Capítulo 13 #2
Me llevó con él varios pasos antes de volver a bajarme y, en cuanto mis pies tocaron el suelo, me hizo girar y volvió a atraerme desde atrás para besarme el cuello.
Sus manos recorrían mi cintura con una seguridad que me dejaba muy poco espacio para recordar ninguna de las decisiones sensatas que había tomado durante mi vida adulta.
—El sábado estabas mucho más civilizado —conseguí decir.
Alexander levantó la cabeza.
—El sábado no sabía hasta dónde querías llegar.
—¿Y ahora sí?
Me volvió hacia él.
—Ahora tengo una idea bastante aproximada.
Aquello fue lo último coherente que dijimos durante un buen rato.
Me besó otra vez y terminó llevándome hacia el dormitorio con una determinación que me hizo olvidar por completo que, unas horas antes, mi gran preocupación había sido comprender la película.
Yo había esperado deseo. Incluso había esperado que la confianza de la primera noche cambiara algo entre nosotros. No había esperado aquella versión de Alexander, mucho menos prudente en la forma de acercarme, de atraerme contra él o de decidir dónde quería mis manos.
Y me volvía loca.
En el dormitorio, apenas me dio tiempo a recuperar el aliento antes de que volviera a besarme.
Sus manos descendieron por mis brazos, encontraron mis muñecas durante un instante y las llevó hacia sus hombros, dejando perfectamente claro dónde quería que lo sujetara.
Obedecí más por deseo que por docilidad y aquello pareció gustarle.
—Así que esta era la versión que escondías —murmuré contra su boca.
—No escondía nada.
—Mentira.
—Estaba siendo prudente.
—Pues se te ha pasado.
Alexander sonrió apenas.
—Bastante.
Aquella vez fue él quien se ocupó de casi todo. De acortar las distancias, de marcar el ritmo de los besos, de llevarme hacia la cama cuando mis piernas empezaron a agradecer la idea y de conseguir que cada intento mío de recuperar algo de control durara muy poco.
Yo participaba, lo buscaba y lo provocaba, pero había algo nuevo y poderosamente sensual en permitir que fuera él quien tomara las riendas después de comprobar la primera noche que podía confiar en que se detendría en cuanto se lo pidiera.
Precisamente por eso no se lo pedí.
La intensidad creció deprisa. La ropa fue quedando atrás sin la ceremonia de la primera vez y la familiaridad recién estrenada hizo que todo resultara más fácil y, a la vez, mucho más fuerte.
Alexander ya conocía algunas de mis reacciones y parecía decidido a utilizarlas en mi contra; yo empezaba a conocer las suyas y tampoco tenía ninguna intención de comportarme con nobleza.
Hubo un momento en que tuve que agarrarme a él y reírme porque aquello empezaba a parecerme una auténtica locura.
—¿De qué te ríes?
—De ti.
—Eso parece poco prudente dadas las circunstancias.
—Es que el sábado eras casi educado.
Alexander acercó la boca a mi oído.
—El sábado era la primera vez.
No añadió nada más.
Lo que vino después tuvo mucho menos de descubrimiento cauteloso y mucho más de dos personas que ya sabían que se deseaban y habían decidido dejar de fingir que aquello podía administrarse con sensatez.
Alexander llevó la iniciativa con una seguridad que me excitó muchísimo, alternando la urgencia con pausas que parecían concebidas únicamente para desesperarme, y yo terminé descubriendo que me gustaba muchísimo aquella faceta suya.
No porque me quitara capacidad de decidir, sino precisamente porque no tenía que demostrarla a cada instante.
Podía dejarme llevar sabiendo que seguía siendo una elección.
Cuando al final la noche nos arrastró más allá de los besos y las provocaciones, la intensidad terminó por borrar el resto.
Solo existía Alexander, aquella forma nueva de acercarse a mí y la certeza cada vez más inquietante de que mi atracción por él no estaba disminuyendo a medida que conseguía lo que quería.
Estaba ocurriendo exactamente lo contrario.
Mucho después, cuando conseguí recuperar una respiración medianamente digna, me quedé tumbada mirando hacia él con una mezcla de agotamiento y estupefacción.
Él parecía indecentemente satisfecho.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa.
—Necesito más información.
Me incorporé lo suficiente para darle un golpe suave en el hombro.
—¿Dónde está el director?
Se rio y me sujetó la mano antes de que pudiera retirarla.
—Intentando no asustarte.
—Pues no sé si vas por buen camino.
—Muy asustada no te veo.
La respuesta salió sin bromas y cambió durante un instante el tono de la conversación. Alexander llevó mi mano hasta sus labios y besó el interior de mis dedos antes de dejarla descansar sobre su pecho.
Me gustó demasiado aquel gesto. Quizás ese era el verdadero problema.
No la noche que acabábamos de pasar, ni la película que ninguno había visto, ni las dos reservas de restaurante perdidas en menos de una semana.
Lo que empezaba a inquietarme era que el deseo no terminaba cuando recuperábamos la ropa o la respiración.
Seguía queriendo estar allí después. Seguía gustándome escucharlo reír, discutir con él por tonterías y descubrir pequeños detalles que no tenían ninguna relación con lo que ocurría en la cama.
Alexander me acarició distraídamente el brazo.
—Por cierto, seguimos sin cenar.
Lo miré y empezamos a reírnos.
—Esto ya es un problema serio.
—Dos reservas perdidas.
—La próxima vez no reserves.
—¿Estás dando por hecho que habrá una próxima vez?
La pregunta llevaba una provocación evidente, pero aquella vez no me apeteció esquivarla.
Me acerqué y lo besé.
—Estoy dando por hecho que, si vuelves a invitarme a cenar, voy a comer antes de salir de casa.
Soltó una carcajada y me atrajo otra vez hacia él.
Y mientras volvía a besarme comprendí que acabábamos de establecer una tercera cita sin llamarla cita, que llevaba menos de una semana acostándome con mi jefe y que la famosa norma con la que había empezado todo ya no necesitaba excepciones.
Necesitaba un funeral.