A un beso de volver a creer Capítulo 23
93%

Capítulo 23

Al mediodía siguiente, descubrí que Alma había solicitado marcharse antes de terminar su última clase. Una compañera me comentó que acababa de salir a un asunto personal y que había dejado organizadas sus clases para que pudieran cubrirla.

No me había dicho nada. Ni siquiera un mensaje.

Saqué el teléfono y abrí nuestra conversación. La última respuesta seguía siendo aquel escueto Todo bien, gracias que cada vez me parecía más ofensivo. Estuve a punto de escribirle para preguntarle qué estaba ocurriendo, pero terminé guardando el móvil.

Había pasado demasiado tiempo intentando reconstruir nuestra amistad para aceptar que volviéramos a destruirla de aquella manera. Sin embargo, tampoco estaba dispuesta a seguir comportándome como una ingenua.

Alma había vuelto a mentirme.

Y esta vez, por mucho que me doliera, no pensaba fingir que no me había dado cuenta.

Yo ya había terminado mis clases, así que decidí irme a casa. Lo de Alma me estaba afectando más de la cuenta.

Salí del colegio con el bolso colgado del hombro y una sensación desagradable que llevaba acompañándome desde hacía días.

Ni siquiera se había molestado en avisarme, aunque lo que más me dolía era comprobar que aquella distancia entre nosotras aumentaba cada hora sin que yo consiguiera entender por qué.

Estaba cansada de sus evasivas, de las respuestas apresuradas y de aquella manera de apartarme de su vida después de haberme permitido volver a entrar en ella.

Me disponía a cruzar el aparcamiento cuando la vi.

Alma acababa de salir por una puerta lateral y caminaba hacia su coche mientras hablaba por teléfono.

Llevaba el bolso apretado contra el costado y gesticulaba con la mano libre. Después abrió la puerta del conductor y se metió en el vehículo.

No sé qué me impulsó a hacerlo.

Quizás fue el recuerdo de su coche aparcado aquella tarde en la que supuestamente estaba descansando en casa, o quizás la rabia de comprobar que volvía a marcharse sin decirme una palabra.

Lo cierto es que, cuando arrancó y salió del aparcamiento, corrí hasta mi coche y decidí seguirla.

Me incorporé a la circulación procurando mantener suficiente distancia para que no me reconociera por el retrovisor.

Aquello era una estupidez, lo sabía perfectamente, pero necesitaba descubrir qué estaba ocurriendo.

Si Alma traía algo entre manos, quería saber por qué no confiaba en mí; y si estaba ocultándome algo que pudiera volver a destrozar nuestra amistad, prefería descubrirlo de una vez.

Condujo durante unos minutos hasta el centro de la ciudad y aparcó junto a una pequeña plaza. Reconocí el lugar enseguida, porque apenas unos días antes había visto su coche estacionado en aquella misma zona.

La coincidencia terminó de convencerme de que llevaba razón: Alma me había mentido deliberadamente y estaba repitiendo aquello que tanto daño nos había hecho en el pasado.

Dejé mi coche a cierta distancia y permanecí dentro mientras la observaba. Bajó, consultó el teléfono y caminó hasta uno de los bancos de la plaza.

Parecía nerviosa, pues no dejaba de mirar hacia una de las calles que desembocaban allí. En un momento dado se llevó una mano al vientre y respiró hondo, un gesto que despertó mi preocupación pese al enfado que sentía.

Entonces apareció un hombre.

Lo vi acercarse desde el extremo opuesto de la plaza, vestido con vaqueros oscuros y una chaqueta. Caminaba deprisa y se paró al llegar a ella.

Lo reconocí al instante. Aitor.

Durante unos segundos permanecí sentada, incapaz de aceptar que estuviera viendo al hombre al que no había vuelto a encontrarme desde que nuestra relación terminó de la peor manera posible. Aquel que me engañó con Alma, destruyó nuestra amistad y después convirtió la vida de ella en una pesadilla.

Habían pasado años, pero seguía conservando los mismos rasgos y aquella expresión arrogante que en otro tiempo había confundido con seguridad.

Comprendí entonces que la mentira de Alma era mucho peor de lo que imaginaba.

Abrí la puerta del coche y crucé la plaza sin detenerme a pensar qué iba a decirles. A medida que me acercaba notaba que me faltaba el aliento.

—¡Alma!

Los dos se volvieron hacia mí.

Mi amiga palideció tanto que durante un instante temí que fuera a desmayarse.

—Claudia… ¿Qué haces aquí?

—Eso mismo iba a preguntarte yo —le respondí, deteniéndome frente a ellos—. ¿Qué demonios haces aquí con Aitor?

Ella miró hacia su acompañante y después volvió a observarme, buscando una explicación que parecía incapaz de encontrar.

—Claudia, por favor, escúchame. No es lo que parece.

Solté una carcajada amarga.

—¿En serio? ¿Otra vez esa frase? ¿De verdad vas a volver a decirme que no es lo que parece?

—Te lo puedo explicar, pero necesito que…

—¿La otra tarde también quedaste con él? —la interrumpí—. Cuando me dijiste que estabas con náuseas y que ibas a quedarte en casa, ¿también viniste a verlo?

Alma abrió mucho los ojos.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque vi tu coche aparcado aquí cerca. Y al día siguiente te pregunté si habías descansado y me aseguraste que no habías salido de casa. ¡Me mentiste, Alma! ¡Otra vez!

Mi amiga empezó a llorar, pero antes de que pudiera responder, Aitor intervino con una sonrisa que me revolvió el estómago.

