A un giro del caos Capítulo 5 – Adrien
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Capítulo 5 – Adrien

Llega el esperado viernes por la tarde. Momento de descansar para algunos, pero yo tengo que ponerme a estudiar Psicología.

Los primeros parciales serán dentro de unas semanas.

Me pongo a ello con la única motivación de que esta noche saldré con los chicos de la escuela de fiesta.

La última vez fue cuando rescaté a Madeleine de aquel baboso y parece que hayan pasado siglos desde entonces.

Abro el libro de Psicofisiología y me pierdo entre todos los componentes biológicos que tienen algo que ver con la conducta de los seres humanos.

Algunas cosas, como la formación del apego, parecen ser algo innato.

Sin tener a una figura de referencia podríamos tener problemas psíquicos.

A veces me pregunto por qué entonces la relación con mi madre es tan fría.

Porque biológicamente es mi madre, ella me ha criado y, en cierto modo, hemos establecido un vínculo de apego, pero supongo que ese vínculo puede debilitarse cuando deja de haber amor.

Aún sigo pensando en las últimas palabras que intercambiamos, aquella conversación telefónica en la que me informó de que tendré que ir la próxima semana a ese evento tan guay —es ironía, nada de lo que ocurre en esos eventos es así—.

Sacudo la cabeza como si eso fuese a hacer que los pensamientos salgan disparados y pueda volver a concentrarme en el temario sin ninguna pérdida de atención.

Parece que lo consigo estar durante un buen rato porque cuando vuelvo al mundo real, desbloqueo mi móvil y veo que han pasado un par de horas desde la última vez que lo había encendido.

Lo había dejado en silencio así que es ahora cuando puedo enterarme de los últimos acontecimientos deslizando las notificaciones por la pantalla.

Por suerte, no me encuentro con ninguna sorpresa ni nada relevante de lo que me deba preocupar ahora mismo y vuelvo a centrarme en el estudio otro rato más antes de prepararme para salir de fiesta esta noche.

—¡Hey, Adrien! —me levanta la mano Simon para que vea dónde se encuentran.

Voy hacia allí y saludo a los chicos, a Amélie y a sus otras dos amigas.

Solo veo a Camille y a Emma. Me sorprende que no esté Madeleine.

Son un pack y siempre que te las encuentras fuera o dentro de la escuela van todas juntas como si tuvieran algo contrario a una orden de alejamiento.

Que no esté Madeleine supone que esta noche no me lo voy a poder pasar tan bien como esperaba.

Aunque de primeras la presencia de ambos no nos agrade a ninguno, a fin de cuentas, nos conocemos desde hace tanto tiempo que esa confianza de haber compartido tantas salas de ensayo y escenarios juntos no nos la quita nadie.

Además, sabemos, a grandes rasgos, aspectos de la vida del uno y del otro, y en cierta manera tenemos cosas en común.

Yo tengo a mis padres aquí, pero a la vez los siento a la misma distancia a la que están los suyos.

Sin embargo, creo que ella los siente como si estuvieran aquí.

Nunca he hablado de esto con ella porque es algo que sufrimos juntos en silencio y que ninguno se atreve a mencionar y preferimos actuar como si toda esta situación estuviese bien o fuese agradable.

Entramos juntos a la fiesta, donde ya hay bastantes personas moviéndose al ritmo de la música.

Es una casa pequeña en los suburbios de la ciudad.

Nos dirigimos como es costumbre hacia donde están las bebidas y hoy me permito beber algo de alcohol para ahogar mis penas de esta semana, aunque mañana me vaya a arrepentir cuando me despierte con dolor de cabeza y exámenes de Psicología y el libreto de la obra por estudiar.

Ya con nuestros vasos recargados de algunas mezclas de bebidas alcohólicas con otras y unos hielos, volvemos a la sala donde está la música.

En nuestro camino hacia encontrar un hueco donde quepamos todos sin estar demasiado apretujados, tenemos que hacer algunas paradas para saludar a conocidos.

Esta vez son las chicas las que se encuentran con muchas más personas.

A veces me da rabia que no ampliemos nuestro círculo y solo nos relacionemos con los bailarines y bailarinas de la escuela porque parece que vivamos en un pueblo de pocos habitantes y no, vivimos en París, la capital.

En fin, que estaría bien relacionarnos con otras personas.

Nuestra suerte es que solo somos famosos para los aficionados al mundo del ballet, entonces nos conocemos entre nosotros y nuestros espectadores, pero podemos salir a la calle sin tener que agobiarnos por tener fans esperando en la puerta o a un fotógrafo escondido detrás de un matorral esperando a capturar un momento que tenga repercusión mediática.

No me quiero ni imaginar cómo debe de sentirse una persona que sea cantante o actor.

A mí me agobiaría muchísimo y creo que no sería capaz de soportarlo.

Necesito tener mi espacio, mis cosas privadas.

De esas cosas, algunas las comparto con las personas que más confianza tengo, pero otras, viven dentro de mí y no han salido ni van a salir nunca: como lo que pasó en aquel incendio.

Si los demás supieran la historia que viví, no podría seguir caminando por los pasillos de la Escuela ni subirme al escenario de la Ópera.

Me sentiría expuesto y vulnerable, como si esas personas fueran capaces de entrar en mi mente y proyectar lo que sucedió como si de una película se tratase.

