A un beso de volver a creer Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Su casa ocupaba la planta superior de un edificio relativamente moderno en una zona tranquila. Al entrar descubrí un espacio amplio, con madera, libros, algunos cuadros y muebles que parecían elegidos porque le gustaban y no porque alguien hubiera comprado un catálogo completo.

La cocina estaba abierta al salón y unos ventanales comunicaban con una terraza; había pocos adornos, pero los suficientes para que no pareciera una vivienda provisional.

Dejé el bolso mientras comentaba que me gustaba la casa y, cuando me volví, Alexander seguía junto a la puerta que acababa de cerrar.

Durante unos segundos ninguno hizo nada.

Aquello era diferente al aula y habíamos cancelado una cena antes incluso de subir al coche y recorrido quince minutos sabiendo perfectamente por qué.

Alexander se acercó y me preguntó si quería beber algo. La pregunta me hizo sonreír.

—¿De verdad me estás ofreciendo una copa ahora?

—Intento demostrar que sé recibir visitas.

—Creo que llegas un poco tarde.

—Todavía podemos volver al restaurante.

—Ni se te ocurra.

No esperé a que terminara de sonreír. Lo agarré de la camisa y lo besé.

No hubo nada del cuidado del primer beso. Alexander me rodeó la cintura y respondió con una intensidad que consiguió que olvidara inmediatamente cualquier propósito de ir despacio.

Retrocedí hasta encontrar la pared y, cuando mi espalda la tocó, él se detuvo apenas un instante, lo suficiente para mirarme y asegurarse sin palabras de que seguíamos queriendo exactamente lo mismo.

Fui yo quien volvió a atraerlo.

Sus labios encontraron los míos y mis manos subieron hasta su cuello, su pelo, los hombros que llevaba demasiados días imaginando debajo de aquellas camisas del colegio.

Alexander dejó mi boca para besarme la mandíbula y descendió despacio hacia el cuello mientras sus manos recorrían mi espalda por encima del vestido.

El contraste entre la lentitud de su boca y la urgencia con la que yo lo sujetaba consiguió arrancarme una respiración entrecortada.

—Esto es una idea horrible —murmuré.

—Horriblemente deseable —me contestó.

Volvió a besarme y mis dedos empezaron a abrir los botones de su camisa. Alexander bajó la mirada hacia mis manos antes de volver a mis ojos y algo en su expresión me produjo una descarga de calor mucho más intensa que cualquiera de las frases con las que llevaba provocándome toda la semana.

—Llevo dos días intentando hacerte caso —me recordó.

—¿De veras?

—Ha sido insoportable.

—¿Tanto?

—Y después apareces así.

—No sabía que tu fortaleza moral fuera tan limitada.

—Hasta hace días yo tampoco.

Me reí, pero la risa duró poco porque volvió a besarme y aquella vez ya no hubo conversación durante un buen rato.

Sus manos recorrieron mi cintura y mi espalda, acercándome hasta que el espacio entre los dos desapareció, y yo terminé de abrirle la camisa mientras descubría que el deseo podía ser mucho más sencillo cuando dejaba de intentar analizarlo.

Por primera vez en muchísimo tiempo no quería anticiparme a las consecuencias.

Solo quería aquella noche.

Alexander terminó tomando mi mano para conducirnos hacia el pasillo. Lo seguí un par de pasos antes de detenerlo y él se volvió inmediatamente, creyendo quizás que había cambiado de opinión.

Me eché a reír y él me besó otra vez, de modo que llegamos al dormitorio bastante menos ordenados de lo que habíamos salido del recibidor.

Su chaqueta se había quedado en algún lugar del salón, llevaba la camisa abierta y yo había perdido cualquier esperanza de conservar intactos el carmín y el peinado.

El dormitorio mantenía la sencillez del resto de la casa, con una cama amplia, madera clara, una cómoda y varios libros junto a una de las lámparas. Apenas tuve tiempo para fijarme porque Alexander se detuvo frente a mí y pasó las manos lentamente por mis brazos hasta alcanzar mis dedos.

El cambio de ritmo me sorprendió. Me miró y esperó.

No hizo falta ninguna pregunta. A esas alturas ambos sabíamos dónde estábamos y por qué, pero seguía dejándome decidir cada nuevo paso. Aquello, lejos de enfriar el deseo, lo hacía todavía más intenso.

Fui yo quien acortó la distancia.

Lo besé despacio mientras terminaba de apartarle la camisa de los hombros y, cuando mis manos encontraron por fin la piel que llevaba días imaginando, no pude evitar sonreír contra su boca.

Alexander quiso saber qué me hacía tanta gracia y negué con la cabeza, aunque terminó arrancándome la confesión.

—Estaba pensando que las camisas engañan bastante.

Su carcajada se mezcló con la mía antes de atraerme otra vez hacia él.

—Tú tampoco estás siendo especialmente transparente esta noche.

Sus dedos recorrieron mi espalda hasta encontrar la cremallera del vestido y se detuvieron allí.

Le sostuve la mirada.