—Bueno, bueno. Qué reencuentro tan emocionante. Las dos amiguitas otra vez juntas. ¿Habéis decidido perdonaros todos los pecadillos del pasado?

Me volví hacia él.

—Tú cierra la boca.

—Vaya, Claudia. Ni siquiera un beso después de tantos años. Reconozco que esperaba un recibimiento un poco más cariñoso.

Lo observé con un desprecio que ni siquiera intenté disimular.

—No tienes nada que hacer aquí. Y mucho menos dirigirte a mí.

—Qué carácter sigues teniendo. Aunque, pensándolo bien, siempre fuiste bastante difícil de complacer con tanto romanticismo de mierda.

—Y tú sigues siendo un miserable.

Su sonrisa se ensanchó.

—Por lo menos reconozco que resulta divertido veros juntas después de lo que pasó. ¿Ya no te importa que tu amiguita se acostara conmigo a tus espaldas? Qué generosa te has vuelto.

Sentí unas ganas enormes de abofetearlo, pero me obligué a concentrarme en Alma, que parecía cada vez más alterada.

—¿Por qué estás aquí con él? —le pregunté—. ¿Has vuelto a verlo todo este tiempo?

—Sí, pero no porque quisiera. Claudia, te lo suplico, vámonos y te lo cuento.

Intentó cogerme del brazo, pero Aitor se adelantó y la sujetó por la muñeca.

—Tú no te vas a ninguna parte. Todavía tenemos una conversación pendiente.

—Suéltame —le exigió Alma.

—He dicho que no hemos terminado.

Me acerqué y le aparté la mano.

—¿No la has oído? ¡Que la sueltes!

Aitor se volvió hacia mí y dio un paso que me obligó a retroceder. Me apartó con el antebrazo, golpeándome el hombro, y estuve a punto de perder el equilibrio.

—No te metas en lo que no te importa.

—¡Como vuelvas a tocar a Claudia, te parto todos los huesos! —gritó Alma, interponiéndose entre nosotros—. ¡Te juro que te los parto!

Él soltó una carcajada desagradable.

—Mira qué valiente te has vuelto. ¿Ahora te defiendes delante de tu amiguita?

—Déjanos en paz, Aitor.

—Sabes perfectamente lo que tienes que hacer para que os deje tranquilas. Vuelves conmigo y se acabaron los problemas. Si no lo haces, vas a lamentarlo.

Aquellas palabras consiguieron desconcertarme.

—¿Volver contigo? —pregunté, mirando a Alma—. ¿De qué está hablando?

Ella se llevó una mano al rostro y negó varias veces.

—Claudia, por favor, no aquí.

—¿Todavía no se lo has contado? —intervino Aitor, disfrutando de mi desconcierto—. Pues vaya amistad tan maravillosa habéis recuperado.

—¡Cállate! —le gritó Alma.

Él señaló su vientre.

—Esa criatura que lleva ahí es mía, Claudia. Y vamos a criarla juntos, le guste o no. Lo mejor para todos es que vuelva conmigo y deje de hacer tonterías.

Lo miré, incrédula.

—¿Estás amenazándola para que vuelva contigo?

—Estoy reclamando lo que me corresponde.

—Tu hija no es una propiedad, Aitor.

—Tengo derechos sobre ella y pienso ejercerlos.

—¿Derechos? —repetí, indignada—. ¡Si ni siquiera te importa esa niña!

Su expresión cambió.

—Ten cuidado con lo que dices.

—Sé perfectamente la clase de persona que eres. Lo que no entiendo es cómo tienes la poca vergüenza de presentarte aquí para exigirle que vuelva contigo después de todo lo que le hiciste.

Alma me cogió la mano. Le temblaban tanto los dedos que comprendí que aquella situación llevaba mucho tiempo superándola.

—Me está chantajeando, Claudia —confesó entre lágrimas—. Lleva días amenazándome con pedir la custodia compartida cuando nazca la niña si no vuelvo con él. Y solo para hacernos daño, no porque la quiera.

La observé, horrorizada.

—¿Qué?

—Me llama a todas horas, me manda mensajes y me obliga a quedar con él. Dice que, si no hago lo que quiere, va a utilizar a nuestra hija para hacerme la vida imposible.

—¡Eso es mentira! —protestó Aitor.

Alma se volvió hacia él con una rabia que hasta entonces no le había visto.

—¡No te atrevas a llamarme mentirosa! ¡La otra tarde me dijiste que nuestra hija no te importaba una mierda! ¡Me lo dijiste a la cara!

Después volvió a mirarme.

—Por eso te dejé tirada aquel día. Me amenazó con presentarse en el colegio si no venía a verlo. Me dijo que hablaría con todo el mundo, que montaría un escándalo y que no me dejaría tranquila hasta que aceptara volver con él.

Comprendí de golpe sus evasivas, las llamadas que interrumpía cuando me acercaba y aquella manera de apartarse de mí durante los últimos días. No estaba recuperando una relación con Aitor. Estaba intentando librarse de él sin que nadie descubriera lo que estaba soportando.

—¿Por qué no me lo contaste? —le pregunté, sintiendo que la rabia empezaba a mezclarse con una tristeza enorme.

—Porque tenía miedo de que no me entendieras si quedaba con él. Acabábamos de recuperar nuestra amistad y no quería perderte otra vez.

Aitor soltó una carcajada.

—Qué bonito. Ahora resulta que todo es culpa mía. Os acostasteis las dos con el mismo hombre y aquí me tenéis, convertido en el villano de vuestra preciosa historia de reconciliación.

Me volví hacia él.