Capítulo 3 – Adrien
Me despierta el tono de llamada que tengo en el móvil. Estiro mi brazo para cogerlo y veo «mamá» escrito en la pantalla. Lo descuelgo sin saber qué esperar.
—¿Estabas dormido? —quiere saber y le digo que sí porque con la voz de recién despertado no puedo engañar a nadie—.
Vaya, lo siento. Quería decirte cuanto antes, para que no hagas planes, que el día veinticuatro del mes que viene nos han invitado a un evento muy importante. No puedes faltar, Adrien.
—Pero es entre semana —replico después de haber echado un vistazo al calendario que tengo colgado en una de las paredes de mi habitación—, tengo que estar en la escuela temprano al día siguiente.
—Lo sé, no te preocupes que ya lo he hablado con la dirección y te permiten faltar ese día sin tener que recuperar la clase en otro momento.
—No te entiendo, un día me metes presión para llegar a ser el mejor y al otro me buscas una excusa para no asistir a clase, ¿sabes que este año tendré un papel importante?
—Sí, claro que lo sé. Mírame a mí, un día era la mejor y al otro tuve que buscar otra cosa a la que dedicarme porque naciste tú.
—No me eches la culpa —me quejo porque no aguanto que esto sea así.
—No te estoy echando la culpa de nada.
—Sí, lo estás haciendo y lo haces cada vez que hablamos de ballet. Me tengo que ir, debo prepararme para ir hacia la escuela.
Miento porque, aunque tengo más tiempo, no quiero seguir hablando con ella si la conversación va a derivar en lo mismo de siempre. No solo deja caer que le arruiné la vida cuando nací, sino que, también por mi culpa, el que se supone que es mi padre huyó y la dejó sola.
Ya con mal humor para todo el día, cuando llego a la escuela me dirijo directamente a mi taquilla. Dejo la mochila que he traído con la ropa de entrenar lavada y meto la sucia para llevármela después.
Voy hacia el vestuario esperando no encontrarme con nadie ahora mismo.
No me apetece hablar. Me cambio de ropa y voy a la sala de ensayo para empezar a calentar.
Los calentamientos son siempre individuales así que cada bailarín tiene la responsabilidad de hacerlos antes de que llegue el profesor de la clase que toque.
En la sala ya está Simon y me uno a él.
—¿Y esa cara de mustio? —es su saludo y no puedo reprimirle nada porque soy consciente de que aún no estoy ocultando mis emociones.
—Ya ves, es por mi madre. Me ha llamado antes de que me hubiese despertado para decirme que tengo que ir a un evento de los suyos —le explico.
—¿De qué es esta vez? —se interesa.
—Ni siquiera le he preguntado. Ya estoy de mal humor para todo el día y quién sabe si para toda la semana.
—Será mejor que intentes no pensar en ello hasta que llegue el día, tienes que estar concentrado —trata de aconsejarme y se lo agradezco, aunque luchar contra la propia mente es lo que me parece más difícil de toda esta situación.
Casi en el mismo instante en el que me pongo frente al espejo de la sala para seguir con el calentamiento veo a Madeleine entrar con sus amigas.
Simon y Étienne, que acaban de llegar, no se cortan un pelo en mirar a ella y después a mí lanzándome miraditas como si no me hubiera dado cuenta de que estamos en la misma sala.
—¿Qué fue lo de ayer en la clase de pas de deux ? —indaga Simon.
—¿Qué fue el qué? —me hago el despistado mientras sigo haciendo pliés frente al espejo.
—Las miradas, la tensión, los agarres, … —me recuerda poniendo cada vez más énfasis y pasión en las palabras.
—Vale, vale, no hace falta que sigas —le corto antes de que coja carrerilla y sea imparable.
La verdad es que pensaba que no iba a ser tan evidente, pero una vez más, la realidad es diferente a cómo la percibimos cada uno de nosotros.
—Fue un pique. Me dijo que no sabía ser profesional y solo quise demostrarlo.
—¿Y eso es ser profesional? —no quiere aclarar su duda, por la cara que pone sé que lo pregunta sin creer las palabras que han salido por mi boca hace unos instantes.
—Supongo que cada uno tiene un concepto de profesionalidad.
—Desde luego, nunca había visto una versión de El lago de los cisnes que se asemejara a algo erótico —añade Simon, el que faltaba por opinar y poner la guinda al pastel.
—Con suerte no volveré a bailar con ella y le habrá quedado claro a quién no debe retar —digo muy convencido y seguro.
—Eso nunca lo sabes. Y, vamos, no digas que no, te encanta que te reten.
No tengo que añadir nada más porque justo entra por la puerta el profesor de danza contemporánea.
