A un beso de volver a creer Capítulo 20
83%

Capítulo 20

Cuando dejé a Alma en la puerta de su casa, después de recibir el alta hospitalaria, me costó bastante más de lo previsto despedirme de ella.

Habíamos pasado casi veinticuatro horas juntas, algo que habría resultado impensable apenas una semana atrás, y todavía conservaba en la memoria la imagen de su rostro desencajado mientras sangraba en el suelo del colegio.

Los médicos habían sido tranquilizadores, pero también insistieron en que debía descansar, vigilar cualquier nuevo síntoma y acudir a la revisión que le habían indicado.

Alma me aseguró que seguiría todas las recomendaciones y que llamaría si necesitaba algo, aunque la manera en que permaneció junto a la puerta, sujetando la bolsa con sus pertenencias, me hizo sospechar que la perspectiva de pasar la tarde sola no le resultaba demasiado agradable.

—¿Tienes algo preparado para comer? —le pregunté antes de marcharme.

—Sí, Claudia. Tengo comida en el frigorífico y puedo calentarla perfectamente.

—No te he preguntado si sabes utilizar un microondas. Te he preguntado si tienes comida.

Sonrió, aunque todavía parecía agotada.

—Tengo un recipiente con lentejas y otro con arroz. Además, puedo pedir cualquier cosa si no me apetece cocinar.

—Estupendo. Pues come, descansa y no se te ocurra ponerte a limpiar la casa.

—¿Desde cuándo eres tan mandona?

—Desde que descubrí que hay personas que necesitan supervisión adulta para no hacer tonterías.

Se rio por lo bajo y, cuando me acerqué para despedirme, dudó unos segundos antes de abrazarme.

Le correspondí con cuidado, procurando no presionarle el vientre, y me marché después de prometerle que hablaríamos más tarde.

Durante el trayecto hasta mi casa pensé varias veces en aquel abrazo, tan diferente de los que habíamos compartido cuando nuestra amistad todavía era una de las cosas más sólidas de mi vida.

Antes nos abrazábamos sin pensarlo, nos llamábamos por cualquier tontería y podíamos pasar horas hablando de asuntos que a nadie más le habrían interesado.

Ahora necesitábamos encontrar la manera de estar cerca sin fingir que todo aquello no se había roto.

Titán me recibió con una demostración de entusiasmo que habría resultado excesiva incluso después de un viaje de seis meses.

Alexander había pasado por casa para sacarlo y darle de comer mientras yo permanecía en el hospital, pero el animal parecía convencido de que mi ausencia había constituido una traición imperdonable.

Me agaché para acariciarlo, le prometí un paseo decente y me fui directamente a la ducha, porque necesitaba quitarme de encima el olor del hospital y aquella sensación de cansancio que llevaba acumulando desde el accidente.

Alexander me llamó poco después de comer, pues esa mañana me sustituyó una compañera. Quería saber cómo había dejado a Alma y si yo había conseguido descansar algo.

—La he dejado en su casa, con instrucciones suficientes para dirigir una pequeña clínica —le expliqué mientras me acomodaba en el sofá—. Y yo estoy intentando convencer a Titán de que necesito una siesta.

—¿Cómo está ella de ánimo?

—Mejor que ayer, aunque sigue asustada. Es normal, después de lo que pasó.

—¿Y tú?

Tardé un poco más en responder.

—Estoy bien. Cansada, pero bien. Lo que ocurre es que hemos hablado de muchas cosas y todavía estoy intentando asimilarlas.

—¿Habéis conseguido acercaros?

—Sí. No sé muy bien cómo explicártelo. Sigo enfadada por lo que hizo, pero ayer, cuando la vi en el suelo, todo aquello dejó de importarme durante un rato. Solo quería que estuviera bien.

—No tienes que resolver vuestra relación de golpe, Claudia. Puedes preocuparte por ella y seguir necesitando tiempo.

Aquella respuesta me gustó porque no intentaba decirme lo que debía hacer.

