Capítulo 12
El lunes descubrí que acostarse con el director del colegio tenía una consecuencia que no había contemplado el sábado por la noche: el director seguía siendo el director el lunes por la mañana.
Y estaba en la entrada.
Lo vi en cuanto crucé la verja, antes incluso de que él reparara en mí. Hablaba con el padre de uno de los alumnos de quinto, con esa expresión atenta y seria que utilizaba cuando alguien le contaba algo relacionado con el colegio.
No había nada extraordinario en la escena. Lo extraordinario era que yo ya no podía mirarlo como lo había mirado hasta entonces.
Me detuve apenas un segundo. El suficiente para que mi cuerpo recordara antes que yo.
El sábado seguía demasiado cerca. Sus manos, su boca, la forma en que me había atraído hacia él sin dejar espacio para las dudas una vez que ambos habíamos dejado claro lo que queríamos.
Habían pasado poco más de treinta horas y, sin embargo, allí estaba Alexander, vestido, impecable, ejerciendo de director y hablando con absoluta normalidad sobre una excursión escolar.
Tuve que recordarme que tenía veintinueve años, una carrera, un trabajo y capacidad más que suficiente para atravesar la entrada del colegio sin parecer una adolescente que acababa de acostarse con el chico que le gustaba.
La teoría era excelente. La práctica se complicó cuando levantó la cabeza y me vio.
No interrumpió la conversación. Tampoco sonrió. Sus ojos se quedaron en los míos quizá un segundo más de lo necesario y después volvió a prestar atención al hombre que tenía delante.
Fue tan discreto que cualquiera que nos observara habría pensado que acababa de reconocer a una profesora del centro.
Yo, en cambio, reconocí perfectamente aquella mirada.
Continué andando, intentando convencerme de que podía pasar junto a él sin que ocurriera absolutamente nada. Alexander terminó de escuchar al padre justo cuando llegué a su altura. Le respondió algo, se despidió y se apartó lo suficiente para dejarme pasar.
—Buenos días, Claudia —pronunció.
Había algo distinto en su voz. O quizá lo distinto estaba en mí.
—Buenos días.
No me detuve. Él tampoco hizo ademán de retenerme. Solo cuando pasé a su lado sentí su mano rozarme la parte baja de la espalda. Fue un contacto brevísimo, oculto por nuestros cuerpos y tan ligero que habría podido fingir que no había sucedido.
No pude.
Seguí caminando y entonces lo escuché a mi espalda.
—Luego quiero verte.
No necesité volverme para saber que lo decía con una sonrisa. Aquello fue todo. Y fue muchísimo.
Durante el camino hasta la sala de profesores me pregunté cómo podía haber cambiado tanto una persona en un fin de semana.
Alexander era exactamente el mismo hombre: el mismo director, la misma forma de caminar por los pasillos, la misma americana perfectamente lucida.
Sin embargo, yo conocía ahora una versión de él que no podía olvidar simplemente porque hubieran sonado las ocho y estuviéramos rodeados de niños con mochilas.
Necesité café.
La mañana avanzó con una normalidad que no casaba con mi estado interior. Di clase, corregí ejercicios, atendí a dos alumnos que discutían por un rotulador y conseguí explicar una actividad sin perder el hilo más de una vez.
Alexander pasó un par de veces por el corredor. La primera iba acompañado por Mercedes y ni siquiera miró hacia mi aula. La segunda caminaba solo y giró ligeramente la cabeza al pasar.
Nuestros ojos se encontraron a través del cristal de la puerta. No se detuvo. Yo olvidé durante unos segundos lo que estaba explicando.
Aquello empezaba a ser ridículo.
A la hora del recreo, mientras terminaba unas correcciones en la sala de profesores, el teléfono vibró sobre la mesa.
“Despacho. Cuando puedas.”
Me quedé mirando el mensaje y tuve que contener una sonrisa. Había algo deliberadamente neutro en aquellas dos palabras, como si Alexander hubiera decidido que, ya que no podía tocarme delante de medio colegio, al menos podía divertirse obligándome a preguntarme para qué demonios quería verme.
Contesté que iría cuando terminara y guardé el teléfono. No necesitábamos convertir cada intercambio en una conversación. De hecho, después de lo ocurrido el sábado, la ausencia de palabras tenía un efecto bastante más perturbador.
Tardé unos minutos en salir. Tenía que dejar unas correcciones y hablar con Mercedes sobre una actividad del viernes. Cuando por fin me dirigí hacia el despacho de Alexander, ya había imaginado demasiadas veces qué ocurriría cuando cerrara la puerta.
No llegué. Alma apareció al final del corredor con una caja de material entre los brazos.
La vi y pensé en seguir andando. Durante las últimas semanas habíamos perfeccionado una convivencia basada en saludos educados, conversaciones imprescindibles y una extraordinaria habilidad para encontrar cualquier otra cosa que hacer cuando coincidíamos en una habitación. A mí aquel sistema me parecía perfecto.
A ella, por lo visto, no. Me pidió que esperara.
