A un giro del caos Capítulo 4 – Madeleine
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Capítulo 4 – Madeleine

Camino al lado del Panteón. No me canso de verlo, me parece un monumento precioso con su mezcla de estilos arquitectónicos: gótico en la nave, bizantino en la cúpula y griego clásico en el frontón triangular y sus columnas corintias decoradas con hojas de acanto en su parte superior.

Vengo por aquí cada vez que me apetece despejarme antes de meterme en el caos que supone el metro.

Allí dentro hay demasiado ruido como para pensar y aclarar mis ideas.

Me organizo mentalmente lo que queda de semana. El sábado recuerdo que he quedado con las chicas y el domingo me toca limpiar a fondo el apartamento y sacar la ropa de otoño e invierno.

Media hora después de ir paseando, me sumerjo en la estación subterránea para coger el tren que me lleve a la escuela. Hoy me espera un día intenso con el acto de la asignación de papeles y un par de clases más. Además, hoy también tengo que cuidar de Margot.

Nada más bajar del tren entro al grupo de WhatsApp que tenemos para ver si alguna ha llegado ya. Emma me contesta que ya está por aquí y voy a encontrarme con ella en el pasillo de las taquillas.

—Buenos días —me saluda con un abrazo—. ¿Te sentó mal que ayer llamara a Adrien para que esperara con nosotras?

—Ah, no, no te preocupes. Es solo que no me apetece decirle nada.

—Pero ¿habéis discutido por algo? O sea, no es que fuerais mejores amigos, pero parece que ahora os lleváis peor que antes.

—No sé, quiere quedar siempre por encima.

Si fuera una chica entendería que hubiese cierta rivalidad por un papel, por ejemplo, pero es que a él no le van a dar un papel femenino ni a mí uno masculino.

Por eso creo que no tiene ningún sentido, aunque si quiere competir no voy a ser yo la que le deje ganar —me explico con total confianza mientras vamos hacia mi taquilla para guardar mis cosas.

—Tía, pues no tenía ni idea de lo que estaba pasando.

Étienne se une a nosotras y cambiamos drásticamente de tema para que no sepa que estábamos hablando de su amigo Adrien.

—¿Qué tal, chicas? —se interesa.

—Muy bien, ¿y tú? —le respondemos al unísono.

Se ha notado mucho que estamos ocultando algo.

—Con ganas de que otras personas determinen mi futuro —dice refiriéndose al acto de asignación de papeles que tenemos en menos de media hora.

—¿Vamos yendo? —pregunto porque mi paciencia es limitada y necesito saber lo que sea lo antes posible. En estas cosas siempre se me pasa el tiempo muy despacio.

Están de acuerdo en que vayamos hacia allá.

Cuando entramos al salón de actos buscamos una fila que esté vacía para poder guardar sitio a los que faltan.

Camille es la siguiente en llegar. Se sienta al lado de Emma por lo que a mi lado aún queda un sitio libre, o quedaba, porque Adrien llega y, aun estando Étienne al otro extremo, se sienta a mi lado. No he entendido por qué lo ha hecho.

—¿No me vas a saludar? —pregunta mirando al frente.

—¿Debería? —le encaro.

—Es por educación.

—¿Eso te molesta?

—Un poco.

Sonrío dejando escapar una pequeña risa que sé que le pone de los nervios.

—Entonces deberías haberte adelantado y haberme saludado tú.

Por fin me mira. Sus ojos recorren mi cara un segundo de más.

—Tal vez estaba esperando a que lo hicieras tú —declara con su mirada clavada en la mía.

—No sabía que te gustara esperar.

Antes de que pueda responder, la voz firme de la directora Muller comienza a sonar por los altavoces. Separamos nuestras miradas casi al mismo tiempo para dirigirlas al escenario, como si nada hubiese pasado.

Muller nombra cada personaje con el nombre del bailarín o bailarina que lo interpretara. Termina de decir los personajes de El lago de los cisnes y solo Simon estará allí. Luego continúa con La bella durmiente y Camille, Étienne y Emma son nombrados.

Mi turno llega con Cenicienta . Voy a ser una de las hermanastras.

No está mal. Compartiré escenario con Amélie, quien será el hada madrina.

Cuando han nombrado al príncipe, esperaba que Adrien me hubiera restregado que había conseguido ese papel.

Sin embargo, no ha hecho ningún comentario.

Me ha sorprendido y no sé si ha sido de una manera positiva o negativa.

Nada más terminar comienza una clase de interpretación así que no nos da tiempo a comentar nada.

En esta clase nos hemos dividido por obras y nos explican los papeles de manera individual y nos hacemos una idea general de cómo es la obra a nivel interpretativo.

También nos dan el libreto para que podamos leer el desarrollo de la puesta en escena.

Después de esta clase tenemos una hora de descanso en la que vamos a la cafetería.

—Chicas, a Gèrard le han vuelto a invitar a una de estas fiestas que hacen en esos casoplones que tienen —nos informa Amélie.

—¿Cuándo? Tienes que darnos la información completa —exige Camille.

—El viernes, o sea, hoy, ¿vamos?

—Por supuesto —asiente Emma como si fuera la única respuesta válida y no hubiera lugar a dudas.

—Yo no puedo —digo con cara triste—, tengo que cuidar de Margot.

—Jo… ¿Toda la noche? —se interesa Amélie para ver si hay alguna posibilidad de que acuda más tarde.

—Sí, pero no pasa nada. Pasadlo muy bien y a la siguiente me uno sí o sí —le contesto para que se quede tranquila.

—Te echaremos de menos, aunque te contaremos todos los detalles.

