A un beso de volver a creer Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Todo lo contrario.

—Sabía que seguíais juntos y con planes de boda, Claudia. No voy a insultarte diciendo que me engañó con eso. Yo sabía que te estaba traicionando.

Aquello dolió de una forma extraña. Quizás porque era la primera vez que escuchaba la verdad sin una sola capa de maquillaje.

Cuando los descubrí, Alma creyó que al menos tendría que conseguir que la relación funcionara.

Había perdido demasiado. Me había perdido a mí, se había alejado de otras personas y había destrozado una parte importante de su vida por estar con Aitor. Reconocer inmediatamente que se había equivocado habría significado aceptar que todo aquel daño no había servido para nada.

Así que siguió. Durante un tiempo, incluso creyó que era feliz. Después empezó a conocer otra parte de él.

No habló de grandes escenas ni de comportamientos monstruosos. Precisamente por eso resultó más creíble. Me habló de celos, de preguntas constantes, de discusiones que terminaban siempre en el mismo lugar.

Aitor quería saber con quién estaba, quién le escribía, por qué había tardado en llegar. Ella hacía lo mismo con él. Los dos conocían demasiado bien la facilidad con la que el otro podía mentir.

—Era una relación tóxica —dijo finalmente—. Pero no solo por él. También por mí. Empezamos desconfiando porque teníamos motivos para desconfiar y terminamos convirtiéndonos en dos personas que no me gustaban nada.

La ironía era tan evidente que ni siquiera necesité señalarla.

Alma sonrió sin humor.

—Sí. Ya sé lo que estás pensando. Nos lo habíamos buscado.

No respondí.

Por primera vez desde que había comenzado la conversación, mi enfado había dejado espacio a otra cosa.

No era compasión. Mucho menos perdón. Era curiosidad, quizás, mezclada con la incomodidad de descubrir que una historia que había reducido durante años a unos cuantos hechos sencillos contenía partes que nunca había conocido.

Alma siguió hablando.

Había aguantado más de lo que debería porque estaba muy pillada por Aitor.

Eso no desapareció de un día para otro. Lo quiso incluso cuando ya sabía que no era feliz con él.

Intentó arreglar la relación, intentó convencerse de que aquello era lo que había elegido y de que tenía que tirar hacia delante.

Hasta que un día empezó a preguntarse cuánto más estaba dispuesta a perder. Y entonces pensó en mí.

Aparté la mirada hacia el patio cuando me lo dijo.

Alma recordó cosas pequeñas. Canciones que habría querido enviarme, bromas que solo yo habría entendido, llamadas que había estado a punto de hacer y nunca hizo.

Durante años yo había sido la primera persona a la que acudía cuando algo le ocurría y, de repente, ni siquiera tenía derecho a preguntarme cómo estaba.

Fue entonces cuando comprendió que llevaba meses aterrada ante la posibilidad de perder a Aitor cuando la pérdida que realmente le dolía ya había ocurrido.

—No me digas que lo dejaste por mí. Y encima embarazada.

Mi voz sonó más fría de lo que pretendía.

Alma negó lentamente.

—No. Lo dejé por mí. Tú ya no estabas y sabía que dejarlo no iba a devolverte. Lo que entendí fue que había seguido con él porque necesitaba creer que perderte había servido para algo. Y no había servido para nada. En cuanto a lo del embarazo, lo creas o no, aún no se lo he contado.

Yo no sabía qué hacer con su confesión. No podía perdonarla porque hubiese sufrido. No podía convertir su arrepentimiento en una goma de borrar ni fingir que saber que había terminado dejando a Aitor modificaba aquellos siete meses. Pero tampoco podía seguir mirando la historia exactamente igual.

Y eso me enfadaba.

—¿Por eso has vuelto a la ciudad?

Esta vez Alma no esquivó la pregunta.

Sí. En parte había vuelto por mí.

