A un beso de volver a creer Capítulo 14
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Capítulo 14

Aquella mañana me encerré en uno de los váteres y eché el pestillo. Había entrado al baño casi por inercia, más por tener un minuto para mí que por otra cosa.

Llevaba horas con la cabeza llena de demasiadas cosas y necesitaba ese pequeño paréntesis que a veces te regala una puerta cerrada. Estaba guardando el móvil en el bolso cuando escuché abrirse la puerta exterior y, enseguida, el sonido de unas zapatillas sobre las baldosas.

Reconocí a Alma antes incluso de que hablara. Enseguida me di cuenta de que lo hacía por teléfono.

—¿Qué quieres?

Me quedé quieta. El tono no se parecía en nada al que había utilizado conmigo hacía apenas unos minutos. Era seco, tenso, como si hubiera contestado una llamada que llevaba días temiendo recibir.

Mi primer impulso fue salir. Hacer ruido, abrir el pestillo, darle la oportunidad de saber que yo estaba allí antes de que dijera algo que no quisiera que escuchase. Llegué a poner la mano en la puerta, pero su siguiente frase me detuvo.

—Pues no lo sé. No sé cuándo pensaba decírtelo. Supongo que cuando estuviera preparada para hacerlo, si es que en algún momento conseguía estarlo después de cómo has hecho las cosas.

No necesitaba saber quién estaba al otro lado del teléfono.

Me aparté de la puerta y cerré los ojos.

Aquello era una conversación que no me correspondía escuchar, pero salir en ese momento tampoco parecía una opción.

Tendría que aparecer delante de ella, cruzar el baño y fingir que no había oído nada.

Así que me quedé donde estaba, incómoda, deseando que la llamada terminara cuanto antes.

—¿Y qué más da que te hayas enterado por otra persona? —continuó—. De verdad, ¿eso es lo que te preocupa? ¿Que no haya sido yo quien te llamara?

Hubo una pausa bastante larga. La imaginé delante del espejo, con esa expresión suya que conocía tan bien, la mandíbula apretada y los ojos clavados en cualquier punto para no dejar que las emociones se le notaran demasiado.

—No. No me vengas ahora con que tenías derecho a saberlo. Ya sé que tenías derecho a saberlo. También yo tenía derecho a que me trataras de otra forma y eso no pareció preocuparte demasiado.

Aquello me hizo levantar la cabeza.

Alma me había hablado de su relación con Aitor. Pero enseguida noté que se había quedado corta en lo que me dijo. Escuchándola, tuve la certeza de que me había contado una versión bastante más amable de la historia.

—No se lo he contado al resto para hacerte quedar mal. Ni siquiera quiero hablar mal de ti, ¿entiendes? No quiero. Bastante tengo con intentar no acordarme de tus maldades. Y si eso es lo que te preocupa, puedes estar tranquilo, porque Claudia no sabe ni la mitad.

Sentí una punzada desagradable en el estómago al escuchar mi nombre. Aitor también sabía a esas alturas que trabajábamos juntas y es que siempre hubo un círculo común.

No había enfado en su voz. Ni siquiera reproche. Había cansancio, y quizás eso fue lo que más me inquietó.

—Porque no he querido ir de víctima. Porque no necesito ir explicando por ahí cada cosa que me has hecho para conseguir que alguien me dé la razón. Sé perfectamente lo que ha pasado entre nosotros y tú también lo sabes.

El silencio que siguió debió de contener una respuesta larga, porque durante unos segundos solo escuché el zumbido de la ventilación y la música que llegaba amortiguada desde fuera. Después Alma soltó una risa seca.

—Claro. Ahora la mala soy yo porque no te llamé para decirte que estoy embarazada.

Apreté los labios.

—Pues sí. Estoy embarazada. Ya lo sabes. Enhorabuena, misterio resuelto.

Volvió a quedarse callada y yo sentí que algo se me encogía por dentro. No podía escuchar la voz de él, pero tampoco hacía falta. Las respuestas de Alma eran suficientes para reconstruir la conversación.

—Mi prima Sonia no lo ha hecho adrede. Le dije que no lo comentara con su novio porque es un bocazas y encima amigo tuyo. Se le iría la olla. Ella es así. ¿Y sabes qué? Tampoco me importa. No voy a enfadarme con mi prima porque tú te hayas enterado antes de que yo encontrara el valor para llamarte.

Su voz se quebró en la última frase y durante unos segundos no dijo nada.

Yo seguía encerrada detrás de aquella puerta sintiéndome cada vez peor. Quería desaparecer de allí y, al mismo tiempo, empezaba a preocuparme demasiado lo que estaba escuchando como para pensar siquiera en moverme.

—¿Sabes qué es lo que no entiendo? Que me llames indignado porque te has enterado por otra persona, como si lo verdaderamente grave fuera eso. Como si el problema fuera quién te ha dado la noticia.

Se oyó un pequeño golpe. Quizá había dejado el bolso sobre el lavabo.

—¿Acaso te importa?

La pregunta fue distinta a todo lo anterior. Perdió la rabia en cuanto salió de su boca.

Esperó.

—Te lo estoy preguntando en serio. ¿Te importa?

Otro silencio.

—¿Te importo yo?

Me apoyé contra la pared y cerré los ojos.

—¿Te importa el hijo que vamos a tener?

Esta vez la pausa fue tan larga que tuve que contener el impulso de abrir la puerta.

Entonces escuché una risa diminuta. Una de esas risas que no nacen porque algo haga gracia, sino porque la alternativa es ponerse a llorar.

—Ya. Eso pensaba.

Volvió a callarse.

—No te importa en absoluto.

No sé qué respondió él. Lo único que sé es que Alma dejó escapar el aire y, cuando volvió a hablar, parecía agotada.

