A un beso de volver a creer Capítulo 15 #2
60%

Capítulo 15 #2

Cada vez estaba más lanzado conmigo, más libre en la forma de tocarme y más consciente de cuánto me excitaba que tomara la iniciativa.

Aquella noche no había vacilación alguna.

Me guiaba, decidía, me acercaba a él exactamente como quería y, cuando yo intentaba provocarlo recuperando el control, conseguía invertir la situación en cuestión de segundos.

Tuvimos que contenernos para no hacer ruido. Eso lo volvió todo peor. Mucho peor.

La necesidad de callarme consiguió que cada sensación pareciera multiplicarse.

Hundí la cara contra su cuello en un momento determinado y me sostuvo con más fuerza, susurrándome junto al oído algo que terminó de deshacerme.

La intimidad fue rápida, intensa y desordenada, completamente distinta de cualquier cosa que hubiéramos hecho hasta entonces justo porque el lugar no permitía pausas ni delicadezas prolongadas.

Solo deseo acumulado, urgencia y aquella sensación casi adolescente de estar haciendo algo que no debíamos.

Cuando terminó, permanecimos unos segundos abrazados, recuperando el aire.

Después fui yo quien empezó a reírse. Alexander levantó la cabeza y terminó riéndose también, todavía entre mis piernas, mientras yo intentaba explicarle en voz baja que jamás en mi vida había hecho algo semejante y que, si nos expulsaban de un hotel de cinco estrellas, mi madre nunca conocería la verdadera versión de los hechos.

Él me ayudó a bajar de la encimera y entonces apareció la otra parte de Alexander, la que cada vez me desarmaba de una manera más inesperada.

Me arregló la tira del vestido que se había torcido, recogió mi bolso del suelo y, al ver que el labial había quedado prácticamente destruido, buscó dentro hasta encontrarlo y me lo entregó.

Mientras yo me recomponía frente al espejo, se ocupó de sí mismo y después se acercó por detrás para colocarme bien un mechón de pelo. Aquella delicadeza posterior resultaba casi obscena después de lo que acabábamos de hacer.

Salimos con unos segundos de diferencia y nos encontramos junto al ascensor. Había otra pareja esperando, de modo que Alexander mantuvo una actitud impecable mientras descendíamos, aunque al llegar al aparcamiento me agarró de la mano y me llevó hacia el coche.

Durante el trayecto aumentaron las ganas. Cada semáforo parecía durar demasiado y, cuando llegamos a su garaje, apagó el motor y me miró.

No hizo falta ninguna invitación.

La puerta de su casa apenas se había cerrado cuando me tomó de la cintura y me levantó. Esta vez no había necesidad de contenerse ni riesgo de que alguien llamara al baño.

Lo rodeé con las piernas mientras avanzaba conmigo por el salón y su boca encontraba la mía, y comprendí que lo del restaurante no había satisfecho absolutamente nada.

Solo había abierto el apetito.

Me llevó hasta el dormitorio y allí se desató de verdad. La urgencia del baño dejó paso a algo mucho más prolongado, pero no menos intenso.

Se tomó su tiempo conmigo sin perder esa seguridad que cada vez me fascinaba más, combinando una sensualidad casi lenta con momentos en los que volvía a tomarme con una decisión capaz de dejarme sin respiración.

Ya conocía mi cuerpo lo suficiente para saber dónde detenerse, dónde insistir y cómo conseguir que una caricia aparentemente pequeña tuviera un efecto desproporcionado. Y parecía decidido a utilizar todo lo aprendido.

Yo también lo conocía mejor y descubrí que provocarlo me gustaba casi tanto como dejarme llevar.

Cada vez que conseguía hacerle perder parte de aquel control, Alexander reaccionaba recuperándolo con más fuerza; aquello se convirtió en un juego que nos llevó de un extremo al otro de la cama, entre besos, risas ahogadas y una intensidad que parecía crecer en lugar de agotarse.

Perdí la cuenta de cuánto tiempo llevábamos allí y, en algún momento, también dejé de importarme.

Cuando finalmente acabamos rendidos, tenía la sensación de que no podría moverme en una semana.

Alexander desapareció del dormitorio mientras yo permanecía tumbada, incapaz de reunir suficiente energía para preguntar adónde iba. Regresó poco después con agua, una camiseta suya y una pequeña caja blanca.

Reconocí el logotipo de una pastelería que me fascinaba, algo que le comenté días atrás.

Dentro había una porción de la tarta que yo había probado muchas veces y que le dije que era mi preferida.

Me incorporé para mirarlo.

Me entregó primero el agua, esperó hasta que bebí y después abrió la caja sobre la cama, ofreciéndome el primer bocado con el tenedor.

Y aquello, de todas las cosas que habían ocurrido esa noche, fue lo que más me inquietó.

Porque podía entender que quisiera verme cada vez más. Podía entender que yo sintiera exactamente lo mismo. Podía incluso asumir que la atracción entre nosotros hubiera alcanzado el punto de no permitirnos terminar una cena sin acabar encerrados en un baño.

Lo que no sabía manejar era que Alexander pudiera ser el hombre que me hacía perder por completo la cabeza y, al mismo tiempo, el que recordaba qué tarta me había gustado y se preocupaba de llevármela a casa.

El sexo podía complicarme la vida. Aquellos detalles podían hacer algo bastante peor.