A un beso de volver a creer Capítulo 16
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Capítulo 16

A la mañana siguiente me desperté unos segundos antes que Alexander y aproveché aquella pequeña ventaja para observarlo sin que pudiera acusarme de nada.

Dormía boca abajo, con un brazo extendido hacia mi lado de la cama y la sábana cubriéndole apenas la cintura, y tuve que reconocer que despertar allí empezaba a gustarme bastante más de lo conveniente.

La noche anterior se había prolongado hasta una hora indecente, así que debería haber estado deseando volver a casa, darme una ducha, ponerme ropa cómoda y recuperar mi domingo; sin embargo, cuando Alexander abrió los ojos y me encontró mirándolo, mi primer pensamiento no tuvo ninguna relación con marcharme. Aunque tuviera que hacerlo por Titán.

Sonrió todavía medio dormido, acercó una mano hasta mi cintura y tiró de mí hasta pegarme a su cuerpo, dispuesto aparentemente a convertir la mañana en una continuación de la noche.

Tuve que recordarle, entre risas y besos, que llevaba demasiadas horas fuera de casa y que había un ser vivo gigantesco esperando mi regreso.

Titán había pasado la noche con mi madre, solución por la que optaba a veces cuando sabía de antemano que no volvería a dormir a casa, aunque a esas horas ya estaría de nuevo en mi apartamento porque mi madre tenía copia de las llaves y disfrutaba devolviéndomelo temprano para evitar que el señor se acomodara demasiado en su salón.

Cuando se lo expliqué, Alexander se incorporó con un interés inmediato.

Llevaba semanas oyéndome hablar del perro, había visto fotografías y parecía fascinado por la contradicción entre mis poco más de metro sesenta y aquel animal descomunal que, puesto sobre las patas traseras, podía convertirme prácticamente en un accesorio.

—Entonces hoy lo conozco —resolvió mientras buscaba su ropa por el dormitorio—. Ya está bien de mantener una relación contigo sin haber superado la aprobación familiar.

Me puse su camiseta mientras localizaba el vestido de la noche anterior y le expliqué que la aprobación familiar era una expresión excesiva, sobre todo porque todavía no pensaba presentárselo a mi madre; conocer a Titán, en cambio, podía considerarse una prueba preliminar.

Alexander quiso saber si el perro mordía y le aseguré que solo a los directores de colegio, lo que consiguió que me lanzara una almohada antes de entrar en el baño.

La escena resultaba tan sencilla que tardé un momento en reparar en ello: estábamos recogiendo la ropa del suelo, bromeando sobre mi perro y organizando espontáneamente la mañana, sin esa incomodidad que a veces aparecía después de pasar una noche con alguien cuando ninguno sabía exactamente cuánto debía durar el “después”.

Con Alexander, en cambio, siempre parecía surgir otra cosa que hacer juntos.

Salimos poco después de las diez.

Habíamos desayunado café y unas tostadas en su cocina y, durante el trayecto, fui dándole instrucciones completamente innecesarias sobre cómo debía comportarse con Titán.

Que no se abalanzara sobre él, que dejara que lo oliera primero, que no intentara demostrar ninguna clase de autoridad masculina porque mi perro no respetaba conceptos tan primitivos y, sobre todo, que no se sintiera humillado si después de conocerlo decidía ignorarlo.

Alexander escuchó todo con una seriedad total y, al llegar a mi calle, me preguntó si debía llevar algún currículum o bastaba con las referencias profesionales.

—Te estás riendo, pero Titán tiene muchísimo criterio con la gente. Si no le gustas, tendré que reconsiderar seriamente esto.

Alexander aparcó y se volvió hacia mí antes de quitarse el cinturón.

—¿Esto?

Había pronunciado la palabra con suficiente intención para que yo comprendiera que acababa de meterme sola en un terreno que no quería explorar a las diez y poco de la mañana.

Me incliné para coger el bolso de la parte trasera y aclaré que “esto” significaba su candidatura a amigo de mi perro, nada más.

Alexander no insistió, aunque su sonrisa permaneció durante todo el camino hasta el portal.

Titán supo que yo estaba al otro lado antes de que terminara de abrir.

Escuché sus uñas contra el suelo y apenas tuve tiempo de entrar cuando aquella mole color chocolate apareció por el pasillo moviendo la cola con tanta violencia que golpeó una pared.

Me agaché para recibirlo y durante unos segundos desaparecí prácticamente detrás de su cabeza mientras intentaba lamerme la cara, olfatearme entera y reprocharme al mismo tiempo las horas de abandono.

