A un giro del caos Capítulo 8 – Madeleine
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Capítulo 8 – Madeleine

¿En qué momento estoy yendo hacia la casa de Adrien?

Hemos quedado para leer las escenas que tenemos en común y que me pueda contar algunos apuntes que han hecho los profesores de la escuela sobre lo que va ocurriendo a lo largo de la obra porque, además de la lectura grupal, después organizan lecturas con grupos más reducidos según los papeles.

El hecho de que la directora haya pensado en mí para sustituir a la bailarina que había conseguido el papel no solo me enorgullece, sino que también me genera mucha presión. Anoche pude sentir cómo aumentaba mi ansiedad al pensar en el futuro y lo que supone haber aceptado este papel.

Cuando se lo conté a mis amigas, todas se mostraron muy felices y no tardaron en darme la enhorabuena y la energía necesaria para tener las pilas recargadas para los ensayos tan exigentes que están por llegar.

Tampoco tardé demasiado en llamar a mis padres para contárselo.

Muy orgullosos, están deseando poder gritar a los cuatro vientos que su hija va a personificar a Cenicienta durante esta temporada.

Sé que les va a costar aguantar el secreto.

Yo también quiero contarlo ya por mis redes sociales, pero aún quedan algunas semanas para que todo pueda oficializarse.

Con solo cinco horas de sueño llamo al timbre del apartamento de Adrien algo nerviosa porque nunca habíamos compartido tanto tiempo juntos los dos solos. No puedo predecir lo que va a suceder y eso me genera algo de estrés. Me gustaría poder tenerlo todo bajo control.

Elijo subir por las escaleras en vez de por el ascensor para darme algo más de tiempo para tranquilizarme. Cuando empiezo a andar por el último tramo me doy cuenta de que Adrien está detrás de la puerta entreabierta esperando a que llegue.

—Buenos días —me saluda con una sonrisa de lado.

—Hola, Adrien —saludo seria y parece que eso le molesta, pero que yo sepa no somos amigos.

Es un tema que últimamente no puedo evitar que ronde mi cabeza.

No encuentro ninguna explicación lógica.

Fue desde aquel día que nuestra relación cambió.

Tampoco lo he podido hablar con él porque nunca ha salido el tema de conversación y, después de los años que han pasado ya, me parece que se ha pasado el momento para hablarlo.

Así que creo que los dos seguimos con esa espinita clavada, pero conociéndonos, ninguno va a hacer nada para sacarla.

—¿Has desayunado? ¿Quieres un café? —me ofrece aunque asiento a la primera pregunta y a la segunda le doy las gracias diciendo que ya me he bebido uno y que no me apetece otro—. Entonces vamos a empezar.

Un “sí” es lo único que me sale articular.

Esto siempre se hace con algún profesor de la escuela que funciona como mediador y guía en la lectura, lo que ayuda a no perder el hilo conductor y resaltar los puntos más importantes.

Hacer esto con Adrien es como llevar a cabo un experimento con una hipótesis confusa y una metodología que no sabes cómo se va a desarrollar.

—¿Vamos leyendo y me cuentas lo que os hayan dicho? —me atrevo a proponer recordando cómo lo solemos hacer en las clases.

—Está bien —cede ante la idea.

Comenzamos a leer el primer acto. El ambiente está cargado de una emoción que no sé identificar.

Hay una mezcla entre la hostilidad que nos caracteriza y la pasión por la danza.

Los actos se subdividen en varias escenas, en las cuales se detalla el contexto y la atmósfera donde se desarrolla, las acciones y eventos principales que acontecen, y cómo interactúan los personajes entre sí.

También hay indicaciones de la coreografía y de la música.

Nos centramos en las de la coreografía ya que es con lo que vamos con más retraso porque yo había estado ensayando otro papel y ahora debo ponerme al día en poco tiempo lo que ha sido un mes de ensayos.

Adrien me relata todo lo que recuerda y tiene anotado de lo que han ido pautando durante las clases. Tomo mis propios apuntes de lo que dice para estudiarlos en cuanto tenga tiempo.

—¿Dejamos el segundo acto para otro día? —pregunta Adrien mientras sigo escribiendo lo último que me ha explicado sobre el tempo de un momento concreto de la coreografía.

—Sí, me parece bien —digo demostrando que estoy cansada. Hemos estado dos horas sin descanso y mi concentración empieza a notarlo y se está desvaneciendo.

Recogemos todo en nuestras mochilas y vamos hacia la escuela. Ahora va a ser muy poco gracioso el camino hacia allí y estar algo más de media hora intentando sacar un tema de conversación o que el silencio no sea incómodo.

—Podemos pedir que nos dejen una sala de ensayo algún día —propongo cuando entramos al ascensor—. Prefiero ensayar aparte de las clases antes de que sea tarde.

—Sí, nos vendría bien. Esta tarde mando un e-mail —accede.

—Genial, gracias.

Se me hace raro haberle sonreído. Se me ha escapado.

Al final el camino hacia la escuela no me ha parecido tan infernal. No hemos hablado un montón, pero no he sufrido por que los silencios fuesen de esos que hacen que el tiempo parece ir a cámara lenta.

Cuando entramos por la puerta cada uno se dirige hacia un lugar como si no hubiéramos venido juntos y no quisiéramos que nos vean hablar.

Miro el grupo de WhatsApp que tenemos las chicas por milésima vez esperando que alguna mande un mensaje avisando de que ya está por aquí para reunirme con ella.

Hemos llegado pronto y no aguanto la espera.

Hasta he ido ya a las taquillas a colocar mis cosas.