Había algo en su tono que me hizo detenerme a pesar de que no quería hacerlo. Dejó la caja sobre una mesa junto a la pared y me dijo que necesitaba hablar conmigo. No era la primera vez que lo intentaba, pero sí la primera en que parecía haber decidido no aceptar una excusa.
Le recordé que yo no tenía nada que decirle.
Ella respiró hondo antes de contestar. No quería discutir en mitad del colegio, aseguró, ni obligarme a escucharla. Solo estaba cansada de que nos comportáramos como dos desconocidas cuando durante años habíamos sido cualquier cosa menos eso.
Aquella frase consiguió irritarme.
—No somos dos desconocidas, Alma. Sería bastante más fácil si lo fuéramos.
Vi cómo acusaba el golpe y, durante un instante, sentí una satisfacción mezquina que desapareció casi al mismo tiempo.
No quería hacerle daño por deporte. Lo que quería era que comprendiera que no podía regresar años después y decidir que había llegado el momento de arreglar aquello.
Se lo dije.
Le dije también que su presencia empezaba a parecerme demasiado cuidadosamente casual.
Había vuelto a la ciudad y, por una maravillosa coincidencia, había terminado trabajando en el mismo colegio que yo.
Después llevaba días buscando oportunidades para hablar conmigo.
Si esperaba que creyera que no pretendía nada, había elegido a la persona equivocada.
Me escuchó sin interrumpirme. Cuando terminé, reconoció que sí pretendía algo: quería que algún día pudiera perdonarla. No esperaba que ocurriera de inmediato y ni siquiera sabía si ocurriría alguna vez, pero no quería seguir fingiendo que perderme no le había importado.
Me reí.
No pude evitarlo.
—Claro. Ahora resulta que la víctima de toda esta historia eres tú.
Su expresión se endureció.
—No he dicho eso, Claudia. Y no pienso decirlo.
Había firmeza en su voz, pero no desafío. Eso me desconcertó más que cualquier intento de justificarse.
Alma admitió entonces, sin adornos, que lo que había hecho no tenía excusa.
Sabía que Aitor y yo estábamos juntos, sabía que íbamos a casarnos y sabía, sobre todo, que yo era su amiga.
No pretendía convertir siete meses de mentiras en un error de juventud ni pedirme que entendiera algo que ella misma había tardado años en ser capaz de mirar de frente.
Yo llevaba mucho tiempo imaginando cómo reaccionaría si algún día teníamos aquella conversación. En casi todas mis versiones, Alma intentaba defenderse y yo encontraba la frase exacta con la que destrozar cada una de sus excusas.
El problema era que no estaba poniendo ninguna.
—Entonces no entiendo para qué quieres hablar conmigo.
Bajó los ojos un momento. Cuando volvió a mirarme, había algo distinto en su expresión.
—Porque hay cosas que tú no sabes. Y no te las digo para que cambien lo que hice.
Noté cómo se tensaba algo dentro de mí.
—¿Qué cosas?
Tardó unos segundos en responder.
—Aitor no me dejó. Eso lo has dado por sentado, pero nada más lejos de la realidad.
Me quedé inmóvil.
No era una información especialmente trascendente y, sin embargo, chocaba de frente con una certeza que se instaló en mi cabeza.
Nunca me había interesado demasiado por cómo había terminado la relación entre ellos.
Me bastaba saber que había terminado. En algún momento asumí que Aitor se había cansado de Alma del mismo modo que se había cansado de mí, y nadie me había dado razones para pensar lo contrario.
La miré con incredulidad.
—¿Ahora también vamos a reescribir esa parte?
—No estoy reescribiendo nada. Fui yo quien lo dejó.
El sarcasmo me salió solo.
—¿Y por qué ibas a dejar al gran amor de tu vida después de haber mandado todo a la mierda por él?
Alma cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, parecía haber tomado una decisión.
Me contó entonces algo que yo tampoco sabía. Había estado enamorada de Aitor desde mucho antes de que comenzara la aventura.
La confesión me produjo una sensación difícil de identificar. No era exactamente sorpresa ni rabia; era algo más incómodo. Como descubrir una habitación detrás de una pared que llevaba años convencida de conocer.
Alma aseguró que nunca había pensado hacer nada con aquellos sentimientos. Yo era su amiga. Aitor era mi pareja. Íbamos a casarnos. Durante mucho tiempo, aquello había sido suficiente para mantenerla en su sitio. Ni siquiera se lo había contado a él.
Hasta que Aitor empezó a acercarse.
—Y tú no pudiste decirle que no.
—Pude —respondió sin apartar los ojos de mí—. Claro que pude. No lo hice. Esa es la parte con la que tengo que vivir yo.
No añadió nada más durante unos segundos. Después continuó.
Al principio se había convencido de que aquello tenía algún sentido.
Aitor la buscaba, ella llevaba demasiado tiempo enamorada de él y fue construyéndose las excusas necesarias para soportar lo que estaba haciendo.
Se dijo que quizás nuestra relación no era como yo le contaba, que tal vez Aitor ya no me quería, que si él se estaba enamorando de ella sería porque lo nuestro estaba terminado aunque yo todavía no lo supiera.
No intentó convencerme de que aquello la absolvía.