Alexander se quedó junto a la puerta, contemplando la escena con una mezcla de diversión y asombro que aumentó cuando conseguí apartarme y Titán reparó en él.

El perro dejó de mover la cola.

—No hagas nada —le advertí a Alexander mientras me levantaba—. Deja que vaya él.

Titán avanzó dos pasos y empezó la inspección.

Olfateó primero sus zapatos, después los vaqueros y finalmente la mano que Alexander había dejado relajada junto al cuerpo.

Él no intentó acariciarlo hasta que el perro se acercó por segunda vez; entonces extendió despacio los dedos y le rozó la cabeza.

Titán permitió el contacto, volvió a olfatearlo y, ante mi absoluta indignación, terminó empujando el hocico contra su mano para exigir más.

—No puede ser —protesté mientras Alexander empezaba a acariciarlo detrás de las orejas—. Esto ha sido demasiado rápido. Normalmente se hace más de rogar.

Alexander me miró por encima de la enorme cabeza.

—Será que tengo algo especial.

—Será que hueles a desayuno.

Titán decidió en aquel momento que ya eran íntimos y apoyó buena parte de su peso contra las piernas de Alexander.

Lo vi reajustar la postura para no perder el equilibrio y me entró la risa, porque una cosa era observar al perro en fotografías y otra descubrir que su cariño tenía consecuencias físicas.

Alexander consiguió mantenerse en pie y empezó a rascarle el cuello con las dos manos, aparentemente encantado, mientras yo dejaba el bolso y me quitaba los zapatos de la noche anterior.

Cuando volví a mirarlos, Titán ya había llevado hasta él una de sus pelotas.

Aquello era una declaración de amor.

—Fantástico. A mí me abandonas una noche y al señor que aparece conmigo le entregas inmediatamente tus bienes.

Alexander cogió la pelota y la examinó.

—Es evidente que sabe reconocer a una buena persona.

—No saques conclusiones precipitadas. También le cae bien el repartidor de Amazon.

Necesitaba cambiarme antes de sacarlo, así que dejé a ambos en el salón y fui al dormitorio.

Me quité el vestido, me duché rápidamente y escogí unos leggings, una sudadera ligera y deportivas.

Cuando regresé unos quince minutos después, encontré una imagen que me hizo detenerme en la puerta: Alexander estaba sentado en el suelo junto al sofá y Titán se había tumbado a su lado, con aquella cabeza enorme descansando sobre uno de sus muslos mientras recibía caricias.

No sé qué me impresionó más, si la velocidad con la que mi perro había desertado o la naturalidad con la que Alexander estaba allí, en mitad de mi salón, hablando con él en voz baja.

—¿De qué habláis?

—De ti.

—Espero que Titán te haya advertido.

—Me ha contado cosas bastante graves.

Me acerqué para enganchar la correa y el perro se levantó en cuanto la vio.

La emoción habitual del paseo convirtió los siguientes minutos en una operación logística: Titán corría hacia la puerta, regresaba, intentaba sacar él mismo la correa de mis manos y daba vueltas alrededor de Alexander, que empezó a comprender por qué salir de casa con aquel animal requería cierta preparación.

Cuando por fin bajamos, le ofrecí la correa con una sonrisa inocente.

—Adelante. Ya que os habéis hecho tan amigos.

Alexander la cogió sin sospechar nada.

Titán vio una paloma.

El tirón lo desplazó medio paso hacia delante y yo estallé en carcajadas.

—¡Titán! —lo reprendí cuando conseguí hablar—. Eso vuela y tú no. ¿Cuántas veces tenemos que hablarlo?

Alexander recuperó la posición y me miró.

—Podías haberme avisado.

—¿Y perderme esto?

—Empiezo a entender por qué tienes los brazos tan fuertes.

Caminamos hacia el parque mientras el barrio terminaba de despertarse. Era una mañana agradable y había familias en las terrazas, niños con bicicletas y varios perros que obligaron a Titán a detenerse cada pocos metros.

Alexander continuó llevando la correa y, después de los primeros tirones, empezó a entender cómo manejarlo.

Yo caminaba a su lado observándolos de vez en cuando y sintiendo una satisfacción extraña, difícil de colocar. Aquel paseo pertenecía a mi vida cotidiana.

No era una cena preparada ni una noche en su casa; era mi barrio un domingo, mi perro intentando investigar cada árbol y yo sin maquillaje, con el pelo todavía húmedo de la ducha. Que Alexander encajara allí con tanta facilidad me producía una sensación mucho más íntima de lo que esperaba.

