A un giro del caos Capítulo 1 – Adrien #2
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Capítulo 1 – Adrien #2

Cuando se acerca la hora de salir, me pongo la camisa blanca que tenía preparada y unos pantalones de color azul marino.

También cojo del armario una chaqueta del mismo color que la parte de abajo por si acaso.

Por las noches ya está empezando a refrescar y nunca se sabe cuándo va a empezar a llover en esta ciudad.

Camino hacia la estación de metro, que está a unos minutos, y me subo en la línea ocho.

Aprovecho el trayecto para entrar a mis redes sociales y responder a algunos de los mensajes que tengo.

La mayoría de ellos suelen ser de personas que admiran mi trabajo.

A esos no les hago demasiado caso, les mando algún mensaje agradeciéndolo y ya está.

Entro a diferentes conversaciones hasta que doy con una que me sorprende.

Su perfil no tiene foto y apenas tiene seguidores y personas a las que sigue por lo que me parece sospechoso.

MENSAJE ANÓNIMO: ¿No te acuerdas de aquel incendio? Deberías haberte quemado en él.

Leer esa palabra hace que un escalofrío recorra mi cuerpo de arriba abajo. Además, mi cabeza empieza a inundarse con todas aquellas imágenes de llamas y humo, y las sensaciones de lo vivido aquel día se agolpan en mi pecho. Tan solo tenía doce años cuando pasó.

La megafonía del metro anunciando la siguiente parada me saca de mis pensamientos por un momento y me dirijo hacia las puertas para salir.

La conexión del teléfono se corta y espero con la pantalla encendida a que se carguen los mensajes mientras subo por las escaleras mecánicas de la estación hacia la salida.

Cuando todo vuelve a aparecer actualizado, me doy cuenta de que el mensaje ha desaparecido y ya no soy capaz de volverlo a encontrar.

Decido borrar todas esas ideas de mi mente para que no me arruinen lo que queda de día y aviso por el chat grupal que tenemos de que ya estoy llegando a la casa de François.

Por suerte o por desgracia, si algo enseña la danza de alto nivel es disciplina, todos somos puntuales y no tardamos en reunirnos donde habíamos quedado.

Al entrar a su casa, nos damos cuenta de que somos casi los últimos, igual tendríamos que haber quedado antes.

Saludamos a algunas personas que conocemos de los ensayos o de simple vista de los pasillos de la escuela mientras François nos acompaña hasta la cocina.

Allí tienen todas las botellas de distintas bebidas preparadas y nos servimos lo que queremos beber, volviendo a salir hacia donde la música suena más alta.

Pasamos la primera parte de la noche juntos, bailando y celebrando que somos premiers danseurs. Esta vez me dejo contagiar, a lo mejor debido al alcohol, por esa alegría que se respira en el ambiente. Expreso mi felicidad de forma abierta.

De la nada, aparecen Amélie, Emma y, cómo no, Madeleine. Los chicos las saludan y yo me vuelvo a quedar al margen, como antes, aunque esta vez Amélie y Emma sí que se acercan a mí. Noto que Madeleine me mira de reojo.

—¿Acabáis de llegar? —hago un esfuerzo por escuchar lo que le pregunta Gèrard a Amélie.

—Sí, no podíamos llegar antes. Una de nosotras tenía algo que hacer primero —le dice muy feliz.

Son un poco empalagosos, no nos vamos a engañar. Tanto romanticismo no va conmigo. Gèrard se ofrece a acompañarlas hasta la cocina para que cojan algo de beber. El resto esperamos aquí.

Veo que Étienne está cumpliendo con lo que ha dicho esta mañana mientras comíamos sobre beberse todo lo que pillara. No puedo evitar sacar mi lado responsable a la luz y advertirle de las consecuencias.

—Tío, no te pases que mañana tenemos clase.

—Siempre estás igual, Adrien. ¿No puedes disfrutar un poco o dejar que lo hagan los demás?

—Tú haz lo que quieras, solo te estoy diciendo que mañana tenemos clase.

— Miñini tinimis clisi , ¡qué pesado, chaval!

—Oye, yo no te estoy faltando al respeto. Mañana ya veremos cómo estás.

Cuando llegan los demás decido irme un momento.

Me lo he tomado mal porque luego llora cuando los profesores le echan la bronca, pero no tiene autocontrol.

Se lo digo como amigo suyo, si no, está claro que me daría igual.

Incluso preferiría que quedara mal para llevarme los mejores papeles.

Salgo al jardín para tomar algo de aire.

Me encuentro a lo lejos a Madeleine hablando con un chico. Creo que es un año menor que nosotros. Tienen una actitud un tanto afectuosa. Busco un lugar desde donde poder observarlos de manera discreta. Hablan durante tanto tiempo que ya se me está haciendo pesado.

Cuando estoy a punto de irme por el aburrimiento que causan, hay un giro de los acontecimientos que hace que se ponga interesante.

El chico intenta besarla, y me quedo con los ojos muy abiertos cuando ella aparta su cara haciéndole una tremenda cobra.

Parece que este no se lo toma demasiado bien y le sujeta del brazo con fuerza para volverlo a intentar.

Observo de nuevo cómo ella se resiste y no puedo evitar acercarme para quitarle a ese imbécil de encima.

—¿Es que no te has dado cuenta de que te ha salido rana? —le pico.

—¿Tú quién coño eres para meterte donde no te llaman?

—Me conoces de sobra —recurro a la popularidad que tengo, que a veces viene bien—. Vete de aquí.

Hace lo que le mando y me quedo a escasos centímetros de Madeleine. No puedo evitar que estar tan cerca de ella provoque un cosquilleo que me recorre por todo el cuerpo.

—Podía yo sola. No tenías que meterte.

—Sí, ya lo he visto cuando te ha agarrado del brazo.

—Pues no sé para qué te has metido.

—Confiesa, te aburría ese tío.  Se te veía medio dormida.

—¿No tienes nada mejor que hacer, Adrien?

—La verdad es que ha sido lo más interesante que me ha pasado en lo que llevamos de noche.

—Mira, estoy de mal humor para tener que aguantarte. Así que mejor si vuelves donde estabas: lejos de mí.

—Oh, vaya, ¿debería poner cara de pena?

—Tu cara da pena todos los días, no te molestes.

Se gira dándome la espalda y vuelve a entrar a la casa para reunirse con sus amigas.

Yo lo hago un tiempo después para que nadie nos vea juntos.