Capítulo 19
El lunes regresé al colegio con la garganta prácticamente recuperada y la desagradable sensación de que el fin de semana había durado aproximadamente quince minutos.
Alexander se había marchado de casa el domingo a media tarde, aunque antes tuvo tiempo de dejarme preparada la cena, sacar a Titán y convencerme de que necesitaba descansar un poco más.
Me había acostumbrado tanto a su presencia durante aquellos dos días que, cuando cerré la puerta tras despedirlo, la casa me pareció extrañamente vacía.
Aquello me preocupaba bastante, sobre todo porque empezaba a sospechar que estaba perdiendo el control de una situación que, en principio, había decidido llevar con absoluta prudencia.
El martes por la mañana, sin embargo, mis preocupaciones sentimentales quedaron relegadas a un segundo plano.
Alexander había salido temprano hacia una reunión con responsables de otros centros educativos y no regresaría hasta después del almuerzo, de manera que el colegio funcionaba con su organización habitual, aunque sin su presencia.
Yo llevaba un buen rato preparando material cuando escuché unos gritos procedentes del pasillo.
Al principio pensé que se trataba de alguna discusión entre alumnos, algo que ocurría con relativa frecuencia, pero enseguida distinguí la voz de una compañera pidiendo ayuda y salí para averiguar qué estaba sucediendo.
En el corredor que comunicaba varias aulas se había formado un pequeño grupo de profesores alrededor de un niño que parecía completamente fuera de sí.
Tendría unos ocho o nueve años y lloraba mientras gritaba que quería marcharse, agitando los brazos cada vez que alguien intentaba acercarse.
Una de las docentes procuraba tranquilizarlo, hablándole con suavidad y manteniendo cierta distancia para no aumentar su nerviosismo, mientras otra apartaba a los alumnos que se habían detenido a observar.
Alma estaba junto a la puerta de un aula, intentando convencer a dos niños de que entraran y dejaran espacio a sus compañeros.
—¿Qué ha pasado? —le pregunté a una profesora que se encontraba cerca.
—Se ha puesto muy nervioso después de una discusión en clase. Estamos intentando calmarlo, pero no conseguimos que nos escuche.
El pequeño retrocedió varios pasos cuando una de las docentes le ofreció acompañarlo a un lugar más tranquilo.
Lloraba con tanta fuerza que apenas podía respirar entre sollozos y repetía que nadie podía obligarlo a quedarse allí.
Alma se acercó unos metros, preocupada por otro alumno que había quedado demasiado cerca del niño, y le pidió que regresara al aula.
Todo ocurrió en apenas unos segundos.
El pequeño echó a correr hacia la puerta, tratando de escapar de aquel grupo de adultos, y Alma se interpuso involuntariamente en su trayectoria cuando intentaba apartar al otro alumno.
El niño chocó contra ella con la cabeza por delante, golpeándola de lleno en el vientre. Escuché un gemido terrible y vi cómo perdía el equilibrio, tropezaba con sus propios pies y caía de costado sobre el suelo.
—¡Alma!
Corrí hacia ella mientras una de las profesoras sujetaba al pequeño para evitar que continuara avanzando. Se había encogido sobre sí misma y mantenía ambas manos sobre la barriga, con el rostro desencajado.
—¡Me ha dado en la barriga, Claudia! —sollozó cuando me arrodillé a su lado—. ¡Me ha dado justo aquí!
—Tranquila, Alma, no te muevas. Vamos a ayudarte.
Intenté apartarle con cuidado una mano para comprobar dónde se había golpeado, pero volvió a encogerse cuando sintió una punzada. Tenía los ojos llenos de lágrimas y respiraba tan deprisa que apenas conseguía explicarme lo que le ocurría.
—Me duele muchísimo. Claudia, por favor…
Una compañera apareció con el teléfono en la mano y anunció que iba a llamar a emergencias. Asentí sin apartarme, procurando mantener una serenidad que estaba muy lejos de sentir.
—Hazlo, por favor. Diles que está embarazada y que ha recibido un golpe fuerte en el abdomen.
Alma intentó incorporarse, pero la sujeté por los hombros para evitar que se levantara antes de que nos indicaran qué hacer. Entonces observé que una mancha oscura empezaba a extenderse por la parte interior de sus pantalones.
Durante un instante no conseguí comprender lo que estaba viendo.
—Claudia —murmuró ella, siguiendo la dirección de mis ojos—. ¿Qué pasa?
La sangre comenzó a hacerse visible entre sus piernas y ella se llevó una mano a la boca.
—¡Estoy sangrando!
Su grito consiguió que varias personas se acercaran, aunque una profesora tuvo la sensatez de pedirles que despejaran el pasillo. Alma empezó a llorar de una forma desesperada, agarrándose a mi brazo mientras repetía que estaba perdiendo al bebé.
—¡No, por favor! ¡Mi niño no! ¡Claudia, haz algo!
La abracé con cuidado, intentando evitar cualquier movimiento brusco, y le acaricié el pelo mientras la compañera que había llamado a emergencias explicaba lo sucedido. Reconozco que, en ese momento, todas nuestras diferencias comenzaron a esfumarse.
—Escúchame, Alma. Todavía no sabemos qué está pasando. Vamos a ir al hospital y allí te van a mirar enseguida, ¿de acuerdo?