Aquella era probablemente la última oportunidad real que tenía para recordar todas las razones por las que no debía estar en aquella casa. En lugar de hacerlo, me volví ligeramente y aparté el pelo hacia un lado.

Alexander bajó despacio la cremallera.

El vestido cedió poco a poco y, cuando me volví de nuevo, la manera en que me miró al descubrir el encaje negro consiguió que aquellos minutos delante del cajón de la ropa interior merecieran completamente la pena.

Sus ojos descendieron por mi cuerpo y regresaron a mi cara con una intensidad que me hizo sentir mucho más expuesta de lo que justificaba la cantidad de ropa que todavía llevaba.

—¿Esto también ha sido casualidad? —preguntó finalmente.

—Completamente.

—Claro.

—Me visto así todos los sábados para sacar a Titán.

Alexander sonrió.

—Pobre Titán.

Lo empujé suavemente hacia la cama mientras volvía a besarlo, y a partir de ese momento la noche perdió cualquier interés por los planes que habíamos hecho para ella.

El vestido terminó olvidado junto a la cama y las últimas bromas fueron desapareciendo entre besos cada vez más largos, caricias que se detenían lo suficiente para descubrir antes de continuar y esa mezcla extraña de urgencia y curiosidad que convertía cada contacto en algo nuevo.

Había pasado tanto tiempo protegiéndome de sentir demasiado que casi había olvidado cómo era dejar que el cuerpo tomara decisiones sin someterlas primero a una comisión de expertos.

Alexander consiguió que lo recordara.

La intensidad no estuvo únicamente en la prisa. Hubo momentos lentos en los que sus manos parecían aprenderme y otros en los que la espera se volvía insoportable; instantes en los que nos reíamos porque alguno había intentado decir algo y otros en los que hablar dejó de tener cualquier utilidad.

Yo también lo descubrí sin ninguna intención de ser prudente, disfrutando de la manera en que reaccionaba a mis caricias y de la certeza, cada vez más evidente, de que el deseo que había visto en sus ojos al recogerme no era nada comparado con el que existía ahora entre nosotros.

Cuando la intimidad terminó llevándonos mucho más allá de aquellos besos del colegio, desapareció definitivamente cualquier distancia.

Fue intensa, torpe solo en esa medida inevitable de dos cuerpos que todavía no se conocen y sorprendentemente natural en todo lo demás.

No hubo espacio para pensar en normas ni para preguntarme qué nombre tenía aquello.

Durante un buen rato solo existieron su piel, sus manos, su boca y la sensación vertiginosa de estar permitiéndome algo que había deseado desde mucho antes de reconocerlo.

Mucho después, cuando el dormitorio había recuperado la calma y yo empezaba a ser otra vez capaz de construir pensamientos completos, estaba tumbada a su lado intentando decidir en qué momento exacto había perdido el control de la noche.

Mi vestido seguía en el suelo, el carmín debía de haber desaparecido casi por completo y Alexander tenía todavía una leve marca roja junto a la boca que me hizo sonreír.

Entonces mi estómago decidió recordarme el único defecto de nuestro plan.

—Tengo hambre.

Alexander volvió la cabeza hacia mí y empezó a reír.

—Yo tenía una mesa reservada.

—No empieces.

—Un restaurante estupendo. Buenas críticas, carta interesante…

—No parecía interesarte demasiado la carta cuando estabas abajo.

—Ha surgido una alternativa bastante convincente.

—Eso es verdad.

Alexander se volvió hacia mí y apartó con los dedos un mechón que me había caído sobre la cara. Después de todo lo que acababa de ocurrir, aquel gesto pequeño tuvo una intimidad inesperada.

—Podemos cenar otro día.

La frase consiguió que algo cambiara apenas un poco dentro de mí.

Otro día.

Hasta entonces había sido muy fácil vivir aquella noche como una excepción, una estupidez maravillosa que podía terminar al vestirme y volver a casa.

“Otro día” introducía algo distinto. No sabía qué estábamos haciendo ni qué ocurriría el lunes cuando atravesáramos las puertas del colegio y volviéramos a convertirnos en director y profesora.

Tampoco sabía qué demonios iba a hacer con mi famosa norma, que a esas alturas debía de yacer metafóricamente despedazada en algún lugar entre el recibidor y mi vestido.

—Eso dijimos —respondí.

—Entonces tendré que volver a invitarte.

Lo miré, pero Alexander no parecía estar haciendo una declaración trascendental. Solo estaba proponiendo otra cena. Una cena de verdad, quizás, en la que consiguiéramos llegar hasta el restaurante antes de arrancarnos la ropa.

—La próxima vez cenamos primero.

—Por supuesto.

—Lo digo en serio.

—Yo también.

—No te creo absolutamente nada.

Alexander sonrió y se inclinó para besarme.

Y mientras volvía a acercarlo, decidí que no necesitaba saber todavía qué ocurriría el lunes ni qué significaba aquella segunda cena que acabábamos de dejar pendiente.

Todavía era sábado. Y la primera ni siquiera había empezado.