Capítulo 22
Durante las semanas siguientes llegué a pensar que, después de tantos sobresaltos, la vida había decidido concederme una tregua.
No era una tregua espectacular, de esas que merecen una celebración con champán y fuegos artificiales, sino algo mucho más sencillo y, precisamente por eso, bastante más valioso: me levantaba por las mañanas con ganas de ir al colegio, tenía a un hombre maravilloso empeñado en hacerme feliz y había recuperado una amistad que durante mucho tiempo consideré perdida.
Hasta Titán parecía satisfecho con la situación, aunque sospechaba que sus motivos tenían bastante más relación con los paseos adicionales que Alexander le regalaba que con mi estabilidad sentimental.
Con Alexander las cosas funcionaban de una manera que todavía me sorprendía.
Seguíamos teniendo nuestras respectivas casas, nuestros horarios y nuestras obligaciones, pero encontrábamos cualquier excusa para vernos.
Algunos días cenábamos juntos y terminábamos viendo una película de la que apenas recordábamos el argumento; otros, él aparecía en mi puerta con una bolsa de comida y la pretensión de convencerme de que necesitaba alimentarme bien, pero con caprichos incluidos.
También habíamos empezado a hacer planes para los fines de semana, aunque Titán había adquirido la desagradable costumbre de colocarse entre nosotros en cuanto detectaba que las caricias podían prolongarse más de lo que consideraba razonable.
—Tu perro está celoso de mí —me aseguró una noche, después de que Titán interrumpiera por tercera vez un beso bastante prometedor.
—No está celoso. Simplemente tiene un concepto muy estricto de la decencia.
—Pues dile que estoy saliendo con una mujer adulta y que no necesito autorización para besarla.
—Explícaselo tú. Yo no pienso enfrentarme a un animal de tantos kilos por un asunto de índole sentimental.
Se inclinó hacia Titán, que nos observaba desde la alfombra con una expresión de absoluta inocencia, y le explicó que debía aprender a compartir mi cariño.
El perro respondió levantándose para depositar la cabeza sobre sus rodillas, lo que terminó provocando que mi novio le acariciara las orejas durante diez minutos.
Aquella fue otra de las muchas ocasiones en las que comprobé que Alexander podía ser extraordinariamente inteligente en su trabajo y un completo ingenuo cuando se trataba de negociar con mi perro.
Con Alma también habíamos recuperado una complicidad que echaba muchísimo de menos.
Después de aquella ecografía en la que descubrimos que esperaba una niña, empezamos a quedar con frecuencia, a enviarnos mensajes por cualquier tontería y a recuperar algunas de nuestras antiguas costumbres.
Todavía existían asuntos que evitábamos por prudencia, especialmente los relacionados con Aitor, pero habíamos dejado de caminar sobre terreno delicado cada vez que estábamos juntas.
Incluso habíamos salido a comprar algunas cosas para el bebé, una actividad que terminó convirtiéndose en una peligrosa combinación de entusiasmo, hormonas y falta absoluta de sentido económico.
—Claudia, tiene que caber en mi casa —me recordó una tarde cuando me descubrió examinando una cuna enorme.
—Pero mira qué bonita es.
—Me parece una locura.
—La niña necesita espacio.
—La niña medirá medio metro, aproximadamente.
—Pues crecerá. Es una de las cosas que suelen hacer los bebés.
Acabamos comprando un par de conjuntos, una mantita y unos calcetines diminutos que Alma contempló durante varios minutos con una emoción que me enterneció.
Después nos sentamos a tomar algo y empezamos a imaginar cómo sería la pequeña Claudia, a quién se parecería y si heredaría el carácter de su madre.
Yo aseguré que esperaba que tuviera bastante de mi personalidad, aunque Alma opinó que una sola Claudia en su vida ya había supuesto una experiencia suficientemente intensa.
Por eso me sorprendió tanto lo que ocurrió aquel jueves.
Habíamos quedado para merendar después del colegio. Alma llevaba varios días diciendo que le apetecía muchísimo una tarta de zanahoria que preparaban en una cafetería del centro, y yo me había ofrecido a acompañarla con el sacrificio que semejante empresa exigía. O sea, ninguno.
La idea era pasar un rato juntas, hablar de la próxima revisión del embarazo y enseñarle unas fotografías de una habitación infantil que había encontrado por internet. Sin embargo, aquella mañana la noté bastante distinta.
La primera señal apareció durante el recreo. Nos cruzamos cerca de la sala de profesores y, cuando le pregunté si seguíamos con nuestro plan, tardó un momento en contestarme. Llevaba el teléfono en la mano y parecía preocupada por algo que acababa de leer.
—Sí, claro —me respondió finalmente—. En principio, sí.
—¿En principio? Alma, estamos hablando de comernos una tarta, no de cruzar el Atlántico.
Intentó sonreír, pero enseguida volvió a consultar la pantalla.
—Es que hoy estoy un poco cansada. Ya te diré algo.
—¿Te encuentras bien?
—Sí, no te preocupes. Es una de esas mañanas en las que parece que llevo una semana sin dormir.
