A un beso de volver a creer Capítulo 24
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Capítulo 24

La madrugada en la que nació Claudia comenzó con una llamada de teléfono a las tres y diecisiete. Recuerdo perfectamente la hora porque, cuando vi el nombre de Alma en la pantalla, pensé que tenía que haber ocurrido algo grave.

Durante los últimos meses había adquirido la costumbre de preocuparme cada vez que sonaba el móvil a horas intempestivas, aunque aquella vez el motivo resultó ser bastante más emocionante de lo que imaginaba.

—Claudia, creo que la niña quiere salir —me anunció con una voz que mezclaba nerviosismo y una considerable dosis de indignación.

Me incorporé tan deprisa que desperté a Alexander, que dormía a mi lado.

—¿Cómo que quiere salir? ¿Ahora?

—No, el jueves que viene. ¡Pues claro que ahora, idiota! Llevo media hora con contracciones y acabo de romper aguas.

—¡Alexander! —exclamé, sacudiéndolo por el hombro—. ¡Que viene la niña!

Mi novio se sentó de golpe, todavía medio dormido, y preguntó si tenía que llamar a los bomberos.

Alma, que escuchó perfectamente su ocurrencia, empezó a reírse al otro lado del teléfono, aunque una nueva contracción terminó con su diversión y me hizo comprender que debíamos ponernos en marcha.

Veinte minutos después estábamos en su casa. Alexander cargó con la bolsa del hospital mientras yo ayudaba a Alma a vestirse, una tarea que resultó bastante complicada porque mi amiga parecía dispuesta a discutir con cada prenda que encontraba a su paso.

Durante el trayecto se quejó de los baches, de la temperatura del coche y de que Alexander condujera demasiado despacio, aunque cinco minutos antes le había ordenado que no corriera.

—Voy a tener a esta niña en el coche —anunció cuando estábamos llegando.

—Pues procura esperar un poquito —le pedí—. Que tu hija merece una entrada en el mundo algo más elegante.

—¡Claudia, te juro que ahora mismo me importa una mierda la elegancia!

Alexander tuvo que hacer un esfuerzo considerable para no reírse, especialmente cuando Alma le advirtió que, si volvía a encontrar un semáforo en rojo, tendría que responder personalmente de las consecuencias.

Al llegar al hospital la ingresaron en maternidad y, después de examinarla, nos explicaron que el parto estaba en marcha, aunque todavía quedaban unas cuantas horas por delante.

Alma me pidió que no me separara de ella y Alexander se encargó de avisar a sus padres, que aparecieron poco después con una mezcla de nerviosismo y felicidad difícil de describir.

Verlos allí me emocionó especialmente.

Meses atrás acompañé a Alma a visitarlos, después de que decidiera intentar recuperar una relación que llevaba demasiado tiempo rota.

Recordaba aquella tarde con una claridad extraordinaria: sus manos temblando antes de llamar al timbre, el rostro de su madre cuando abrió la puerta y la manera en que su padre terminó abrazándola mientras los tres lloraban en el recibidor.

No fue una reconciliación sencilla, porque existían heridas que necesitaban tiempo y conversaciones pendientes que ninguno podía seguir evitando, pero aquella visita abrió una puerta que no volvieron a cerrar.

Desde entonces sus padres se volcaron con ella. Su madre confeccionó ropa para la niña, su padre montó personalmente la cuna y ambos estuvieron presentes en cada momento importante de los últimos meses del embarazo.

Verlos esperando el nacimiento de su nieta, después de tanto tiempo separados de su hija, me pareció uno de esos regalos que la vida concede cuando menos se esperan.

—¿Cómo está mi hija? —me preguntó su madre nada más verme.

—Bien. Con ganas de asesinar a alguien, pero bien.

Su padre soltó una carcajada nerviosa.

—Entonces sigue siendo nuestra Alma.

Cuando les expliqué que su hija quería que yo estuviera presente durante el nacimiento, su madre me abrazó con una emoción que me dejó sin saber qué decir.

—Gracias por haberla acompañado a vernos aquel día, Claudia. No sé qué habría sido de nosotros si no hubierais venido.

—Alma también tenía muchísimas ganas de recuperaros —le respondí—. Solo necesitaba encontrar el valor para dar el primer paso.

Su madre me acarició la mejilla antes de regresar junto a su marido, y durante unos segundos pensé en todo lo que habíamos conseguido reconstruir desde aquella terrible tarde en la plaza.

Aitor ya no formaba parte de nuestras vidas. Tras las denuncias, las declaraciones y un proceso judicial agotador, fue condenado por la agresión y los malos tratos acreditados. La sentencia no borró el miedo ni los recuerdos, pero supuso un paso decisivo para que Alma recuperara su tranquilidad.

Recibió ayuda profesional, volvió a confiar en sí misma y aprendió a reconocer que ninguna de las amenazas que había soportado era culpa suya.

Todavía existían cuestiones legales relacionadas con la niña que debían resolverse, pero aquella madrugada nos prometimos que no permitiríamos que el recuerdo de Aitor empañara su llegada al mundo.

Cuando regresé a la habitación, Alma estaba sentada sobre la cama, respirando con dificultad mientras una matrona le explicaba cómo afrontar las contracciones.

—¿Están mis padres? —me preguntó al verme.

—Los dos. Locos de emoción.

