Capítulo 17 #2
La pregunta me sorprendió porque no había sonado a reproche. Me acomodé bajo la manta y lo vi desaparecer hacia la cocina, donde empezó a discutir con Titán sobre la inconveniencia de introducir el hocico en el cubo de la basura.
—¡Y no le des croquetas! —grité desde el salón.
—¡Estamos manteniendo una conversación privada!
Sonreí y apoyé la cabeza en el respaldo.
Aquel hombre tenía una facilidad extraordinaria para convertir cualquier situación cotidiana en algo agradable, incluso cuando yo me encontraba hecha un desastre, llevaba un pijama viejo y tenía la nariz tan roja que habría podido trabajar guiando el trineo de Papá Noel.
Cenamos en el salón, con los platos sobre una bandeja y una película que ninguno de los dos estaba siguiendo demasiado. La crema me sentó de maravilla y conseguí comer dos croquetas antes de rendirme.
Alexander recogió todo sin permitirme mover un dedo y regresó con una infusión de miel y limón que me hizo arrugar la nariz.
—Esto sabe a remedio de abuela.
—Las abuelas llevan siglos perfeccionando sus métodos. Un poco de respeto.
—Mi abuela habría añadido un chorrito de coñac.
—Pues tu abuela sabía vivir.
Después de cenar me tomé el paracetamol que tenía en casa, siguiendo las indicaciones del envase, y me tumbé junto a él.
Alexander se acomodó en el sofá y me invitó a apoyar la cabeza sobre sus piernas, de manera que terminó acariciándome el pelo mientras yo intentaba prestar atención a la película.
Titán se instaló a nuestros pies, satisfecho con aquella distribución de la familia, y durante un buen rato solo se escucharon las voces de los actores y algún comentario mío sobre lo poco creíble que resultaba el argumento.
—¿Sabes qué es lo peor de estar enferma? —le pregunté cuando apareció una escena especialmente disparatada.
—¿La voz de camionero que se te está poniendo?
—No, idiota. Que te vuelves sentimental.
—Eso sí que es preocupante.
Le di un pequeño golpe en la rodilla y levanté la cabeza para mirarlo.
—Gracias por venir.
Dejó de acariciarme durante un instante, sorprendido quizás por la seriedad con la que había pronunciado aquellas palabras.
—No tienes que darme las gracias, Claudia.
—Ya, pero quiero hacerlo. Has venido cargado de cosas, me has preparado la cena y estás aquí viendo una película espantosa cuando podrías estar haciendo cualquier otra cosa.
—Podría estar en casa viendo una película espantosa sin ti. No me parece un plan mejor.
—Además, vas a contagiarte.
—Correré ese riesgo.
Volví a acomodarme sobre sus piernas y él continuó acariciándome con una delicadeza que terminó por vencer las pocas fuerzas que me quedaban. Debí de quedarme dormida poco después, porque cuando abrí los ojos la película había terminado y Alexander estaba hablando en voz baja con Titán.
—Tu mamá humana está hecha polvo, amigo. Vamos a tener que portarnos bien esta noche.
—Te estoy oyendo —murmuré.
—Entonces sabes que he estado hablando maravillas de ti.
Miré el reloj. Pasaban de las once y tenía la garganta tan seca que me costaba tragar. Alexander me ayudó a incorporarme y fue a buscar agua mientras yo intentaba despejarme. Cuando regresó, volvió a tomarme la temperatura y comprobó que había bajado un poco.
—Treinta y ocho con dos. Vamos mejor.
—Milagro. ¿Crees que mañana podré volver a hacer vida normal? Tengo que corregir exámenes.
—Creo que mañana deberías descansar y dejar de pensar en todo lo que tienes pendiente.
—Eso es mucho pedir.
—Lo sé. Por eso voy a quedarme para vigilarte.
Me acompañó hasta el dormitorio y esperó mientras me lavaba los dientes y me cambiaba la camiseta del pijama, que había terminado empapada de sudor.
Cuando salí del baño, lo encontré colocando un vaso de agua y los pañuelos sobre la mesilla. También había dejado el termómetro a mano y estaba buscando un sitio donde enchufar el cargador de su teléfono.
—Te estás instalando —observé.
—He pensado solicitar el empadronamiento, pero quizás sea precipitado.
—Bastante. Primero tendrás que superar una entrevista con Titán.
—Creo que voy bien encaminado. Me ha dejado tocarle su juguete favorito.
—Eso es más de lo que consigue la mayoría.
Se acercó, me rodeó la cintura y me dio un beso breve en los labios. Intenté apartarme al recordar que estaba enferma, pero me retuvo lo justo para acariciarme la espalda.
—No te preocupes tanto por contagiarme.
—Cuando estés con tela de fiebre y llorando porque te duele hasta el espinazo, recordaré esta conversación.
—¿Me cuidarás?
—Te compraré un termómetro. No prometo nada más.
Su carcajada me acompañó hasta la cama.
