A un giro del caos Capítulo 7 – Adrien
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Capítulo 7 – Adrien

Este fin de semana y ayer, lunes, me han venido muy bien para ponerme al día con la carrera de Psicología. Además, el finde que viene no podré dedicarle mucho tiempo ya que estaré en el evento al que han invitado a mi madre.

Hoy a primera hora me han traído el traje que debo ponerme.

Porque no, no puedo ni elegir la ropa que llevo.

Son las marcas las que te ceden alguna pieza suya y yo supuestamente me tengo que dejar aconsejar por el estilista de mi madre, quien acaba haciendo lo que le da la gana porque ni siquiera tiene en cuenta mis gustos a la hora de vestir.

Deslizo hacia abajo la cremallera de la funda donde viene guardado para ver qué me ha tocado esta vez.

Es un traje negro con algunos encajes plateados que simulan flores.

Es elegante y sofisticado, lo que me da una idea de cómo va a ser el evento; demasiado formal para mi gusto.

La camisa blanca contrasta con el negro profundo del traje y la corbata a juego con el traje completa el look.

Lo único que no es una sorpresa son los zapatos de charol negro que llevaré porque son los que uso siempre.

Dejo el traje colgado de la percha en el primer armario que abro. Ya me lo probaré cuando vuelva. Con todo esto he perdido algo de tiempo y vuelvo a retomar mi rutina para prepararme e ir a ballet con algo más de prisa de la que suelo tener de costumbre.

Llego justo al vestuario por lo que espero encontrarme allí con mis amigos. Busco entre la multitud y los veo sentados en uno de los bancos. Desde lo lejos se ve que están hablando sobre algún tema apasionadamente.

—Buenos días —les saludo apoyando mi bolsa sobre el banco en un estruendo que hace que parezca que pesa más de lo que en realidad hace.

—Hombre, Adrien, ya te echábamos en falta —me recrimina Étienne señalando a su muñeca como si llevase un reloj atado a ella.

—He llegado, que es lo importante —respondo ante su réplica.

Tras los saludos pertinentes me ponen al día con la conversación que estaban teniendo.

Resulta que se rumorea que una bailarina del elenco se ha lesionado y tienen que cambiar algunos papeles.

No sé si tendrá algo que ver, pero, justo en ese momento, recibo una notificación de un correo electrónico que me informa de que tras la clase que tenemos ahora, debo acudir al despacho de la directora.

Aunque no haya hecho nada negativo, ir allí siempre impone mucho, y más si no sabes qué esperar.

Una vez hecho el calentamiento nos colocamos en las barras.

Hacemos pliés , donde se flexionan las rodillas en diferentes posiciones; rond de jambe , movimientos circulares con las piernas; y el que más concentración me requiere développés , que son levantamientos de pierna pasando por el retiré hasta la extensión completa.

La siguiente parte de la clase consiste en trabajos en el centro, lo que quiere decir que se ejecutan ejercicios similares a los hechos anteriormente en la barra, pero sin el apoyo de esta, mejorando el equilibrio y la coordinación.

Mi favorito es el grand allegro , unos saltos grandes y amplios que aúnan fuerza y técnica.

La clase termina como de costumbre con una vuelta a la calma llena de estiramientos de todos los grupos musculares que se han ido trabajando. Hoy me he sentido productivo. Aunque sea una clase rutinaria, también se nota la progresión y los días en los que uno no está al cien por cien.

Tal y como he recibido en esa notificación, nada más terminar la clase camino hacia el despacho de la dirección de la escuela. Sin haberme cambiado la ropa de ensayo. Con prisas de averiguar de qué se trata esta reunión.

Cuando llego a la puerta me encuentro con la chica que menos esperaba encontrar. Solo espero que lo de aquella noche en la que no sabía controlar lo que salía por mi boca no sea usado en mi contra.

—Anda, ¿qué haces tú por aquí? —es mi forma de saludar a Madeleine cuando la encuentro caminando por los pasillos que llevan hacia la dirección, los cuales suelen estar vacíos.

—Me ha citado la directora —contesta y sigue dirigiéndose hacia allí sin disminuir la rapidez de sus pasos.

—¿A qué hora? —me intereso porque, por lo visto, no he sido el único.

—En un minuto, por eso estoy yendo tan rápido, no es el momento de interrumpirme.

—No te interrumpo, pero a mí también me ha citado en un minuto. O en cero —le muestro la pantalla de mi móvil donde se ve que el número veintinueve ya ha cambiado al treinta—. Vamos un poco tarde, ¿no crees?

—Eso no le gustará.

Y con eso estamos de acuerdo en algo por primera vez desde hace mucho tiempo. Llamamos a la puerta y pasamos cuando escuchamos un “adelante” desde el otro lado.

—Buenos días —comienzo a decir—, nos hemos encontrado aquí en la puerta y no sabíamos quién es el que debería pasar primero.

—Los dos, los dos —nos invita a entrar con la mano señalando las sillas donde podemos sentarnos.

Noto como Madeleine se tensa a mi lado. Yo lo disimulo un poco mejor, aunque también me pregunto por qué estamos en este despacho a la vez—.

