Capítulo 1 – Adrien
Hoy es un día decisivo en mi vida de bailarín.
Durante esta semana, hemos hecho los rigurosos y exigentes exámenes para ascender de categoría.
Llevo todo el año preparándome a fondo para pasar las pruebas de expresión artística, repertorio, técnica, preparación física y la entrevista individual.
Después de todo, ha llegado el momento en el que me proclamen como premier danseur de la compañía.
Estoy listo para asumir ese rol y la responsabilidad que conlleva.
Con este pensamiento es con el que me ha educado siempre mi madre.
Desde que tengo uso de razón he visto obras de ballet y me he movido y jugado entre puntas, tutús, maillots y medias.
Es algo que forma parte de mí y de lo que no me puedo deshacer ni tirar por la borda a estas alturas.
Ella fue étoile de la compañía hasta que se quedó embarazada de mí, algo que me recuerda de vez en cuando.
No es nada agradable que te digan que hubiera sido mejor si no hubieras llegado al mundo en ese momento.
Entro al salón de actos donde van a anunciar la lista de bailarines que ascienden a esta categoría.
Busco a mis amigos —ellos son Étienne, Gèrard y Simon—, quienes también han hecho los exámenes.
Según mi madre, debo tener claro que mi nombre va a estar en esa lista, pero eso no logra tranquilizarme.
Escucho a Étienne comentar lo que pasaría en el caso de que no nos nombrasen. Continuaríamos siendo sujets .
La directora de la escuela da comienzo al acto y todo el murmullo se transforma en un completo e intimidante silencio.
Empieza nombrando el listado de bailarinas.
Estoy atento porque, como ha ido pasando años atrás, lo más seguro es que se hagan parejas para las obras de esta temporada entre los nuevos bailarines de esta categoría.
—Dorothée Colasante, Madeleine Durand, … —dejo de escuchar cuando oigo ese último nombre. No hay manera, nunca consigo deshacerme de ella. Siempre consigue dar un paso hacia delante y destacar, lo que hace que quiera competir para ser mejor que ella.
Hay aplausos, abrazos y lloros cuando la directora Muller termina de decir los nombres de las bailarinas.
Distingo a Madeleine entre la multitud. Está celebrando con sus amigas que las cuatro han conseguido un puesto.
Una de ellas, Camille Lambert, entró el mismo día que yo a la escuela cuando teníamos nueve años.
Eso nos unió porque no conocíamos a nadie y empezamos a ir juntos a todos lados hasta que llegó Madeleine un par de años después y nos distanciamos.
Luego está Amélie Michel, la novia de mi amigo Gèrard, una chica agradable.
Y la que completa el cuarteto es Emma Dubois, no la conozco demasiado.
Muller continúa con el listado de bailarines.
De nuevo hay un silencio sepulcral y ganas de que los nombres de los que están aquí se escuchen por los altavoces.
Al oír el mío la celebración se queda en mi interior y no la exteriorizo.
Mi madre diría que estar en esa lista no es nada más que haber trabajado poniendo todo el empeño posible y esfuerzo, no algo para celebrar como si hubiese ganado un juego de azar en un casino.
No nombran premier danseur a quien es el más simpático, tan solo hay que ser de los mejores.
Aun así, prefiero sentir ilusión por lo que hago, es un sueño ascender a esta categoría con veintiún años.
Todo va bien hasta que nos damos cuenta de que no han nombrado a Gèrard y, por orden alfabético, ya lo tendrían que haber hecho.
En su mirada se puede apreciar conmoción.
Él también se había esforzado, aunque parece que eso no ha sido suficiente para el jurado de los exámenes.
Todos los demás pasan. Es el único que se ha quedado atrás.
Intentamos darle ánimos, pero nada de lo que digamos en este momento va a cambiar cómo se siente. Tendremos que darle el tiempo y espacio que necesite.
Amélie no tarda en venir para mostrarle su apoyo de una manera mucho más cariñosa.
A la vez observo cómo se acercan por detrás las demás, entre ellas Madeleine.
Sus caras están repletas de alegría y grandes sonrisas.
Hablan animadas entre ellas y discuten sobre el lugar al que deberían ir para celebrarlo.
No sé si Amélie les habrá hablado sobre la fiesta a la que vamos a ir nosotros. Sería mejor que no.
Cuando llegan donde estamos saludan al resto mientras yo me quedo al margen, o eso pensaba hasta que Madeleine se para frente a mí.
—Enhorabuena —escupe por la boca sin demostrar ninguna alegría realmente—, ya puedes seguir intentando competir por ser mejor que yo porque aún no lo has conseguido.
Esto sí que no me lo esperaba. Lo de competir no lo hago de manera explícita. Además, soy bailarín, no le puedo quitar los papeles femeninos en las obras. Tan solo pretendo que en las clases de técnica, improvisación o repertorio ella no destaque por encima de mí.
