Capítulo 22 #2
Intenté sonreír, pero terminé sentándome en el sofá y contándole lo ocurrido. Alexander me escuchó sin interrumpirme, aunque su expresión fue cambiando a medida que comprendía por qué me había afectado tanto encontrar aquel coche.
—¿Estás segura de que era el suyo? —me preguntó cuando terminé.
—Completamente. He comprobado la matrícula.
—¿Y la has visto a ella?
—No. Solo el coche.
—Entonces sabes que ha salido, pero no sabes qué estaba haciendo.
Aquella precisión me molestó más de lo razonable.
—Alexander, me dijo que estaba enferma y que iba a quedarse en casa. ¿Qué parte de eso no entiendes?
—Lo entiendo perfectamente, cariño. Solo intento que no saques conclusiones sobre algo que todavía no conoces.
—La conclusión es bastante sencilla: me ha mentido.
Se sentó a mi lado y me cogió una mano.
—Pues pregúntaselo.
—¿Para qué? ¿Para que me cuente otra mentira?
—Para darle la oportunidad de explicarse. Sé que lo que pasó entre vosotras fue muy doloroso, pero también sé cuánto habéis trabajado para recuperar vuestra amistad.
Me levanté y fui hasta la cocina para sacar unos platos. No quería discutir con él, aunque tampoco me apetecía escuchar argumentos que pudieran restar importancia a lo ocurrido.
—Precisamente por eso estoy así —le expliqué mientras abría un cajón—. Porque había vuelto a confiar en ella. Porque pensé que ya habíamos dejado atrás todo aquello y que, después de lo que sufrimos, al menos seríamos capaces de decirnos la verdad.
Alexander se acercó y me ayudó a colocar la cena sobre la mesa.
—Entonces dile exactamente eso. No tienes que fingir que no te ha dolido.
Aquella recomendación me pareció bastante más razonable, aunque seguía sin saber si quería enfrentarme a Alma.
Durante la cena hablamos de otros asuntos y Alexander consiguió hacerme reír con una anécdota del colegio, pero cuando se marchó y me quedé sola, volví a consultar el teléfono.
No tenía ningún mensaje nuevo.
Al día siguiente, Alma apareció en el colegio con unas ojeras bastante pronunciadas y una expresión que me hizo pensar que había pasado una mala noche.
La encontré junto a las taquillas de la sala de profesores y me acerqué para preguntarle cómo estaba.
—¿Mejor de las náuseas?
Se sobresaltó ligeramente al escucharme.
—Sí. Mucho mejor, gracias.
—Me alegro. Ayer parecías encontrarte fatal.
—Bueno, ya sabes. Hay días mejores y peores.
Esperé unos segundos, confiando en que añadiera algo más. No lo hizo. Guardó unos papeles en su bolso y empezó a buscar las llaves de un armario, evitando prolongar la conversación.
—¿Descansaste bien por la tarde? —le pregunté entonces.
—Sí, estuve prácticamente todo el tiempo tumbada. Me vino fenomenal.
Aquella segunda mentira me dolió incluso más que la primera.
La observé mientras cerraba el bolso, sorprendida por la facilidad con la que acababa de asegurarme algo que yo sabía que no era cierto.
Tuve que contener las ganas de preguntarle directamente qué hacía su coche aparcado en el centro, porque estábamos en la sala de profesores y no quería montar una escena delante de nuestros compañeros.
—Estupendo —le respondí, procurando que mi voz no revelara demasiado—. Pues me alegro de que hayas descansado.
Alma levantó la cabeza y me examinó con una expresión extraña.
—¿Te pasa algo?
La pregunta estuvo a punto de hacerme perder la paciencia.
—No. ¿Por qué?
—Te noto rara.
Estuve a punto de echarme a reír. Aquella mujer acababa de mentirme dos veces y todavía tenía el valor de preguntarme si me ocurría algo.
—Será el cansancio —le contesté antes de recoger mis cosas—. Nos vemos luego.
Durante el resto de la mañana apenas hablamos.
Cuando coincidimos en un pasillo, Alma me saludó con una sonrisa que desapareció enseguida, y a la hora del almuerzo rechazó mi propuesta de sentarnos juntas porque tenía que resolver unos asuntos.
Aquello empezó a preocuparme tanto como a enfadarme.
Hasta hacía unos días compartíamos mensajes, planes y confidencias, pero ahora parecía empeñada en levantar una distancia que yo no comprendía.
El domingo siguiente la situación empeoró.
Le escribí por la mañana para preguntarle si quería que comiéramos juntas y tardó casi tres horas en contestarme.
Me explicó que tenía una cita y que no sabía cuándo terminaría.
