A un beso de volver a creer Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

El niño aceptó con la condición de que Titán pudiera quedarse con nosotros, de manera que acabamos los cuatro instalados en el salón, con Iván acomodado entre ambos y el perro tumbado a nuestros pies.

A mitad de la película, se quedó dormido sobre el brazo de Alexander. Lo observé acomodarle la cabeza con cuidado y cubrirlo con una manta pequeña que había encontrado en el armario. Después volvió la atención hacia la pantalla, aunque de vez en cuando comprobaba que el niño seguía cómodo.

Aquella imagen me produjo una ternura inesperada. Alexander había pasado la mañana jugando, cocinando y respondiendo preguntas sin mostrar ni un instante de impaciencia.

No había tratado a Iván como una obligación que debía soportar para quedar bien conmigo, sino como un niño con el que disfrutaba compartiendo el día.

—Se te dan muy bien los niños —le comenté en voz baja.

—Me gustan. Tienen una forma bastante particular de ver el mundo.

—Iván te ha hecho unas cuarenta preguntas sobre tu trabajo.

—Cuarenta y siete. Las he contado.

Sonreí y me acerqué un poco más a él.

—Gracias por todo lo que estás haciendo.

—Me lo estoy pasando bien, Claudia.

—Ya, pero podrías estar haciendo otras cosas.

—Podría. Sin embargo, prefiero estar aquí.

Me acarició la mano y continuamos viendo la película mientras Iván dormía entre nosotros.

Cuando terminó, Alexander se ofreció a sacar a Titán un rato para que yo pudiera descansar, aunque antes tuvo que prometerle al niño, que acababa de despertarse, que después jugarían otra partida.

La tarde fue avanzando entre juegos de mesa, dibujos y una merienda que Alexander preparó con fruta, yogur y algunas de las galletas que habían sobrado.

Mi madre llamó un par de veces para comprobar que todo iba bien y terminó riéndose cuando Iván le explicó que no quería marcharse porque el director del colegio de su hermana era mucho más divertido de lo que parecía.

—Pues no le des demasiada guerra —le pidió ella por teléfono.

—No le doy guerra, mamá. Somos amigos.

Alexander, que estaba sentado a su lado, le chocó la mano y el niño sonrió orgulloso.

Cuando por fin regresó a última hora de la tarde, encontró el salón bastante ordenado, a Iván perfectamente entretenido y a mí descansando en el sofá con una taza de infusión.

Alexander estaba ayudando al niño a terminar un dibujo de Titán que, según me habían explicado, pensaban regalarme para que recordara aquel día.

—¡Pero bueno! —exclamó mi madre al entrar—. ¡Qué maravilla de organización!

—Hemos sobrevivido —le respondió él—. Aunque hemos tenido un pequeño incidente con un dragón.

Iván corrió a contarle toda la historia mientras Alexander recogía los lápices y guardaba la libreta. Mi madre lo observó con una expresión que conocía demasiado bien y que anunciaba nuevas preguntas en cuanto encontrara la oportunidad.

—De verdad, hijo, muchísimas gracias —le aseguró—. Me has hecho un favor enorme.

—Ha sido un placer. Iván es un niño estupendo.

—¡Y tú eres mi amigo! —añadió el peque, abrazándolo por la cintura.

Alexander se agachó para corresponderle y le prometió que volverían a jugar otro día. El niño se despidió de mí con un beso y salió de casa de la mano de mi madre, aunque antes de cruzar la puerta volvió la cabeza.

—¡Clau!

—¿Qué, cariño?

—¡Que Alexander venga más veces!

Mi madre soltó una carcajada y yo noté que se me escapaba una sonrisa enorme.

—Se lo preguntaremos, cielo.

Cuando cerré la puerta, regresé al salón y encontré a Alexander contemplando el dibujo que Iván había dejado sobre la mesa.

Se trataba de una representación bastante peculiar de Titán, acompañado por tres figuras humanas de tamaños diferentes. Una de ellas llevaba una corona enorme.

—¿Quién se supone que es el rey? —le pregunté.

—Yo, naturalmente. Iván ha decidido que soy el rey del castillo.

—Pues no te acostumbres demasiado al título.

Me rodeó la cintura y me acercó hacia él.

—¿Y tú qué tal estás, preciosa? ¿Mejor?

—Mucho mejor. Aunque creo que mi madre acaba de adoptarte.

—Es una mujer encantadora.

—Eso lo dices porque todavía no te ha interrogado sobre tus intenciones conmigo.

—Quizás debería adelantarme y pedirle una cita para explicárselas.

Le di un golpe suave en el pecho y él se echó a reír antes de besarme.

—Gracias por este día —le susurré.

—¿Incluso con el ataque del dragón?

—Especialmente por eso.

Me abrazó un poco más y permanecimos unos instantes juntos, disfrutando del descanso después de tantas horas de actividad.

Yo había empezado aquella mañana preocupada porque mi madre descubriera que Alexander había pasado la noche en casa y la terminaba pensando que, de alguna manera, aquella visita inesperada había conseguido acercarnos todavía más.

No porque ella lo hubiera conocido, ni porque Iván hubiera decidido convertirlo en su nuevo compañero de aventuras, sino porque había descubierto una faceta suya que me gustaba tanto como todas las anteriores.

Alexander sabía cuidar de mí, pero también sabía hacer felices a las personas que formaban parte de mi vida.

Y aquello empezaba a convertirse en un problema bastante serio para mis defensas sentimentales.