—No. Ahora no me expliques nada. No quiero escucharlo. Llevo meses intentando entender por qué has hecho las cosas como las has hecho y estoy cansada. De verdad que estoy cansada. Solo quería saber eso y ya me has contestado.

La conversación duró todavía unos segundos. Ella apenas intervino. Un “sí”, un “vale” y, por último, un “déjalo ya” que apenas pude escuchar. Después llegó el sonido seco de la llamada al terminar.

Me quedé inmóvil.

Pensé que saldría enseguida, pero no lo hizo.

Al principio solo escuché su respiración. Intentaba controlarla, coger aire despacio y soltarlo antes de que el llanto pudiera vencerla. Conocía demasiado bien esa batalla contra una misma, ese momento en el que una cree que, si permanece muy quieta, quizás consiga obligar al cuerpo a obedecer.

No lo consiguió. El primer sollozo fue pequeño. El segundo ya no.

Puse la mano sobre el pestillo y dudé. Podía esperar a que se recompusiera y ahorrarle la vergüenza de saber que yo lo había escuchado todo. Era lo más respetuoso. También era lo más cobarde.

Abrí. Estaba apoyada contra el lavabo, con las dos manos sobre el mármol y la cabeza inclinada. Al escucharme levantó la mirada y nuestros ojos se encontraron en el espejo. Durante un segundo vi sorpresa; después, una especie de horror.

—Joder, Claudia. No sabía que estabas ahí.

—Ya.

Me miró a través del espejo como si intentara calcular cuánto había escuchado y debió de encontrar la respuesta en mi cara. Cerró los ojos y negó con la cabeza.

—Qué maravilla.

—No sabía cómo salir sin interrumpirte.

—No pasa nada.

Se secó las mejillas con las manos, abrió el grifo y se echó agua en la cara. Ese “no pasa nada” habría resultado más convincente si no hubiera tenido los hombros todavía temblando.

Me acerqué al lavabo de al lado.

—¿De verdad se ha enterado por Sonia?

Asintió sin mirarme y me explicó que su prima sabía lo del embarazo desde hacía unos días. Lo decía restándole importancia, como si aquella fuera la parte de la conversación que menos le preocupaba.

—Pero tú no se lo habías contado.

—No.

—¿Y de verdad no pensabas hacerlo?

Entonces sí me miró.

—Claro que pensaba hacerlo. Es el padre, Claudia. Tenía que decírselo.

—No te he preguntado si tenías que hacerlo. Te he preguntado si pensabas hacerlo.

Durante unos segundos jugueteó con el anillo que llevaba en el índice. La conocía lo suficiente para saber que aquella era su forma de ganar tiempo.

—Sí. Algún día.

—¿Algún día?

—Cuando pudiera.

No insistí con eso. Había otra cosa que llevaba varios minutos dando vueltas dentro de mi cabeza y ya no podía ignorarla.

—Se ha portado contigo peor de lo que me contaste, ¿verdad?

La pregunta la dejó quieta.

Ni siquiera levantó la cabeza. Se limitó a cerrar el grifo, coger una toalla de papel y secarse las manos con una atención absurda, como si de pronto aquello requiriera toda su concentración.

—Alma.

—No quiero hablar de eso.

Y ahí tuve la respuesta.

Me apoyé en el lavabo y la observé.

—Te has quedado corta conmigo.

—Claudia, por favor.

—No te estoy pidiendo detalles. Ni siquiera quiero que me los des si no te apetece. Pero acabo de escucharte decir que no me has contado ni la mitad.

Arrugó la toalla entre los dedos.

—Porque no quería hacerme la víctima, joder.

—Nunca he pensado que lo fueras.

—En el fondo, aunque actuara como una capulla, te hice un favor, te lo aseguro. No sabes cómo es.

Aquello me hizo callar.

Levantó por fin los ojos y vi que volvía a tenerlos llenos de lágrimas.

—No quería sentarme contigo a hacer una lista de todas las veces que me hizo sentir una mierda. No quería eso. Y tampoco quería contar determinadas cosas y escucharme a mí misma diciéndolas en voz alta, porque entonces tendría que preguntarme por qué las permití.

Aquello fue demasiado.

Lo vi en su cara antes de que empezara a llorar otra vez. Esta vez no hubo ninguna batalla previa ni intento de disimular. Se tapó la boca con una mano y las lágrimas empezaron a caerle mientras negaba con la cabeza, como si quisiera detener también todo lo que acababa de decir.

Me acerqué, pero retrocedió.

—No, Claudia. Por favor. No quiero darte pena, ¿entiendes?

La frase salió entrecortada. Intentó coger aire, pero acabó soltando otro sollozo.

—Quiero estar tranquila. No quiero necesitarlo, no quiero que vuelva, no quiero que nadie piense que voy a utilizar al niño para recuperarlo. No quiero nada de él. Pero tampoco quiero utilizar lo mal que se portó para obligarte a nada.

Apretó los labios y durante un instante creí que conseguiría calmarse. Pero algo volvió a romperse dentro de ella.

—Lo peor es que sabía que iba a reaccionar así.

Aquello apenas fue un susurro.

—Sabía que no le iba a importar. Y aun así…

No terminó.

La puerta se cerró tras ella y yo me quedé frente al espejo, todavía intentando ordenar todo lo que acababa de escuchar.

Hasta aquel momento había pensado que conocía la historia de Alma. No todos los detalles, por supuesto, pero sí lo importante. Sabía que él le había hecho daño, que la ruptura había sido fea y que el embarazo había llegado en el peor momento posible.

Ahora entendía que no. Alma no me había mentido. Había hecho algo mucho más difícil de detectar. Me había contado lo sucedido procurando que doliera lo menos posible.