Capítulo 6 – Madeleine
Intento salir de este lugar lleno de humo.
Solo puedo escuchar el estridente pitido de la alarma de incendios y los gritos de las demás personas que tratan de encontrar una salida.
Pongo todas mis energías en correr, pero mis piernas no me lo permiten obligándome a caminar de forma muy lenta.
Cuando llego a una de las puertas, esta no se abre por más fuerza que haga.
Una mano me tapa la boca y me arrastra de nuevo hacia el interior del incendio.
Logro despertarme de esa pesadilla que de vez en cuando vuelve sin avisar. El corazón me late tan deprisa que parece que en uno de esos latidos se vaya a salir de mi pecho. Noto los ojos acuosos, como si hubieran derramado alguna lágrima mientras revivía ese momento durante el sueño.
Llamo a mis padres para hablar sobre ello porque aún no se habrán ido a trabajar.
—Hola, mami —la saludo deseando que estuviera aquí para poder contarle la pesadilla mientras me envuelve en un fuerte abrazo.
—¡Hola, cariño! ¿Qué tal estás?
No me hace falta ninguna otra pregunta para empezar a relatarle todo lo que he soñado. Cuando se lo cuento me siento mucho más tranquila, como si la pesadilla se borrase. Ella me escucha muy atenta. Me recuerda la suerte que tuvimos todos los que vivíamos allí por aquel entonces de poder contarlo.
Después hablamos de alguna cosa más como todo lo que hemos estado haciendo últimamente.
También hablo durante un tiempo con mi padre mientras mi madre se prepara para salir de casa hacia el trabajo.
En todo este tiempo yo también me he estado preparando para empezar la semana y salir hacia la escuela en menos de diez minutos.
—¡Hola! —me saluda eufórica Emma una vez me ve llegar a la academia.
—Hola, qué contenta se te ve.
—Sí, me muero por empezar a ensayar ya. Llevo todo el fin de semana esperando el momento.
Que, por cierto, ¿qué tal te ha ido el finde?
Luego te contamos todos los detalles de lo que pasó.
Dicen que un sujet me estuvo mirando mucho, pero no sé qué pensar.
Necesito tu opinión objetiva sobre el tema —habla a toda prisa por los nervios de los ensayos y la escucho atenta esperando a que termine para poder contestar.
—Uy, después me lo contáis, claro que sí. Yo he estado bien, tranquila por casa leyendo el libreto y poco más. Lo único es que hoy estoy cansada porque he dormido mal esta noche —le explico con total confianza porque sé que ella no me juzga cuando le cuento algo.
—Vaya… —hace una pausa para pensar qué decir— encima hoy necesitamos mucha concentración.
—Gracias, pero no me has ayudado —digo entre risas por la espontaneidad y naturalidad con las que me lo ha dicho.
—No, no, después iba a decir que, aunque necesitamos estar atentas, vas a poder hacerlo sin ninguna duda. Si te has leído el libreto ya has hecho lo peor. No me gusta leerlo de arriba a abajo. Es la parte más aburrida.
—Jo, pues a mí sí que me gusta leerlo. Así es cómo entiendo a los personajes y puedo meterme en su piel. También me ayuda a tener una visión global de lo que va a pasar. Sino parece que nos centramos solo en nuestras apariciones y que el resto no existe.
—Por algo te llaman la bailarina apasionada —me recuerda y sin darme cuenta mis mejillas adquieren un ligero tono rosado.
Volvemos a reunirnos con el resto que habían ido al baño y cada una vamos a la sala de ensayo que nos corresponde según la obra en la que estamos. ¡Que empiecen los ensayos!
Comenzamos la clase escuchando el fragmento en el piano. El coreógrafo va marcando en voz alta lo que sucederá a la vez que los dedos de la pianista bailan sobre las teclas haciendo que cada movimiento cuente una parte de la historia de forma armónica.
Después, el director de ensayo está de acuerdo con el coreógrafo para que nos pongamos a probar algunos fragmentos.
Hoy nos centramos en el momento del ballet en el que el hada madrina baila junto a los demás personajes mientras Cenicienta cambia su vestido trapajoso por uno a la altura del baile real, donde el Príncipe bailará con las damas del reino en busca de una esposa.