Veréis, la bailarina Schmidt se lesionó ayer.

Hemos esperado a que los médicos nos dieran su opinión, pero lamentablemente no va a poder bailar en unos meses.

—Vaya, debe de estar siendo un momento duro para ella —empatiza Madeleine y la directora asiente a sus palabras.

Los rumores que Étienne y Simon comentaban parecen ser ciertos.

—¿Por qué nos lo cuenta solo a nosotros? —me intereso porque estas noticias suelen comunicarse a todo el elenco de bailarines a la vez.

—Porque tú eres el Príncipe y te has quedado sin Cenicienta. Madeleine —esta vez se centra solo en ella—, tenéis diez minutos para decidir si aceptas el cambio de papel. Os dejo que lo habléis a solas.

Madeleine mira fijamente al calendario que tiene la directora sobre su mesa sin mediar ni una palabra. Le dejo unos segundos para que su cabeza siga maquinando todo lo que pueda estar pensando ahora, pero mi paciencia empieza a agotarse y no puedo evitar preguntar.

—¿En qué piensas?

—¿Acaba de decir que puedo ser Cenicienta?

—Eso me ha parecido oír, sí.

—Madre mía —suspira con una mezcla de alegría, incomprensión y nervios.

No puedo evitar reírme, es la primera vez que estoy con ella y parece que se ha quedado sin palabras.

—¿Quieres o no? —mi impaciencia empieza a ver la luz.

—¿Acaso te importa?

—Me gustaría saber quién va a ser mi compañera, así que sí, me importa.

—¿Tú qué opinas?

—Mira, el otro día por la noche —ya me estoy arrepintiendo de sacar este tema, pero debo hacerlo—, ya te dije mientras caminábamos por la calle que tú podrías haber sido Cenicienta.

—Me da la sensación de que parece que te hace ilusión y todo. Necesitas ir alguna que otra clase de interpretación más porque no se te da muy bien fingir.

En ese momento la directora abre la puerta y observándonos a los dos toma asiento.

—¿Y bien? —quiere saber nuestra respuesta, pero no soy yo el que la tenga. Miro a Madeleine con impaciencia y nervios por lo que pueda decir. Sé que ese papel le hacía ilusión, pero igual no si tiene que interpretarlo junto a mí.

Empiezo a tamborilear con los dedos sobre mi pierna.

Nervioso, miro a Madeleine y a la directora como si se tratara de un emocionante partido de tenis entre Paula Badosa y Carlos Alcaraz esperando encontrar algo de información en sus expresiones faciales.

Cuando me doy cuenta de que la directora solamente mira a Madeleine, mi mirada se redirige a ella.

—Acepto, directora.

Vale.

Acaba de decir que acepta.

No soy capaz de detener el tamborileo de mis dedos porque los nervios siguen reinando mi cuerpo.

Trato de mostrar una expresión serena, aunque me está resultando extremadamente difícil.

Por mi mente empiezan a pasar todas las futuras escenas con las que compartiré el protagonismo con Madeleine y todo lo que ello va a acarrear.

—Me alegro mucho —la voz de la directora funciona como una cuerda a la que me agarro para salir a la superficie del mar en el que mis pensamientos me ahogan de vez en cuando—. Por favor, Adrien, ponle al día con los ensayos que habéis tenido.

—De acuerdo —trato de sonar lo más formal posible.

—Muchas gracias por confiar en mí —agradece Madeleine y nos despedimos.

Salimos del despacho en silencio, sin mediar palabra ni intercambiar miradas.

—Ya puedes estar contento —me recrimina cuando cierro la puerta tras nosotros.

—Lo estoy, ¿tú no?

—Sí, a medias —dice con poca convicción—. Contenta porque tengo el papel y triste porque…

—Por tu compañera lesionada, siempre tan buena persona —la interrumpo y una risa quiere brotar de su interior.

—Iba a decir que es porque lo comparto contigo, pero puedes pensar lo que te haga más feliz.

Y tras decir eso cruza el pasillo por donde hemos venido. Me niego a que los papeles cambien. Ahora que yo estoy intentando ser algo más agradable con ella, no puede ser que se comporte de esta manera conmigo.

—Eh —llamo su atención para que se gire hacia mí de nuevo—, no te vayas aún. Mañana a las siete en mi apartamento, tenemos que empezar a ponernos al día.

Dudo si va a responder de forma afirmativa o negativa porque parece que pasan minutos hasta que contesta. Al final solo asiente con la cabeza como si esta le pesase.

Le envío la ubicación y nos vamos cada uno por nuestro camino.

Mientras se aleja observo su moño deshecho debido a todo el movimiento de la clase anterior y la manera en que sus rizos tratan de escapar de allí. No puedo evitar pensar en cómo va a ser empezar a trabajar con ella. ¿Será cierto eso que dicen de que es la bailarina perfecta?

Trago saliva. Hace años que no la veo bailar, pero mi cuerpo parece recordarlo mejor que mi cabeza. Eso me inquieta, es la única persona capaz de desordenar mis esquemas con tan solo cruzarse en mi camino.