Capítulo 13
La segunda vez que Alexander me invitó a salir cometió el error de utilizar la palabra cine.
Lo hizo el miércoles, poco antes de terminar las clases, cuando yo todavía no había decidido qué significaba exactamente que hubiéramos pasado la noche del sábado juntos, que el lunes hubiese acabado en su despacho besándolo otra vez y que, desde entonces, llevara dos días descubriendo que trabajar con un hombre después de haberlo visto desnudo complicaba extraordinariamente actividades tan sencillas como mantener una conversación sobre las jornadas culturales.
Me encontró guardando material en el aula cuando los alumnos ya se habían marchado.
Entró con unos documentos que, para mi sorpresa, realmente necesitaba entregarme, los dejó sobre la mesa y esperó a que terminara de ordenar una caja antes de anunciar que aquella tarde quería invitarme al cine.
No lo planteó con ninguna solemnidad; comentó que había una sesión a las ocho, que podíamos cenar después, y que, puesto que nuestra primera cena había terminado de una manera manifiestamente poco gastronómica, consideraba conveniente demostrar que éramos capaces de completar una cita normal.
—¿Cine y cena? —repetí, cerrando la caja—. Estás poniendo el listón peligrosamente alto.
—Estoy intentando ofrecerte una experiencia completa. La vez anterior ni siquiera conseguí alimentarte.
—Eso habla fatal de ti.
Alexander rodeó la mesa, se detuvo a mi lado y bajó la voz, aunque estábamos solos.
—No recuerdo que te quejaras demasiado.
El recuerdo apareció con tanta facilidad que me alegré de estar mirando los papeles.
Desde el sábado había descubierto que existían frases perfectamente inocentes capaces de adquirir un significado completamente distinto dependiendo de quién las pronunciara.
Acepté la invitación antes de que pudiera seguir provocándome y, cuando se marchó, me quedé pensando que aquella vez sería diferente. Iríamos al cine. Veríamos una película. Cenaríamos. Hablaríamos.
Quizás incluso lograríamos comportarnos durante varias horas como dos adultos que estaban empezando a conocerse y no como dos personas que parecían desarrollar una alarmante incapacidad para mantener las manos quietas cuando se encontraban a solas.
A las siete y media, mientras me pintaba los labios, todavía creía que aquello era posible.
Elegí unos vaqueros oscuros, botas de tacón y una blusa de tejido suave que se ajustaba lo suficiente para gustarme sin dar la impresión de que llevaba dos horas preparándome.
Esta vez no abrí el cajón de la ropa interior con ningún debate moral; después de lo ocurrido el sábado, fingir que mi elección era casual habría supuesto insultar mi propia inteligencia.
Escogí un conjunto que me hacía sentir especialmente bien, terminé de arreglarme y, cuando sonó el telefonillo, Titán me observó salir del dormitorio con la resignación de quien empezaba a detectar cambios preocupantes en las costumbres de su propietaria.
Alexander esperaba abajo, pero aquella vez no se quedó contemplándome desde la distancia. Vino directamente hacia mí.
Apenas tuve tiempo de saludarlo antes de que una mano rodeara mi cintura y me acercara hacia él.
Me besó allí mismo, junto al portal, con una seguridad que me puso muchísimo. No fue un beso especialmente largo porque estábamos en mitad de la calle, pero tampoco tuvo nada de protocolario. Cuando se separó, mantuvo la mano en mi cintura y me recorrió con los ojos.
—Esto del cine empieza a parecerme un error.
Me eché a reír.
—Llevamos unos quince segundos de cita.
—Por eso estoy preocupado. La progresión no es buena.
—Veremos la película.
—Eso espero.
—Entera.
Abrió la puerta del coche y esperó a que entrara antes de responderme.
—No prometas cosas que todavía no sabes si puedes cumplir.
Debí tomarlo como una advertencia.
El cine estaba bastante lleno para ser miércoles.
Compramos palomitas porque yo sostenía que una película sin palomitas era como un jardín sin flores, y Alexander, después de preguntarme si existía legislación específica al respecto, terminó cargando con un cubo enorme que aseguró que no pensaba compartir conmigo.
Cinco segundos más tarde me adueñé de él.
Aquella primera parte de la noche fue sorprendentemente normal. Nos reímos, discutimos sobre si habíamos escogido bien la película y descubrí que Alexander pertenecía a esa clase de personas que llegaban con tiempo suficiente para ver los anuncios.
Me gustaba estar con él fuera del colegio.
Allí no era el director ni tenía que moderar el tono cuando alguien se acercaba; podía tocarme la espalda al caminar, inclinarse para hacerme un comentario al oído o besarme antes de entrar en la sala sin que yo comprobara instintivamente quién podía estar mirando.
Nuestro error fue escoger los asientos de la última fila.
Al principio tampoco ocurrió nada. Me acomodé y durante los primeros veinte minutos vimos realmente la película. Después retiramos el cubo de palomitas vacío y su mano quedó sobre mi rodilla.
No le presté demasiada importancia. Hasta que empezó a mover el pulgar.
Era una caricia mínima, lenta, perfectamente compatible con el gesto de un hombre que solo descansaba la mano sobre la pierna de la mujer con la que había ido al cine.