—Pobrecillos. Van a pasar una noche horrible.

—Pues tú procura colaborar y tener a la niña antes del desayuno.

Me lanzó una mirada asesina y después me tendió la mano.

—No me sueltes, ¿vale?

Se la cogí con fuerza y le aparté un mechón de pelo de la cara.

—Ni se te ocurra pensar que voy a marcharme. Además, quiero ser la primera en comprobar si ha heredado tu mal carácter.

Las horas siguientes estuvieron llenas de indicaciones, respiraciones, dolores y algún insulto que preferí atribuir a las circunstancias.

Alma alternaba momentos de valentía extraordinaria con otros en los que aseguraba que no podía continuar, y yo procuraba recordarle cuánto deseaba conocer a su hija.

Entre una contracción y otra hablamos de la habitación que la esperaba en casa, de los diminutos calcetines que compramos juntas y de lo mucho que sus abuelos estaban deseando abrazarla.

Cuando llegó el momento de entrar en el paritorio, Alma me apretó la mano con una fuerza sorprendente.

—Tengo miedo, Claudia —me confesó—. ¿Y si no puedo hacerlo?

Me incliné hacia ella para que pudiera escucharme bien.

—Llevas meses demostrando que puedes con cosas muchísimo más difíciles. Y dentro de un ratito vas a tener a tu hija en brazos. Piensa en eso, cariño.

La matrona nos animó con una sonrisa y, cuando llegó el momento de empujar, Alma reunió unas fuerzas que parecían imposibles después de tantas horas de cansancio.

Permanecí junto a su cabeza, sujetándole la mano, hablándole entre contracciones y procurando que no advirtiera que también estaba llorando.

Hasta que escuchamos un llanto.

Un llanto pequeño, indignado y absolutamente maravilloso.

—¡Ya está aquí! —anunció la matrona.

Alma rompió a llorar cuando colocaron a su hija sobre su pecho. La pequeña tenía la carita arrugada, los puños cerrados y una cantidad sorprendente de pelo oscuro. Su madre la rodeó con los brazos y empezó a besarle la frente mientras repetía su nombre con una ternura que jamás olvidaré.

—Hola, Claudia. Hola, mi amor. Soy mamá.

Me incliné hacia ellas, incapaz de contener las lágrimas.

—Es preciosa, Alma. Es absolutamente preciosa.

Mi amiga levantó la cabeza y me miró con una felicidad que borró de golpe tantos meses de sufrimiento.

—Mírala, Claudia. Es mi niña. Mi pequeña.

—Y tiene unos pulmones estupendos —añadí, riéndome entre lágrimas—. Ya sabemos de quién ha heredado la capacidad para hacerse escuchar.

Alma soltó una carcajada emocionada y después volvió a besar a su hija.

—Gracias por estar aquí —me susurró—. Gracias por no rendirte conmigo.

Le acaricié la mejilla.

—Nunca habría querido estar en ningún otro sitio.

Un rato después, cuando regresamos a la habitación, sus padres entraron casi de puntillas.

Su madre comenzó a llorar en cuanto vio a la pequeña y su padre necesitó varios segundos para atreverse a cogerla.

Lo observé sosteniendo a su nieta con una delicadeza conmovedora mientras le prometía que siempre tendría a sus abuelos para cuidarla.

Alma contemplaba la escena con una sonrisa que no conseguía borrar, emocionada al ver reunidas a las personas que más quería.

Alexander apareció detrás de ellos con un ramo de flores y una expresión tan enternecida que terminé abrazándolo antes de que pudiera saludarme.

Me rodeó la cintura y me besó, preguntándome al oído si había sobrevivido a mi primera experiencia como acompañante de parto.

—Por los pelos —le confesé—. Creo que Alma me ha dejado dos dedos inutilizados.

—Pues tendré que cuidarte mucho para que te recuperes en casa.

—Eso espero. Aunque antes quiero quedarme un ratito más.

Alexander me estrechó contra él y contemplamos juntos a Alma, que acababa de recibir de nuevo a su hija en brazos.

Su madre le acomodó la mantita mientras su padre buscaba el teléfono para hacer una fotografía de las tres generaciones reunidas.

Pensé en aquella amistad que casi perdimos, en todo lo que nos costó perdonarnos y en las veces que estuvimos a punto de rendirnos.

También pensé en Alexander, en la felicidad que había traído a mi vida y en lo afortunada que me sentía por poder compartir con él un momento tan especial.

—¿En qué piensas? —me preguntó, acariciándome la espalda.

Sonreí al ver que Alma levantaba a su hija para enseñársela a su abuelo.

—En que, después de todo, hemos conseguido llegar hasta aquí.

Alexander me besó en la sien y me abrazó con más fuerza.

Entonces la pequeña Claudia abrió los ojos durante un instante y soltó un quejido que hizo reír a toda la habitación.

Su madre le acarició la mejilla y le susurró unas palabras que apenas conseguí escuchar.

—Tranquila, mi amor. Aquí estamos todos.

Y mientras contemplaba a aquella niña rodeada de tantas personas que la querían, comprendí que Alma acababa de darle algo mucho más importante que un nombre.

Le había regalado la posibilidad de crecer entre abrazos, de sentirse querida sin condiciones y de descubrir que, incluso después de las épocas más oscuras, la vida siempre podía ofrecer un comienzo distinto.