A un beso de volver a creer Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

—Eres todavía más despreciable de lo que recordaba.

—Y tú sigues sin saber cuándo cerrar la boca.

—Lo que sé es que llevas días aterrorizando a una mujer embarazada para obligarla a volver contigo. Y que estás utilizando a tu propia hija para conseguirlo.

—¡Es mi hija y haré lo que me dé la gana!

—¡No! —gritó Alma, adelantándose—. ¡No vas a volver a controlar mi vida! ¡No voy a regresar contigo y no voy a permitir que utilices a mi hija para castigarme!

Aitor se acercó a ella, señalándola con un dedo.

—Más te vale pensártelo bien.

—¡Estoy harta de tus amenazas!

Alma lo empujó con ambas manos, intentando apartarlo. Él retrocedió un paso y la insultó, pero mi amiga se volvió hacia él, fuera de sí, mientras le gritaba que desapareciera de nuestras vidas.

—¡Déjanos tranquilas de una puta vez! ¡No quiero volver a verte!

Todo ocurrió en cuestión de segundos.

Aitor levantó el brazo y le propinó un golpe seco en la cara.

Escuché el impacto antes de comprender lo que estaba sucediendo. Alma perdió el equilibrio, trastabilló hacia atrás y cayó de lado, golpeándose la cabeza contra el bordillo de la acera.

—¡Alma!

Me arrodillé junto a ella mientras Aitor permanecía de pie, contemplándonos. Mi amiga tenía el labio partido y la sangre empezaba a mancharle la barbilla. Había quedado tendida junto al bordillo, aturdida, con una mano sobre el vientre.

—¡No te muevas, cariño! —le pedí, sujetándole una mano—. ¡Por favor, no intentes levantarte!

—Mi niña… —murmuró—. Claudia, mi niña…

—Vamos a pedir ayuda. Estoy contigo.

Me volví hacia Aitor, que había comenzado a retroceder.

—¡Llama a una ambulancia, desgraciado! ¡Acabas de golpear a una mujer embarazada!

—Ella me atacó primero —protestó, mirando a su alrededor—. Lo habéis visto. Ha sido ella.

Varias personas se habían detenido al escuchar los gritos. Un hombre salió de una cafetería y empezó a acercarse, mientras una mujer sacaba el teléfono de su bolso.

—¡No te atrevas a marcharte! —le grité.

Aitor dio otro paso hacia atrás.

—Esto no va a quedar así.

Después se volvió y echó a andar deprisa hasta desaparecer por una de las calles próximas.

Saqué el teléfono y llamé al 112 con las manos temblorosas. Expliqué que una mujer embarazada había recibido un golpe en la cara y se había golpeado la cabeza contra un bordillo.

La operadora me hizo varias preguntas, me pidió que evitara moverla salvo que existiera algún peligro y me aseguró que enviaban una ambulancia.

El hombre que había salido de la cafetería se arrodilló a nuestro lado y me preguntó si necesitábamos algo. Le expliqué que la ayuda estaba en camino y le pedí que se quedara con nosotras. Me confirmó que había presenciado la agresión y que estaba dispuesto a declarar ante la policía.

Alma seguía consciente, aunque lloraba y parecía desorientada.

—Tengo miedo, Claudia —me confesó—. No quiero perderla.

Le acaricié la mano, procurando mantener la voz firme.

—Vamos a llevarte al hospital y van a comprobar que está bien. Estoy aquí, ¿me oyes? No voy a dejarte sola.

Cuando llegó la ambulancia, los sanitarios examinaron a Alma y decidieron trasladarla para valorar el golpe en la cabeza y comprobar el estado del embarazo. Subí con ella después de explicar que era su acompañante y, durante el trayecto, llamé a Alexander.

Contestó enseguida.

—Cariño, ¿qué ocurre?

—Alexander, necesito que vengas al hospital. Aitor ha aparecido y ha golpeado a Alma. Se ha caído y se ha dado contra un bordillo.

—¿Qué? ¿Aitor? ¿Dónde estáis?

Le expliqué lo sucedido como pude y le aseguré que Alma estaba consciente.

—Voy para allá ahora mismo —me respondió—. ¿Tú estás bien?

Miré a mi amiga, que permanecía tumbada en la camilla con los ojos cerrados.

—Sí, pero tengo muchísimo miedo por ella y por la niña.

—En cuanto llegue, te busco.

Colgué y volví a cogerle la mano.

En urgencias la atendieron con rapidez. Le limpiaron la herida del labio, examinaron el golpe de la cabeza y solicitaron una valoración obstétrica.

Mientras esperábamos los resultados, Alma me pedía disculpas.

Le acaricié la mano.

—Bobita, tendrías que habérmelo contado.

—Lo sé. Pero pensé que podría solucionarlo sola. Y tenía muchísimo miedo de que creyeras que había vuelto con él.

Mi amiga empezó a llorar con más fuerza.

—Perdóname.

Me incliné para abrazarla con cuidado.

—No tienes que pedirme perdón por tener miedo. Pero prométeme que es la última vez que lo has visto.