Hablamos unos minutos más y, antes de despedirnos, me recordó que podía llamarlo si necesitaba cualquier cosa.

Le aseguré que pensaba dedicar la tarde a descansar, aunque todavía no sabía que acabaría incumpliendo aquella promesa de una manera bastante considerable.

A las cinco salí a pasear con Titán y, al pasar frente a una pequeña tienda de regalos infantiles, me detuve ante el escaparate.

Había mantitas, sonajeros, pequeños conjuntos de ropa y una colección de peluches que parecían diseñados para provocar ataques de ternura en cualquier adulto con una tarjeta de crédito.

Entre ellos descubrí un osito de color crema, con las orejas redondeadas y un lazo de tela alrededor del cuello. No era especialmente grande, pero tenía una expresión tan dulce que terminé entrando para preguntar cuánto costaba.

La dependienta me explicó que era adecuado para recién nacidos, aunque recomendó mantenerlo fuera de la cuna mientras el bebé fuera pequeño.

Lo compré sin pensarlo demasiado y pedí que lo envolviera en papel de regalo.

Cuando salí con la bolsa en la mano, me sorprendió lo mucho que me había emocionado aquella compra. Hasta entonces había evitado pensar en el bebé de Alma porque hacerlo significaba recordar inevitablemente a Aitor.

Sin embargo, después de escuchar su latido en el hospital, me resultaba imposible seguir considerándolo únicamente una consecuencia de aquella traición.

Era un niño que estaba creciendo dentro de una mujer que había sido mi mejor amiga, y que el día anterior había estado a punto de perderlo.

Cuando llegué a casa, dejé el regalo sobre la mesa y me preparé un café. Durante un buen rato estuve pensando si debía llevárselo o esperar a otra ocasión, porque no quería que interpretara aquel gesto como una reconciliación completa que todavía no estaba preparada para ofrecerle.

Finalmente comprendí que podía regalarle un peluche sin necesidad de resolver todos nuestros problemas sentimentales, de manera que cogí el teléfono y la llamé.

—¿Cómo estás? —le pregunté cuando contestó.

—Bien. He dormido un rato y ahora estoy viendo una película.

—¿Has cenado?

—Claudia, son las siete.

—Eso no responde a mi pregunta.

Se rio y me explicó que todavía no tenía hambre.

—Pues voy a llevarte algo de cenar. Y antes de que protestes, te advierto que ya he decidido ir.

—No hace falta que vengas. De verdad, estoy bien.

—Ya, pero yo tengo ganas de verte un rato. ¿Puedo?

Al otro lado de la línea se produjo una pequeña pausa.

—Claro que puedes —me respondió con una emoción que intentó disimular—. Me encantaría.

Pasé por un restaurante que preparaba comida para llevar y compré dos raciones de pollo asado con patatas, una ensalada y un par de postres.

Después recogí el peluche y conduje hasta su casa, preguntándome si aquella visita terminaría siendo una buena idea o si todavía nos encontraríamos demasiado extrañas compartiendo una cena sin la obligación de permanecer juntas.

Alma abrió la puerta vestida con unos pantalones cómodos y una camiseta amplia. Tenía mejor color que por la mañana, aunque sus ojos conservaban las huellas del cansancio.

—¿Has comprado comida para un regimiento? —me preguntó al ver las bolsas.

—No sabía qué te apetecería y he decidido cubrir varias posibilidades. Además, después de la noche que hemos pasado, nos merecemos una cena decente.

Me acompañó hasta la cocina y quiso ayudarme a colocar los platos, pero la convencí de que se sentara mientras yo organizaba todo.

Su casa estaba bastante ordenada, aunque advertí que había dejado una manta y varios cojines sobre el sofá, donde probablemente había pasado buena parte de la tarde.

—Por cierto, te he traído una cosa —le anuncié cuando terminamos de preparar la mesa.

Saqué el paquete de la bolsa y se lo entregué. Alma lo examinó, sorprendida, antes de empezar a retirar el papel.

