A un beso de volver a creer Capítulo 21
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Capítulo 21

Durante las cuarenta y ocho horas siguientes intercambiamos varios mensajes.

Nada extraordinario, apenas preguntas sobre cómo se encontraba, alguna fotografía del osito colocado sobre su cama y un par de bromas relacionadas con los antojos que empezaba a tener.

Sin embargo, cada vez que aparecía su nombre en la pantalla del teléfono, experimentaba una sensación que llevaba mucho tiempo sin reconocer: las ganas de saber qué tenía que contarme.

El día de la revisión llegué a la consulta unos minutos antes que ella.

Alma apareció con una carpeta llena de informes y una expresión nerviosa que intentaba disimular hablando demasiado deprisa.

Nos sentamos juntas en la sala de espera y, cuando llamaron su nombre, me cogió la mano antes de levantarse.

—¿Preparada? —le pregunté.

—Creo que sí.

La acompañé al interior y permanecí a su lado mientras la especialista revisaba los informes del hospital y le preguntaba por la evolución del sangrado.

Alma explicó que no había vuelto a tener molestias importantes y que estaba siguiendo las recomendaciones que le habían dado.

Después se tumbó para la ecografía y yo me coloqué junto a ella, procurando no estorbar mientras la médica comenzaba la exploración.

Cuando apareció la imagen del bebé en la pantalla, me apretó los dedos con tanta fuerza que estuve a punto de quejarme.

La especialista fue señalándonos distintas partes de su cuerpo, nos explicó que las medidas eran adecuadas para las semanas de gestación y comprobó que todo continuaba evolucionando favorablemente.

—Parece que tenemos buenas noticias —comentó finalmente—. El embarazo sigue adelante y hoy no encontramos nada que nos preocupe en relación con el episodio anterior.

Alma soltó el aire que llevaba reteniendo desde que entramos.

—Menos mal.

La médica continuó moviendo el transductor y, después de unos instantes, levantó la cabeza hacia nosotras.

—Por cierto, ¿queréis saber el sexo?

Mi amiga se volvió hacia mí. Tenía los ojos brillantes y una sonrisa nerviosa que me hizo recordar a la muchacha con la que había compartido tantas confidencias años atrás.

—Sí —respondió—. Esta vez sí.

Le sujeté la mano con ambas manos mientras esperábamos.

—Pues parece que vais a tener una niña.

Alma se llevó la mano libre a la boca y empezó a llorar. Yo solté una carcajada emocionada y me incliné para besarle la mejilla, incapaz de contener las lágrimas que también empezaban a escapárseme.

—¡Una niña, Alma! ¡Vas a tener una niña!

—¡Ay, Claudia! —exclamó entre sollozos—. ¡Una niña!

La especialista sonrió y nos dejó unos momentos para disfrutar de la noticia antes de continuar con las últimas comprobaciones. Alma no dejó de acariciarse el vientre mientras contemplaba la pantalla, donde aquella pequeña criatura se movía ajena a la revolución sentimental que acababa de provocar.

Cuando terminó la exploración y nos entregaron las imágenes, nos quedamos unos minutos en la consulta para escuchar las recomendaciones de seguimiento.

Después salimos al pasillo todavía emocionadas, con las fotografías de la ecografía entre las manos.

—No me lo puedo creer —murmuró Alma mientras examinaba una de ellas—. Voy a tener una niña.

—Y yo voy a arruinarme comprándole cosas. Espero que seas consciente de la responsabilidad económica que acabas de imponerme.

Se echó a reír, aunque enseguida volvió a emocionarse.

—Claudia, quiero decirte una cosa.

La miré, intrigada.

—¿Qué pasa?

—Llevo bastante tiempo pensando en nombres. Tenía algunos apuntados, pero había uno que siempre me gustaba más que los demás.

—Pues venga, suéltalo. Prometo no criticarlo demasiado.

Alma respiró hondo y me cogió las manos.

—Quiero que se llame Claudia.

Tardé varios segundos en reaccionar. La observé, convencida de que había entendido mal, pero su expresión me confirmó que hablaba completamente en serio.

—¿Cómo?

—Claudia —repitió con una sonrisa temblorosa—. Quiero ponerle tu nombre.

Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas y tuve que respirar despacio antes de conseguir contestarle.

—Alma, no tienes por qué hacer eso.

—Lo sé. No lo hago porque tenga que hacerlo.

Me acarició una mano y continuó hablando, cada vez más emocionada.

—Sé que todavía no hemos arreglado todo lo que pasó entre nosotras.

Sé que te hice muchísimo daño y que quizás nunca volvamos a tener exactamente la amistad que teníamos antes.

Pero tú has sido una de las personas más importantes de mi vida, Claudia.

Y estos días, cuando pensé que podía perder a mi bebé, fuiste tú quien estuvo conmigo.

Intenté interrumpirla, pero negó con la cabeza y me pidió que la dejara terminar.

—No quiero que pienses que intento comprarte el perdón poniéndole tu nombre.

Es algo que me apetece hacer porque, cuando imagino a mi hija creciendo, me gustaría que tuviera cerca a una mujer como tú.

Alguien que sepa quererla, que le enseñe a defenderse y que la haga reír incluso cuando las cosas se pongan difíciles.

Las lágrimas empezaron a resbalarme por las mejillas.

Había pasado años convencida de que jamás podría volver a mirar a Alma sin recordar lo que me había hecho, pero en aquel momento, mientras sosteníamos entre las dos la fotografía de su hija, comprendí que las personas podían cometer errores terribles y aun así encontrar la manera de reconstruir una parte de lo que habían destruido.

—Eres una puñetera sentimental —conseguí murmurar.

Alma soltó una carcajada entre lágrimas.

—Y tú una borde.

—Una borde que acaba de convertirse en la persona más orgullosa del mundo.

La abracé con fuerza, aunque enseguida aflojé los brazos al recordar su embarazo. Ella me rodeó la cintura y permanecimos un rato juntas, llorando y riéndonos sin preocuparnos demasiado por las personas que pasaban por el pasillo.

—¿De verdad te gusta? —me preguntó cuando nos separamos.

—Me encanta. Aunque tendrás que prepararte para que haya dos Claudias dando órdenes en tu casa.

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

Volvimos a reírnos y caminamos hacia la salida, todavía cogidas de la mano. Antes de llegar al aparcamiento, Alma se detuvo para guardar las ecografías en su carpeta y me enseñó una última vez la imagen de la pequeña.

—Mírala —me pidió—. Nuestra Claudia.

La observé con una emoción que ya no intenté disimular.

—Es preciosa.

—Todavía no se le ve la cara.

—Me da igual. Tiene nombre de mujer guapa. Eso ayuda muchísimo.

Alma soltó una carcajada y me abrazó otra vez.

Cuando finalmente subimos al coche, comprendí que aquella mañana no había borrado todo lo sucedido entre nosotras.

Seguían existiendo recuerdos dolorosos, preguntas que todavía no había conseguido formular y una confianza que necesitaríamos reconstruir con paciencia.

Pero también había algo nuevo: una niña que estaba creciendo dentro de Alma y que, sin saberlo, acababa de regalarnos una razón preciosa para mirar hacia delante.

Y mientras arrancaba el motor, con mi antigua mejor amiga sentada a mi lado y la fotografía de su hija guardada cuidadosamente en el bolso, pensé que quizás algunas historias no necesitaban volver a ser exactamente como antes para merecer una segunda oportunidad.