—¡Pero estoy sangrando!
—Lo sé. Lo estoy viendo. Por eso necesitamos que te atiendan cuanto antes.
Me temblaban tanto las manos que tuve que entrelazarlas para que no lo advirtiera.
Quería hacer algo, cualquier cosa que pudiera detener aquella hemorragia, pero lo único que estaba a mi alcance era permanecer junto a ella y evitar que el miedo terminara por desbordarnos a las dos.
La compañera regresó y nos explicó que estaban enviando una ambulancia. Durante aquellos minutos interminables, Alma no dejó de sujetarme la mano.
Yo le hablaba, le pedía que respirara despacio y procuraba convencerla de que todavía había motivos para confiar, aunque cada vez que bajaba la vista hacia la sangre sentía unas ganas espantosas de echarme a llorar.
Cuando llegaron los sanitarios, les explicamos cómo se había producido el golpe y cuánto tiempo llevaba sangrando.
La examinaron allí mismo, comprobaron sus constantes y la ayudaron a subir a la camilla.
Pregunté si podía acompañarla y uno de ellos me indicó que sí, de manera que recogí nuestros bolsos, y eché a andar.
Durante el trayecto, Alma mantuvo los ojos cerrados y una mano sobre el vientre. De vez en cuando me preguntaba si creía que el bebé estaría bien, y yo le respondía que pronto lo sabríamos, que estábamos haciendo lo correcto y que necesitaba confiar en los médicos.
No quise prometerle algo que desconocía, aunque habría dado cualquier cosa por poder asegurarle que todo terminaría siendo un susto.
En urgencias nos atendieron con rapidez. Después de una primera valoración, la trasladaron para realizarle una ecografía y me pidieron que esperara fuera. Alma se aferró a mi mano antes de que pudiera apartarme.
—No te vayas, Claudia.
Me incliné hacia ella y le besé la frente.
—No voy a irme a ninguna parte, Alma. Estoy aquí.
Aquellas palabras me salieron con una naturalidad que me sorprendió. Hacía años que no la trataba así y que no la besaba de aquella manera.
Sin embargo, cuando la vi desaparecer detrás de la puerta, comprendí que ninguna de las cosas que habían ocurrido entre nosotras podía impedir que me aterrorizara la posibilidad de que sufriera aquella pérdida.
La espera fue insoportable. Caminé varias veces por el pasillo, compré una botella de agua que apenas probé y consulté el teléfono sin saber a quién llamar.
Alexander seguía en su reunión y no quería interrumpirlo hasta tener alguna noticia concreta, aunque terminé enviándole un mensaje para explicarle que había ocurrido un accidente y que estaba en el hospital con Alma.
Cuando finalmente me permitieron entrar, la encontré tumbada en una camilla, con los ojos enrojecidos y una expresión de agotamiento que me impresionó.
Una médica estaba revisando los resultados de la exploración y me explicó que, de momento, habían comprobado actividad cardíaca fetal y que aquello era una señal favorable.
Sin embargo, el sangrado y el traumatismo hacían necesario mantenerla en observación y repetir algunas comprobaciones antes de decidir si podía regresar a casa.
—¿Entonces el bebé está bien? —le preguntó Alma, incorporándose ligeramente.
—En este momento vemos latido y no encontramos signos evidentes de una complicación grave en la exploración inicial —le aclaró la médica—. Es una buena noticia, pero necesitamos vigilar la evolución del sangrado y asegurarnos de que todo continúa correctamente.
Ella empezó a llorar de nuevo, aunque esta vez sus lágrimas tenían algo de alivio. Me acerqué y le acaricié la mejilla mientras la doctora nos explicaba que, si la evolución era favorable, valorarían darle el alta a la mañana siguiente.
Cuando nos quedamos solas, Alma extendió una mano hacia mí.
—Gracias por venir conmigo.
Me senté a su lado y se la sujeté.
—¿Dónde querías que estuviera?
—No lo sé. Pensé que quizás…
No terminó la frase, pero comprendí perfectamente lo que intentaba decirme. Había pasado tanto tiempo tratándola con frialdad que probablemente no sabía si podía contar conmigo cuando las cosas se ponían verdaderamente feas.
—Alma, una cosa es que esté enfadada contigo y otra muy distinta que vaya a dejarte sola en una situación así.
Se cubrió la cara con la mano libre y comenzó a llorar otra vez.
—He tenido muchísimo miedo, Claudia.
—Yo también, cariño. No te imaginas cuánto.
La abracé con cuidado y permanecimos un rato juntas, hasta que consiguió tranquilizarse. Después le acerqué un vaso de agua y le pregunté si quería que avisara a alguien.
—¿Tu madre y tu padre siguen teniendo los mismos teléfonos? —añadí, pensando que quizás preferiría que fueran sus padres quienes la acompañaran durante la noche.
Alma bajó la vista hacia la sábana.
—No hace falta que los llames.
—¿Por qué? Seguro que quieren saber lo que ha pasado.
—No me hablo con ellos.
La miré sin comprender.
—¿Cómo que no te hablas con ellos?
—Pues eso. Que no tenemos relación.
—¿Desde cuándo?
Se pasó una mano por la cara y tardó unos segundos en contestarme.
—Desde hace bastante. Todo empezó por Aitor.