A un beso de volver a creer Capítulo 17
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Capítulo 17

La semana había sido un tanto caótica, aunque, teniendo en cuenta los acontecimientos de los últimos días, quizás debería haber agradecido que mi mayor preocupación del viernes fuera el dolor de garganta que llevaba arrastrando desde el miércoles.

Había pasado días intentando acostumbrarme a una realidad que jamás habría imaginado: Alma, la misma mujer que se había acostado con mi novio a mis espaldas, también había sido víctima de un hombre al que yo había querido durante años.

Saber que Aitor la había maltratado no borraba lo que ambos me hicieron, pero había conseguido introducir una emoción nueva en aquel revoltijo de rabia y resentimiento que todavía me acompañaba.

Compasión. Una palabra que me fastidiaba bastante tener que relacionar con ella.

Durante toda la semana apenas habíamos intercambiado los saludos imprescindibles.

Un buenos días cuando coincidíamos por la mañana, alguna pregunta relacionada con cualquier asunto doméstico y poco más.

Había momentos en los que me sorprendía observándola de reojo, tratando de descubrir señales de aquel sufrimiento que me había confesado, pero en cuanto se daba cuenta de que la miraba, encontraba cualquier excusa para marcharme.

Todavía no estaba preparada para sentarme a su lado, preguntarle cómo se encontraba y comportarme como la hermana que había sido antes de que nuestra familia saltara por los aires.

El viernes, poco antes del mediodía, me encontró en la sala de profesores intentando prepararme una infusión.

Llevaba un buen rato peleándome con el envoltorio de una bolsita de manzanilla porque tenía los dedos helados y una sensación bastante desagradable de estar funcionando a medio gas.

—Tienes muy mala cara —me comentó desde la puerta.

Levanté la cabeza y la examiné por encima de la taza. Llevaba unos pantalones anchos y una camiseta que parecía quedarle dos tallas grandes. Tenía unas ojeras considerables y el rostro más pálido de lo habitual.

—Pues tú tampoco la tienes para tirar cohetes, nena. Estamos para anunciarnos juntas en una funeraria.

Esbozó una sonrisa que apenas le duró un instante.

—Lo decía porque pareces enferma.

—Y yo lo decía porque pareces recién salida de una película de zombis. Cada una tiene su manera de preocuparse por la otra.

Me arrepentí un poco de la última frase, porque había sonado bastante más afectuosa de lo que pretendía. Alma debió de advertirlo también, aunque tuvo el buen criterio de no aprovechar aquella pequeña concesión.

—¿Te duele algo?

—La garganta, la cabeza y la paciencia, aunque esto último es crónico.

—Podrías tomarte algo y descansar.

—Gracias, doctora. ¿La consulta se paga con tarjeta?

Esta vez sonrió de verdad, y durante unos segundos reconocí a la hermana con la que había compartido tantas tonterías antes de que nuestras vidas se complicaran.

Después se llevó una mano al vientre y se apartó para dejarme pasar. Aquel gesto, tan natural en una embarazada, me recordó que dentro de ella crecía un bebé cuyo padre era el hombre que había destrozado nuestra relación.

—Cuídate, Claudia —me pidió.

Asentí sin contestarle y me marché con la infusión entre las manos, molesta conmigo misma por no haber sido capaz de devolverle aquella preocupación sin esconderla detrás de una impertinencia.

Cuando llegué a casa, Titán me recibió con su entusiasmo habitual, aunque debió de detectar que no estaba para grandes celebraciones porque, después de olisquearme las piernas y comprobar que no llevaba ningún premio comestible, se conformó con acompañarme hasta el sofá.

Me quité los zapatos, me envolví en una manta y decidí que aquella tarde iba a dedicarla a la noble actividad de no hacer absolutamente nada.

A las cinco y media me despertó el teléfono. Alexander.

—Hola, preciosa. ¿Qué planes tienes esta tarde? —me preguntó con ese tono suyo que siempre conseguía mejorarme el humor.

—Morirme, probablemente. Aunque todavía no he decidido si antes o después de cenar.

—¿Y esa voz de ultratumba?

—Estoy pachucha. Creo que me estoy acatarrando más de lo que tenía previsto.

—¿Tienes fiebre?

—Tengo frío, me duele todo y estoy empezando a considerar la posibilidad de que me hayan atropellado mientras dormía.

—Eso último parece poco probable. ¿Te has tomado la temperatura?

—No tengo termómetro.

—¿Has comido?

Miré hacia la cocina, donde seguía esperando el plato que había dejado preparado al mediodía.

—Una cantidad perfectamente razonable de alimentos.

—Claudia.

—Dos galletas. Pero eran grandes.

Lo escuché reírse al otro lado de la línea y sonreí a pesar del dolor de cabeza.

—Te llamaba para invitarte a merendar, pero veo que hoy no estás para salir.

—Ni para salir ni para entrar. Me encuentro fatal, Alexander. Lo dejamos para mañana, ¿vale?

—Claro. Tú descansa.

Antes de despedirse me preguntó si necesitaba algo, y le aseguré que tenía todo lo imprescindible.

Cuando colgué, dejé el móvil sobre la mesa y cerré los ojos, convencida de que dormir un par de horas me devolvería a la vida.