Le pregunté si había tenido molestias y negó con la cabeza, asegurándome que todo marchaba perfectamente.
Quise creerla, aunque me llamó la atención que guardara el teléfono con tanta rapidez cuando me acerqué para darle un beso.
Tampoco me gustó que, apenas unos segundos después, se excusara diciendo que tenía que preparar unas cosas y se marchara sin terminar la conversación.
Durante el resto de la mañana apenas coincidimos. En una ocasión la vi hablando por teléfono en un extremo del pasillo, con el rostro serio y una mano apoyada sobre el vientre.
Cuando advirtió mi presencia, terminó la llamada y entró en un aula antes de que pudiera preguntarle nada.
No le concedí demasiada importancia, porque sabía que el embarazo la estaba obligando a resolver bastantes asuntos y que todavía tenía pendiente arreglar su relación con sus padres.
A las cinco de la tarde recibí su mensaje.
«Claudia, perdóname, pero voy a tener que cancelar lo de hoy. Estoy con muchas náuseas y bastante agotada. Me voy a quedar en casa descansando. ¿Lo dejamos para otro día?»
Le contesté enseguida que no se preocupara, que descansara todo lo que necesitara y que ya buscaríamos otro momento para nuestra merienda.
Después le envié una fotografía de una porción de tarta de zanahoria acompañada de un mensaje en el que le advertía que aquella traición no quedaría impune.
Normalmente me habría respondido con alguna barbaridad, pero esta vez se limitó a enviarme un corazón.
Guardé el teléfono y continué corrigiendo unos ejercicios.
Había quedado con Alexander en vernos por la noche, de manera que decidí aprovechar la tarde para hacer algunos recados.
Necesitaba pasar por una librería, recoger un paquete y comprar un par de cosas que llevaba días apuntando en una lista que siempre olvidaba consultar.
Fue al salir de la librería cuando lo vi.
El coche de Alma estaba aparcado en una calle próxima a una pequeña plaza del centro, bastante lejos de su casa.
Lo reconocí al instante, no solo por el modelo y el color, sino también por una pequeña pegatina que llevaba en la parte trasera.
Me detuve junto al escaparate de una tienda y lo observé durante unos segundos, intentando comprender qué hacía allí.
Había cancelado nuestra merienda porque se encontraba demasiado mal para salir.
Me había asegurado que iba a quedarse en casa descansando.
Y, sin embargo, su coche estaba aparcado en pleno centro de la ciudad.
Me acerqué lo suficiente para comprobar la matrícula. No existía ninguna posibilidad de confusión: era el suyo.
Miré hacia los comercios de alrededor y recorrí con los ojos la entrada de una cafetería cercana, pero no encontré a Alma por ninguna parte.
Tampoco tenía intención de dedicarme a buscarla de establecimiento en establecimiento, aunque reconozco que durante unos segundos sentí unas ganas enormes de descubrir dónde estaba y qué había considerado tan importante para cancelar nuestros planes.
Saqué el teléfono y abrí nuestra conversación. Su mensaje seguía allí, con aquellas palabras tan claras que no admitían interpretaciones: Me voy a quedar en casa descansando.
Volví a leerlo antes de guardar el móvil. Me había mentido. Otra vez.
La decepción me golpeó con una intensidad que no esperaba.
Durante los últimos días había conseguido recuperar la confianza en Alma hasta el punto de dejar de cuestionarme lo que me contaba.
Habíamos pasado juntas una noche de hospital, la había acompañado a conocer el sexo de su bebé y había llorado cuando me anunció que quería ponerle mi nombre. Había creído que, después de todo lo ocurrido, ninguna de las dos volvería a permitir que una mentira se interpusiera entre nosotras.
Y allí estaba yo, delante de su coche, preguntándome qué demonios me estaba ocultando.
No sabía con quién había quedado ni qué estaba haciendo, pero tenía la certeza de que no había sido sincera conmigo.
Si no le apetecía merendar, podía habérmelo dicho. Si tenía otros planes, también.
Nuestra amistad no exigía que pasáramos juntas cada minuto libre ni que nos explicáramos absolutamente todo lo que hacíamos. Lo que me dolía era que hubiera inventado una excusa relacionada con su embarazo, precisamente después del miedo que habíamos pasado con el accidente.
Regresé a mi coche bastante enfadada y conduje hasta casa sin conseguir apartar aquel asunto de la cabeza.
Titán me recibió con su entusiasmo habitual, pero ni siquiera sus esfuerzos por conseguir que jugara con él consiguieron distraerme. Le puse la correa, salimos a pasear y terminé regresando antes de lo previsto porque estaba demasiado pendiente del teléfono.
Alma no volvió a escribirme aquella tarde.
Alexander llegó poco después de las ocho con una bolsa de comida y una expresión satisfecha que desapareció en cuanto me vio.
—¿Qué ha pasado? —me preguntó mientras dejaba las cosas sobre la mesa.
—Nada.
Me examinó durante unos segundos y después levantó una ceja.
—Estupendo. Entonces voy a empezar a preocuparme por ese nada que tiene una cara bastante desagradable.