A un giro del caos Capítulo 2 – Madeleine
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Capítulo 2 – Madeleine

—Ayer te perdimos por un momento —me dice Emma.

Hemos quedado para desayunar juntas en la cafetería de la escuela, ya que hoy tenemos todas la misma clase.

—Sí, estuve hablando con un chico de la escuela hasta que apareció Adrien.

—¿Qué? —Amélie se hace la sorprendida y casi se atraganta con el sorbo que le estaba dando al café.

—¿Qué pasó? ¿Qué me perdí? —interroga Camille, quien no pudo venir porque tenía que quedarse en casa cuidando de su hermana pequeña.

—Fui a hablar con un chico, se llama Fabien, no sé si lo conocéis, tiene un año menos que nosotras y es sujet .

La cuestión es que se me había insinuado un par de veces por redes sociales.

Vi que estaba allí y salimos a hablar al jardín.

Pero, de la nada, intentó besarme. Me aparté y se puso un poco chulito así que apareció el maldito Adrien al rescate.

—¡Qué fuerte! Eso es porque os estaba mirando, sino es imposible que se diera cuenta.

—Ya, lo admitió más tarde cuando le dije que podía habérmelo quitado de encima yo solita.

—Ese chico siempre me ha parecido muy raro, no parece trigo limpio —comenta Camille refiriéndose a Adrien.

Ella llegó a la escuela después de acabar el instituto, cuando nosotras tres ya nos conocíamos y habíamos convivido desde hacía algunos años.

—No creo que sea malo, es buen amigo por lo que me cuenta Gèrard —admite Amélie, que puede que lo conozca mejor que nosotras por eso que acaba de decir.

—Creo que ya os lo había contado —empieza a relatar Emma—, entré a la escuela el mismo día que él y al principio éramos inseparables. Supongo que nos unía eso de ser los nuevos. Y fuimos amigos hasta que os conocí a vosotras —termina dedicándonos una sonrisa a Amélie y a mí.

Terminamos de desayunar y ponemos rumbo a la clase donde tenemos que ir ahora.

Hoy vamos a empezar la mañana con clases de puntas.

Hace tan solo unos años que empecé a dar estas clases porque son para bailarines avanzados que ya tienen los músculos fortalecidos.

Cuando somos pequeñas, no nos subimos en unas puntas, aunque bailemos ballet.

En el vestuario me coloco todas las tiritas y el esparadrapo que necesito para que mis pies no salgan más perjudicados de lo que ya están. Me temo que es verdad eso que se dice de que las bailarinas tenemos los pies bastante fastidiados con heridas.

Antes de que llegue el profesor calentamos individualmente todos esparcidos por el aula. Hago estiramientos, todos los que he ido aprendiendo durante estos años. Estiramientos para algunos músculos que ni siquiera sabría que existen si no estuviera aquí.

Llega el profesor Smirnov y sin necesidad de que diga nada cada bailarín nos colocamos en nuestro lugar de la barra.

Empezamos con movimientos sencillos como battement fondu , grand plié , y rond de jambe en l'air.

Todo esto nos sirve para fortalecer los músculos y adquirir técnica sobre el uso de las puntas, lo cual es primordial para muchas representaciones.

La clase termina bastante rápido. Es muy rutinaria.

Solemos hacer siempre los mismos ejercicios.

No me disgusta, aunque prefiero aquellas en las que se pueden expresar las emociones.

Me ayuda a regularlas y salgo de la clase al igual que si acabara de ir a terapia.

Es lo que me gusta de la danza, todas las emociones se pueden expresar a través del cuerpo mecido por una pieza de música.

Una vez que nos hemos cambiado en el vestuario vamos a comer. Tenemos un pequeño rato de descanso para almorzar antes de la siguiente clase.

—¿Tenéis algo que hacer el sábado que viene? —pregunta Camille.

—De momento no —responde Emma.

Intento recordar mi agenda y me doy cuenta de que yo también estoy libre.

—Os lo digo por si queréis que vayamos de compras.

—Por mí genial —se anima Amélie.

—Venga, va —me apunto al plan.

—Yo también voy —interviene Emma.

—Así me gusta, chicas.

Con los planes para el sábado hechos, el tema de conversación cambia hacia la siguiente clase de hoy.