Por ese motivo, Adrien no está en este ensayo.
El Príncipe no aparece en esta escena. Merecía algo de calma después de la manera en la que he empezado la semana.
—Uno, dos, tres… —marca el coreógrafo cada vez que debemos cambiar de posición.
Concentrada, ejecuto los pasos tan precisos como puedo para ser el primer día.
En este momento, la exigencia tanto del coreógrafo como del director de ensayo no es tan alta porque se entiende que es nuestra primera toma de contacto con la pieza.
Cuando llevemos un par de ensayos más y debamos haberla trabajado antes de forma individual será cuando empiecen a no permitirnos fallar ni en que la pierna esté un milímetro más arriba de lo que debería.
Después del ensayo en grupo grande con todos los bailarines, se hace de cuatro en cuatro para que puedan fijarse en los errores y comentarnos uno a uno lo que debemos mejorar para la próxima vez.
A mí este momento me ayuda a ver la coreografía desde la perspectiva del espectador.
Así trato de entender con mayor profundidad lo que se quiere transmitir, los sentimientos que tienen que ponerse sobre el escenario.
Solo de esa manera se puede llegar a los que están sentados, que están esperando emocionarse de alguna manera con la historia que estamos contando.
También me ayuda a repasar los pasos una y otra vez, lo que me deja tranquila porque, como para muchos, mi mayor miedo es quedarme en blanco, que se me olvide cuál es mi siguiente movimiento y no poder improvisar.
Intercambio una mirada y sonrisa cómplice con Amélie, que acaba de bailar, mientras me coloco en posición. Ha llegado mi turno.
Sé que no me ha salido todo lo bien que me saldrá, pero estoy contenta de estar ejecutando este ballet. Si a la Madeleine de siete años le hubieran dicho que estaría aquí mientras trataba de imitar los vídeos de bailarines en la televisión no se lo habría creído.
Una vez que el ensayo ha finalizado vamos todas hacia la cafetería. Saco de mi mochila un sándwich que me he preparado con jamón cocido, queso y salsa de pesto.
—¿Qué tal la fiesta? —me intereso después de darle un gran mordisco a mi sándwich porque los ensayos siempre me dejan muerta de hambre.
—Se notó tu ausencia —responde Amélie y no puedo evitar dedicarle una tierna sonrisa.
—¿Por qué parte del cotilleo empezamos? —le pregunta Camille a Emma, quien se encoge de hombros y comienza a relatar lo que pasó.
—Supongo que podemos empezar por el hecho de que todas, menos yo, parecían darse cuenta de que uno de la clase de ballet clásico me miraba mucho.
—¿Y? —quiero saber más.
—Bueno, pues fui a decirle que si tenía algo que decirme.
—Me gustaría poder tener tanta valentía como tú —le dice Amélie.
—Es que le da igual todo. Lo que quiere, lo hace —añade Camille al hecho de que Emma siempre dé el primer paso.
—Eso lo hablamos luego —indico yo ansiosa por saber más—, ¿cómo continúa la historia?
—Salimos, dimos un paseo, hablamos, nos dimos unos besos y poco más —explica quitándole importancia a cada una de las cosas que sucedieron.
—¿Poco más? —inquiero.
—Más bien, nada más —se corrige.
—¿Sabes de quién hablamos? —me pregunta Camille.
—No, la verdad.
—Es Austin Thompson —ante mi cara de incertidumbre, busca una solución—. Espera, que te lo enseño en Instagram —dice mientras saca el móvil de su mochila y teclea el nombre de usuario del chico en cuestión.
Observo con atención las fotos que tiene publicadas en su perfil. Me suena su cara, pero es de esas personas con las que nunca he tenido una conversación más allá del mundo del ballet, así que no sé nada sobre él ni sobre su vida.
Las chicas siguen comentando algunos sucesos más sobre la fiesta con más detalles y explicaciones de lo habitual para que pueda enterarme de lo que están hablando. Lo último sobre lo que hablan antes de volver a nuestra rutina en la escuela es algo sobre Adrien.
—¿No os pareció que bebía más de la cuenta? —comienza Camille el tema de conversación.
—Sí, ahora que lo dices es verdad —añade Emma preocupada—. Lo que me parece más raro es que sus amigos no se lo comentaran o le dijeran algo.