—¿Para mí?

—Bueno, técnicamente no. Es para alguien que todavía no puede abrir regalos.

Cuando descubrió el osito, se llevó una mano a la boca y permaneció unos segundos contemplándolo.

—Claudia…

—Lo he visto esta tarde y me ha parecido precioso. No sabía si te gustaría.

Lo acarició con las yemas de los dedos y después lo sostuvo contra su pecho.

—Me encanta. Es precioso.

—Pues ya tiene su primer admirador oficial. Aunque Titán se ha quedado bastante intrigado cuando he sacado el paquete de la bolsa.

Alma soltó una carcajada, pero enseguida se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Es el primer regalo que recibe mi bebé.

Aquella confesión me sorprendió.

—¿De verdad?

Asintió mientras volvía a mirar el peluche.

—Todavía no he comprado casi nada. Me daba miedo empezar demasiado pronto y, después de lo de ayer, creo que voy a tardar un poco en atreverme.

Me acerqué para acariciarle el hombro.

—Pues cuando te encuentres mejor podemos ir mirando cosas. Sin prisas, pero tampoco vamos a permitir que este niño llegue al mundo sin un armario lleno de ropa que se le quede pequeña en quince días.

Se rio y dejó el osito sobre la mesa, aunque continuó acariciándole una oreja mientras empezábamos a cenar.

Hablamos del colegio, de las compañeras que habían preguntado por ella y de las recomendaciones que le habían dado en el hospital.

Alma me recordó que tenía una revisión programada para dentro de unos días y que esperaba recibir entonces noticias tranquilizadoras.

Fue al mencionarla cuando recordé algo que llevaba tiempo intrigándome.

—Oye, una cosa. ¿Todavía no sabes si es niño o niña?

Negó con la cabeza.

—No.

—¿Y eso? ¿No te lo han podido decir todavía?

Bajó la vista hacia el plato y empezó a mover una patata con el tenedor.

—En realidad, la última vez que fui a la consulta me dijeron que probablemente ya podrían verlo en una ecografía posterior. Pero pedí que no me adelantaran nada.

—¿Por qué?

Alma dejó el tenedor sobre la mesa y tardó unos segundos en contestarme.

—Porque no quería saberlo sola.

La observé, sorprendida por aquella respuesta.

—¿Cómo que no querías saberlo sola?

—Pues eso, Claudia. Siempre imaginé que cuando llegara ese momento habría alguien conmigo. Mi pareja, tú, mi madre… Alguien con quien compartirlo. Y cuando me di cuenta de que iba a tener que entrar sola, escuchar la noticia y después volver a casa sin nadie a quien contársela, preferí esperar.

Se me hizo un nudo en la garganta. Pensé en todas las veces que había imaginado a Alma disfrutando de una vida perfecta junto a Aitor, sin detenerme a considerar que quizás estuviera atravesando el embarazo con una soledad que ni siquiera sabía cómo expresar.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

Me dedicó una sonrisa triste.

—Porque apenas nos saludábamos, Claudia. No iba a pedirte que me acompañaras a una ecografía después de todo lo que te hice.

Tenía razón, por supuesto. Durante semanas había sido incapaz de mantener una conversación con ella sin recordar la traición que había destrozado nuestra amistad. No podía reprocharle que hubiera respetado aquella distancia.

—Pues ahora vas a saberlo —le anuncié—. Y voy contigo.

Levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Que voy a acompañarte. Si quieres saber si es niño o niña, iremos juntas.

—Claudia, no tienes que hacerlo por pena.

—No lo hago por pena, Alma. Lo hago porque quiero estar allí. Y porque me parece una barbaridad que te estés perdiendo algo que te hace ilusión por no tener con quién compartirlo.

Se le humedecieron los ojos y dejó escapar una pequeña risa nerviosa.

—¿Lo dices en serio?

—Completamente. Aunque te advierto que, si resulta ser una niña, probablemente acabaré comprándole vestidos con una cantidad de lazos absolutamente innecesaria.

