Capítulo 19 #2
Me acomodé en la silla, sorprendida por aquella revelación. Sabía que su relación con él había sido complicada, que había sufrido mucho más de lo que yo había imaginado y que había terminado marchándose cuando ya no pudo soportarlo.
Lo que desconocía era que también se hubiera distanciado de sus padres.
—¿Qué pasó exactamente?
Alma respiró hondo antes de empezar a explicármelo.
—Ellos empezaron a notar que estaba mal. Mi madre me veía triste, apenas salía y había perdido bastante peso. Mi padre también se dio cuenta de que estaba distinta. Al principio les decía que tenía mucho trabajo, que estaba cansada y que necesitaba descansar, pero dejaron de creérselo.
—¿Y sospechaban algo de Aitor?
—Sí. Mi madre empezó a preguntarme si me trataba bien, si discutíamos mucho y por qué había dejado de visitarles. Una vez me vio un moratón en el brazo, cuando vino a visitarme, y creyó lo peor.
La observé, impresionada por la facilidad con la que había pronunciado aquella última frase.
—¿Te hizo él ese moratón?
Asintió, avergonzada.
—No, me lo hice yo al tratar de huir de él. Estaba gritándome a pleno pulmón.
Sentí una mezcla de rabia y tristeza que me obligó a respirar despacio antes de contestarle.
—¿Y qué hicieron tus padres?
—Insistieron en que les contara la verdad.
Mi padre llegó a decirme que no quería volver a ver a Aitor porque estaba convencido de que me hacía daño.
Yo lo negué todo, me enfadé muchísimo y les dije que no era así.
Les acusé de meterse en mi vida, de juzgarme y de querer decidir con quién podía estar. Todavía estaba cegada.
—Pero estaban preocupados por ti.
—Lo sé. Ahora lo sé. Entonces estaba tan metida en aquella relación que cualquier persona que intentara hacerme ver lo que ocurría terminaba convirtiéndose en mi enemiga.
Se quedó observando sus manos antes de continuar.
—La última discusión fue espantosa. Mi padre me pidió que me quedara unos días con ellos y yo le respondí que prefería no volver a verlos antes que permitir que siguieran hablando mal de Aitor.
Mi madre se echó a llorar y me dijo que estaba destrozando mi vida.
Me marché dando un portazo y desde entonces apenas hemos tenido contacto.
Al principio me llamaban, pero yo no contestaba. Después dejaron de insistir.
—¿Y cuando lo dejaste?
—Me daba vergüenza volver. Había defendido a Aitor durante tanto tiempo que no sabía cómo presentarme allí y reconocer que tenían razón. Después descubrí que estaba embarazada y todo se complicó todavía más.
La escuché sin interrumpirla, intentando imaginar lo que debía de haber supuesto enfrentarse sola a aquella situación.
Había pensado muchas veces en Alma durante los últimos días, pero siempre terminaba regresando al mismo punto: lo que me había hecho con Aitor. Aquella tarde, por primera vez, conseguí contemplar su historia sin colocar mi propio dolor en el centro.
—¿Saben que estás embarazada?
Negó con la cabeza.
—No. No se lo he contado todavía.
—Alma…
—Estoy muy sola, Claudia —confesó, y esta vez su voz se quebró antes de que pudiera terminar—. Sé que me lo he buscado, que he hecho muchísimo daño y que no tengo derecho a pedirte nada, pero estoy muy sola. Hay días en los que me despierto y no sé a quién llamar si me pasa algo.
Me acerqué a la cama y le cogí ambas manos.
—No vuelvas a decir que te has buscado lo que Aitor te hizo. Lo que pasó entre vosotros no fue culpa tuya.
—Pero lo que te hice a ti sí.
Aquella respuesta me dejó sin argumentos durante unos segundos.
—Sí —admití finalmente—. Eso sí fue culpa tuya, Alma. Y todavía me duele muchísimo.
Bajó la cabeza y empezó a llorar en silencio.
—Lo sé.
—Pero una cosa no borra la otra. Puedes haberme hecho daño y seguir siendo una persona que merece que la quieran, que la cuiden y que la ayuden cuando lo necesita.
Me miró entonces con una expresión tan vulnerable que tuve que contener mis propias lágrimas.
—¿Tú crees que algún día podrás perdonarme?
La pregunta llevaba años esperando entre nosotras. Había imaginado muchas veces qué le respondería si llegaba a hacérmela, pero ninguna de aquellas respuestas me pareció adecuada cuando la tuve delante, tumbada en una cama de hospital y acariciándose el vientre con una mano temblorosa.
—No lo sé, Alma. Todavía hay cosas que me cuesta muchísimo recordar sin enfadarme. Pero quiero intentarlo.
Rompió a llorar y se incorporó lo suficiente para abrazarme. La rodeé con los brazos, procurando no hacerle daño, y sentí que también se me humedecían los ojos.
—Te he echado mucho de menos —me confesó junto al oído.
—Yo también, tonta. Aunque hayas conseguido sacarme de quicio a más no poder.