—Ahora entiendo más cosas —me uno a la conversación porque yo tengo la parte de la historia de después de la fiesta.
Las chicas me miran con cara de que necesitan alguna explicación—.
Cuando volvía de casa de Margot, a las seis de la mañana o así, me lo encontré.
Estaba un poco atrevido con las cosas que me decía.
—¿Qué decía?
—Del tipo que le hubiera gustado que yo fuera Cenicienta para poder ser mi príncipe. Y se quedó rayado cuando le dije que antes no nos llevábamos tan mal, pero que, si me hablaba así, no iba a ser yo quien cediese.
Las tres se quedan con la boca medio abierta por la sorpresa.
—También dijo que notó mi ausencia en la fiesta.
—Pero, lo de este chico no es normal. Actúa de forma rara —dice Emma—. Antes no era así.
—Lo sé, cuando lo conocí tampoco —añado.
—A saber qué mosca le ha picado. Gèrard no me ha dicho nada —nos comenta Amélie.
Eso solo puede significar dos cosas: a) que sea tan secreto que sus amigos no se lo puedan contar a nadie, o b) que ni siquiera se lo haya contado a sus mejores amigos. Sea lo que sea, me gustaría averiguarlo para poder entender el porqué de su comportamiento.
Cuando acabamos de almorzar, vamos hacia el almacén lleno de puntas, tutús y otros materiales que usamos durante los ensayos. Yo he encargado unas puntas porque las que tengo piden a gritos un descanso.
Caminamos por los laberínticos pasillos hasta que damos con la puerta del almacén.
En el interior se escuchan algunos ruidos.
No consigo distinguir qué está pasando allí dentro.
Entro esperando encontrar a alguien, pero no lo veo.
Aun escuchando ruidos, camino hacia la estantería donde sé que están las puntas de todas las veces que he tenido que venir aquí a por ellas.
Ahora ya solo me las cambio cuando empiezan a deteriorarse, pero cuando me estaban creciendo los pies era horrible porque me las tenía que cambiar cada dos por tres y eso supone nuevas rozaduras al ser nuevo el material y tardar en adaptarse a la forma del pie.
Mientras busco mi talla veo por el rabillo del ojo un movimiento.
Me sobresalto y miro hacia allí. No puedo creer lo que ven mis ojos.
Son dos personas besándose a escondidas.
Me tapo la boca antes de que, sin darme cuenta, suelte algún chillido que me delate.
Aprovecho las estanterías para esconderme detrás de ellas y avanzar un poco más hacia ellos.
Ya que he visto esto necesito saber más.
Observo quiénes son y no necesito hacer mucho esfuerzo para ver que son Étienne y el profesor André.
Salgo corriendo de aquí, procurando no hacer ningún ruido y cierro la puerta detrás de mí tan rápido como puedo.
Tengo la respiración agitada por lo que acabo de ver y los nervios de que no me pillasen espiando. Las chicas me miran con sus caras interrogantes.
—¿Y las puntas? —se atreve a preguntar Emma al ver que he salido al igual que he entrado, con las manos vacías.
—No he podido cogerlas —trato de decir aún algo conmocionada por la situación.
Hago amago de alejarnos de la puerta del almacén para poder contarles lo que acabo de ver y que los dos que había dentro no nos vean. Cuando estamos seguras comienzo a hablar.
—El profesor André y Étienne están liados.
—¿Cómo? —la expresión de sorpresa de Camille nos representa a todas.
—Os lo prometo. Estoy muy segura de que eran ellos —reafirmo.
—No me lo puedo creer —se muestra Amélie incrédula.
—Supongo que será un secreto, se pueden meter en un lío si la dirección se entera de que un profesor y un alumno se van enrollando por cada rincón de la escuela.
—Desde luego —asiente Camille.
—No podemos contar nada —digo queriendo conservar su secreto.
—Va a ser difícil mirarlos con los mismos ojos —admite Emma.
—Sí, lo sé, pero nosotras no somos quienes deberían joderles lo que sea que tengan.
Con un cotilleo más fresco que nunca, vamos a la siguiente clase haciendo como que no sabemos nada de lo que ha pasado. Aunque todo sale a la luz en algún momento u otro.