Nos detuvimos en una cafetería para comprar dos cafés y seguimos caminando con los vasos en la mano.

Alexander me contó que de niño había querido tener perro, aunque en su casa nunca se lo permitieron, y admitió que Titán probablemente excedía bastante la fantasía original.

Después quiso saber cómo había terminado conmigo un animal semejante. Conocía la existencia de Aitor, pero no todos los detalles, y tuve que explicarle que Titán había sido originalmente suyo, aunque acabó quedándose conmigo cuando todo terminó.

No convertí aquello en una historia triste; hacía mucho que había dejado de verlo de esa manera. Si Aitor me había dejado algo bueno, estaba en ese momento intentando meter la cabeza dentro de una papelera porque había olido un envoltorio.

Alexander lo apartó antes de que yo llegara.

—Definitivamente salió ganando contigo —comentó mientras volvía a colocar bien la correa.

No añadió nada más y se lo agradecí. No necesitaba transformar cada mención de Aitor en una conversación profunda. Continuamos andando, hablamos de otras cosas y, cuando emprendimos el regreso, Titán caminaba ya junto a Alexander con una obediencia que conmigo rara vez mostraba.

Al llegar a casa, me quité la sudadera y fui directa a la cocina a beber agua mientras Alexander soltaba a Titán, que se dirigió a su cama y cayó rendido con un suspiro dramático.

Pensé que él se marcharía entonces. Habíamos pasado la mañana juntos, ya conocía al perro y yo necesitaba preparar algo de comer, pero cuando mencioné que iba a improvisar un almuerzo, abrió la nevera sin pedir permiso y examinó el contenido.

—Tienes comida para alimentar a un ejército y ninguna idea de qué hacer con ella.

—Tengo muchísimas ideas.

—¿Cuáles?

—Pedir algo.

Alexander se echó a reír y empezó a sacar ingredientes. Me informó de que, después de haber criticado mis hábitos en el supermercado, tenía una responsabilidad moral con aquellas compras y que podía preparar pasta si yo me ocupaba de poner la mesa.

Quise recordarle que no lo había invitado a almorzar, pero ya estaba buscando una olla y preguntándome dónde guardaba el aceite.

Y no quise echarlo. Eso fue lo verdaderamente revelador.

Mientras Alexander cocinaba, yo corté algunas cosas para una ensalada y puse música desde el móvil.

Nos movíamos por una cocina que no estaba pensada para dos personas trabajando a la vez, de modo que nos rozábamos constantemente y, cada vez que ocurría, alguno encontraba una excusa para convertirlo en algo más.

Un beso rápido cuando fui a buscar un plato, una mano alrededor de mi cintura mientras abría un cajón, sus labios en mi cuello durante el tiempo exacto para conseguir que olvidara qué estaba haciendo.

Sin embargo, la mañana no volvió a convertirse en sexo ni lo necesitó. Había algo distinto en aquella intimidad doméstica, una cercanía que no dependía de terminar en una cama para resultar excitante.

Almorzamos con Titán tumbado junto a la mesa esperando que alguno sucumbiera al chantaje emocional de sus ojos.

Alexander le dio a escondidas un pequeño trozo de comida y lo descubrí inmediatamente.

Lo acusé de corromper a mi perro durante su primer día y él argumentó que estaba consolidando relaciones diplomáticas.

Terminé riéndome mientras Titán se acomodaba a sus pies con la satisfacción del animal que acababa de identificar al miembro más débil de la pareja.

La palabra apareció en mi cabeza sin permiso. Pareja. La aparté antes de que pudiera instalarse.

Después de comer, Alexander recogió los platos conmigo y se empeñó en fregar porque había cocinado utilizando aproximadamente todos los utensilios disponibles.

Yo preparé café y lo llevé al salón, donde Titán ya había recuperado suficiente energía para volver a buscar su pelota.

Cuando Alexander se sentó en el sofá, el perro dejó el juguete sobre sus piernas y él me miró con una resignación divertida antes de lanzárselo hacia el pasillo.

Me senté a su lado.

Alexander pasó un brazo alrededor de mis hombros y me acercó sin interrumpir la conversación que manteníamos.

No hubo ninguna frase importante ni una declaración que me obligara a decidir qué éramos. Solo aquel gesto, el café, Titán atravesando el salón detrás de una pelota y la sensación de que Alexander llevaba allí desde media mañana y todavía no tenía ninguna prisa por irse.

Yo tampoco quería que la tuviera.

Y eso, después de una noche en la que había creído que lo más difícil de manejar sería cuánto lo deseaba, resultó ser una complicación completamente nueva.