—¿Y si es un niño?

—Le compraré los mismos vestidos. No pienso permitir que un detalle anatómico arruine mis planes de compras.

Alma se echó a reír y terminó secándose una lágrima con la servilleta.

—Eres idiota.

—Sí, pero una idiota con muy buen gusto para los peluches.

Después de cenar recogimos la mesa entre las dos, aunque insistí en encargarme de casi todo para que pudiera descansar.

Nos acomodamos en el sofá y terminamos viendo una película que ninguna de las dos había elegido con demasiado entusiasmo.

Alma se tumbó con las piernas recogidas y colocó el osito sobre un cojín, a su lado, mientras yo me instalaba en el otro extremo con una manta.

Durante un buen rato hablamos de cosas pequeñas, asuntos cotidianos que nos permitían recuperar cierta naturalidad sin necesidad de regresar continuamente a lo ocurrido con Aitor.

Me contó algunas anécdotas de su embarazo, las náuseas que había sufrido durante las primeras semanas y lo mucho que le molestaban determinados olores.

Yo le expliqué que Alexander había pasado buena parte del fin de semana anterior cuidándome porque estaba resfriada, y terminó riéndose cuando le relaté cómo había conseguido ganarse a Iván.

—Parece un tío genial —me comentó.

—Lo es.

—Me alegro mucho por ti, Claudia.

La miré y comprendí que lo decía de verdad. No había rastro de aquella rivalidad dolorosa que había terminado instalándose entre nosotras, aunque todavía me resultaba extraño hablarle de mi vida sentimental.

—Gracias.

A las once, cuando empecé a recoger mis cosas para marcharme, Alma se incorporó y me preguntó si tenía que irme ya.

—No necesariamente. ¿Por qué?

—Por nada. Es que… me ha gustado mucho tenerte aquí.

Miré hacia la puerta y después volví a observarla. Había pasado la tarde más tranquila desde que ocurrió el accidente, pero sabía que la noche anterior apenas había conseguido dormir y que todavía le daba miedo quedarse sola.

—¿Quieres que me quede?

—No quiero abusar, Claudia.

—No te he preguntado eso.

Se mordió el labio antes de asentir.

—Sí. Me gustaría.

Llamé a Alexander para explicarle que iba a pasar la noche allí y preguntarle si podía ocuparse de Titán.

Me aseguró que no había ningún problema y bromeó con que nuestro perro estaba empezando a considerarlo su compañero de piso. Después me deseó buenas noches y me pidió que descansara.

Alma me dejó una camiseta amplia y unos pantalones de pijama, y terminamos acostándonos en su cama, cada una a un lado, después de comprobar que tenía el teléfono cargado y las indicaciones del hospital sobre la mesilla.

Antes de apagar la luz, colocó el osito sobre una cómoda y permaneció un rato observándolo.

—¿Sabes una cosa? —me preguntó.

—Dime.

—Hoy ha sido el primer día, desde que supe que estaba embarazada, en el que he conseguido imaginarme de verdad cómo será tenerlo conmigo.

Me volví hacia ella.

—¿Y qué has imaginado?

—Una casa llena de juguetes, noches sin dormir, ropa diminuta… Y a alguien que me quiera muchísimo.

—Pues de eso último puedes estar segura. Ese bebé va a adorarte.

Alma sonrió y se acomodó bajo el edredón.

—Gracias por venir, Claudia.

—Buenas noches, pesada.

—Buenas noches.

Dormimos bastante bien, aunque me desperté un par de veces cuando ella se levantó para ir al baño.

Cada vez que regresaba le preguntaba si se encontraba bien y terminábamos riéndonos porque me acusaba de haberme convertido en una vigilante profesional.

A la mañana siguiente desayunamos juntas y, antes de marcharme, la ayudé a solicitar una cita para la revisión que tenía pendiente. Consiguió que se la adelantaran un par de días, y cuando me comunicó la fecha le aseguré que estaría allí.