A un beso de volver a creer Capítulo 15
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Capítulo 15

El sábado al mediodía estaba intentando decidir si necesitaba dos paquetes de pasta o si aquello empezaba a parecer una preparación innecesaria para una catástrofe cuando alguien me quitó uno de las manos y lo devolvió a la estantería.

Reconocí el reloj antes de volver la cabeza y sonreí casi por reflejo, porque durante aquella semana me había ocurrido algo que no estaba dispuesta a analizar con demasiada profundidad: quería ver a Alexander todo el tiempo.

No significaba que quisiera tenerlo permanentemente pegado a mí ni que hubiera sufrido una transformación repentina en una de esas mujeres que necesitaban mensajes de buenos días y buenas noches para sobrevivir; era algo bastante más sencillo y, quizás por eso, más difícil de combatir.

Cuando llegaba al colegio, buscaba su coche. Si escuchaba su voz en el corredor, levantaba la cabeza.

Cuando pasaban varias horas sin cruzarnos, empezaba a preguntarme dónde estaba y, cada vez que aparecía, sentía esa pequeña sacudida de satisfacción que mi cuerpo parecía experimentar antes de que yo tuviera oportunidad de recordarle que aquel hombre seguía siendo mi jefe.

Alexander llevaba vaqueros, una camiseta oscura y una cesta en la que apenas había cuatro cosas.

Se inclinó para examinar mi carro y decidió que estaba comprando demasiado, porque aquella noche no iba a cenar en casa.

La seguridad con la que lo anunció consiguió que me echara a reír; le pregunté desde cuándo disponía de mis sábados sin consultarme y él, después de devolver también un paquete de galletas enorme que consideró excesivo, me explicó que esta vez habría cena y hasta postre.

Si tenía algún compromiso, lo cancelaría sin problema, añadió, pero la manera en que me miró mientras lo decía revelaba que confiaba bastante en que no existiera ninguno.

Lo irritante era que acertaba. No tenía planes y, en cuanto supe que iba a verlo aquella noche, sentí unas ganas infantiles de que el reloj avanzara siete horas de golpe.

Continuó conmigo por el supermercado y terminó empujando el carro, aunque yo no recordaba haberle concedido semejante responsabilidad.

Discutimos sobre marcas de café, se escandalizó al descubrir que compraba tomate frito de bote y añadió a mi compra unas aceitunas que aseguró que cambiarían mi vida.

Yo le recordé que había ido allí a hacer mi compra, no a recibir una auditoría gastronómica, pero en realidad estaba disfrutando muchísimo.

Aquello era nuevo. Hasta entonces nuestros encuentros fuera del colegio habían estado inevitablemente atravesados por la atracción, por la expectativa de lo que ocurriría después; sin embargo, encontrarlo allí, en mitad de una actividad tan vulgar como llenar el carro un sábado, me permitió descubrir cuánto me gustaba simplemente estar con él.

Alexander conseguía hacerme reír, podía discutir durante cinco minutos por una marca de pasta y, mientras hablaba, tenía la costumbre de tocarme de vez en cuando, una mano breve en la espalda para dejar pasar a alguien o los dedos cerrándose alrededor de mi muñeca cuando pretendía impedir que recuperara algo que había sacado del carro.

Eran gestos pequeños, pero últimamente ninguno de sus contactos parecía pequeño.

Al llegar al final de uno de los pasillos nos quedamos momentáneamente solos y se acercó para decirme que pasaría a recogerme en unas horas y que no le echara demasiado de menos, en tono jocoso.

Su mano se posó en mi cintura mientras me hablaba y permaneció allí más tiempo del necesario; después añadió, cerca de mi oído, que había pensado varias veces en mi vestido negro y que, aunque no pretendía decirme cómo tenía que vestirme, agradecería enormemente que aquella noche volviera a aparecer con uno similar.

Le respondí que acababa de garantizar que eligiera cualquier otra cosa, pero la sonrisa con la que se apartó dejó claro que no me creía.

Antes de marcharse me besó, apenas unos segundos y aprovechando que nadie entraba en el pasillo, aunque fue suficiente para dejarme mirando su espalda mientras se alejaba con la sensación bastante humillante de que unas horas empezaban a parecerme una eternidad.

A las ocho y media llevaba otro vestido negro, igual de sexi.

Había intentado no ponérmelo por una cuestión de principios. Pero no me resistí a hacerlo.

Cuando bajé, me esperaba fuera del coche. La reacción compensó cada minuto que había dedicado a arreglarme, porque interrumpió el movimiento de guardar el teléfono y se quedó observándome mientras me acercaba.

No hizo ningún comentario inmediato ni necesitó hacerlo; sus ojos descendieron por mi cuerpo y regresaron a mi escote, y cuando finalmente me recibió con una mano en la cintura, me besó junto a la comisura de los labios y murmuró que aquello había sido bastante cruel por mi parte.

Le recordé que el vestido había sido idea suya. Admitió el error mientras me abría la puerta del coche y añadió que llevaba toda la tarde imaginándoselo, aunque la realidad acababa de complicarle bastante el propósito de comportarse durante la cena.

