Capítulo 19 #3
Alma consiguió dormir algunas horas, aunque se despertó varias veces para preguntarme si todo seguía bien.
Yo permanecí en el sillón reclinable que habían colocado junto a su cama, alternando pequeños ratos de sueño con conversaciones en voz baja cuando ella necesitaba tranquilizarse.
Poco antes de las siete de la mañana me despertó el sonido de la puerta.
Una enfermera entró para comprobar sus constantes y preguntarle cómo se encontraba.
Alma aseguró que apenas tenía molestias y que el sangrado había cesado durante la madrugada, de manera que nos explicó que, si la revisión médica confirmaba aquella buena evolución, probablemente podría marcharse a casa a lo largo de la mañana.
Desayunamos juntas, compartiendo unas tostadas que Alma apenas consiguió terminar porque estaba demasiado nerviosa esperando la ecografía.
Yo intenté distraerla contándole algunas tonterías del colegio y terminamos riéndonos al recordar la expresión de una compañera cuando descubrió que Alexander había pasado el sábado entero jugando con Iván.
—No me extraña que estés enamorándote de él —comentó.
La miré por encima de la taza.
—¿Quién ha dicho que me esté enamorando?
—Nadie. Pero tienes una cara de tonta cada vez que hablas de él que resulta bastante reveladora.
—Pues tú tienes una cara de recién levantada que tampoco es para presumir.
Nos echamos a reír y, durante unos segundos, tuve la sensación de estar recuperando una conversación que habíamos dejado interrumpida mucho tiempo atrás.
La revisión llegó poco después de las nueve. La médica comprobó que el sangrado había cesado, repitió la exploración y realizó otra ecografía para valorar el estado del embarazo.
Alma permaneció agarrada a mi mano durante todo el procedimiento, hasta que escuchamos nuevamente aquel sonido rápido y constante que nos confirmó que el pequeño corazón seguía latiendo.
Empezó a llorar antes de que la doctora terminara de explicarnos los resultados.
—Todo continúa evolucionando favorablemente —nos informó—.
No encontramos alteraciones preocupantes en la exploración de hoy y, dado que el sangrado ha desaparecido, vamos a darle el alta con recomendaciones de reposo relativo, vigilancia de los síntomas y seguimiento obstétrico.
Si vuelve a sangrar, aparece dolor intenso o nota cualquier empeoramiento, tendrá que regresar para una nueva valoración.
Alma asintió varias veces, demasiado emocionada para contestar. Yo escuché atentamente las indicaciones y comprobé que llevaba todos los documentos necesarios antes de ayudarla a vestirse.
Cuando finalmente salimos del hospital, el sol de la mañana me pareció extraordinariamente agradable después de tantas horas encerrada entre aquellas paredes.
Alexander había dejado mi coche en el aparcamiento la tarde anterior, después de recoger las llaves en el colegio, y nos esperaba junto a él con una bolsa que contenía ropa limpia y algo de desayuno.
Alma lo saludó con una sonrisa y le agradeció nuevamente su ayuda. Él le preguntó cómo se encontraba y se alegró al saber que los médicos habían confirmado que el embarazo seguía adelante.
—Bueno —comentó mientras nos ayudaba a guardar las bolsas—, parece que hoy tenemos motivos para celebrar.
—Con moderación —le advertí—. La paciente necesita descansar.
—¿Ves? —le comentó Alma—. Ya está dando órdenes otra vez.
Alexander se echó a reír y me rodeó los hombros con un brazo.
—Me temo que eso no tiene tratamiento.
Ella subió al coche mientras él me daba un beso en la mejilla y me preguntaba si necesitaba algo más. Le aseguré que estábamos bien y que pensaba llevarla a casa para que descansara. Antes de despedirse, me abrazó durante unos segundos y me recordó que también debía cuidar de mí.
Cuando me senté al volante, Alma estaba observando por la ventanilla con una expresión mucho más serena que la del día anterior. Se volvió hacia mí cuando arranqué el motor y me dedicó una sonrisa tímida.
—Claudia.
—¿Qué pasa?
—Gracias por no dejarme sola.
Alargué una mano y le acaricié la rodilla.
—Eres tú, Alma. Sigues siendo tú…
Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas, aunque esta vez consiguió sonreír.
—Pensaba que había perdido eso para siempre.
La miré unos segundos antes de incorporarme al tráfico.
—Pues parece que todavía nos quedan algunas cosas por arreglar, ¿no?
Asintió y se secó las mejillas con el dorso de la mano.
—Muchas.
—Entonces será mejor que empieces por ponerte buena, porque pienso darte bastante guerra.
Se echó a reír y acomodó la cabeza contra el respaldo, mientras yo conducía hacia casa con una sensación extraña, mezcla de agotamiento y alivio.
Aitor nos había hecho muchísimo daño a las dos, aunque de maneras diferentes, y todavía quedaban demasiadas heridas abiertas para fingir que todo estaba solucionado.
Sin embargo, aquella noche de hospital había conseguido algo que semanas de reproches y distancias no habían logrado: recordarnos que, antes de convertirnos en dos mujeres enfrentadas por una traición, habíamos sido hermanas.
Y seguíamos siéndolo.