—Te lo prometo.

Alexander llegó poco después. Entró en la sala con el abrigo todavía puesto y una expresión de preocupación que se acentuó al ver el labio hinchado de Alma y la cura que llevaba junto a la sien. Me abrazó antes de acercarse a ella y preguntarle cómo se encontraba.

Le contamos lo sucedido y, cuando terminamos, apretó los puños con una indignación que apenas conseguía disimular.

—Tenéis que denunciarlo de inmediato —nos advirtió—. Esto no puede quedarse así.

Alma bajó la cabeza.

—Tengo miedo de lo que pueda hacer si lo denuncio.

—Lo sé —le respondió Alexander—. Pero hay testigos, hay lesiones y hay amenazas. No tienes por qué seguir soportándolo.

La valoración obstétrica llegó poco después. La médica nos explicó que la niña mantenía un latido normal y que no se apreciaban signos de complicaciones inmediatas, aunque recomendó mantener a Alma en observación por el traumatismo y el embarazo.

Cuando escuchó que su hija estaba bien, mi amiga rompió a llorar.

—Mi pequeña Claudia… —murmuró, acariciándose el vientre—. Mi niña…

Me incliné para besarle la frente y terminé llorando con ella, aliviada después del miedo que habíamos pasado.

Fue entonces cuando me cogió la mano.

—Voy a denunciarlo, Claudia.

La observé, sorprendida por la firmeza de su voz.

—Por supuesto, no queda otra.

—Sí. No quiero que mi hija crezca viendo cómo su madre vive aterrorizada. Y no quiero que Aitor vuelva a utilizarla para hacerme daño.

—Voy a acompañarte.

—Quiero contarlo todo. Lo de hoy, las amenazas, los mensajes… También lo que me hizo cuando estábamos juntos. Las humillaciones, los insultos, las veces que me hizo creer que no valía nada y que nadie iba a quererme si lo dejaba.

Le apreté los dedos.

—Entonces lo contarás todo.

Al poco acudieron al hospital varios agentes para recoger información sobre la agresión.

Alma explicó lo sucedido y manifestó su intención de denunciar también el maltrato psicológico que había sufrido durante su relación con Aitor.

Le indicaron cómo formalizar la denuncia y conservar los mensajes que pudieran servir como prueba.

Yo relaté lo que había presenciado y facilité los datos del hombre que se había ofrecido como testigo.

Mientras respondía a las preguntas, recordé la expresión de Aitor cuando se volvió hacia mí en aquella plaza. Habían pasado años desde nuestra última conversación, pero bastaron unos minutos para comprender que seguía siendo capaz de causar un daño enorme y quedarse tan campante.

Cuando los agentes se marcharon, Alexander regresó con tres infusiones y una bolsa de comida que ninguno de nosotros tenía demasiadas ganas de probar. Se sentó a mi lado y me rodeó los hombros con un brazo mientras Alma descansaba.

—¿Cómo estás? —me preguntó en voz baja.

Miré a mi amiga, que tenía el labio hinchado y una pequeña cura junto a la sien.

—Furiosa. Asustada. Y avergonzada.

—¿Avergonzada por qué?

—Porque llevaba días pensando que Alma volvía a traicionarme. Estaba convencida de que me ocultaba algo terrible y resulta que estaba intentando librarse de él.

Alexander me besó en la sien.

—No podías saberlo.

—Podría haber confiado un poco más en ella.

—Y ella podría haberte contado lo que estaba ocurriendo. Habéis pasado por demasiadas cosas, Claudia. Lo importante es que ahora sabéis la verdad.

Lo abracé y permanecí unos minutos junto a él, agradeciendo su presencia más de lo que conseguía expresar.

Alma abrió los ojos poco después y nos encontró sentados junto a su cama.

—¿Seguís aquí? —preguntó con una sonrisa dolorida.

—Por supuesto —le respondí—. ¿Dónde quieres que estemos?

—No sé. En casa, descansando, haciendo cosas normales.

—Pues tendrás que acostumbrarte a que tu concepto de normalidad incluya una cantidad bastante considerable de compañía.

Alexander sonrió y se levantó para acercarle un vaso de agua.

—Además, tu amiga no para de dar órdenes. Creo que el personal del hospital está empezando a plantearse contratarla como supervisora.

Alma soltó una pequeña carcajada que terminó en una mueca de dolor.

—No me hagáis reír, por favor. Me duele la boca.

Le acomodé la almohada y volví a sentarme junto a ella. Tenía muchas preguntas pendientes y sabía que todavía nos esperaban días difíciles, pero aquella tarde comprendí hasta qué punto el miedo podía empujar a una persona a esconder incluso aquello que más necesitaba compartir.

Alma no había vuelto a traicionarme. Había estado aterrorizada.

Y mientras contemplaba a mi amiga, agotada y herida, con una mano protectora sobre el vientre, comprendí que Aitor había cometido un error enorme al regresar a nuestras vidas convencido de que todavía podía decidir sobre ellas.

Esta vez no iba a encontrarnos separadas.