No había transcurrido ni una hora cuando Titán empezó a ladrar hacia la puerta. Intenté ignorarlo, pero el timbre terminó de arruinar mis posibilidades de descanso.

Me incorporé con un gruñido, arrastré los pies hasta la entrada y abrí sin molestarme en comprobar quién había decidido interrumpir mi agonía.

Alexander apareció cargado con dos bolsas de supermercado, una mochila de viaje y una expresión de satisfacción que me hizo sospechar que llevaba un buen rato organizando aquella invasión.

—Servicio de asistencia a domicilio —anunció—. ¿Es aquí donde vive una chica que se alimenta regular?

Lo contemplé durante unos segundos, tratando de asimilar aquella aparición.

—¿Qué haces aquí?

—Traerte la cena, comprobar que sigues respirando y evitar que mueras de una intoxicación por manzanilla.

Titán se lanzó a saludarlo con semejante entusiasmo que una de las bolsas estuvo a punto de acabar en el suelo. Alexander consiguió sujetarla, dejó la mochila a un lado y se agachó para acariciar al perro.

—Hola, grandullón. ¿Cómo tenemos a nuestra enferma?

—Nuestra enferma tiene nombre y está delante de vosotros —protesté mientras me apartaba para dejarlo entrar—. Además, podría contagiarte.

—He sobrevivido a cosas peores.

—Eso dicen todos los hombres antes de enfrentarse a un catarro.

Me dio un beso en la mejilla y, antes de que pudiera reaccionar, me rozó la frente con los labios.

—Estás ardiendo.

—Es mi atractivo natural.

—Pues vamos a comprobar cuánto atractivo tienes exactamente.

Sacó de una de las bolsas un termómetro digital, una caja de pañuelos, miel, limones y varios productos que fue depositando sobre la mesa del comedor.

En la otra llevaba una cena que, por el aspecto de los recipientes, prometía ser bastante más elaborada que mis dos galletas.

—¿Has comprado un termómetro para mí?

—No. Colecciono instrumental médico. Tengo una báscula para bebés y un tensiómetro antiguo en casa.

Me reí, aunque la carcajada terminó convertida en un ataque de tos que lo hizo acercarse para sujetarme por los hombros.

—Anda, siéntate. Vamos a ver esa fiebre.

Obedecí con bastante menos resistencia de la habitual y me coloqué el termómetro bajo la axila mientras él recogía las cosas y llevaba la comida a la cocina. Cuando sonó el pitido, apareció enseguida.

—Treinta y ocho con nueve —leyó—. Pues sí que estás malita.

—¿Ves? Y tú pensando que exageraba.

—Jamás se me ocurriría acusarte de exagerada. Sería una injusticia tremenda.

Me quitó el aparato de la mano, me acarició la mejilla y preguntó qué había tomado para encontrarme mejor.

Le expliqué que nada todavía, porque había pasado la tarde dormitando y ni siquiera había comprobado si tenía fiebre.

—Voy a prepararte algo de cenar y después vemos qué necesitas. ¿Tienes algún medicamento que suelas tomar?

—Paracetamol, creo. En el armario del baño.

—Perfecto. Pero primero vamos a conseguir que comas algo.

Lo observé dirigirse a la cocina y me llamó la atención la naturalidad con la que empezó a desenvolverse por mi casa.

No necesitó que le explicara dónde estaban los platos ni preguntó qué debía hacer con Titán, que lo seguía de una habitación a otra convencido de que aquellas bolsas contenían alguna recompensa para él.

Alexander había estado ya allí, pero aquella tarde su presencia resultaba distinta. No había venido a buscarme para salir, a pasar unas horas conmigo ni a terminar la noche entre mis sábanas. Había aparecido porque estaba enferma y quería cuidarme.

Y aquella circunstancia, por algún motivo, me conmovía más de lo que estaba dispuesta a digerir.

—Por cierto —le comenté cuando regresó con un vaso de agua—, ¿qué llevas en esa mochila?

—Ropa.

—Eso ya lo imaginaba, Sherlock. Me refiero a por qué has traído ropa.

—Porque voy a quedarme esta noche.

Abrí la boca, pero se adelantó a mi protesta.

—Antes de que empieces, mañana es sábado, no tengo que madrugar y tú tienes fiebre. Puedo dormir en el sofá si prefieres estar sola porque preveas que descansarás mal, aunque Titán y yo tendremos que negociar quién ocupa más espacio.

—No hace falta que duermas en el sofá.

La respuesta me salió tan deprisa que tuve que disimular bebiendo un poco de agua. Él sonrió, dejó el vaso sobre la mesa y se inclinó para besarme el pelo.

—Entonces asunto resuelto. Tú eliges la película y yo me encargo del resto.

—¿Y si ronco?

—Te grabaré para chantajearte cuando estés recuperada.

—Eres un hombre horrible.

—Pero he traído croquetas.

Aquello mejoró considerablemente mi opinión sobre él.

La cena resultó ser una crema de verduras que había preparado en su casa, acompañada de unas croquetas caseras y un pequeño recipiente con arroz blanco por si tenía el estómago revuelto.

Mientras calentaba la comida, me obligó a permanecer sentada en el sofá, aunque yo insistí varias veces en que podía ayudarlo.

—Claudia, llevas diez minutos intentando levantarte y otros diez quejándote de que te duele todo. ¿Por qué no pruebas a dejar que alguien haga algo por ti?