No me queda nada por hacer, solo necesito que alguna llegue ya.

Mis nervios no hacen otra cosa más que aumentar cuando me vuelvo a cruzar con Adrien por el pasillo.

—Teníamos que habernos quedado un rato más en el apartamento, no hay ni un alma por aquí a estas horas —admite diciendo eso como si yo no me hubiera dado cuenta.

—Hasta los del internado estarán durmiendo —digo refiriéndome a aquellos que viven en la escuela tal y como hicimos nosotros hace unos años. Por la mañana reciben clases de la educación obligatoria, bien sea primaria o secundaria, y por las tardes dan clases de ballet.

—¿Lo echas de menos? —me pregunta reclinándose hacia atrás para recostar un lado de su cuerpo en la pared.

—A veces. No era sencillo estudiar danza y el instituto a la vez, pero me gustaba convivir con personas que aman lo mismo que yo y no tener que preocuparme por nada más.

—A mí me parece que estábamos en una burbuja —reflexiona mirando hacia el suelo.

—Sí, y vivir en una burbuja siempre es estar feliz hasta que explota y te toca cambiar algunas cosas de tu vida.

Veo como asiente por el rabillo del ojo, mi mirada se ha quedado fija en un punto del pasillo de las taquillas mientras recordaba momentos sobre lo que acabo de decir. Tras unos segundos en silencio, cada uno sumergido en sus pensamientos, se le ocurre una maravillosa idea.

—¿Vamos?

—¿Dónde quieres ir? —pregunto con cara de “no sé lo que se te acaba de ocurrir, pero estás loco”.

—¡A la residencia! —contesta como si fuera obvio—. Vamos a ver si todo sigue igual o si ha cambiado.

—No —me niego de inmediato.

—¿Por qué? —insiste mas no me va a convencer.

—Sabes lo que pasó —no hace falta que añada nada más para que sepa a qué me refiero.

Es en este momento la primera vez que el tema que siempre hemos tratado de ocultar sale entre nosotros.

No he vuelto a pisar la residencia desde aquello que pasó, por eso es por lo que no quiero volver.

El último recuerdo que tengo es el peor de todos y el que se repite una vez tras otra en mis pesadillas.

Solo se volverá a instalar en mi mente si vuelvo por allí.

En su mirada puede verse cómo asoma la tristeza. Y en cómo aprieta los dientes se observa la lucha interior que está llevando para que esa emoción no brote en la superficie de su rostro.

Pierdo la noción de cuánto tiempo pasamos así, mirándonos el uno al otro, sin tener que explicar nada porque nos entendemos al haber vivido lo mismo.

No es hasta que empieza a haber afluencia por los pasillos cuando volvemos a pisar tierra y con tan solo un adiós, cada uno vamos a reunirnos con nuestros respectivos grupos de amigos.

Yo me he quedado con una sensación extraña. Sin intercambiar ni una sola palabra, hemos sido capaces de transmitir lo que sentíamos en ese momento recordando aquel acontecimiento. Nos hemos entendido por primera vez en mucho tiempo.

Voy en busca de Camille, quien ya ha llegado a la escuela.

—¡Buenos días! —me saluda con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Hola! ¿Qué tal estás?

—Bien, con ganas de que llegue el sábado.

—¿Y eso? —quiero saber el motivo porque no estoy al tanto.

—Voy a ir a visitar a mi familia —al decirlo se le llena la boca con otra gran sonrisa y los ojos se le iluminan con un brillo especial.

—No lo sabía, me alegro un montón —me ilusiono por ella y le doy un abrazo porque yo también entiendo lo que significa vivir lejos de tu familia.

Es muy intenso visitarlos de vez en cuando y tratar de recuperar todo el tiempo perdido.

Camille viene de Lille, una ciudad francesa del norte, cerca de la frontera con Bruselas.

No está muy lejos de París, tan solo hay una hora en tren.

En su familia, son seis. Tiene dos hermanos y una hermana, así que son dos chicos y dos chicas.

Siempre que nos cuenta alguna anécdota de su infancia, todo son aventuras y peleas en las que ganan o los chicos o las chicas.

Ella es la tercera de los hermanos, así que no es ni la más pequeña ni la más mayor.

Es una buena posición para cuando hay castigos o cosas que elegir según nos ha contado.

Como si ser seis personas en una casa no fuera poco —también hay que decir que viven a las afueras de la ciudad en una casa con tres pisos y jardín—, tienen un golden retriever muy mono.

—¿Tú qué tal? —se interesa por mí.

—Yo con ganas de que llegue el sábado también, pero para descansar.

Se me está haciendo muy larga la semana entre unas cosas y otras.

Además, hoy he madrugado mucho porque Adrien y yo hemos quedado para empezar a trabajar en mi nuevo papel antes de que sea demasiado tarde y nos entren las prisas y el agobio.

Lo que ha pasado después de eso me lo guardo para mí. Para nosotros. Camille aún no había llegado a la escuela en ese momento.

—Vaya, ¿cómo ha ido?

—Bien, hemos aprovechado bastante el tiempo.

—Ah, genial, entonces ha merecido la pena —dice convencida y yo asiento con total seguridad.

El día continúa como de costumbre. Hay ensayos, descansos y más ensayos.

Hoy nos quedamos a comer aquí porque también hay clases por la tarde, así que pasamos mucho tiempo juntas y nos da tiempo a ponernos al día a todas con lo que hemos estado haciendo últimamente.

También hablamos sobre salir de fiesta. Ahora más que nunca se está convirtiendo en nuestro plan estrella.

Parece que no hacemos otra cosa más que buscar una excusa para salir.