—Gèrard me ha contado que en la clase de pas de deux de hoy habrá varios de los que van a organizar el programa de obras de esta temporada —nos informa Amélie sobre lo que le ha contado su novio.

—A mí también me ha llegado ese rumor —añade Emma.

Solo espero que si es así me toque con alguien agradable. Ser premières danseuses implica que si tenemos que bailar por parejas será con la misma persona durante toda la temporada y eso puede ser una ventaja o un suplicio.

—¿Con quién os gustaría que os tocase? —quiere saber Camille.

—Es más fácil responder a quién no —respondo porque la imagen de ese ser que se cree inmediatamente superior a los demás ha aparecido en mi mente.

—Pues yo no soy como Madeleine. Si me tocase con Adrien me haría más popular.

—¿Quién ha dicho que estuviera pensando en él?

—Tu cara habla por sí sola cuando estáis juntos.

Hay momentos en los que amo que me conozcan tanto, pero en otros como este lo odio.

Seguimos discutiendo durante un rato sobre con quién aguantaríamos si nos tocase y con quién no. El tiempo se pasa muy rápido cuando estoy con ellas y en menos de lo que me gustaría ya estamos en el vestuario poniéndonos de nuevo las puntas.

Pongo la oreja en la conversación de otras dos chicas que comentan algo que me resulta familiar.

Están hablando de cuando Adrien se acercó a espantar al chico con el que estaba hablando en aquella fiesta.

Parece que todo lo que él hace es motivo de comentarios y rumores.

No me puede parecer más patético. No es mal bailarín, ha llegado hasta el mismo sitio que yo, pero todo eso que hace es absolutamente penoso.

—Buenas tardes —nos saluda el coreógrafo André cuando entramos a la sala de ensayo—. Poneos por parejas como os hemos indicado en esa lista, por favor —señala hacia una de las paredes donde han pegado con celo algunos folios.

Todas las personas que estaban más cerca de esa pared se amontonan y son las que lo ven primero.

Mis amigas y yo, como estábamos al otro lado de la sala, tenemos que esperar a que se vaya desalojando poco a poco para poder averiguar con quién nos ha tocado hoy, o toda la temporada si los rumores resultan ser ciertos.

—A lo mejor podemos pedir que nos cambien —una voz masculina, que conozco de sobra, habla a mi lado y hace que me sobresalte.

—¿Por qué lo dices? ¿No sabes tener profesionalidad? —le reto.

En realidad, ojalá fuese así e hicieran cambios, pero no voy a permitir que Adrien piense que eso es lo que quiero.

—Lo decía por ti. Parece que te incomoda un poco mi presencia.

—Es solo que intentas quedar siempre por encima de los demás y para hacer una danza en parejas no estás tú solo. Si no sabes hacerlo, igual el cambio que tienes que pedir es que vuelvan a ponerte en la categoría de corps de ballet .

—Una mierda, Madeleine… —va a seguir hablando, pero es entonces cuando llegan más profesores para observar la clase y tiene que mantenerse callado mientras hablan.

Nos explican que pasado mañana será el acto en el que nos dirán qué obra y papel vamos a representar esta temporada.

André comienza a darnos indicaciones de un fragmento del pas de deux que se realiza en El lago de los cisnes . Será la pieza que tenemos que representar en la clase de hoy.

El ensayo transcurre con nuestros rifirrafes habituales, lo que lo convierte en un ensayo normal y como otro cualquiera. O así es hasta que llega el momento de que cada pareja lo represente de manera individual para que el profesorado pueda fijarse con más detalle.

Adrien y yo nos colocamos en el centro de la sala de ensayo.

Todas las miradas están puestas en nosotros, aunque las nuestras tienen que estar conectadas entre sí por la intimidad y conexión que estos personajes deben tener en este instante.

Mientras el pianista se prepara para comenzar a tocar la pieza, noto la cercanía de Adrien, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la fina tela de nuestros trajes de ensayo.

Mi corazón late más rápido y no es solo por los nervios de que haya tantos ojos puestos en nosotros.

Con el primer acorde, empezamos a bailar con movimientos suaves y fluidos. Adrien toma mi mano y coloca la otra en mi cintura con firmeza.

Llega una parte crucial del pas de deux , un levantamiento que requiere de una cercanía íntima.

Adrien me eleva con facilidad, sus manos en mi cintura y su rostro apenas a centímetros del mío.

