Capítulo 18
El sábado amanecí bastante mejor de lo que había terminado el viernes, aunque todavía tenía la garganta irritada, la nariz congestionada y esa debilidad que aparece después de una noche de fiebre.
Alexander dormía a mi lado, con un brazo extendido sobre la almohada y el otro descansando alrededor de mi cintura.
Titán permanecía tumbado junto a la cama, satisfecho de que aquella visita hubiera decidido prolongar su estancia.
Me desperté poco después de las nueve y permanecí unos minutos disfrutando de la agradable novedad de encontrar a alguien allí, aunque tuve que levantarme enseguida porque mi vejiga no compartía mis inquietudes sentimentales.
Cuando regresé del baño, él estaba despierto y consultaba el teléfono. Me recibió con una sonrisa, me preguntó cómo me encontraba y, antes de permitirme contestar, alargó la mano hacia la mesilla para buscar el termómetro.
—Buenos días a ti también, doctor —protesté mientras volvía a meterme bajo el edredón—. ¿No podríamos empezar con un beso?
—Podríamos, pero primero quiero saber si sigues teniendo fiebre.
—Treinta y seis con ocho —anunció unos segundos después, satisfecho con el resultado—. Parece que mi tratamiento está funcionando.
—Tus croquetas han obrado el milagro. Deberías patentarlas.
Me besó en la mejilla y se incorporó para recoger la ropa que había dejado preparada la noche anterior.
Estaba a punto de entrar en el baño cuando sonó el timbre, seguido de dos golpes en la puerta y una voz que conocía demasiado bien.
—¡Claudia, abre, que traemos el desayuno!
Reconocí a mi madre al instante y me incorporé con tanta rapidez que terminé mareándome. Alexander, que ya tenía un pie dentro del baño, se volvió hacia mí.
—¿Quién es?
—Mi madre.
—Ah, estupendo.
—No, Alexander. Estupendo no. Mi madre no sabe que estás aquí. Es más, mi madre no sabe que existes.
Él bajó la vista hacia su camiseta y sus pantalones de dormir, después examinó la mochila abierta sobre la silla y terminó dedicándome una sonrisa que me hizo sospechar que estaba disfrutando bastante de mi desconcierto.
—¿Quieres que me esconda debajo de la cama?
—No seas idiota. ¡Date prisa en vestirte!
—¡Claudia! —volvió a llamar mi madre—. ¡Que se enfría el chocolate!
El sonido de una segunda voz, mucho más aguda, terminó de complicar la situación.
—¡Clau, abre! ¡Traemos churros!
—¡Ya voy, cariño!
Alexander arqueó las cejas cuando escuchó al niño.
—¿Ese es Iván?
—Sí, mi hermano. Y si no quieres que mi madre piense que has venido a aprovecharte de su hija enferma, será mejor que te pongas unos pantalones.
—Pero no he venido a eso.
—¡Alexander!
Se echó a reír y entró en el baño mientras yo me ponía una bata sobre el pijama y avanzaba hacia la puerta, seguida por Titán, que parecía encantado con la perspectiva de recibir visitas tan temprano.
Mi madre apareció cargada con una bolsa enorme de churros y un recipiente de chocolate caliente, mientras Iván sostenía una caja de cartón que, por el olor, debía de contener alguna variedad adicional de bollería.
—¡Buenos días, cariño! —me saludó ella, entrando con la confianza de quien jamás había considerado necesario pedir permiso para visitar a su hija—. Como ayer me dijiste que estabas resfriada, he pensado que unos churros calentitos te vendrían estupendamente.
—Mamá, tengo la garganta fatal. No sé si el chocolate es precisamente lo más recomendable.
—Pues te tomas un poquito y después una infusión. ¡Qué mala cara tienes, hija! ¿Has dormido bien?
—Bastante bien, gracias.
Iván ya estaba abrazado a mis piernas y reclamaba mi atención, de manera que me agaché para darle un beso mientras mi madre se dirigía hacia la cocina con las bolsas.
Aquella mujer tenía una capacidad extraordinaria para organizar la vida de los demás sin necesidad de conocer sus planes.
—¿Y qué tal estás, campeón? —le pregunté al niño.
—Bien. Mamá dice que hoy tengo que portarme muy bien porque tú estás malita.
—Pues mamá tiene toda la razón.
—¿Puedo jugar con Titán?
—Claro, pero primero desayunamos.
Mi madre regresó al salón justo cuando Alexander apareció en el pasillo, vestido con unos vaqueros y una camiseta oscura. Se había peinado y lavado la cara, aunque todavía conservaba ese aspecto de quien acababa de levantarse que resultaba bastante difícil de disimular.
—Buenos días —saludó con una sonrisa.
Mi madre se detuvo tan bruscamente que estuvo a punto de derramar el chocolate.
—¡Ay, Dios mío!
—Mamá, cuidado —advertí, acercándome para sujetar el recipiente.
Ella miró a Alexander, después a mí y finalmente volvió a examinarlo de arriba abajo, intentando encontrar una explicación razonable para la presencia de aquel hombre en mi casa un sábado a primera hora de la mañana.
—Perdona, hija, no sabía que tenías visita.
—Sí, bueno… —Me aclaré la garganta, aunque el resultado fue bastante lamentable—. Mamá, él es Alexander.
—Encantado de conocerla —intervino, acercándose para estrecharle la mano.
—Alexander es… —Busqué desesperadamente una presentación que no incluyera la expresión «el hombre que ha dormido conmigo»—. El director de mi colegio.
