Capítulo 18 #2
—Ay, hijo, pero cómo voy a dejarte a ti con el niño. Bastante tienes con haber venido a ver a Claudia.
—No se preocupe. Me encantan los niños y, por lo que veo, Iván y yo ya tenemos varios asuntos importantes que tratar.
—¡Vamos a hacer un castillo! —anunció el niño.
—¿Ves? Tenemos la agenda completa.
Me volví hacia Alexander, intentando averiguar si hablaba en serio.
—No tienes por qué hacerlo. Mi madre puede buscar otra solución.
—Claudia, estoy aquí para cuidarte, ¿recuerdas? Y cuidar de ti también puede incluir entretener a este caballero mientras descansas.
Mi madre se llevó una mano al pecho, conmovida por aquella respuesta.
—¡Pero qué hombre más apañado!
—Mamá, por favor.
—¿Qué pasa? Estoy diciendo la verdad.
Alexander sonrió y continuó dirigiéndose a ella.
—Tómese el día para sus cosas. Vaya al funeral, acompañe a su amiga y haga lo que necesite. Nosotros estaremos estupendamente. Yo me quedo cuidando de Claudia e Iván.
Mi madre aceptó finalmente, después de repetir varias veces que no quería causar molestias y de comprobar que el niño estaba encantado con la idea. Antes de marcharse me acompañó hasta la cocina con la excusa de guardar el chocolate que había sobrado.
—Hija —me susurró en cuanto estuvimos solas—, ¿ese hombre ha dormido aquí?
La miré con una mezcla de resignación y vergüenza.
—Mamá…
—No te estoy preguntando nada malo. Solo quiero saberlo.
—Sí. Se quedó anoche porque estaba con fiebre y vino a cuidarme.
Mi madre abrió una sonrisa enorme.
—¡Ay, Claudia! ¡Qué alegría me das!
—No empieces, por favor.
—Pero ¿qué quieres que empiece? Si es guapísimo, educado y encima te cuida cuando estás enferma. ¿Qué más quieres?
—Que bajes la voz, para empezar.
—¿Y estáis juntos?
Miré hacia el salón, donde Alexander estaba escuchando una explicación de Iván sobre las reglas de un juego que parecía complicadísimo.
—Estamos conociéndonos, mamá.
—Pues conócelo bien, hija. Ese hombre merece la pena.
—Llevas media hora tratándolo.
—Y me ha bastado.
Me dio un beso en la mejilla y regresó al salón antes de que pudiera discutirle aquella conclusión.
Cuando se marchó, Iván corrió hacia la puerta para despedirse y después volvió junto a Alexander, decidido a empezar cuanto antes las actividades que habían acordado.
—Bueno, jefe —le preguntó el niño—, ¿hacemos el castillo?
—Por supuesto. Pero primero vamos a organizar el equipo. Tú eres el arquitecto, yo el constructor y Titán…
—¡Titán es el monstruo!
—Me parece un reparto excelente.
El resto de la mañana transcurrió entre construcciones imposibles, juguetes esparcidos por el salón y una cantidad de carcajadas que no recordaba haber escuchado en mi casa desde hacía mucho tiempo.
Alexander se sentó en el suelo con Iván y dedicó casi dos horas a levantar una fortaleza utilizando piezas de construcción, cojines y varias cajas que encontraron en un armario.
Cada vez que Titán se acercaba demasiado, el niño gritaba que el monstruo estaba atacando y ambos tenían que defender el castillo.
Yo permanecí en el sofá, envuelta en una manta, observándolos mientras intentaba leer una revista. No conseguí avanzar más de dos páginas porque la escena resultaba bastante más entretenida que cualquier artículo.
—¡Clau! —me llamó Iván en un momento dado—. ¡Alexander sabe hacer dragones!
Levanté la cabeza y descubrí que el director de mi colegio estaba intentando construir una criatura con piezas de colores que tenía cuatro patas desiguales y una cabeza desproporcionada.
—Eso parece un pollo enfermo —comenté.
—Es un dragón medieval —me corrigió él con dignidad—. Una especie muy difícil de reproducir.
—Pues yo lo llevaría al veterinario.
Iván se echó a reír y decidió añadirle unas alas enormes que terminaron provocando el derrumbe de la construcción. Alexander fingió una tragedia espantosa y se dejó caer sobre la alfombra mientras el niño intentaba reanimarlo.
A la hora de comer, se encargó de preparar pasta con tomate y queso, una elección que Iván recibió con entusiasmo.
Me permitió ayudarlo a poner la mesa, aunque insistió en que después debía volver al sofá. Durante la comida, mi hermano le hizo una cantidad extraordinaria de preguntas sobre el colegio, los profesores y las razones por las que los adultos tenían que trabajar.
—¿Y tú puedes castigar a los profes? —le preguntó con la boca llena.
—Si hacen algo muy malo, podría tener que hablar con ellos.
—¿Y a mi hermana la has castigado alguna vez?
Alexander me dedicó una sonrisa traviesa.
—Todavía no.
—¡Pues deberías! —exclamó Iván—. Porque a veces dice palabrotas.
Casi me atraganté con el agua.
—¡Iván!
—¡Es verdad! El otro día dijiste una muy fea cuando se te cayó el móvil.
Alexander soltó una carcajada y levantó las manos.
—Tendré que abrirle un expediente disciplinario.
—Como se te ocurra, te quedas sin postre —lo amenacé.
Después de comer, Iván empezó a mostrar señales de cansancio, aunque se resistía a reconocerlo porque todavía quería jugar con su nuevo amigo.
Alexander consiguió convencerlo de que podíamos ver una película de animación y preparar una pequeña merienda cuando terminara.