La pantalla iluminaba intermitentemente la sala y yo intenté continuar siguiendo el argumento, aunque poco a poco fui perdiendo información esencial sobre quién perseguía a quién y por qué.
Su mano ascendió unos centímetros.
Giré la cabeza.
Alexander seguía mirando la película.
—No —le susurré.
—¿No qué?
—Sabes perfectamente qué.
Se inclinó hacia mí sin retirar la mano.
—Estoy viendo la película.
—Con la mano en mi pierna.
—Puedo hacer dos cosas a la vez.
Quise apartársela. De verdad que quise. En lugar de eso, terminé cubriéndola con la mía y durante un segundo creí que aquello bastaría para detenerlo. Alexander entrelazó los dedos con los míos, los llevó hasta sus labios y besó mis nudillos antes de devolver ambas manos a mi muslo.
Aquello fue considerablemente peor.
Intenté concentrarme en la pantalla. Duré quizás tres minutos.
La caricia continuaba sin prisa, limitada a mi pierna y lo bastante discreta para que nadie pudiera advertir nada.
Sin embargo, cada vez que sus dedos avanzaban un poco y regresaban después a mi rodilla, mi capacidad para interesarme por la película disminuía.
Debía de saberlo porque, cuando me incliné para preguntarle si pretendía seguir haciendo aquello durante las dos horas siguientes, acercó la boca a mi oído.
—Depende de cuánto aguantes sin pedirme que pare.
Lo miré.
Me descolocó. No porque hubiera dejado de respetar mis límites; precisamente sabía que podía detenerlo con una palabra. Lo diferente era que ya no parecía necesitar confirmar a cada instante algo que ambos conocíamos.
Y descubrí que esa seguridad me excitaba muchísimo.
—No te aguanto…
—Mira la película, Claudia.
La orden, pronunciada tan bajo que apenas la oí, consiguió exactamente lo contrario.
Me volví hacia la pantalla y permanecí así durante unos minutos, aunque ya no tenía la menor idea de lo que ocurría. Cuando su mano avanzó de nuevo por mi muslo, cerré los dedos alrededor de su muñeca.
Durante el resto de la película mantuvo el contacto dentro de unos límites que desde fuera habrían parecido inocentes y que para mí dejaron de serlo desde el momento en que supe que eran deliberados.
A veces su mano permanecía quieta durante varios minutos y yo empezaba a relajarme; entonces volvía a acariciarme la pierna y conseguía que toda mi atención regresara a él.
Cuando aparecieron los créditos, yo habría sido incapaz de explicar el argumento bajo amenaza.
Las luces se encendieron.
Retiró la mano y se levantó.
—¿Qué te ha parecido?
Lo contemplé con incredulidad.
—No tengo ni puta idea de qué iba.
La carcajada que soltó hizo que dos personas que bajaban las escaleras se volvieran hacia nosotros.
—Me parece una crítica cinematográfica bastante contundente.
—Eres un imbécil.
—Habías dicho que veríamos la película entera. Técnicamente lo hemos conseguido.
—Tú la habrás visto.
—Yo tampoco.
Eso consiguió que me riera a pesar de mí misma.
Salimos con el resto del público y, cuando llegamos al vestíbulo, me recordó que teníamos pendiente la segunda parte de nuestra cita. Había reservado mesa en un restaurante cercano. Lo observé mientras consultaba la hora y tuve una sensación de déjà vu tan evidente que terminé sonriendo.
—Tenemos un problema con las cenas.
Levantó los ojos del teléfono.
—Todavía podemos salvar esta.
—¿Tienes hambre?
—No especialmente.
—Yo tampoco.
Guardó el móvil.
—La reserva era a las diez.
—Qué pena.
—Una tragedia.
Esta vez no fuimos nosotros quienes empezamos a reírnos. Fue la situación entera. Dos intentos de cenar y dos fracasos consecutivos empezaban a señalar un patrón estadístico bastante difícil de ignorar.
Alexander me acercó hacia él sujetándome por la cintura.
—¿Mi casa?
No necesité pensarlo.
—Tu casa.
La diferencia comenzó antes de que cerrara la puerta.
El sábado me había dado tiempo a dejar el bolso, observar el salón y hacer algún comentario sobre la vivienda. Aquella noche apenas conseguí soltarlo sobre el primer mueble que encontré.
Alexander cerró y me atrajo hacia él.
Su boca encontró la mía con una intensidad que me sorprendió incluso después de todo lo ocurrido en el cine. Retrocedí un paso y él avanzó conmigo, una mano firme en mi cintura y la otra en mi nuca.
No había desaparecido la atención que mostró la primera vez, pero sí aquella cautela constante que entonces había contenido cada movimiento. Ahora sabía cómo respondía cuando me besaba de aquella manera. Sabía que me gustaba que tomara la iniciativa.
Y la tomó.
Me levantó de repente y solté una exclamación que terminó convertida en risa mientras mis brazos rodeaban su cuello por puro reflejo.
—Alexander.
—¿Qué?
—Peso.
—Gracias por la información.
—Idiota.
Me besó antes de que pudiera continuar protestando.
Había algo extraordinariamente excitante en sentir que aquella vez no tenía intención de dejarme dirigir el ritmo.