No exclusivamente, aclaró, porque su vida también había cambiado y necesitaba regresar, pero saber que yo seguía allí había pesado en la decisión.

También reconoció que había vuelto al barrio con la esperanza de encontrarse conmigo alguna vez.

No esperaba una reconciliación milagrosa.

Ni siquiera sabía cómo iba a reaccionar yo.

Solo quería dejar de esconderse detrás de los años y la distancia.

Entonces miré alrededor y señalé el pasillo con un gesto.

—¿Y esto? ¿También tengo que creer que es casualidad? ¿Has venido a trabajar precisamente al colegio en el que estoy yo y no sabías que me encontrarías?

La reacción de Alma fue inmediata.

—Te prometo que eso no lo sabía.

Me explicó que había solicitado el puesto sin tener ni idea de que yo trabajaba allí. Sabía que seguía viviendo en la ciudad, pero no dónde daba clase. Descubrirme en el colegio el primer día había sido una sorpresa para ella también.

Podía estar mintiendo. El problema era que la conocía lo suficiente para saber cuándo lo hacía. O al menos la había conocido una vez.

—Podías haberte marchado.

—Sí —admitió—. Pero llevo demasiados años huyendo de lo que hice. No quería volver a hacerlo.

El timbre del final del recreo sonó antes de que pudiera contestarle.

Las voces de los niños empezaron a llenar el corredor. Puertas que se abrían, pasos apresurados, profesores llamando a sus grupos. El colegio recuperó de golpe su ritmo y nos obligó a recordar que aquella conversación estaba ocurriendo en mitad de una jornada laboral.

Alma cogió la caja que había dejado sobre la mesa.

Antes de marcharse me dijo que no esperaba que la perdonara.

Ni ese día ni la semana siguiente. Tampoco pretendía recuperar por decreto la amistad que había destruido.

Solo quería que supiera por qué había vuelto y que, si algún día yo estaba dispuesta a darle una oportunidad, ella no iba a desperdiciarla.

La observé durante unos segundos.

—No sé si algún día voy a perdonarte.

—Ya…

—Y nada de lo que me has contado cambia lo que hiciste.

Alma asintió. Parecía cansada.

—Tampoco pretendía que lo cambiara.

Se alejó por el corredor y yo me quedé allí, viendo cómo desaparecía tras la puerta de la escalera.

Durante años había pensado en Alma de una forma muy concreta. Era la amiga que me había traicionado. La mujer que se había acostado durante siete meses con el hombre con el que yo iba a casarme. Después había seguido con él y había desaparecido de mi vida.

Aquella versión seguía siendo cierta. Solo que ya no era toda la verdad.

El teléfono vibró en mi bolsillo. Lo saqué y encontré un mensaje de Alexander.

“Empiezo a sospechar que no piensas venir.”

Había olvidado por completo que me esperaba. Me quedé mirando la pantalla y sentí que algo dentro de mí aflojaba.

Escribí únicamente:

“Me han entretenido.”

La respuesta llegó enseguida.

“Eso veo.”

Levanté la cabeza. El despacho de dirección estaba al otro extremo del corredor. Y entonces lo vi.

Alexander se encontraba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirándome desde lejos.

No sonreía. Yo tampoco. Pero la distancia entre nosotros pareció desaparecer durante unos segundos.

La conversación con Alma seguía golpeándome por dentro, removiendo cosas que llevaba años sin tocar. Sin embargo, debajo de todo aquello había otra sensación completamente distinta. Una mucho más reciente, más sencilla y bastante más peligrosa.

Alexander inclinó apenas la cabeza hacia el interior de su despacho. No necesité ningún otro mensaje. Empecé a caminar hacia él.

Y mientras acortaba la distancia comprendí que, después de pasar tantos años intentando mantener el pasado perfectamente cerrado, quizás lo que más miedo me daba en aquel momento no era que Alma acabara de abrirlo.

Era descubrir las ganas que tenía yo de entrar en otra cosa.