Aquella noche no tuvo nada que ver con las anteriores que habíamos compartido.
Me encontraba demasiado cansada para pensar en otra cosa que no fuera dormir y Alexander parecía decidido a conseguir que descansara.
Se puso una camiseta y unos pantalones cómodos, apagó la luz principal y se acostó a mi lado, dejando espacio suficiente para que pudiera moverme sin sentirme agobiada.
Sin embargo, fui yo quien terminó buscándolo.
Me acerqué hasta apoyar la cabeza sobre su hombro y pasé un brazo por su cintura. Él me acomodó contra su cuerpo, cubrió mis piernas con el edredón y empezó a acariciarme el brazo mientras yo escuchaba su respiración.
—¿Estás cómoda? —me preguntó.
—Mucho.
—Pues duerme, preciosa.
Cerré los ojos y permanecí un rato disfrutando de aquella cercanía. Había pasado tanto tiempo convencida de que querer a alguien significaba estar siempre pendiente de sus necesidades que me costaba aceptar que una persona pudiera encontrar placer en ocuparse de las mías.
Con Aitor había aprendido a justificar ausencias, disculpar desatenciones y celebrar gestos insignificantes. Alexander, en cambio, había cruzado media ciudad con una cena preparada y una mochila porque yo tenía fiebre.
No necesitaba comparar a los dos hombres para comprender que algo estaba cambiando dentro de mí, pero aquella noche resultaba imposible no hacerlo.
—Alexander —lo llamé cuando creía que ya estaba dormido.
—Dime.
—Me gusta que estés aquí.
Me acarició el pelo y me besó en la coronilla.
—A mí también me gusta estar aquí.
—Aunque esté hecha un desastre.
—Especialmente porque estás hecha un desastre. Así tengo la oportunidad de demostrarte mis extraordinarias habilidades como enfermero.
Solté una risita que terminó en otro acceso de tos. Se incorporó enseguida, me acercó el agua y esperó a que pudiera respirar con normalidad antes de ayudarme a tumbarme de nuevo.
—Mañana, si sigues con fiebre o te encuentras peor, buscamos atención médica —me advirtió.
—Sí, papá.
—No me llames así, por favor. Me haces sentir viejísimo.
—Entonces deja de darme órdenes.
—Trato hecho. Ahora intenta dormir.
Me acomodé otra vez contra él y, antes de cerrar los ojos, me permití disfrutar de una idea que llevaba toda la tarde rondándome la cabeza.
Quizás lo que más me gustaba de Alexander no fueran sus besos, ni su manera de hacerme reír, ni siquiera esa atracción que nos había complicado la existencia desde el principio.
Quizás fuera la facilidad con la que conseguía que mi casa, mi perro y mis pequeñas rutinas parecieran formar parte de algo que estábamos construyendo juntos.
A las tres de la madrugada me desperté con frío. Debí de moverme bastante porque él abrió los ojos en cuanto intenté buscar otra manta.
Me preguntó cómo me encontraba, comprobó que no tenía fiebre alta y fue a buscarme una manta más ligera para sustituir el edredón, que me estaba haciendo sudar demasiado. Después me acompañó al baño y esperó despierto hasta que volví a acostarme.
—Te estoy dando una noche estupenda —le comenté, avergonzada por tantas molestias.
—La próxima vez me llevas a bailar. Hoy nos conformamos con esto.
—¿No te arrepientes de haberte quedado?
Se volvió hacia mí y me apartó un mechón de pelo que se me había pegado a la mejilla.
—Claudia, quería quedarme contigo. No he venido esperando que me entretuvieras.
Aquella respuesta consiguió emocionarme de una forma inesperada. Le acaricié la cara y lo besé con suavidad, agradecida por su paciencia y por aquella manera tan sencilla de querer estar a mi lado.
—Eres un encanto —le susurré.
—No difundas esa información. Tengo una reputación que mantener.
Me reí bajito y me acurruqué de nuevo junto a él. Titán, que había pasado buena parte de la noche dormido en su cama, decidió entonces que también merecía participar en aquella reunión familiar y apareció junto al colchón con su juguete entre los dientes.
—Ni se te ocurra —le advertí.
Alexander soltó una carcajada y estiró el brazo para acariciarle la cabeza.
—Mañana jugamos, campeón. Ahora tenemos que cuidar de esta preciosidad.
Titán dejó el juguete en el suelo, dio un par de vueltas y terminó acomodándose junto a la cama.
Poco después volví a dormirme, abrazada a un hombre que había renunciado a su viernes por la noche para prepararme una cena, traerme un termómetro y asegurarse de que no me faltara agua.
Y, mientras el sueño terminaba de vencerme, pensé que llevaba demasiado tiempo huyendo del amor. Aquella noche, sin declaraciones espectaculares ni promesas imposibles, Alexander había conseguido algo mucho más importante.
Me había hecho sentir cuidada. Y empezaba a sospechar que podría acostumbrarme a ello.