Soltó una pequeña carcajada entre lágrimas y permanecimos abrazadas un rato más. Cuando nos separamos, tenía el rostro enrojecido y una expresión algo más tranquila.
—¿Te vas a quedar un poquito? —me preguntó.
—Voy a quedarme contigo hasta mañana.
—No hace falta, Claudia. Puedes irte a casa.
—Ya estamos. ¿Acabamos de tener una conversación emocionante para que ahora empieces a discutir conmigo?
Sonrió mientras se secaba las mejillas.
—No quiero molestarte.
—Pues te aguantas. Esta noche me toca hacer de amiga insoportable.
—Siempre has sido bastante buena en eso.
—Y pienso seguir perfeccionando la técnica.
Poco después apareció Alexander. Había terminado su reunión y, al leer mi mensaje, me llamó varias veces hasta que conseguí contestarle.
Le expliqué lo sucedido y vino directamente al hospital, preocupado por las dos. Cuando entró en la habitación, Alma pareció sorprendida de verlo, aunque enseguida agradeció que se acercara a preguntarle cómo se encontraba.
—Menudo susto nos habéis dado —comentó mientras dejaba una pequeña bolsa sobre la mesa—. He traído agua, algo de comer y un cargador para Claudia, porque me ha dicho que apenas le queda batería.
—Gracias, Alexander —respondió ella—. Parece que el bebé está bien, aunque quieren vigilarme hasta mañana.
—Pues entonces vamos a confiar en que todo siga igual de bien.
Me abrazó cuando Alma se entretuvo colocando las cosas sobre la mesilla y aprovechó para preguntarme en voz baja cómo estaba yo. Le confesé que había pasado muchísimo miedo y que todavía me costaba creer que todo hubiera terminado sin consecuencias graves.
—Has hecho lo que tenías que hacer, cariño —me aseguró, acariciándome la espalda—. Ahora intenta descansar un poco.
Le expliqué que pensaba quedarme aquella noche con Alma y que necesitaría que alguien sacara a Titán. Se ofreció enseguida a encargarse de él, pasar por mi casa para recoger algunas cosas y traerme ropa limpia a la mañana siguiente.
—No tienes que hacer todo eso —protesté.
—Claudia, estamos hablando de sacar a un perro y preparar una bolsa. Creo que puedo asumir semejante responsabilidad.
Alma sonrió desde la cama.
—Ten cuidado con ella, Alexander. Le cuesta muchísimo dejar que la ayuden.
—Me estoy dando cuenta —respondió él—. Pero soy bastante perseverante.
Se quedó un rato conversando con nosotras, consiguió que Alma se riera con alguna anécdota del colegio y terminó despidiéndose cuando una enfermera apareció para realizar otra comprobación. Antes de marcharse, me dio un beso y me pidió que lo llamara si necesitábamos cualquier cosa.
—Procura hacerle caso —le encargó a Alma.
—Lo intentaré —respondió—. Aunque es bastante mandona.
—Lo sé. Llevo sufriéndolo desde que la conocí.
—¡Oye! —protesté, provocando las risas de ambos.
Cuando se marchó, Alma me observó con una sonrisa que reconocí enseguida.
—Te gusta muchísimo.
Me acomodé en la silla y fingí examinar la botella de agua.
—Nos estamos conociendo.
—Claudia, por favor. No me tomes por idiota.
—Bueno, quizás me guste un poquito.
—Un poquito enorme, por lo que veo.
Terminé riéndome y le conté algunas cosas del fin de semana, incluida la aparición de mi madre con churros y la facilidad con la que Alexander había conseguido ganarse a Iván. Alma escuchó encantada, hizo varias preguntas y terminó asegurándome que aquel hombre parecía muy distinto de Aitor.
—Lo es —admití—. Muchísimo.
Durante la noche hablamos de cosas que llevábamos demasiado tiempo evitando.
Alma me contó algunos episodios de su relación con Aitor, aunque procuré no presionarla cuando advertí que ciertos recuerdos todavía le resultaban difíciles de explicar.
También hablamos de sus padres, de las discusiones que habían provocado aquel distanciamiento y de la posibilidad de que algún día encontrara fuerzas para llamarlos.
—No tienes que resolverlo todo ahora —le recordé cuando empezó a angustiarse pensando en cómo reaccionarían al enterarse del embarazo—. Primero vamos a conseguir que tú y el bebé estéis bien. Después iremos viendo lo demás.
—¿Me ayudarías?
Le acaricié la mano y asentí.
—Claro que sí.
Me miró durante unos segundos antes de sonreír.
—Había olvidado cuánto necesitaba hablar contigo.
Aquella confesión me emocionó a tope. Le expliqué que también la había echado de menos, aunque todavía necesitaba tiempo para recuperar la confianza que habíamos perdido. Alma lo comprendió y no intentó conseguir promesas que yo no estaba preparada para hacerle.
A medianoche una enfermera comprobó cómo evolucionaba el sangrado y nos explicó que había disminuido considerablemente.