—Empieza a ponérmelo un poco más difícil —la reto en un susurro para que los demás no puedan oírme.
Mantenemos esta rivalidad en secreto desde hace un tiempo.
—Ay, perdona, pensaba que te estaba haciendo sufrir mucho y no quería ser mala —declara regodeándose en sus palabras y vuelve con sus amigas.
¿Por qué se va?
¿Tiene miedo a lo que le pueda contestar?
No he sido yo quien ha declarado la guerra esta vez. No permitiré que las cosas queden así y eso ella también lo sabe.
Voy junto a Étienne, Simon y Gèrard al comedor de la escuela. Hay pocos días en los que vayamos con tranquilidad. La regla general suele ser comer rápido y descansar un poco antes de ir a las clases que hay por las tardes.
Buscamos un sitio en el exterior para disfrutar de los últimos rayos de sol antes de que llegue el otoño y tengamos que comer dentro por el frío.
Bailarinas y bailarines de otras categorías nos dan la enhorabuena cuando nos cruzamos con ellos.
Simon siempre ha sido el más popular del grupo y se nota que le gusta.
Cuando empezamos a ir con él, nos convertimos en gente conocida por aquí más rápido de lo que hubiéramos imaginado en un principio.
Todo debido a su influencia. Y, bueno, ser el hijo de una étoile digamos que tampoco me hace pasar desapercibido.
El tiempo transcurre mientras charlamos animadamente de las vacaciones de este verano.
Gèrard nos cuenta sus vacaciones en Barcelona.
Es el único de nuestro grupo que viene de fuera de Francia y cuando tenemos semanas libres siempre vuelve a España para visitar a su familia.
Yo, por el contrario, no suelo moverme de París.
Mi madre tiene muchos compromisos por aquí y la mayoría de las veces tengo que acompañarla.
Estos eventos tienden a ser de grandes marcas que organizan desfiles de moda o campañas publicitarias y las odio con todas mis fuerzas.
Para mi gusto hay demasiado postureo y nada de naturalidad.
—Esta noche —cambia de tema Étienne— pienso beberme hasta el agua de los jarrones.
François, un bailarín un año más mayor que nosotros, ha organizado una fiesta privada en su casa y nos ha invitado.
—El único que tiene que ahogar sus penas en alcohol ahora mismo soy yo —responde Gèrard haciendo referencia al acto de elección.
Me da pena. Me gustaría que hubiera pasado.
No solo es que sea mi amigo, hace un esfuerzo y sacrificio muy grandes estando lejos de su familia.
Yo no logro empatizar del todo con él en ese aspecto porque en mi familia no estamos tan unidos como ellos, pero seguro que se tiene que hacer cuesta arriba.
—Te vamos a echar mucho de menos en las clases, pero podremos seguir haciendo planes juntos —intento animarlo, aunque sé que nada lo conseguirá ahora mismo.
—Sí, y seguramente vuelvan a hacer pruebas a mitad de año. No estarás sin nosotros tanto tiempo —añade Simon—. Bebe lo que quieras, pero esta noche tiene que ser única.
Lo de la fiesta lo hablamos de manera discreta porque los profesores y la dirección de la escuela no deberían enterarse o nos podrían sancionar.
Firmamos un contrato en el que nos comprometemos y aceptamos cláusulas que no lo hacen de manera directa, pero, en cierto modo, debemos tener una dieta equilibrada y horas de sueño recomendadas, entre otras cosas.
Por lo que salir de fiesta y beber alcohol va bastante en contra de todo eso.
Cuando terminamos de comer decidimos coger el tren.
La escuela está en Nanterre, un distrito a las afueras de la capital.
Seguimos allí nuestra conversación sobre la fiesta de esta noche.
Nos ponemos de acuerdo en cuándo iremos para entrar juntos, aunque luego cada uno acabe disperso en un sitio como sucede siempre.
Todo va perfecto hasta que Gèrard nos cuenta algo que no había hecho hasta ahora.
—Le pregunté a François si podía ir Amélie y su respuesta fue afirmativa así que en algún momento estaré con ella si no os importa. También vendrán sus amigas.
Ah, genial. No pregunto si van a venir todas, pero lo más probable es que Madeleine también esté allí entonces. Motivo de más para emborracharme.
Nada más llegar a casa dejo la mochila llena de todo lo que necesito usar en la escuela y me tumbo directamente sobre la cama.
Aprovecho para descansar y coger energías para esta noche.
Vivo solo en el mismo piso que tenía mi madre cuando estudiaba danza.
Está ubicado en el centro, en frente de la Torre Eiffel y cerca de la Ópera Garnier, lo que me viene genial cuando tenemos que ir allí desde primera hora de la mañana para los últimos ensayos de alguna producción o los estrenos exclusivos con la prensa y personas importantes del sector.