—Así me gusta —asiento riéndome.

—Importancia a lo importante —dice Emma y se acerca para darme un abrazo.

La siguiente clase del día tarda poco en llegar. Nos dirigimos hacia la sala donde tenemos la clase de variaciones. En estas clases se aprenden o perfeccionan danzas individuales de ballets clásicos. Sirven para desarrollar la técnica, la presencia escénica y la expresión artística.

Son de las clases que más me agotan porque, además del calentamiento y previos ejercicios en barra, se repite la parte de la obra una y otra vez y después se hace de manera individual, parejas o tríos.

Todo depende de cómo vayamos de tiempo. Además, así el profesor puede vernos fijándose en los detalles que quedan por mejorar.

Intento darlo todo y siempre me exijo mucho.

No me imagino una vida en la que no me hubiera consagrado al ballet.

Una vida en la que hubiera sido libre de la presión, la atención mediática y la exigencia social.

Una vida completamente diferente porque no sé qué estaría haciendo ahora.

Son muchas veces las que me pregunto si estaría en la universidad, si viviría con mis padres o si me gustaría hacer otras cosas.

Creo que hasta tendría una personalidad completamente distinta.

Habiéndome despedido ya de las chicas, voy hacia mi taquilla para llevarme la ropa que necesito lavar este finde. Meto todo en mi bolsa y voy hacia el tren.

Cuando llego a casa me siento un buen rato en el sofá.

Noto como a mis piernas ya no les queda fuerza.

Antes de cambiarme de ropa o ducharme, paso una hora mirando mi móvil.

Me empiezan a llegar mensajes preguntándome cuál es mi papel en la obra.

Se sabe que sobre estas fechas nos comunican los papeles, sin embargo, los bailarines no podemos decir nada hasta que no sea la misma Ópera de París la que los confirme y anuncie porque podría haber cambios.

Si alguien se va de la lengua se mete en un gran problema.

Contesto animando a que estén atentos a las redes sociales y página web para quitarme el marrón y dar respuesta de alguna manera. Sigo bajando por las solicitudes durante un rato más.

Cuando por fin me animo a levantarme, voy a mi habitación para coger un chándal que me pondré para estar cómoda y la ropa interior que guardo en el primer cajón.

En el baño enciendo la estufa porque el frío de mediados de octubre comienza a avisar de que va quedando menos para que llegue el invierno.

Ya con el ambiente cálido y el vapor comenzando a salir de la ducha, comienzo a quitarme la ropa de las clases de hoy y la echo al cesto de la colada.

Me meto corriendo bajo el chorro de agua caliente y dejo que resbale por todo mi cuerpo permitiendo que me relaje.

Después empiezo a enjabonarme y a lavarme el pelo.

Cuando salgo me envuelvo en mi albornoz y me enrollo una toalla en la cabeza para quitarle el exceso de agua a mi pelo.

Hoy que tengo tiempo me dedico algunos cuidados como ponerme mascarilla hidratante en el pelo y extenderme crema por el cuerpo. Oliendo tan bien y estando tan relajada solo tengo ganas de acostarme en la cama y dormir un poco, pero debo prepararme la comida.

Con el chándal ya puesto me dirijo hacia la cocina. Abro el armario y la nevera, la nevera y el armario, y el armario y la nevera otra vez, en busca de algo para comer. Que tengo que ir a hacer la compra no es ningún secreto.

Después de comer y estar un rato más descansando en el sofá, cojo mi mochila con las mismas cosas que siempre llevo a casa de Margot y voy para allá.

El camino se me hace corto porque voy escuchando un audiolibro.

—Hola, preciosa —la saludo al llegar. Ahí está esperándome en la puerta como de costumbre.

—Hola, Maddie —dice con su tierna sonrisa que nunca me cansaría de ver.

—¿Qué tal estás?

—Bien, ¿jugamos a bailarinas? —se me escapa una risa por la forma en que contesta corriendo cómo está para preguntarme lo que realmente le importa, si jugamos juntas.

—Claro —acepto con una sonrisa, aunque hoy ya he jugado a eso de ser bailarina demasiado y estoy agotada.

Estando con Margot me he dado cuenta de que, a veces, frente a los niños puedes tener algún mal día y se lo puedes explicar para que lo comprendan, pero aun así ellos no tienen la culpa.

No se merecen que les hables mal, que no los escuches o que no juegues con ellos.

Y entonces, la disciplina de cada día de no poder cometer ni un fallo en cada movimiento sobre las puntas vuelve a ser un juego en el que podemos reír, improvisar nuestros siguientes pasos y mecer nuestro cuerpo al ritmo de la música que Margot elige.

Eso es lo que hacemos hasta que ella comienza a tener hambre y ambas vamos a la cocina para cenar. Margot me ayuda a poner la mesa y yo echo la comida caliente en los platos. Mientras cenamos me cuenta sus últimas aventuras vividas en su clase de la escuela infantil.

Al terminar la acompaño a lavarse los dientes y nos tumbamos en su cama.

Le relato un cuento que me voy inventando sobre la marcha en el cual un pingüino y una ballena —esos animales son los peluches que tiene en su cama y los que me han inspirado— van en busca de otros seres marinos para jugar con ellos, pero no todos quieren compartir sus juguetes.

No tarda mucho en caer rendida y aprovecho para recoger los juguetes que hay por el suelo y meter en el lavavajillas los platos y cubiertos que hemos utilizado para cenar.

Ahora solo me toca esperar a que su madre regrese en unas horas y podré ser libre durante todo el fin de semana. Para que la espera se pase rápido me pongo los auriculares y continúo escuchando el mismo audiolibro de antes.