Al día siguiente rechazó otra propuesta porque estaba cansada, y el miércoles por la tarde apenas respondió a un mensaje en el que le preguntaba por la próxima revisión del embarazo.
«Ya miraré cuándo es, gracias».
Eso fue todo.
Me quedé contemplando sus palabras con una mezcla de rabia y tristeza. Hacía apenas unas semanas me había pedido que la acompañara a conocer el sexo de su hija porque no quería vivir aquel momento sola. Ahora parecía molestarle que me interesara por ella.
Empecé a preguntarme si había hecho algo que pudiera haberla ofendido. Repasé nuestras últimas conversaciones, las bromas sobre el nombre de la niña y los planes que habíamos empezado a hacer, pero no encontré nada que explicara aquel cambio.
Tampoco conseguía olvidar el coche aparcado en el centro y las dos ocasiones en las que me había asegurado que no había salido de casa.
El jueves decidí hablar con ella.
La encontré al terminar las clases, cuando se disponía a marcharse. Llevaba el bolso colgado del hombro y caminaba deprisa hacia la salida, aunque se detuvo cuando la llamé.
—Alma, ¿podemos hablar un momento?
Consultó la hora en su teléfono antes de contestarme.
—Ahora voy un poco justa, Claudia. ¿Puede ser mañana?
—Llevas varios días diciéndome que estás ocupada. Solo quiero saber si te pasa algo conmigo.
Su expresión cambió y, por primera vez desde que empezó aquel comportamiento extraño, advertí algo más que cansancio. Parecía nerviosa.
—No me pasa nada contigo.
—Pues lo disimulas bastante bien.
—Estoy teniendo unos días complicados. Ya está.
—¿Complicados por qué? ¿Te ocurre algo con el embarazo?
—No, la niña está bien.
—Entonces, ¿qué sucede?
Alma apartó la vista hacia la puerta del colegio y se ajustó la correa del bolso.
—De verdad, Claudia, no puedo hablar ahora.
Aquella respuesta terminó por agotar mi paciencia.
—Mira, no sé qué está pasando, pero me gustaría que fueras sincera conmigo. Después de todo lo que hemos vivido, creo que al menos me merezco eso.
Se volvió hacia mí con los ojos brillantes y durante unos segundos pensé que iba a contarme algo. Sin embargo, terminó negando con la cabeza.
—Lo siento. Tengo que irme.
La vi alejarse por el pasillo sin intentar detenerla. Estaba tan enfadada que necesitaba unos minutos antes de regresar a casa, de manera que entré en un aula vacía y me senté junto a una mesa, intentando ordenar mis pensamientos.
Aquello ya no podía explicarse por un simple día de cansancio. Alma me estaba evitando, respondía con evasivas y había empezado a comportarse de una manera que me escocía.
La había perdonado, la había acompañado durante uno de los momentos más difíciles de su embarazo y había vuelto a ofrecerle una amistad que me había costado muchísimo recuperar.
Y ella estaba haciendo algo que no quería contarme.
Aquella noche se lo expliqué a Alexander mientras cenábamos en mi casa. Me escuchó con atención y me preguntó si había conseguido hablar directamente con ella sobre el coche.
—No —admití—. Porque quería darle la oportunidad de decírmelo por sí misma. Pero cada día estoy más convencida de que me oculta algo.
—¿Y qué piensas hacer?
Dejé el tenedor sobre el plato y respiré hondo.
—No lo sé. Una parte de mí quiere plantarse delante de ella y exigirle que me cuente la verdad. La otra está cansada de tener que perseguir a alguien para que sea sincero conmigo.
Alexander me acarició la mano por encima de la mesa.
—No tienes que perseguirla, Claudia. Pero tampoco puedes obligarla a contarte algo para lo que quizás todavía no está preparada.
—¿Y mientras tanto qué hago? ¿Finjo que no pasa nada?
—Puedes decirle que estás ahí si necesita hablar y después dejar que sea ella quien decida acercarse.
Lo observé durante unos segundos, intentando encontrar algún consuelo en aquella propuesta. Sabía que tenía buenas intenciones, pero me resultaba muy difícil aceptar que Alma estuviera alejándose de mí sin darme una explicación.
—Lo que más me duele es que pensé que habíamos recuperado lo nuestro —confesé—. Cuando me dijo que quería ponerle Claudia a su hija, creí que significaba algo importante.
—Y seguramente lo significa.
—Pues ahora parece que se ha arrepentido hasta de tenerme cerca.
Alexander negó con la cabeza y me pidió que no confundiera su comportamiento actual con todo lo que habíamos compartido.
Quise hacerle caso, aunque aquella noche me costó conciliar el sueño.
Titán terminó acomodándose a los pies de la cama y yo permanecí un buen rato contemplando el teléfono, esperando un mensaje que nunca llegó.