El restaurante ocupaba una de las plantas superiores de un hotel de cinco estrellas y, nada más entrar, comprendí por qué había insistido en que aquella vez cenaríamos de verdad.

El comedor tenía una elegancia contemporánea, con grandes piezas de arte en las paredes, mesas amplias separadas entre sí y una terraza desde la que se veía buena parte de la ciudad.

Alexander había pedido una mesa en una zona tranquila, pero no aislada, y durante las dos horas siguientes conseguimos hacer lo que hasta entonces se nos había resistido: cenar de principio a fin.

Lo sorprendente fue que no necesitáramos nada más para pasarlo bien.

Hablamos muchísimo. Me contó algunas historias de su adolescencia que no encajaban en absoluto con la imagen del director responsable que conocía en el colegio y consiguió que me riera tanto con una de ellas que tuve que pedirle que parara mientras bebía.

Quiso saber más de Iván, recordó una anécdota que le había contado sobre mi madre y, cuando mencioné a Titán, aseguró que nuestra siguiente cita debía incluirlo porque consideraba ofensivo que siguiera sin haber sido presentado formalmente al hombre que estaba alterando los horarios de su propietaria.

Precisamente aquella normalidad hizo que la atracción resultara todavía más intensa.

No estuvimos dos horas provocándonos; no era necesario.

Estaba allí debajo de todo. La sentía cuando Alexander me miraba mientras yo hablaba, cuando su mano encontraba la parte baja de mi espalda al regresar a la mesa o cuando nuestras piernas se rozaban debajo del mantel y ninguno se apartaba.

A medida que avanzaba la cena, esos contactos fueron durando más.

Durante el postre, su mano terminó descansando sobre mi rodilla mientras seguíamos conversando, y al principio permaneció quieta, casi inocente; después su pulgar comenzó a acariciar lentamente la piel que quedaba al descubierto bajo el vestido.

Intenté continuar hablando.

No recuerdo de qué.

Alexander sí, porque seguía respondiendo con absoluta normalidad mientras sus dedos avanzaban despacio por mi muslo. Aquello empezó a parecerme de una crueldad extraordinaria.

Cerré la mano sobre su muñeca por debajo de la mesa y él se detuvo, aunque al comprobar que no lo apartaba entendió perfectamente el mensaje.

Su mirada descendió un instante hacia mi boca antes de regresar a mis ojos y, durante los minutos siguientes, mantuvo la mano exactamente donde estaba, acariciándome con una lentitud que consiguió que dejara de saborear cualquier cosa que estuviera comiendo.

Cuando el camarero retiró los platos, Alexander pidió la cuenta.

No comentó el motivo. Yo tampoco.

Antes de marcharnos fui al baño. Necesitaba arreglarme el labial y, sobre todo, unos minutos lejos de sus manos para recuperar una apariencia humana.

El baño de mujeres estaba vacío; me miré al espejo, recompuse el maquillaje y respiré hondo antes de salir. Había conseguido recuperar cierta sensatez cuando lo encontré esperándome en el corredor que comunicaba los aseos con el comedor.

La perdí inmediatamente.

No dijo nada. Caminó hacia mí, me cogió de la cintura y me besó.

Fue un beso breve al principio, casi contenido por el lugar, pero cuando mis manos se cerraron alrededor de su chaqueta dejó de serlo.

Alexander me hizo retroceder unos pasos hasta una puerta situada al otro lado del corredor, comprobó que se trataba de un baño individual y entramos. Apenas había terminado de cerrar cuando volvió a buscarme y esta vez toda la contención de la mesa desapareció.

Me llevó contra la pared mientras me besaba con una intensidad que me dejó sin aire, recorriendo mi cintura con las manos antes de descender por mis caderas.

Yo había entrado allí sabiendo perfectamente qué estaba haciendo y, aun así, la decisión con la que tomó las riendas consiguió sorprenderme.

No me daba tiempo a anticiparlo; me besaba, me hacía girar, volvía a atraerme hacia él y encontraba exactamente la forma de tocarme que conseguía borrar cualquier pensamiento relacionado con el lugar en el que estábamos.

Cuando me levantó y me sentó sobre la amplia encimera de mármol, abrí las piernas para recibirlo entre ellas sin necesitar que me pidiera nada.

El espejo devolvía una imagen que me habría avergonzado contemplar en cualquier otro momento: el vestido negro subido más de lo conveniente, mis manos en su cuello, la boca de Alexander recorriendo el mío y su cuerpo ocupando todo el espacio entre mis piernas.

Pero la vergüenza no apareció. Lo único que sentí fue una excitación brutal alimentada precisamente por lo prohibido del lugar, por saber que a pocos metros había camareros recogiendo mesas y clientes terminando sus copas mientras nosotros habíamos sido incapaces de esperar veinte minutos hasta llegar a casa.

Alexander parecía todavía menos interesado que yo en esperar. Me besó otra vez y sus manos avanzaron por mis muslos, firmes, seguras, provocándome hasta conseguir que tuviera que agarrarme a sus hombros.