En la clase de hoy trabajamos secuencias una y otra vez hasta que se termina el tiempo y nos deja irnos a los vestuarios.
Además, es la única clase que teníamos hoy.
Los miércoles se sienten como el día de descanso.
De camino a coger el tren me encuentro con Amélie y Gèrard, quienes están despidiéndose como si no se fueran a ver en mucho tiempo.
No me gustan las parejas tan empalagosas, dan repelús.
Sin embargo, me quedo a un lado esperando a que terminen para poder hablar con Gèrard ya que, al ir a otras clases, hace varios días que no tengo una conversación con él.
Pensaba que lo peor de esperar iba a ser estar de sujetavelas al lado de estos dos hasta que vuelve a aparecer Madeleine, esta vez con sus dos amigas Camille y Emma. Parece que también se quedan esperando a que Amélie se despida de Gèrard y se una a ellas.
—Adrien —me llama Emma—, puedes esperar con nosotras si quieres.
Le dedico una sonrisa porque no tengo nada en contra de ella y me acerco.
—Hola —saluda Camille de manera cordial.
Le devuelvo el saludo con una media sonrisa y no puedo evitar mirar en dirección a Madeleine. Me sorprende que ella también me estuviese observando, aunque desvía la mirada de inmediato.
—Estábamos hablando de la asignación de papeles que nos espera mañana —me informa Emma para incluirme en la conversación.
—¿Qué papel os gustaría? —intento continuar la conversación de la mejor manera que se me ocurre porque no se me dan muy bien estas cosas cuando me siento incómodo ante la situación.
—Ojalá estar en la obra de Cenicienta y ser una de las hermanastras, podría sacar mi mal genio a través del baile. Me quedaría muy satisfecha todos los días —admite Emma y no puedo evitar reírme ante sus ocurrencias.
—¿Te imaginas que yo fuera la otra hermanastra? —se une Camille a su idea.
—Haríais un tándem ideal —comenta Madeleine por primera vez desde que estoy aquí.
—¿Y tú? —me dirijo a ella haciendo que sus amigas también esperen su respuesta por lo que no le queda otra opción más que responder.
—Es un poco ambicioso, pero ojalá ser Giselle. Sería un sueño cumplido de mi niña interior. Fue de las primeras obras que vi en un teatro de mi ciudad.
Mientras que Emma y Camille le dicen que tiene posibilidades, Amélie y Gèrard llegan hasta donde estamos nosotros.
La conversación se queda a medias y cambia hacia una despedida.
Soy el único que dice que va a coger el tren, los demás se van a la cafetería a tomar algo.
Cuando ponen rumbo hacia allí cojo a Madeleine de la muñeca haciendo que se detenga.
Los demás continúan caminando y espero unos segundos a que se alejen para que no escuchen nada.
Madeleine me mira desafiante e intenta zafarse de mi agarre.
—Piénsatelo bien, también podrías ser Odette y yo el príncipe Sigfrido, como ayer en clase —le digo al oído casi en un susurro.
Hace un aspaviento con el brazo con el que ahora sí que consigue soltarse. Me dirige una mirada oscura llena de furia y se reencuentra con sus amigas sin dirigirme ni una sola palabra.
De nuevo en mi apartamento abro el libro de Psicología Social.
Este año he empezado a estudiar la carrera de Psicología ya que ha sido algo que siempre me ha llamado la atención.
Por ejemplo, en esta asignatura me estoy dando cuenta de la influencia que tiene la sociedad en los procesos psicológicos de una forma que nunca antes me hubiera planteado.
Lo hago a escondidas de mi madre para no recibir pullas de ningún tipo.
Una de ellas podría ser que no estoy centrado en el ballet, pero eso no es así, esto es solo algo para llenar mi tiempo libre y tener la mente ocupada.
Estudio hasta que la luz natural deja de entrar por la ventana.
Cierro el libro y guardo mis apuntes en una carpeta.
Me dirijo hacia la cocina para hacer algo de cenar.
Mientras se está cociendo la pasta, desbloqueo el móvil que había tenido en silencio toda la tarde y miro por encima las notificaciones.
Hay una que me llama la atención especialmente.
MENSAJE DE ANÓNIMO: Estás vivo gracias a aquella chica.
Me pregunto si este mensaje tendrá algo que ver con el que recibí cuando iba en el metro hacia la fiesta aquella.
Entro a su perfil y veo que este tampoco tiene una foto.
No sé si el número de personas a las que sigue y seguidores es el mismo, no me fijé.
Pueden ser dos personas o una la que me está enviando mensajes.
No consigo sacármelo de la cabeza en lo que queda de tarde y me acuesto pensando en eso.
Además, ¿cómo sabe lo de esa chica?