongo que a ellos tampoco les apetecerá siempre venir a estos eventos.
Cuando toda la parafernalia acaba, puedo aflojar mi corbata y la sonrisa. Me cuesta despedirme de mi madre porque el acercamiento a ella siempre es complicado ya que no sé si la voy a pillar de buenas o me voy a llevar alguna sorpresa.
Al final no resulta ser tan complicado como me lo estaba imaginando en mi cabeza. Me da ánimos para los ensayos de la obra de ballet y las clases de la escuela, y nos despedimos con dos besos.
Me subo a otro coche diferente al de antes, pero que también me llevará a casa. El camino se pasa volando sin necesidad de tener que encender el móvil para entretenerme con él.
Por fin estoy entre las acogedoras paredes de mi apartamento.
Me quito el traje. Lo dejo tirado por el suelo y me meto a la ducha sin pensarlo más.
Salgo fresco y como nuevo. El agua se ha llevado consigo toda la tensión que se acumulaba en mis hombros de tener que estar erguido e incómodo.
Porque bailando también hay que tener los músculos en tensión, pero en ese momento nada duele, tan solo sana.
Me doy cuenta de que tengo una notificación nueva del correo electrónico que uso para cosas serias —porque sí, soy de esa clase de personas que tienen al menos cinco cuentas y cada una la utilizo para una cosa distinta—.
Es de la escuela. Son buenas noticias, han aceptado dejarnos una sala para poder dedicarle unas horas extra de ensayo a nuestros papeles.
Busco el contacto de Madeleine y le escribo.
ADRIEN: Tenemos sala, el lunes a las siete de la tarde, ¿te va bien?
Su respuesta llega casi de inmediato.
MADELEINE: Me va genial. Gracias, Adrien.
Una respuesta demasiado formal para lo que son nuestras conversaciones últimamente. No puedo dejar que esto se quede así, decido contestar.
ADRIEN: De nada. Ahora, ¿se podría decir que eres mi princesa?
MADELEINE: Anda, no digas tonterías. Buenas noches.
Esto ya va tomando forma.
ADRIEN: Buenas noches, sueña conmigo.
MADELEINE: Ten pesadillas tú también.
Y así termina nuestra conversación y mi día. Pongo la alarma para no quedarme dormido mañana y me acuesto en la cama pensando en todo lo que me espera ensayando con Madeleine.