Además, si me preguntasen, porque es algo que suelen hacer a menudo sin tener en cuenta lo que pueda suponer para la otra persona, sería como si estuvieran intentando arrancar los puntos que sostienen esa herida a la que le está siendo difícil cerrar y cicatrizar.

Intento apagar mis pensamientos y escucho la música. Pasamos un rato divertido bailando al ritmo hasta que decidimos salir a tomar algo de aire. Cuando enciendo el móvil veo que ya son las cuatro de la madrugada y me sorprende que el tiempo haya pasado tan rápido.

—Le gustas, te mira mucho —escucho que le dice Camille a su amiga Emma.

Pongo la oreja para intentar enterarme del chisme completo, pero son demasiado discretas y hablan con sus palabras clave impidiendo que los demás nos podamos enterar.

Cuando empezamos a notar el frío y ya no lo podemos resistir más volvemos dentro de la casa.

La fiesta no tarda demasiado en acabar. Vamos a la estación más cercana para esperar, posiblemente, al primer tren del día, que nos lleve a la ciudad.

Es curioso ese momento en el que te subes y ves personas que puede que vayan a trabajar o que se acaban de despertar mientras que para nosotros aún no ha acabado el día.

Me toca despedirme primero porque soy el que antes se tiene que bajar para poder hacer un transbordo.

O eso pensaba hasta que he visto que el metro no llega hasta pasados cuarenta minutos.

Decido ir caminando durante un trozo ya que lo veo mucho mejor que quedarme esperando en una estación tanto tiempo.

Voy caminando por las calles sin quitar la vista del navegador que tengo puesto en el móvil porque por las noches no logro ubicarme y todos los lugares me parecen iguales.

Giro hacia la derecha cuando me indica y es entonces cuando al principio de la calle me parece ver a una chica.

Va andando muy rápido. Acelero yo también el paso porque esa melena la conozco.

Se deja ver pocas veces porque siempre la suelo ver con el pelo recogido en un moño, pero sus rizos son inconfundibles.

—¿Madeleine? —grito su nombre y, porque ya me he acercado lo suficiente a ella, veo cómo torna la ceja— ¿Qué haces aquí a estas horas? —no puedo evitar preguntar.

—No creo que te importe —me contesta de malas maneras y continúa andando.

No me voy a engañar a mí mismo, pensaba que iba a ir en son de paz y me esperaba encontrar a una Madeleine un poco más agradable.

—Pues fíjate que sí, sí que me importa —digo con una sonrisa y mis palabras salen vacilando por mi boca sin tener el cien por cien del control sobre ellas.

—¿Mañana te vas a acordar si te lo digo?

Puede que la última copa me la haya bebido hace poco y su efecto siga estando presente, pero tampoco estoy tan mal como para no acordarme, como dice ella.

—¿Por qué sabes que vuelvo de una fiesta?

—Porque mis amigas también han ido. Como iba Gèrard he supuesto que tú también estarías —mierda, claro, ella lo sabía. Entonces, ¿qué habrá tenido que hacer más importante ahora por la noche para no haber podido ir? La curiosidad me come por dentro.

—Vale, me has pillado —admito, aunque con ella eso es una derrota—. Es una pena que no hayas venido —continúo hablando sin saber ni qué estoy diciendo.

Por la cara que pone ella parece que está disfrutando.

—¿Una pena? No sabía que me echarías tanto de menos.

Aprieto los labios buscando una respuesta que no me deje en evidencia.

—Bueno… —es lo único que acierto a decir.

—¿No te has quedado con ganas de decirme que eres el Príncipe? —cambia de tema de golpe llevándolo al ballet. Tardo unos segundos de más en reaccionar e idear una respuesta.

—Me he quedado con ganas de que tú fueras Cenicienta.

Se queda quieta y su cara lo dice todo. Parece que no se esperaba esa respuesta. Cruza los brazos y me lanza una sonrisa ladeada que interpreto como peligrosa.

—¿Cenicienta? —dice despacio—. Me parece que solo buscas la manera de fastidiarme como cualquier otra cosa que me dices.

—No es por fastidiarte… —empiezo, pero su sonrisa ladeada me corta.

—Claro que sí. Siempre lo haces. Siempre me intentas vacilar, aunque salgas perdiendo.

—No creo que conseguir que te pongas de los nervios sea salir perdiendo.

—Ay, de verdad, ¿no te cansas?

—No —contesto y me lanza una última mirada antes de continuar reprochándome eso.

—Es que me da rabia, no es que me pongas de los nervios. Antes teníamos una buena relación, pero te picó alguna mosca y soy la única con la que te comportas así.

Me quedo quieto. La observo pero no sonrío. Esas palabras me han golpeado más de lo que esperaba. Está cruzada de brazos con esa mezcla de frustración y sinceridad que no ha podido suavizar.

Por un momento todo el juego, las bromas y las pullas han desaparecido. Me pregunto cuándo dejamos que nuestra relación cambiase y por qué solo actúo así con ella, como ha dicho antes.

Pero no tengo una respuesta.

Cuando el ballet dejó de ser un juego de niños y empezamos a comprender que se estaba convirtiendo en una carrera profesional a la que dedicar nuestra vida, lo único que teníamos que hacer era bailar bien.

Ser los mejores. Quedar siempre por encima del otro.

Tener la oportunidad de lucirme ante ella era lo que más me motivaba a superarme a mí mismo, el querer ir por delante de la brillante Madeleine.