Mi madre abrió mucho los ojos.
—¿El director?
—Sí, mamá. El director del colegio donde trabajo.
—¡Ah, claro! —exclamó ella, aunque su expresión indicaba que aquello no aclaraba absolutamente nada—. Pues encantada, hijo. Yo soy la madre de Claudia.
—Un placer. Claudia me ha hablado de usted.
Aquella afirmación me hizo volver la cabeza hacia él. Mi madre, en cambio, pareció encantada.
—¿Ah, sí? Espero que bien.
—Magníficamente. Aunque ahora entiendo de dónde ha sacado algunas de sus costumbres.
—¿Qué costumbres? —pregunté, desconfiando de aquella conversación.
—La facilidad para organizarlo todo y dar órdenes, por ejemplo.
Mi madre soltó una carcajada y le dio una palmada en el brazo.
—¡Pues entonces sí que me conoce! Esta niña siempre ha tenido muchísimo carácter.
—¿Podemos dejar de hablar de mí como si estuviera ausente? —protesté.
Iván, que había permanecido observando a Alexander con creciente curiosidad, decidió intervenir.
—¿Tú eres el jefe de mi hermana?
—Algo parecido —le respondió él, agachándose para quedar a su altura—. ¿Y tú eres Iván?
El niño asintió, sorprendido de que aquel desconocido supiera su nombre.
—¿Y mandas mucho?
—Menos de lo que me gustaría. Tu hermana no me hace demasiado caso.
—¡Porque es muy cabezota! —exclamó mi madre desde la cocina.
—¡Mamá!
Alexander empezó a reírse mientras Iván lo examinaba con una seriedad impropia de su edad.
—Mi hermana también manda mucho.
—Ya me he dado cuenta, campeón. Creo que tú y yo vamos a entendernos estupendamente.
Aquello fue suficiente para que Iván decidiera que el director del colegio de su hermana era una persona digna de confianza.
Le enseñó inmediatamente la caja que llevaba en las manos y le explicó que había elegido los churros más grandes porque su madre le había permitido señalar cuáles quería.
Desayunamos los cuatro alrededor de la mesa del comedor. Mi madre se encargó de repartir el chocolate mientras Alexander servía los churros y ayudaba a Iván a colocarse una servilleta sobre las piernas.
Yo intenté mantener una conversación razonablemente normal, aunque cada vez que ella miraba hacia nosotros encontraba en su expresión una curiosidad que prometía convertirse en interrogatorio en cuanto tuviera oportunidad.
—¿Y llevas mucho tiempo dirigiendo el colegio? —le preguntó mientras removía el chocolate.
—Qué va, muy poco.
—Pues Claudia está encantada allí, ¿verdad, hija?
—Muchísimo, mamá.
—Aunque trabaja demasiado. Siempre se lo digo.
—En eso estamos de acuerdo —respondió Alexander—. A veces hay que recordarle que también tiene derecho a descansar.
Mi madre asintió con entusiasmo, encantada de haber encontrado un aliado.
—¡Eso mismo le digo yo! Pero no hay manera. Siempre está haciendo cosas.
—Qué maravilla —murmuré—. Habéis tardado diez minutos en formar una asociación contra mí.
—Podríamos reunirnos una vez al mes —propuso él—. Levantar acta y todo.
—Yo me encargo de los churros —añadió mi madre.
Iván empezó a reírse sin comprender del todo la broma, aunque decidió que también quería participar.
—¡Y yo llevo a Titán!
—Perfecto —celebró Alexander—. Ya tenemos la junta directiva completa.
A pesar de encontrarme todavía bastante floja, terminé riéndome con ellos.
Había algo agradable en aquella escena improvisada, aunque me resultaba extraño ver a Alexander compartiendo mesa con mi madre y mi hermano.
Hasta entonces, nuestra relación había transcurrido en un territorio bastante privado, alejado de las complicaciones familiares. Aquella mañana, sin embargo, parecía haber decidido instalarse en mi vida con una naturalidad que me desconcertaba y me gustaba a partes iguales.
Cuando terminamos de desayunar, mi madre empezó a recoger los platos y comentó que tenía que marcharse pronto.
—Por cierto, Claudia, se me había olvidado decirte que hoy tengo un funeral.
Levanté la cabeza, sorprendida.
—¿Un funeral?
—Sí, hija. Ha fallecido la madre de mi peluquera y tengo que ir a acompañarla. Pensaba dejarte a Iván después del desayuno porque me he comprometido a ir al tanatorio, pero viendo que estás enferma y tienes visita, me lo llevaré conmigo.
—Mamá, no puedes llevarte al niño a un funeral porque no tengas con quién dejarlo.
—Pues llamaré a una vecina o buscaré a alguien. No te preocupes.
Iván, que estaba sentado junto a Alexander enseñándole unos dibujos que llevaba en una pequeña libreta, levantó la cabeza al escuchar aquello.
—¿Entonces no me quedo con mi hermana?
—Hoy está malita, cariño —le explicó mi madre—. Otro día vienes a jugar.
—Pero yo quería quedarme con Titán.
Alexander dejó la libreta sobre la mesa y miró a mi madre.
—Si no tiene inconveniente, puede quedarse aquí.
Los tres lo miramos al mismo tiempo. Él prosiguió.
—Que Iván puede quedarse con nosotros. Claudia necesita descansar, pero yo estoy perfectamente y no tengo ningún plan para hoy.
Mi madre pareció debatirse entre aceptar aquella solución y considerar que estaba abusando de la confianza de un hombre al que acababa de conocer.