En el aire, me siento vulnerable y expuesta, pero también increíblemente viva.

Al bajar nuestros cuerpos se rozan en una caricia involuntaria que envía un escalofrío por mi espina dorsal.

En un momento de pausa nuestras miradas vuelven a coincidir.

La intensidad en los ojos de Adrien es inconfundible.

No es solo la concentración lo que se refleja en su mirada.

Tengo que hacer un esfuerzo para centrarme en los siguientes movimientos.

La línea entre actuación y realidad se difumina.

Solo cuando los aplausos interrumpen la atmósfera puedo salir de esto que se acaba de crear y que no entiendo qué es.

Nos sentamos en las gradas junto al resto una vez que hemos terminado. Observo a los demás haciendo los mismos movimientos y me pregunto cómo se habrán percibido los nuestros desde fuera.

Una vez que termina la última clase de la tarde recojo mis cosas y salgo corriendo a coger el tren.

Necesito llegar a París lo antes posible porque hoy es uno de esos días en los que me toca cuidar de Margot, una niña de cinco años con la que estoy algunas tardes o noches para sacarme un dinero extra.

Esta noche tengo que estar con ella desde la hora de cenar hasta que llegue su madre, que es enfermera y tiene turnos de noche.

Voy mirando mis redes sociales y las últimas notificaciones que tengo en ellas.

Parece que cuando estoy ocupada y no puedo contestar es cuando más mensajes me escriben.

Solo respondo a mi madre que me ha preguntado qué tal ha ido el día.

Algunas personas pensarán que no la echo de menos porque llevo aquí desde que tengo once años y que me habré acostumbrado, pero no es así.

No hay un solo momento en el que no me acuerde o no quiera compartir algo que me haya pasado con ella.

Por suerte, siempre que puedo voy a Lyon o vienen ellos a París a pasar unos días juntos.

Me cambio del tren al metro y me quedo un rato sin cobertura por lo que decido apagar el móvil y mirar a un punto fijo. Viene bien aburrirse de vez en cuando para promover la creatividad. Esta vez no puedo pensar en otra cosa que no sea el ensayo del pas de deux con Adrien.

Aunque no me guste hablar bien de él, nadie puede negar que es un excelente bailarín.

Además, ya solo por el apellido de su madre, que es el suyo también —a todo el mundo le parece un misterio que no tenga el de su padre—, todos lo asocian con el prestigio de la danza.

Es de los mejores de la promoción y por eso no rebato su talento, pero me cuesta distinguir si lo que ha pasado era interpretación o algo más.

Llego a la casa de Margot aún con ese pensamiento rondando mi cabeza.

—¡Hola, Maddie! —me saluda desde la puerta del apartamento mientras yo subo los últimos escalones que me quedan para llegar.

—¡Hola, preciosa! —le devuelvo el saludo con una sonrisa y un abrazo—. ¿Ya llevas puesto el pijama? —pregunto, aunque podría ser una afirmación porque lo estoy viendo.

—Sí, hoy me ha dado tiempo a darle una ducha antes de que vinieras —me contesta su madre por ella.

—Vale, genial.

—Os he dejado la cena en la mesa de la cocina, no sé si se habrá enfriado.

—Ahora me encargo, no te preocupes.

—Muchas gracias, Madeleine, nos vemos luego —nos despedimos y voy hacia la cocina de la mano de Margot, que me hace saber que tiene mucha hambre, aunque ha merendado un «sándwich gigante de dos pisos», son sus palabras.

Durante la cena hablamos sobre lo que ha hecho hoy en el cole. También le enseño un vídeo mío bailando ballet porque le encanta verlos y siempre intenta imitarlos.

—Algún día también podrás ser una bailarina —le digo.

—¿Tú crees? —pregunta con una cara de ilusión que hace que se le iluminen los ojos.

—No lo creo, lo sé —la cojo con mis manos y la sujeto en el aire dando una vuelta sobre nosotras mismas. Eso hace que recuerde la elevación de hoy con Adrien y me regaño a mí misma por dejar que venga a mi cabeza una y otra vez.

Después de leerle un cuento la llevo a la cama para dormir.

Es una suerte que tenga facilidad para conciliar el sueño y no requiera demasiado esfuerzo.

Cuando compruebo que está profundamente dormida voy a la sala de estar donde me tumbo en el sofá y me duermo hasta que llega su madre en la madrugada.